Psicología OnlineESMUbedaLibrosPsicoterapiasPsicoterapia y Psicofármacos (V)
Dos son los puntos principales que relacionan a la psicoterapia cognitiva y el tratamiento psicofarmacológico (Ruiz, 1994): (1) las contribuciones que la psicoterapia cognitiva puede aportar a un adecuado seguimiento de las prescripciones médicas-farmacológicas y (2) la prioridad, efectividad o contribución conjunta, que ambos tipos de tratamiento tienen en distintos trastornos psicopatológicos.
Se calcula que alrededor del 50% de los pacientes no siguen correctamente las indicaciones del médico. Como regla general, un tercio de los pacientes siempre parece tomar la medicación como se le prescribe, otro tercio lo hace a veces y el tercio restante casi nunca lo hace de la manera prescrita (Meichenbaum y Turk, 1991). En enfermedades crónicas y/o graves el riesgo se incrementa al no seguir las prescripciones indicadas. En el terreno psicopatológico el cumplimiento de la prescripción psicofarmacológica puede ser un factor importante en la buena evolución de algunos trastornos, como en el caso de los cuadros psicóticos esquizofrénicos, bipolares, las depresiones moderadas o graves y algunos trastornos de ansiedad.
Desde el enfoque cognitivo de la psicoterapia se ha prestado especial atención a la importancia que tiene para la salud el seguimiento de los tratamientos. De hecho, una parte de las intervenciones se dedica a revisar con el paciente el cumplimiento de las actividades intercesiones y los problemas surgidos al respecto (pie Beck, 1979; Beck y Frenan, 1990; Ellas, 1989).
Además, se han explorado los problemas que contribuyen a la falta de seguimiento de las prescripciones psicofarmacológicas (Beck, 1979) y del seguimiento de los tratamientos terapéuticos en general (Meichenbaum y Turk, 1991).
Beck (1979) identifica una serie de creencias y distorsiones cognitivas que contribuyen a la falta de observancia de las prescripciones psicofarmacológicas del paciente depresivo; y que pueden ser extensibles a otros tipos de pacientes. Estas distorsiones hacen referencia a:
Estas cogniciones suelen llevar al abandono de los fármacos, con el efecto consiguiente de acelerar los procesos de recaída. Aunque la falta de observancia puede estar relacionada con el manejo inadecuado de la relación terapéutica, presentes en las cogniciones de evaluación interpersonal, sobretodo en el tratamiento de los trastornos crónicos (Beck y Frenan, 1990), en cuyo caso habría que abordar este área, lo más común es que se relacionen con cogniciones específicas acerca del fármaco, la enfermedad y las expectativas de tratamiento; como las referidas anteriormente.
Igualmente, Beck (1979) da una serie de pautas generales para aumentar la probabilidad del seguimiento de los fármacos:
También Meichenbaum y Turk (1991) utilizan métodos de exploración cognitiva para aumentar el grado de seguimiento de las prescripciones. Incluso apuntan, que entrevistas muy cortas, dirigidas a realizar estas exploraciones tienen un efecto positivo sobre el mejor seguimiento. Aquellos profesionales de la salud que se quejan de no tener tiempo material para realizar largas entrevistas, se pueden beneficiar (y a sus pacientes) de realizar varias preguntas o cuestiones de varios minutos de duración, dirigidas a explorar las ideas y expectativas de los pacientes. El proceso de exploración indicado pasaría por la siguiente secuencia:
En resumen, los elementos de la entrevista cognitiva pueden ser descritos de forma breve en torno a cuatro preguntas claves:
Determinado estudios demuestran que el tratamiento psicofarmacológico produce modificaciones cognitivas en los sujetos depresivos (Polaina, Barceló y Maldonado, 1991): se produce mejorías en las atribuciones de indefensión y en la autoestima (aunque sin llegar a niveles óptimos); también se produce una normalización de los síntomas afectivos-somáticos después del tratamiento farmacológico, pero suelen persistir las distorsiones cognitivas y los síntomas cognitivos. Se supone que esas distorsiones reflejan la vulnerabilidad personal (esquemas cognitivos). Por lo tanto se cuestiona en el fondo, que el tratamiento psicofarmacológico por sí solo, sea efectivo en el tratamiento de las depresiones no psicóticas. Por otro lado la terapia cognitiva sin ser combinada con fármacos, suele ser inefectiva en el tratamiento de las llamadas depresiones mayores (psicóticas y no psicóticas), ya que el paciente necesitaría de cierto grado de sintonía afectiva y cognitiva para realizar el trabajo psicoterapéutico (Maldonado y Buitreo, 1988).
Además, a pesar que algunos investigadores (Blackburn y Contraes, 1988) encuentran que la terapia cognitiva a solas es más eficaz, en general, en el tratamiento de las depresiones no psicóticas, que los psicofármacos, e incluso igual de efectiva cuando ambas intervenciones se combinan. En algunos casos, la experiencia de mejoría sintomática puede ser motivarte para continuar el trabajo cognitivo, sobre todo cuando se ha conceptualizado y compartido con el paciente la explicación del proceso de ambas intervenciones (síntomas versus vulnerabilidad).
Con respecto a los trastornos de ansiedad (Contraes, 1990) se recomienda utilizar los antidepresivos en casos de pacientes agorafóbicos deprimidos y en casos de ataque de pánico persistentes e intensos después de seis semanas de utilizar la exposición, sin que remitan estos (el alprazolam es una benzodiacepina también indicada en estos casos). En las fobias sociales el tratamiento psicoterapéutico es más eficaz que el farmacológico, pero en algunos pacientes resistentes a la exposición, puede ser útil, en una primera fase, la utilización de antidepresivos IMAO (pie nefelina) y la utilización de fármacos betabloqueantes en el caso de pacientes que presentan episodios ocasionales y predecibles de descargas autonómicas (Liebowitz, 1987). En el caso de la fobia simple la intervención más eficaz es la exposición, aunque pueda tener cierta utilidad el uso de benzodiacepinas (pie kalium) para reducir la ansiedad anticipatoria a la situación; los betabloqueantes para reducir la respuesta autonómica y la nefelina para pacientes con descargas autonómicas periódicas (Fier, 1987). Con respecto a los ataques de pánico no está suficientemente demostrada la superioridad de los psicofármacos sobre la terapia cognitiva y viceversa, pareciendo el tratamiento combinado el más eficaz. En este caso se utiliza antidepresivos (pie imipramina, fenelzina) o el alprazolam junto a la prevención cognitiva (Gorman, 1987). En el tratamiento de la ansiedad generalizada, la terapia cognitiva centrada en el manejo de las preocupaciones, parece superior al tratamiento psicofarmacológico, aunque en algunos casos es útil combinar ambos enfoques (Cottraux, 1990).
En el tratamiento de la esquizofrenia se debe contar siempre con la utilización de los neurolépticos. El abordaje cognitivo necesita que el paciente tenga un mínimo de contacto con la realidad para ser posible y que el paciente esté libre de sintomatología aguda (Peris, 1988), o al menos no agitado, aunque pueda tener sintomatología aguda (Birchwood y Tarrier, 1995). Según Kalan y Sado (1990) el tratamiento de la esquizofrenia tipo I (sintomatología positiva) suele requerir necesariamente del uso de neurolépticos ; y la esquizofrenia tipo II (sintomatología negativa efectuar) suele responder mejor a programas de tipo rehabilitador, que suelen incluir procedimientos cognitivos-conductuales (pie Liberan, 1988), y que escasamente responde a los neurolépticos, aunque se están investigando nuevos fármacos para este tipo de trastorno.
En el tratamiento del proceso de duelo no se suele utilizar los psicofármacos, excepto las benzodiacepinas a dosis bajas en algunas ocasiones, salvo en el duelo complicado donde se utiliza antidepresivos y la intervención cognitiva de "pesar dirigido" (Ramsey, 1977; Raphael, 1977).
La neurosis histérica (disociarías y conversivas) suelen responder mal al tratamiento psicofarmacológico solo, aunque los síntomas ansiosos-depresivos asociados pueden experimentar cierta mejoría. En caso de depresión atípica con síntomas histéricos, la llamada "disforia historie", suele ser eficaz implar el IMAO nefelina (Vallejo Reilaba, 1991). En este caso las intervenciones cognitivas se están experimentando y están aún poco consolidadas. En su lugar se emplean métodos más conductuales, procedimientos hipnosugestivos, terapia familiar (que suele incluir elementos cognitivos) y psicof´´armacos para la sintomatología ansioso-depresiva asociada (Chinchilla Moreno, 1989 ; Vallejo Reilaba, 1991) . En algunos casos de histeria disociaría, puede ser útil la utilización de pentotal sódico para recuperar la información "olvidada" (Kalan y cols., 1990).
En el caso de los trastornos psicosomáticos, en general, es preferible evitar los psicofármacos, aunque las benzodiacepinas y antidepresivos se usan en casos de síntomas asociados, sobretodo los antidepresivos sedativos con pocos efectos secundarios. El tratamiento combinado dirigido al manejo del estrés suele ser el indicado (Sauz Ruiz e Ibáñez Cuadrado, 1992).
El tratamiento de los problemas de pareja y trastornos sexuales suele responder a la terapia cognitiva-conductual, no teniendo los psicofármacos utilidad alguna, salvo que aparezcan otros cuadros asociados paralelos.
El abordaje de los trastornos de personalidad suele centrarse en la psicoterapia. Los fármacos son útiles en el abordaje de trastornos asociados a estos. Debido a la dificultad para abordar a estos pacientes, a veces, puede ser útil implicarles en el tratamiento tras abordar su malestar egodistónico (p.e ansiedad o depresión asociada) con fármacos (Vallejo Ruiloba, 1992). También es cierto que estos pacientes suelen perder su motivación para el tratamiento tras mejorar su sintomatología más aguda. La psicoterapia cognitiva ha desarrollado un enfoque estructurado para el tratamiento de estos cuadros (Beck y Frenan, 1990).
Los trastornos de la alimentación (anorexia, bulimia) suelen ser abordados con un enfoque multimodal que combina psicofármacos, técnicas cognitivas y conductuales individuales y grupales, regímenes de internamiento hospitalario temporal con intervenciones conductuales de tipo operante (en casos graves) , tratamiento médico dietético y terapia familiar (Carraus, 1990).
En el campo de los trastornos infanto-juveniles se suele recomendar un uso mínimo generalizado de los psicofármacos, ya que la mayoría de los trastornos responden a planteamientos psicoterapéuticos de tipo familiar más que individual. Soleen caso de trastornos graves de conducta (pie hiperactividad), depresión grave, ansiedad extrema, psicosis infantil, retraso mental con excesiva agitación o violencia, etc..Suele indicarse además medicación. A pesar de ello el tratamiento psicofarmacológico exclusivo de estos casos no suele ser muy efectivo, siendo casi siempre necesaria la intervención psicológica, contando la mayoría de las veces con los familiares, salvo en estrategias de individualización del niño.
En resumen, los psicofármacos suelen ser más útiles para el abordaje de síntomas agudos e incapacitan tés (síntomas agudos productivos) que la psicoterapia cognitiva o cognitiva-conductual ; mientras que esta se propone para abordar los factores de vulnerabilidad personal que hacen que el trastorno se mantenga a lo largo del tiempo. Sin embargo, en muchos casos no se puede abordar esta "vulnerabilidad" sin antes recurrir a los psicofármacos para superar cierta "barrera" sintomatología.