EL DESEO Y SUS SOMBRAS
HACIA UNA PSICOLOGÍA DEL AHORA

 

José Manuel Martínez Sánchez

 

 

 

El deseo nos fuerza a amar lo que nos hará sufrir
Marcel Proust

Proyectamos nuestros deseos de futuro en el presente, olvidándonos de lo que acontece, atentos a la nada de un venir imaginado, fruto de nuestra ansiedad egotista que, en la mayoría de las veces, nos devuelve la frustración por lo que no pudo ser.

Esperar a Godot supone dejar de vivir, asentar en la imaginación la cuerda del tiempo que, como funambulitas ciegos, cruzamos precipitadamente sin saber lo que hay bajo nuestros pies, absortos en el nunca llegar del camino. 

Vivir en el deseo significa olvidar el presente, generar una ansiedad constante de posibilidad placentera, porque el placer anhelado dirige nuestra motivación y herimos así el placer presente, que late en la inconsciencia abriendo impulsos irreconocibles.

Olvidar ‘lo que es’ y centrarnos en ‘lo que será’ exige un falseamiento múltiple y una infidelidad a nosotros mismos. Transitar de este modo la vida pone en juego neurosis que reconoceremos más tarde, cuando ya no seamos capaces de mirar un crepúsculo solamente atento al crepúsculo. La mente se irá a todas partes y el vacío habrá de extender a medida que los deseos proyectados transformen la esperanza incierta en desesperanza cierta. Cuando todo no haya sido como esperábamos tendremos que pensar en qué hemos fallado, por qué no hemos sabido cruzar este río remando a paso constante y relajado.

Hemos roto los remos y nos quedamos en mitad del río, sin poder avanzar, arrastrados por la corriente, que nos desvía de nuestro rumbo, que nos lleva a donde no sabemos, desorientando todo nuestro ser, de manera irreversible.

Pero, quizás, podemos preguntarnos, ¿por qué el deseo es tan fuerte que toma las riendas de nuestra vida y hace que todo dependa de él?
Lo imposible, o lo que no es para nosotros, de manera natural, ha de ser abandonado, pero el deseo no nos deja. Incluso lo posible no lo es todo; y el cristal por el que miramos el mundo solamente nos muestra esa parte de la visión total. Dejamos de lado lo otro, lo que no valoramos aunque sea mucho más valioso, objetivamente,  que lo que nosotros tenemos por el objeto de nuestro deseo.

Desear es reducir la perspectiva. Incluso más. Desear es inventar una visión y perder el contacto con lo puramente visible, lo que está ahí, ‘lo que es’. Esto, difícilmente lo vemos embargados por el deseo.

El deseo se opone a la materia configurando una ‘metamateria’. Más allá de lo objetivo perder el rumbo solamente es cuestión de tiempo. El tiempo neurótico llega sin que nos demos cuenta, cuando ya es tarde; y buscamos sin remedio que alguien o algo nos ayude, porque nos hemos vuelto extraños de nosotros. Algo o alguien, externo, que nos de la llave para que volvamos a acceder a nuestro ser; ese que dejamos de nutrir, observar, conocer… en pos de los futuribles anhelados.

No hay emoción (quizá pasión) más motivada que el deseo. Para los estoicos una emoción era una perturbación innecesaria. Quizá fueron demasiado lejos, pero aplicado al deseo es mucho más lógica esa afirmación. El deseo es emoción intelectualizada, convertida en objeto o imagen. La alteración fisiológica -de la que hablaron Lange y James como germen de la emoción- adquiere en el deseo una sofisticación máxima. Entra en el terreno de lo simbólico, materia con la que Freud trabajó y tantos otros. ¿Qué es un sueño sino un mural caótico-simbólico de nuestros deseos? ¿Qué es un deseo sino un sueño consciente?

Grados del deseo:

Emoción>Sentimiento

Pasión

Deseo

Grado 1º

Deseo

Grado 1º

 

Puede establecerse un esquema simple del deseo según su nivel de intensidad. El deseo en grado 1º es la consecuencia de una emoción-sentimiento, es decir, una emoción hecha consciente. Cabe recordar lo que apuntó Spinoza: “El deseo es el apetito acompañado de la conciencia de sí mismo”.  Este apetito, no solamente fisiológico sino espiritual, o si mejor queremos llamarlo, psicológico, conforma en sí mismo una afección particular de la naturaleza humana, de su natural discurrir.

El primer grado del deseo ya supone una alteración de lo normal, que va adquiriendo mayor grado de anormalidad. Evidentemente, la intensidad del deseo no puede medirse mediante parámetros objetivos, al entrar, precisamente, este concepto en el mundo de lo subjetivo. Por esta razón, asumo este esquema simple como mera orientación del transcurso del deseo, en general, sin un mayor afán por lograr una medición concreta.

El segundo grado del deseo ya es, esencialmente, patológico. Asociamos deseo a pasión; pero no por ello nos referimos solamente a tipos de deseo sexual, concupiscente y/o erótico. El deseo del dinero, vg., puede ser igualmente patológico que un deseo erótico. ‘Pasión’ proviene de la voz griega ‘pathos’, de la que deriva ‘patológico’. El deseo en este segundo grado pasa de ser una simple alteración/agitación fisiológica débilmente intelectualizada a una compleja afección o padecimiento psicofísico.

Hegel va mucho más allá que Spinoza y sugiere que el deseo es la conciencia misma de ser. Constituye, de este modo, el estado existencial constante; algo así como la voluntad de ser de Schopenhauer.

El deseo. La dimensión simbólica:

Pongamos un ejemplo sencillo. Tener hambre es una emoción primaria, causada por una carencia fisiológica que produce, naturalmente, un efecto negativo. La construcción simbólica de tal emoción, su expresión, su lenguaje, se convierte en simbólica cuando deja de ser ‘pasión’ primaria y toma ‘forma’ como idea. Una pasión, pese a ser más intensa que una emoción, no por ello ha de ser más sofisticada ni metafísica. El deseo de comer conlleva un juicio consciente del hecho que motiva su ‘desear’.

Esta agitación patológica persigue lo que uno considera un bien para sí. La carencia se convierte en posibilidad de ser y por tanto en objeto de deseo. Como advirtió Heidegger: “El ser para las posibilidades [se configura como] puro desear”.

Hemos de distinguir, como ya hemos sugerido mucho antes, entre ‘emoción’ y ‘expresión de una emoción’. Dirá Ernst Cassirer que “la expresión de una emoción no es la propia emoción: es la emoción convertida en imagen”. Y así, distinguirá este autor entre:

Expresiones físicas

Expresiones simbólicas

Animales/Humanas

Humanas

 

La expresión de una emoción supone un ‘acto intencional’; y a la expresión simbólica de una emoción se le añade la cualidad de ‘compleja’, porque ésta se transfigura en ‘modelo referencial semiótico’. 

Sería una tarea ardua entrar y analizar esta dimensión, la cual abordaré en posteriores ensayos, pues deseo que este texto trate de una alternativa al deseo y no solamente en una anatomía del mismo; y esta alternativa es la llamada ‘psicología del ahora’.

Las motivaciones que implican el surgimiento de cualquier emoción son ‘esencias sin significaciones’ y la expresión simbólica es la respuesta más compleja que la mente da a tal motivación o estímulo. Por tanto, la complejidad rige la gradación patológica mental. Esta es la tesis del presente ensayo. Vayamos, finalmente, a su antítesis.

Hacia una psicología del ahora:

Pero no todo está perdido. El objeto de la psicoterapia es el de lograr una vida mental saludable por medio del diálogo terapéutico. Es decir, sanar ‘a través’ del ‘logos’.

No es una tarea de añadir más complejidad al cuerpo mental sino, al contrario, de liberar carga, de ‘descomplejizar’.

Esta, como la definió Aristóteles, “afección del alma”, que es la emoción, deja de afectar cuando eludimos su expresión-proyección.

Aprender a centrarnos en el ahora significa desvincularnos de la emoción-deseo, no de vivir sin ello, pues resulta imposible e inhumano, sino de no dejarnos herir por sus consecuencias, que en el segmento tiempo, aumentan su complejidad y patología. Quizá por:

1º) Ignorar (ser inconscientes de) su efecto pernicioso (ansiedad, sufrimiento, frustración…)
2º) Ignorar el modo de combatirlas (conscientemente).

Ser inconscientes de su efecto negativo, puede ocurrirle a una persona sobrada de experiencia en estos lares, pues cada vez que se presenta la emoción-deseo la estimamos como un bien y resulta muy difícil, por el placer que nos provoca mantener ese deseo, advertir que nos está perjudicando. Bien sea un deseo ‘sensible’, bien sea un deseo ‘racional’.

Cicerón se adelantó a Freud al identificar deseo con libido. Dirá el orador romano que se desea un bien futuro. Y los filósofos éticos, matizarán acertadamente’ que el bien deseado no ha de serlo moralmente. Tampoco entraremos en ese campo ético de los deseos buenos y malos. Sin embargo, cabe apuntar que esta variante afecta de forma significativa a la patología del deseo.

El deseo, como la razón, también produce sombras, monstruos. El deseo, como imagen, navega en el terreno de lo inconsciente; y como idea en el terreno de lo consciente. Recordemos la distinción de Sartre entre imagen e idea: “la imagen tiene la opacidad de lo infinito, la idea la claridad de la cantidad finita y analizable”.

Deseo

 

Deseo

>

Expresión-Idea                

 

Expresión-Imagen

 

Ambas expresiones, a mi entender, caminan juntas y se contagian en su divagar. Finalmente, el deseo tiene mucho más de imagen que de idea; y por ello resulta mucho más difícil devolverlo a la conciencia; pues el inconsciente lo expande por todo el ser, y se inserta en cada poro del pensamiento.  

La psicología del ahora no busca indagar en el deseo, no busca hacerlo consciente por medios psicoanalíticos, sino que dice: “eso está bien, ahí dormita tu deseo; no lo agredas ni le pretendas sonsacar su razón de ser, sencillamente, no le prestas atención, la conciencia en el ahora no te permitirá que mires a otro lado; y mucho menos hacia tus sombras”.  

La psicología del ahora es atención permanente a uno mismo en el mundo, al segundo a segundo que vive y experimenta, no hay tiempo para fabulaciones oníricas ni proyecciones motivadas, solamente hay tiempo para la experiencia presente, la atención presente.

Las emociones y los deseos surgen e igual que surgen se marchan, como las olas que van a dar a la orilla de la playa. De nosotros depende no prolongar egoístamente la duración del proceso natural y no dejar que se inunde la conciencia poco a poco.

Estar en el presente, vivenciarlo, nos enriquece con emociones valiosas. El deseo, sin embargo, es un paso en falso que hemos de prever para evitarlo antes de que nos erosione. El deseo nos causa un placer real, pero su objeto es subjetivo y por tanto, finalmente, falseamos lo real. La neurosis comienza su cruzada, pero evitar la guerra nos procurará salvarnos de males futuros. La línea entre lo lógico y lo patológico es muy débil, casi imperceptible. Y el término medio es la medida saludable de todas las cosas.