UN RECORRIDO TEÓRICO ACERCA DEL GÉNERO

 

Msc. Jeannette Vía Ampuero

Psicóloga - Hospital C.Q. "Hnos. Ameijeiras"

Profesora Universidad de la Habana

 

La década de los 70 del pasado siglo XX se distinguió porque en el universo académico se formalizaron los estudios vinculados a la mujer, aunque éstos habían tenido inicio en los años 60 juntamente con los movimientos feministas de la época.

Estos estudios indagaron acerca de la invisibilidad de la mujer en el campo del conocimiento. Esto dio lugar a una relectura del conocimiento científico.
Se hace evidente que en diferentes disciplinas la mujer, ya sea como objeto o como sujeto, está ausente.

El tema de la invisibilidad o la ausencia de la mujer va mas allá de confirmar la negación de ella en las diferentes ramas del saber, sino que la cuestión es más profunda puesto que involucra a los paradigmas de comprensión de las ciencias, y esta observación develó que hay una relación ambigua con respecto a la mujer en las diferentes disciplinas.

La invisibilidad no se relaciona tanto con lo empírico de las ciencias sociales sino más bien con la representación que se hace de ella. Por lo que la invisibilidad es mas bien una cuestión teórica, de modelos de interpretación.

Se define entonces una invisibilidad analítica de la mujer en las ciencias sociales.

En el desarrollo de los contenidos acerca de la invisibilidad se plantea que existen 2 prejuicios que actúan interrelacionados en las ciencias sociales:

  1. androcentrismo
  2. etnocentrismo

El androcentrismo alude a una mirada desde los hombres y para los hombres.

El etnocentrismo ubica al hombre blanco, occidental como modelo.

Estos prejuicios tendrán lugar en los modelos analíticos y en la observación de la realidad.

El androcentrismo no se relaciona con el hecho de que los investigadores sean hombres sino porque son hombres y mujeres que explican la realidad con modelos de análisis masculinos.

En la década de los 80 se produce un cuestionamiento por parte de las intelectuales negras de Estados Unidos con respecto a la universalidad del concepto la mujer.
Plantearon que existen diferencias entre las vivencias y experiencias de las mujeres negras y blancas y por lo tanto no se puede incorporar en una misma categoría a personas con historias y vivencias distintas. De ahí que se pluraliza el término y se habla entonces de las mujeres porque hay un reconocimiento de la diversidad.

Volviendo a los estudios de la mujer durante la primera etapa, estos se dedicaron a investigar acerca de la posición de la mujer en la historia, literatura, etc., y esto reveló que la sumisión, desvalorización, opresión de la mujer está presente en todas las épocas históricas y en todas las sociedades.

Todo este proceso y desarrollo de acontecimientos propicia, en la década de los 80, los Estudios de Género.

El origen del Género ha sido tratado en diversos estudios y se ha considerado la forma de organización de las sociedades como causa de la división sexual del trabajo.
Existen dos tesis que explican esta división:

  1. La mujer tiene la posibilidad de procrear y amamantar, se le asigna entonces, el cuidado de los hijos para lo cual el espacio de la casa es el adecuado, sumando a esto la atención de la casa. Esta posibilidad de procrear le confiere a la mujer poder de garantizar su descendencia.
  2. Los hombres conciben dudas acerca de la exclusividad en cuanto a su paternidad, ante esta situación de inseguridad disponen reglas para controlar la sexualidad como garantía de que esa mujer era sólo para ese hombre. Se controla con la maternidad, con el matrimonio y se confina a la mujer al espacio doméstico.

Si bien el concepto Género comienza a gestarse en la obra del psicólogo Jhon Money allá por los años 50, para hacer alusión a una categoría cultural en la formación de la identidad sexual, no es sino el psicoanalista Robert Stoller, en el año 1961, quien en su libro Sex and Gender realiza una conceptualización del concepto Género.

No debemos olvidar los estudios pioneros de la antropóloga Margaret Mead en las tres civilizaciones de Nueva Guinea, año 1935, en la que desarrolla planteamientos y descubre situaciones que propician una ruptura con lo socialmente establecido en cuanto a “lo natural” en la división sexual del trabajo.

Y así las cosas, en 1946 aparece literalmente expresada la convicción de que lo que somos no es de condición biológica sino cultural, y esto acontece en El segundo sexo, obra de Simone de Beauvoair, quien expresa “no nacemos mujeres, nos hacemos mujeres”, ella denuncia el carácter cultural, construido, de los estereotipos femeninos y también reclama el reconocimiento de los derechos de las mujeres, en tanto seres humanos.

Más tarde, en 1975 Gayle Rubin y su ensayo El tráfico de mujeres, proporciona herramientas para indagar sobre el origen de la opresión de la mujer y cómo esta opresión se “subjetivizó”.

Este trabajo, que tiene 30 años de escrito, se convirtió en motor impulsor de los estudios de Género.

Podemos definir Género como una construcción sociocultural constituida por comportamientos, actitudes, valores, símbolos y expectativas elaborados a partir de diferencias biológicas que nos remite a las características que la sociedad atribuye a hombres o mujeres, construyendo así lo que se conoce como género masculino y género femenino.

La introducción del concepto de Género produjo una ruptura epistemológica de la forma como se había entendido la posición de las mujeres en la sociedad. A saber:

  1. Supuso la idea de variabilidad: ser mujer u hombre obedece a una construcción cultural, entonces sus definiciones variarán de cultura en cultura. No se puede universalizar el concepto y hablar de la mujer o el hombre como categorías únicas.
  2. Establece la idea relacional: el género como construcción social de las diferencias sexuales hace referencia a la distinción entre femenino y masculino y por lo tanto a la relación entre ellos. Si hablamos de mujeres tenemos que hablar de hombres y viceversa. Es preciso estudiar las relaciones entre hombres y mujeres puesto que en la mayoría de las sociedades sus diferencias producen desigualdad.
  3. Emerge el principio de la multiplicidad de elementos que constituyen la identidad del sujeto, la identidad de género, ya que el género se experimenta en la pertenencia étnica, racial, de clase, etc.
  4. Surge la idea de posicionamiento: estudio del contexto en que se dan las relaciones de género de hombres y mujeres y de la diversidad de posiciones que ocuparán. Ej.: una mujer puede pasar por diferentes posiciones en un mismo dia, de subordinación frente al esposo, de superioridad frente a su empleada doméstica, de igualdad con sus pares en el trabajo, de superioridad con la secretaria, etc.
  5. Todo lo mencionado lo hace acreedor de un campo epistemológico propio en el que desembocan diversas disciplinas.

El concepto de Género plantea el desafío de explorar las realidades más que asumirlas como dadas.
Permite no sólo conocer las relaciones entre hombres y mujeres sino que abre la posibilidad al cambio.

Es preciso observar que el concepto Género propicia diferencias de interpretación y confusiones conceptuales según sean los idiomas.

En inglés Gender se refiere a los sexos mientras que en español el término Género alude tanto a la especie o clase a la que pertenecen los objetos como a la tela, también se conoce el género literario, musical, etc.

La anatomía ha sido el soporte de mayor importancia para clasificar a las personas, y así, a los hombres y a las mujeres se les designa como género masculino y género femenino.

En español, el tema de género vinculado a la construcción de lo masculino y lo femenino es mayormente conocido desde la función gramatical y sólo las personas, que están familiarizadas con la temática y con la discusión académica al respecto, es que lo entienden como la construcción cultural que alude a la relación entre los sexos.

Antes se hablaba de confusiones y una de las mas corrientes es precisamente confundir género con sexo, es decir, emplear el concepto género como sinónimo de sexo, y lo que es más, con bastante frecuencia es empleado como sinónimo de mujer, este error está dado porque en el idioma español es costumbre hablar de las mujeres como género femenino y esto crea las condiciones para incurrir en el error de pensar que hablar de género es referirse sólo a las mujeres.

Es de suma importancia señalar y reforzar que el Género involucra tanto a mujeres como a hombres, y que comprende las relaciones entre los sexos, las relaciones sociales entre los sexos. Si se habla de mujeres es estrictamente necesario hablar de hombres, no se pueden separar.

Para evitar esos errores y confusiones es conveniente referirse a los hombres y mujeres como sexos y dejar el término género para las valoraciones sociales acerca de lo masculino y lo femenino.

Ambos, sexo y género aluden a cuestiones diferentes, no se los puede usar como sinónimos, ya que el sexo se refiere a lo biológico y el género a lo construido social, culturalmente, a la construcción social de las diferencias sexuales (lo femenino y lo masculino).

Es oportuno incluir aquí algunos conceptos y sus definiciones que guardan relación con el concepto de Género, estos son:

Sexo: características, físicas, biológicas, anatómicas y fisiológicas de los seres humanos que los definen como mujeres u hombres. Se reconoce a partir de datos genitales. El sexo es una construcción natural, con lo que se nace.

Roles de género: Tareas y actividades que una cultura asigna a los sexos.

Estereotipos de género: son ideas simplificadas pero fuertemente asumidas sobre las características de los hombres y de las mujeres. Son la base de los prejuicios.

Estratificación de género: Distribución desigual de recompensas (recursos socialmente valorados, poder, prestigio, y libertad personal) entre hombres y mujeres, reflejando posiciones diferentes en la escala social.

El concepto de Género nos ayuda a comprender que aquellas cuestiones, conductas, situaciones que consideramos “naturales” de los hombres o de las mujeres, en realidad son construcciones sociales que nada tienen que ver con la biología.

El rol de género tiene lugar según las normas que dicta la sociedad y la cultura y decide el comportamiento, la conducta femenina y masculina, es decir, lo que se espera de un hombre y lo que se espera de una mujer.

Esta dicotomía: masculino femenino se centra las más de la veces en postulados rígidos que limitan y, no pocas veces, anulan las potencialidades humanas en aras de cumplimentar los requerimientos de género.

La categoría Género tiene su origen en la Psicología y como se dijo al inicio de este trabajo, fue Robert SToller quien luego de estudios e investigaciones sobre trastornos en la identidad sexual concluyó que la asignación y adquisición de una identidad es más importante que la carga genética, hormonal y biológica.

El concepto Género comenzó a usarse a manera de establecer una distinción entre el sexo biológico y lo construido socialmente para de esta forma poner al descubierto las situaciones de discriminación de las mujeres, situaciones que siempre estuvieron amparadas por la supuesta diferencia sexual, cuando en realidad de lo que se trata es de una cuestión social.

Esa diferencia sexual y la consiguiente distribución y asignación de roles no son “naturalmente” biológicos, sino como ya se ha dicho, pero es necesario insistir, se trata de una construcción social.

Es preciso reconocer que la cultura crea el sexismo, es decir, la discriminación en función del sexo mediante el género.

Al considerar la anatomía diferente de mujeres y de hombres, cada cultura dispone representaciones sociales, conductas, actitudes, discursos específicos para hombres y para mujeres.

La sociedad elabora las ideas de “lo que deben ser” las mujeres y los hombres, de lo que se supone es “propio” de cada sexo.
Esta es la razón por la cual las desigualdades entre los sexos no se pueden modificar si no se consideran los constructos sociales que han impedido la igualdad.

Esto hace pensar que disposiciones jurídicas que instauren la igualdad entre hombres y mujeres no pueden ser efectivas porque lo que se necesita son acciones que pongan al descubierto los factores que intervienen solapadamente para reforzar la subordinación y discriminación de la mujer.

Hablar de Género, decíamos antes, no significa hablar de mujeres solamente, sino de hombres y mujeres, sus relaciones sociales, culturales, y al hacerlo se hace necesario abordar la temática de la perspectiva de género.

La perspectiva de género se refiere a que es preciso identificar la diferencia sexual por un lado, y por otro, y con una connotación muy diferente, las ideas y representaciones sociales que se hacen tomando en cuenta esas diferencias sexuales.

M. Lagarde en Género y Feminismo la define como “una concepción feminista del mundo, cuyo centro es una crítica a la concepción androcéntrica del mundo. Es una visión crítica, alternativa y explicativa a lo que acontece en el orden de Género. Es una visión científica, política y anlítica” y añade que “el objetivo de esta perspectiva pretende contribuir a la concepción subjetiva y social de una nueva configuración de la concepción del mundo a partir de la historia, cultura, política, desde las mujeres y con las mujeres”.

El principio esencial de la perspectiva de género es, dice Lagarde: el reconocimiento a la diversidad de géneros y la diversidad dentro de cada uno.

Hace ya bastante tiempo que diversas disciplinas se han dado a la tarea de investigar que es lo innato y que lo adquirido en las características masculinas y femeninas, y lo que se observó es que en todas las épocas y en todos los tiempos la distribución de roles no siempre era la misma pero sí había una constante: la subordinación de las mujeres a los hombres. Y esto se explicaba, hasta no hace mucho tiempo, a partir de las diferencias sexuales, de la diferencia biológica entre los sexos y por supuesto esa diferencia daba lugar a imponer el sello de lo “natural”.

La maternidad ha devenido expresión suprema de la diferencia biológica y el origen de la opresión de la mujer es explicado desde esa interpretación, es decir, desde la maternidad como representante absoluta de la diferencia sexual, biológica.

El error radica en que si bien la capacidad de ser madre establece una diferencia entre hombres y mujeres esto no significa que la biología deba ser considerada como el origen y la causa de la diferencia entre los sexos y más aún, de la subordinación de la mujer.

En 1976 se realizó un coloquio dirigido por André Lwoff, premio Nobel de medicina en el cual derribaron las posiciones biologicistas, según lo abordado en este coloquio se plantea que es posible que existan diferencias de comportamientos entre hombres y mujeres como resultado de un programa genético, pero esas diferencias son mínimas y de ninguna manera se traducen como señal de superioridad de un sexo sobre otro.

La cultura, la sociedad otorga características de personalidad específicas según sea hombre o mujer, pero lo cierto es que no existen características de personalidad o comportamientos exclusivos de un sexo.

Hombres y mujeres comparten rasgos, tendencias, características humanas.
Una mujer es suave, delicada, cariñosa y un hombre también es suave, delicado y cariñoso.
Un hombre es valiente, fuerte, decidido y una mujer también es valiente, fuerte y decidida.

Todos estos prejuicios, estereotipos están tan arraigados en la subjetividad humana que resulta más difícil producir cambios en las construcciones sociales que en los hechos naturales, el ejemplo que propone M Lamas al respecto es muy ilustrativo, y dice así: “es mas fácil liberar a la mujer de la necesidad natural de amamantar que conseguir que el marido se encargue de darle el biberón”.

El reiterado discurso de lo “natural” se mantiene y cada vez cobra más fuerza y vigencia porque de esta manera refuerza la diferencia entre hombres y mujeres y al hacerlo refuerza también la discriminación y la dominación.

En toda esta cadena de acontecimientos no podemos pasar por alto un elemento de indiscutible valor e importancia a la hora de analizar el concepto Género, de analizar las pautas sexistas, me refiero a la educación.

Es sabido que aun hoy en las escuelas, instituciones y en el hogar, se sostienen conductas “apropiadas” para niñas y otras para niños.
Los medios de comunicación son esenciales si hablamos de educación, no alcanza con que profesionales se superen, conozcan, discutan, participen en eventos, etc. si todo eso no sale a las masas, si todo eso no se muestra con ejemplos, con conductas, con propuestas para la reflexión.

Ambos, educación y medios de comunicación son fundamentales para propiciar cambios de conductas arraigadas y estereotipadas de género.

La discriminación, el sexismo, parecen fáciles de combatir para algunas personas y para ello proponen resolver el problema ofreciendo a las mujeres puestos iguales que a los hombres, si el tema fuera tan simplista no hubiese sido necesario tanto estudio ni tanta investigación para solucionarlo. Y al decir de M Lamas “considerar que se puede eliminar la discriminación sexista si se trata igual a hombres y mujeres es desconocer el peso del género”.

El propósito de la perspectiva de Género es eliminar las discriminaciones de que son objeto las mujeres por mujeres y los hombres por hombres.

Pretende un nuevo reordenamiento de responsabilidades entre hombres y mujeres, redistribución de roles, etc. Pretende igualdad de oportunidades.

Si lo que nos ocupa es lo relacionado con la discriminación, dominación, desigualdad, se hace menester hacer una revisión de la historia y observar que la igualdad jurídica, es decir, el logro del derecho al voto alcanzado por el movimiento feminista durante la 1ra Ola, no propició los cambios esperados, la mujer continuaba en las mismas condiciones.

La lucha por el derecho al voto no se sostuvo por el mero hecho de votar, la consigna iba más allá de la simple acción, se pensaba así alcanzar la categoría de ciudadana, pero no resultó.

La igualdad de derechos es un logro significativo en esta larga y áspera lucha, pero de lo que se trata es de la equidad, de la igualdad de oportunidades, y hablar de los primeros no implica el logro de los segundos.

La igualdad de derechos es una condición necesaria pero no suficiente para alcanzar la igualdad de oportunidades porque los elementos, las condiciones que generan la desigualdad están presentes en todo el quehacer del ser humano y se transmiten y se instalan en la educación y en lo subjetivo de las personas, incluso desde antes de nacer.

Esto me recuerda el comentario de una compañera de trabajo quien durante su embarazo solía decir: “yo quiero una hembrita, para que me ayude”.

La socialización, la subjetivización de los acontecimientos, los procesos culturales, etc. no pueden cambiar por la sola existencia de leyes.

La sostenida situación de la mujer en cuanto a discriminación, subvaloración, despertó el interés de los movimientos feministas de elaborar teorías que expliquen la opresión de la mujer.

Entre los años 1960 y 1980 del pasado siglo XX podemos ubicar lo que se dio en llamar 2da Ola del feminismo y en la década de los 70 se da inicio al estudio de la desigualdad entre hombres y mujeres y no de la diferencia, puesto que para esta época, se tiene ya una evidente conciencia de la existencia de la desigualdad entre hombres y mujeres y que esa desigualdad no es otra cosa que las relaciones jerárquicas, las relaciones de poder entre los géneros.

Se hace evidente que las diferencias no responden a causas naturales y esto conduce al reclamo de la igualdad entre mujeres y hombres.

Como se indicaba más arriba, en este momento histórico, año 1975, es que aparece el ensayo de Gayle Rubin El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo. La autora da cuenta de la opresión de la mujer, explica el origen de esta opresión como una construcción socio cultural y para ello emplea la categoría que ella misma definió como sistema sexo-género y del mismo dice que es el “conjunto de disposiciones por el cual la materia prima biológica del sexo y la procreación humanas son conformadas por la intervención humana y social y satisfechas en una forma convencional, por extrañas que sean algunas de las convenciones.” En otras palabras, cada sociedad posee un sistema sexo genero, es decir, un conjunto de disposiciones por las cuales una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, entonces cada grupo humano tiene un conjunto de normas que regulan el sexo y la procreación, y ejemplifica esto diciendo que el hambre es hambre en todas partes, pero cada cultura determina cual es la comida adecuada para satisfacerla, y de la misma manera el sexo es sexo en todas partes, pero lo que se acepta como conducta sexual varía de cultura en cultura.

En este ensayo G. Rubin le confiere gran significación a la sexualidad a partir de la diversidad de experiencias en hombres y mujeres.
Señaló que el sexo es determinado y obtenido culturalmente y que la subordinación de las mujeres es consecuencia de las relaciones que produce y organiza el género, es decir, las relaciones que originan diferencias entre hombres y mujeres.

Durante este recorrido se han abordado conceptos como “lo masculino”, “lo femenino”, construcción social, cultural, etc., lo cual nos remite a pensar en la identidad, la identidad de género.

A este respecto, dice M.C. García Aguilar en La crisis de identidad de los géneros que “lo que determina la identidad y el comportamiento de mujeres y hombres no es el sexo biológico sino el haber vivenciado a lo largo de su vida las experiencias, mitos y costumbres asignados a cada uno de los géneros”.

De acuerdo con lo que señalan los estudios de género la identidad se desenvuelve en tres etapas, a saber:

-la asignación de género: desde el nacimiento y a partir de la apariencia externa de sus genitales se deposita un contenido cultural que se interpreta como las expectativas, como lo que debe ser y hacer según sea niño o niña.

  • La identidad de género: desde los 2 ó 3 años. Según el género, se identifica con sentimientos, comportamientos, juegos, etc. de niño o niña, la familia, la sociedad refuerzan los patrones establecidos culturalmente para los géneros, luego de establecida la identidad de género ésta se convierte en un filtro por el que pasarán todas sus vivencias y una vez asumida es muy poco probable revertirla.
  • El rol de género: La socialización caracteriza a esta etapa, se interactúa con otros grupos, se refuerzan las identidades y se aprenden los roles de género como un conjunto de normas que dicta la sociedad y la cultura para el comportamiento masculino y femenino, y sin que queden dudas acerca de lo que se espera de un niño o una niña, ” lo que son y que deben hacer”.

Siguiendo a García Aguilar y considerando este desarrollo se puede decir que la identidad de género es relativa a la posición que tanto hombres como mujeres ocupen en determinados contextos de su interacción, contextos en los que se viven, interacciones que se tienen a lo largo de la vida y que hacen pensar que la identidad se conforma entonces por esos contextos e interacciones y no a partir de lo biológico. De esto se desprende que la identidad no puede construirse de la nada, sino que se construye a partir de la conciencia de sí que tenga la persona.

La identidad de género así expuesta nos remite a pensar en la necesidad del saber histórico, entiéndase vivencias, experiencias, saber histórico que da sentido a la existencia de la persona, cuando este no existe, cuando se pierde, caemos entonces en un desequilibrio.

García Aguilar refiere que eso es precisamente lo que está sucediendo con nuestras identidades: están en desequilibrio.
La realidad actual, el mundo moderno en que vivimos está plagado de fenómenos y situaciones angustiantes: criminalidad, drogas, violencia, pobreza, desigualdad de oportunidades, etc. Considerando este panorama y atendiendo al género es válido subrayar que “en las sociedades en crisis la conformación de lo géneros no está determinada”, esto quiere decir que no hay patrones a seguir, que nuestras conductas están cambiando, en suma, que el paradigma cultural está en crisis.

Dígase por ejemplo: ropa unisex, aretes y collares para mujeres y varones, cabello largo o corto para ambos sexos, homosexuales, lesbianas reclamando sus derechos…

Ante ese bagaje de acontecimientos ¿cómo se puede construir la identidad de género?

La respuesta a esta interrogante se puede ubicar en dos polos uno negativo y otro positivo dice García Aguilar.
El primero asociado a la falta de guias, de patrones, lo cual, por supuesto, da lugar a desestabilizar el desarrollo de niñas y niños, provocando confusión en su identidad genérica.

Pero el segundo punto de vista, el positivo es que precisamente en estas situaciones de crisis es cuando se puede intervenir y generar cambios, cambios que vayan más allá de sus diferencias sexuales y comportamientos, poniendo más bien el peso de esos cambios en sus relaciones, en cómo se relacionan.

No podemos olvidar que en la construcción de las identidades de género los cambios deben darse en el nivel conceptual y a partir de ahí operar los cambios en las diferentes concepciones como la sexualidad, la familia, la pareja, el trabajo, espacios, etc.

Una vez alcanzados estos cambios recién entonces se puede hablar de modificar actitudes, lenguajes, sentimientos, necesidades.

Es un reto, implica una mayor cuota de responsabilidad de mujeres y de hombres.

Hasta aquí se ha procurado un desarrollo acerca del Género y se han abordado diferentes aspectos que guardan relación con el mismo, sin embargo, aun resta considerar un concepto que integra y pone de manifiesto, refleja lo expresado anteriormente, es decir, la relación entre los sexos, discriminación, subordinación, prejuicios, etc.: el lenguaje.

Cuando nos referimos al lenguaje es preciso abordar también el pensamiento ya que el primero se nutre del segundo y viceversa.
El lenguaje es la extensión del pensamiento, decodificamos en palabras lo que hemos aprendido e incorporado a lo largo de nuestra historia socio cultural.

El proceso de elaboración de símbolos, de creación de lenguajes y sistemas simbólicos constituye el fenómeno de humanización. (Purificación Mayobre Decir el mundo en femenino).

Pero durante ese proceso el hombre se hace “dueño” del discurso y se declara único representante de la humanidad, quedando excluida la mujer.

Purificación Mayobre explica esto desde el sistema bivalente o sistema binario, y dice que: “nuestra cultura, desde el lenguaje, que es su más importante fuente de expresión, hasta la última manifestación contenida en ella, está organizada binariamente”.

Veamos como se organiza el pensamiento en la sociedad occidental, esto es a partir del sistema bivalente, en este sistema las valencias tienen valores diferentes, ya que siempre una es depositaria de lo positivo y la otra de lo negativo. P. Mayobre ejemplifica esto con el binomio blanco negro, el primero es asociado a lo claro, níveo, puro y el segundo a lo oscuro, tenebroso.

Este sistema bivalente da lugar a la jerarquización de las partes integrantes de la dicotomía y aplicado a los sexos (hombre mujer) ocurre lo mismo, es decir, da lugar a una jerarquía o asimetría, como se dijo renglones más arriba, el hombre se constituye en el único capaz de nombrar el mundo de acuerdo a sus vivencias, experiencias, necesidades, etc.

El hombre sería pues lo positivo. La mujer lo negativo, por lo tanto se niega y se excluye.

Baste revisar nuestro propio lenguaje cotidiano, el de los medios, el del conocimiento. Por ejemplo: “la huella que el hombre ha dejado en el tiempo”, “la evolución del hombre en la historia…”, “atención al hombre”, “los niños necesitan…”, “festival de cine para el niño latinoamericano”, “la salud del hombre”.

Aunque debemos considerar que en los últimos tiempos esta forma de nombrar el mundo está siendo cuestionada y con ello se insta a elaborar un discurso donde la mujer esté presente con toda la potencialidad de que es capaz.

La tarea es ardua, puesto que como se ha dicho en otra oportunidad, toda nuestra experiencia, vivencias, están mediatizadas por la subjetividad.

No es suficiente decir niños y niñas, ser humano, individuo en lugar de “el hombre”, si eso no se ha interiorizado, si no se ha sentido, si no se ha incorporado.

No se trata sólo de información, el tema es proveer herramientas que lleven al cuestionamiento.

El lenguaje constituye una instancia poderosa para nombrar, para hacer aparecer o desaparecer, por eso el propósito es hacer visible a la mujer en el terreno del lenguaje porque lo que no se nombra no existe y, al decir de P. Mayobre:” porque es con el lenguaje con lo que se constituye una cultura”.

BIBLIOGRAFÍA

  • GARCÍA AGUILAR, Ma. La crisis de la identidad de los géneros
  • LAGARDE, Marcela La multidimensionalidad de la categoría Género y del feminismo
  • LAMAS, Marta La perspectiva de género.
  • LAMAS, Marta Usos, dificultades y posibilidades de la categoría Género.
  • MAYOBRE, Purificación Decir el mundo en femenino
  • MONTECINO, Sonia Palabra dicha, Univ. de Chile, Facultad de C.Sociales Colección libros electrónicos, 1977
  • RUBIN, Gayle El tráfico de mujeres: notas sobre la“economía política” del sexo.
  • VASALLO, Norma El Género: un análisis de la“naturalización” de las desigualdades.