ALGUNAS REFLEXIONES EN TORNO AL GÉNERO

Lic. Keytel García Rodríguez
Psicóloga Centro de Investigaciones Médico Quirúrgicas (CIMEQ)

 

 

La dominación masculina está tan anclada en nuestro inconsciente
que ya no la percibimos, tan de acuerdo con lo que esperamos que
 tenemos dificultad en cuestionarla. Más que nunca es indispensable disolver las evidencias y explorar las estructuras simbólicas del inconsciente androcéntrico, que sobrevive en hombres y mujeres (...)
                                                                                                                                          Pierre Bourdieu

 

El patriarcado o modelo de dominación masculina

Patriarcado, machismo, hombre fuerte, mujer débil y sumisa. ¿Quiénes no se han detenido alguna vez a pensar en estos conceptos, en lo que representan en nuestras vidas desde nuestro ser hombres o mujeres, o al menos han escuchado una acalorada discusión en torno a esto? ¿Quién no ha pasado alguna vez por la risible situación en la que se discute, “en broma”, sobre los privilegios y debilidades de cada género, intentando identificar el sexo débil y el fuerte donde parece repetirse la incógnita del huevo y la gallina, porque al final, nadie tiene la razón? Quizás se pregunten en estos momentos qué relación puede existir entre las interrogantes anteriores, o por qué aludimos a estos aspectos de la vida cotidiana. En el transcurso de este artículo abordaremos de manera general las relaciones de poder existentes entre los géneros y la ideología que las sostiene.

El término de patriarcado es creado por la teoría feminista en los años setenta, aunque su esencia acompaña al ser humano desde tiempos mucho más antiguos. En este sentido ha sido la propiedad privada el eje conductor del surgimiento y el sostén del orden patriarcal, trayendo consigo profundas transformaciones en la estructura y dinámica de la familia y el matrimonio, estableciendo así, relaciones jerárquicas rígidas que limitan las potencialidades y derechos del sexo femenino. Su “poder” fue reducido al área privada, más específicamente a la doméstica, a lo maternal y a los afectos, privándola del disfrute de la vida social, sexual, laboral, intelectual, entre otras restricciones. De esta manera, se impone en la historia de la humanidad una nueva forma de discriminación social.

A la exclusión de las personas por su raza, clase social, ubicación geográfica se le suma la diferenciación estereotipada de los sexos, asignando el poder a lo masculino y la sumisión a lo femenino, y lo que es peor, se ha enraizado en las subjetividades presentándose como algo incuestionable, natural, legítimo, aunque con algunos emergentes de cambio en la sociedad patriarcal contemporánea.

Yo parto de que constituye una estructura de poder que determina las interacciones entre los géneros, con el mismo sexo y consigo mismo. Esta estructura de poder como bien su nombre lo indica es esencialmente masculina y su influencia ha abarcado los más diversos espacios como la política, la economía, la familia, la pareja, etc.

“Es el conjunto estructural de prácticas sociales y de representaciones ideológicas. Términos como sexismo y machismo no parecen cubrir suficientemente el campo de fenómenos implicados. Sugieren más la ideología o la práctica individual que las estructuras y su carácter de sistema.” (Medina, S., 2003)

B. Castellanos y A. González, en su libro “Sexualidad y géneros” dividen la influencia del patriarcado en dos épocas fundamentales: las sociedades patriarcales tradicionales y las contemporáneas. En las primeras surge el predominio masculino y aparecen las relaciones de poder, subordinación y discriminación con relación a la mujer a partir de una doble moral, donde se realiza una separación de los roles y funciones de ambos en la sociedad, se exalta el erotismo del hombre mientras que se inhibe el de la mujer reduciéndolo a fines reproductivos en el contexto matrimonial y donde la prostitución constituye la única vía de independencia económica de la mujer de aquella época. Por su parte, en las sociedades contemporáneas la estructura social continúa siendo androcéntrica aunque con una aplicación menos rígida de la doble moral tradicional, iniciándose una redefinición de valores y modelos sexuales más flexibles y humanos, se construye un nuevo significado del erotismo femenino con independencia del matrimonio y la reproducción, aunque continúa siendo discriminada de otras maneras. Se evidencia además, una progresiva modificación de actitudes en las relaciones entre los sexos. Finalmente las autoras señalan que se produce con el advenimiento de esta nueva forma de patriarcado un enfrentamiento entre los modelos y valores tradicionales con los actuales.

La transición hacia una forma de patriarcado contemporánea se debe en lo fundamental a la llegada de la Revolución Industrial, a los avances tecnológicos y a la necesidad de la incorporación de la mujer a la esfera laboral. Así, de manera progresiva, ellas comienzan a realizar las tareas que convencionalmente eran exclusivas para el hombre. La Revolución Sexual contribuyó en gran medida a la transformación de los modelos sexuales establecidos socialmente sobre todo en lo concerniente al matrimonio, el erotismo femenino, al placer sexual, una mayor actuación en el galanteo y el acceso a determinados derechos sexuales para la mujer. Ocurre una superación de valores antisexuales, mitos, doble moral, definiendo un encuentro diferente entre los sexos en la esfera amorosa y sexual.

Algunas consideraciones sobre el concepto de género

El tema del género ha sido abordado a través de la historia por varias disciplinas y especialistas. Constituiría un tratado si intentáramos reunir toda la riqueza de criterios y polémicas que han caracterizado su estudio, incluso, si tenemos en cuenta que siglos antes de su conceptualización ya existían algunos criterios de pensadores ilustres. Es un tema que ha ocupado al ser humano desde el mismo instante en que hombres y mujeres han establecido relaciones en una determinada sociedad por muy antigua que sea esta.

No en todos los tiempos en los que el ser humano ha vivido bajo una determinada organización social ni en todas las culturas y civilizaciones ha sido el hombre el privilegiado, el proveedor de un dominio sobre el sexo femenino. Se habla que en las sociedades primitivas imperaba una mayor espontaneidad y un carácter predominantemente equitativo en las relaciones entre los sexos, diferenciados sólo por el tipo de actividad debido a distinciones anatomofisiológicas.

Hace ya algunos años, John Money en búsqueda de un término que pudiera sistematizar la expresión social de la sexualidad y pudiera concentrarla en términos de la relación hombre- mujer, introdujo por vez primera el concepto de género a partir de otro muy importante (Gender Role) y explica: “... lo determinante en la identidad de género no es el sexo, sino el hecho de vivir desde el nacimiento, las experiencias, ritos y costumbres que se consideran masculinas o femeninas.” (Money, J., 1955, referido por Valenzuela, M.)

Dos definiciones más podrían acercarnos a su esencia: “Es la categoría  que nos posibilita designar al orden sociocultural configurado sobre la base de la sexualidad, la cual a su vez está definida históricamente por el orden genérico. Es una construcción simbólica, que integra los atributos asignados a las personas a partir de su sexo.” (Fernández, L.,  2003)

“Características socialmente construidas que definen y relacionan los atributos de “ser hombre” y “ser mujer” y el quehacer femenino y masculino dentro de los contextos específicos. El género se refiere a los símbolos de la cultura, conceptos normativos, factores institucionales y representaciones sociales que modelan la subjetividad de mujeres y hombres, los cuales se construyen en el proceso de socialización y educación a través de las relaciones intergenéricas que son además relaciones de poder.” (Alvaré, L., 2003)

El concepto de género es según esta autora:

  • Relacional: No se refiere aisladamente a hombres y mujeres, sino a las relaciones que se construyen socialmente entre unas y otros.
  • Jerárquico: identifica diferencias entre hombres y mujeres que no son neutras, sino que se valorizan con mayor importancia las actividades asociadas a lo masculino y a producir relaciones desiguales de poder.
  • Cambiante: al ser aprendidas prácticas y actitudes, los roles y las relaciones pueden ser susceptibles de cambio por medio de intervenciones, en tanto su formación no responde a características biológicas, naturales. Así, se retan aquellos planteamientos que refieren que la mujer nace con características, cualidades femeninas y el hombre con masculinas, que presupone que ambos dirijan sus actividades a polos y espacios de actuación diferentes.
  • Contextual: porque existen variaciones de género de acuerdo con la etnia, clase y cultura. Es cualitativamente diferente  en cada contexto sin que su existencia se deba sólo a una determinación social directa y mecánica.
  • Institucional y estructurado: porque se refiere no sólo a las relaciones entre hombres y mujeres en el ambiente privado, sino a un sistema social que se apoya en normas, legislaciones y religión.

Es necesario aclarar que los géneros no nacen simplemente de las exigencias sociales, sino que se forman en una configuración entre las necesidades y tendencias de las identidades genéricas individuales y las sociales. También están marcados biológicamente por cuanto el ser humano es sexuado. Sin embargo, su base biológica y psicológica distintiva no justifica  las relaciones jerárquicas y asimétricas entre los sexos, ni condiciona que un comportamiento sea de una manera determinada por la pertenencia a un género.

En resumen, el género es un proceso sociohistórico mediatizado por la cultura, por un determinado contexto, que establece lo propio para hombres y mujeres e incluye toda una serie de creencias, sistemas de valores, roles, representaciones, cosmovisiones, normas de comportamiento, sentimientos, actitudes, necesidades, expectativas construidas socialmente a partir del proceso socializador. Marca sus actuaciones en las diferentes esferas de la vida cotidiana, definiendo las relaciones entre los sexos, con el mismo sexo y consigo mismo. Así, se manifiesta en la vida social, económica, política, familiar, religiosa, de pareja, etc.

El género encuentra diversas vías de expresión. A nivel individual, condiciona la perspectiva individual con que se percibe e interpreta la realidad. Se expresa como identidad y rol de géneros, como forma indiscutible de su ser sexuado, sostenida sobre la base de diferencias anatómico sexuales. Se manifiesta además, a través de los símbolos de la cultura, las representaciones sociales, la influencia institucional, los conceptos normativos, conformando toda una serie de exigencias sociales que modelan la subjetividad en el proceso de socialización, sin dejar de tener en cuenta el papel activo del ser humano. Establece las relaciones de poder unilaterales de dominación masculina contra subordinación femenina. Esta categoría es en sí misma discriminatoria y promotora de desigualdad, en tanto se encasilla a las personas y se les pone en contradicción con sus deseos, limitando sus potencialidades.

Los roles de género

Las diferencias entre hombres y mujeres acompañan al ser humano mucho antes de que se hablara de ello. Abramos una Biblia y leamos en ella los criterios brindados acerca de la génesis del ser humano. La primera mujer no es más que la costilla de un hombre, creada para mitigar la soledad del mismo. Desde aquí se aprecia la discriminación de la mujer y la valoración de ella como sexo débil, inferior. Claro está, esto sólo se refiere a la interpretación que hagamos de un pasaje bíblico, la problemática abarca mucho más, pero, ¿cuánta desigualdad no se ve reflejada en la sociedad contemporánea, en las creencias, actitudes, comportamientos de las personas, en la vida cotidiana, precisando un estilo dicotómico, de enfrentamiento entre los géneros?

Aquello que se prescribe desde lo social sustentado en lo interaccional y lo psicológico, son pautas rígidas de comportamiento que se asignan de manera definida y dicotómica a cada sexo. De ahí que las mujeres desplieguen sus actividades en determinados espacios de actuación más restringidos que el hombre, aunque esta realidad se halla en transformación en la actualidad, por suerte para ambos sexos. Desde tiempos remotos, las féminas “mandan” en el hogar, en los quehaceres domésticos y en la crianza de los hijos. La figura masculina, vista históricamente como la privilegiada cuenta con un repertorio más amplio y público accediendo a la calle, a la política, al poder, desempeñándose como jefe de hogar, proveedor, trabajador, heterosexual activo, etc.

Sin embargo, todos tenemos algo que perder en toda esta dicotomía, y es que antes de ser portadores de una determinada identidad genérica somos seres humanos con necesidades, expectativas, deseos, potencialidades a las cuales tenemos derecho de acceder y expresar.

El término rol de género fue creado por Money y sus colaboradores en 1955, definiéndolo como la expresión pública de la identidad sexual. “Es cuanto una persona dice o hace para indicar  a los demás o a sí mismo el grado en que es varón o bien hembra o ambivalente. Incluye la excitación y las respuestas sexuales personales pero no queda restringido a las mismas. Es la expresión pública de la identidad y la identidad de género es la experiencia privada, individual del rol de género.” (Money, J. y Ehrhardt, A, 1982 referido por Cabrera, M., 2003).

El rol lo constituye el conjunto de comportamientos prescritos socialmente para cada sexo desde lo cultural. Incluye creencias, sentimientos, actitudes, expectativas, etc. En el rol genérico se actúan los papeles femeninos y masculinos basados en los estereotipos sexuales. De acuerdo a ello se fija una actuación específica en las diversas esferas: familia, trabajo, educación de los hijos, la pareja, el galanteo, las relaciones con el otro sexo, con el mismo sexo y consigo mismo, que establece límites en dependencia de la época y el contexto. Cuando se intenta ir en contra de estos roles “apropiados”, la persona puede quedar expuesta a un conflicto, lo cual puede llegar a deteriorar la identidad sexual. Esta última se sustenta en gran medida  en la calidad de la expresión de la primera, a partir del enjuiciamiento social de nuestra actuación.

Castellanos y A. González  en su libro “Sexualidad y géneros”, igualmente definen el rol de género como la expresión pública de la identidad asumida mediante el desempeño de diversos papeles en la vida sexual (padre, madre; esposo, esposa; amigo, amiga; etc.)  por lo que se manifiesta de una manera peculiar donde el individuo interpreta, construye y expresa en su conducta cotidiana los modelos genéricos que para su sexo establece la sociedad en que vive. Si bien, el rol es el proceso que mayor impacto posee de los estereotipos que sobre lo masculino y lo femenino dicta la sociedad, por lo que resulta profundamente maleable y dúctil, propenso a transformaciones, no deja de tener, bajo la fuerte influencia de la identidad, un carácter personalizado que lo distingue.

Su poder de expansión se filtra en cada uno de nuestros instantes porque hasta cuando nos encontramos libres de la criticidad externa, nos convertimos en nuestros peores jueces. Así nos define como mujeres y hombres todo aquello que hacemos o pensamos, desde nuestros gestos, nuestro modo de caminar, de vestir, el modo de relacionarnos con los demás, el arreglo de nuestro cuerpo, la expresión de los afectos, y ser así socialmente aceptados y aceptadas.

Dentro de los roles que debe asumir  la mujer en la sociedad patriarcal el más importante es el de madresposa monógama, así como roles expresivos y asistenciales amorosos (sólo espirituales) impregnados de afecto, dedicada al cuidado de los hijos, la familia y restringida al espacio privado del hogar. Mientras, el hombre se convierte en el experto en galanteo y sexo, erotizado, con derecho a experiencias heterosexuales, premaritales y extramaritales, además de esposo polígamo. Su rol  es social e instrumental, ejecutivo, de buen proveedor, protector y ganante de la vida material de la familia, sin gran compromiso afectivo y espiritual en particular. (Castellanos, B. y Glez, A., 2003)

Por su parte, en las sociedades patriarcales, el hombre en su rol protagónico, portador del poder y la dominación disfrutó de innumerables privilegios sobre el género femenino, significando el polo más valorado y reconocido desde lo social. Ahora, el cambio más importante que se ha  producido en la sociedad contemporánea en el rol del hombre es con relación a la esfera privada, en cuanto a la perspectiva de la educación de los hijos, en la ayuda en los quehaceres domésticos, en el alivio a su papel de proveedor en tanto la mujer accede al mundo laboral y se hace más independiente. Sin embargo, pensamos que estos cambios son más bien superficiales en tanto no llega a resolver la esencia de las diferencias entre los sexos y no combate la desigualdad. La palabra “ayuda”, por ejemplo, bien lo demuestra. Además, los hombres también tienen cargas en la distribución de los roles, pues las expectativas preconcebidas afectan a ambos. La figura masculina por lo social y lo económico se encuentra sobreexigido en el proceso de demostración de su masculinidad, a pesar de su normal vulnerabilidad como seres humanos. Así, el hombre muchas veces no se encuentra preparado o no desea asumir esos roles. Por ello no creemos, en primer lugar  si lo miramos críticamente, que haya sido la mujer la única protagonista de discriminación y exclusión como género; y en segundo lugar, seríamos injustos si persistiéramos en ver al hombre como el causante de las desdichas del género femenino. Como bien señalan B. Castellanos y A. González han sido en lo principal factores  económicos y sociales los desencadenantes.

De manera general, estamos siendo protagonistas en la sociedad contemporánea de una permeabilización y flexibilización de los roles y normas sociales para hombres y mujeres. Dadas las transformaciones que se suceden en los ámbitos económico, tecnológico, social, se están determinando una redifinición en la concepción de los roles femeninos y masculinos. Sin embargo, nos queda mucho camino por recorrer.

Ahora, la identidad de género es un concepto que como ya vimos se complementa con el de rol, ya que se manifiesta a través del mismo. Constituye el aspecto psicológico de la sexualidad y nos da el sentimiento de pertenencia a un sexo u otro. La persona siente, piensa y actúa como hombre o como mujer de acuerdo con las pautas y expectativas culturales en dependencia de cada época y contexto social. Posee  como referente de base los atributos sexuales biológicos y los patrones sociales anteriores.

Lo masculino y lo femenino en la sociedad contemporánea

Ahora bien, la masculinidad y la femineidad son atribuciones de la construcción social (género) y se refieren al conjunto de cualidades, sentimientos, actitudes y pautas de comportamiento socialmente aceptadas y asociadas al ser hombre o mujer, incluyendo deberes y prohibiciones asumidas que pautan las relaciones entre los géneros. En general, constituye una forma aprobada de ser varón o hembra en una sociedad y época determinadas.

Entre lo femenino y lo masculino se ha construido una contradicción. Así, se considera que la figura masculina debe ser fuerte física y emocionalmente, mujeriego, autónomo, seductor por excelencia, autoritario, eficiente y privado de sus sentimientos y emociones. Las féminas por su parte, deben ser bellas, dependientes, discretas, y en última instancia provocativas y coquetas, además de presumidas, dulces, dóciles, comprensivas y muy afectuosas y sensibles.

HOMBRE       

MUJERES

Rudo, agresivo, violente

Dominante, conducción de los otros

Decidido, seguro, valiente

Calculador, racional

Inteligente, el experto

Profundo

Hipersexual, polígamo

Práctico

Activo, toma las iniciativas

Aprende a dominar la pasión, reservado

Persigue alcanzar el éxito

Tierna, delicada

Sumisa, dócil

Indecisa, insegura

Espontánea, emotiva

Intuitiva, ingenua

Profundo

Superficial  Infrasexual, monógama

Romántica

Pasiva, se deja conquistar

Sentimental, presumida

La mujer persigue el amor

 

(Castellanos, B. y Glez, A., 2003; Tapanés, A., 1999)

Estas características dejan traslucir que más que diferencias, lo que existe es una oposición extrema entre todo lo que represente lo femenino y lo que indique virilidad.

En este sentido B. Castellanos y A. González reafirman el carácter antagónico y bipolar de esta realidad, donde se produce un enfrentamiento de opuestos y se toma al hombre como punto de referencia, a partir del cual se define y evalúa a la mujer por medio de parámetros discriminatorios.

Algunas consideraciones sobre la masculinidad

Patricia Arés (2000) define la masculinidad a partir de los términos saber, tener, poder. Saber se refiere a aquello que el hombre debe conocer sobre sexo, preferencias femeninas, resolver problemas y muchas cosas que lo convierten en un experto frente a la mujer, así, él nunca reconocería que ignora algo. Por su parte, tener alude a la superioridad, a poseer determinadas características que resaltan su masculinidad como potencia, tener pene y la capacidad de engendrar, tener éxito, eficiencia, competencia, responsabilidad del sostén económico, fuerza, agresividad, autocontrol y dominio sobre los demás. Poder constituye la base de la construcción de la masculinidad, poder que el hombre ejerce en las diversas esferas de la vida cotidiana, sobre la familia, la pareja, las relaciones con el sexo contrario, la familia, la política, la economía, etc.

Los micromachismos, término acuñado por Luis Bonino, un experto en los estudios de la masculinidad, representan aquellos comportamientos que pertenecen a la cotidianidad y que surgen por la necesidad de sostener la supremacía del hombre, de confirmar su virilidad. Se encuentran tan enraizados en la forma de ser del varón que resulta en ocasiones una herejía su crítica, debido a lo que ya habíamos mencionado anteriormente, y es que estos micromachismos  son vivenciados como algo normal, natural. El mismo Bonino los define como “las maniobras interpersonales que realizan los varones para mantener, reafirmar, recuperar el dominio sobre las mujeres, o para resistirse al aumento de poder de ellas, o para aprovecharse de dicho poder, se muestran los efectos que por su reiteración, ocasionan en las personas.” “Son las prácticas de violencia y dominación masculina que se ejecutan en la cotidianidad” (Bonino, L., 2000) 

Así, en el enamoramiento por ejemplo, en demostración de su carácter varonil, algunos no cesan en sus conquistas amorosas (con la falsa idea de que el deseo sexual es un instinto, y no puede evitarse porque “la carne es débil”), tratan de no doblegarse ante el deseo de la mujer, ni sucumbir al amor romántico, ya que un hombre que galantea a lo antiguo puede ser tildado de flojo, de afeminado. Muchas mujeres en la actualidad, incluso, lo rechazan y prefieren al que conquista de una manera práctica, rápida, sin muchos rodeos, porque el primero no se impone, no inspira protección, ni fortaleza. Asimismo, muchos se cuestionan, ¿qué clase de hombre es el que dice que no? Para estas personas  la sexualidad del varón se basa en el presupuesto de que siempre debe querer y poder y en cuestiones de cantidad, sin importar mucho el aspecto emocional ni la calidad del vínculo futuro, como si para ello sólo bastara la presencia de la figura femenina. La cuestión radica en anotarse una más en la lista y al final quedarse con un empobrecimiento espiritual. Así, los enamoramientos de estos varones son superficiales y fugaces.

Me gustaría concluir estas reflexiones con una palabras de Michael Kauffman: “Las inseguridades personales conferidas por la incapacidad de pasar la prueba de la hombría, o simplemente la amenaza del fracaso, son suficientes para llevar a muchos hombres, en particular cuando son jóvenes, a un abismo de temor, aislamiento, ora, autocastigo, autorrepudio y agresión. Dentro de tal estado emocional, la violencia se convierte en un mecanismo compensatorio. Es la forma de reestablecer el equilibrio masculino, de afirmarse a sí mismo y afirmarles a otros las credenciales masculinas de uno.” (Kauffman, M., 1999)

Algunas consideraciones sobre la realidad femenina actual.

La mujer, por su parte, ha sido mirada históricamente desde otros ojos, como símbolo de sumisión e inferioridad. A ellas se les ha censurado, oprimido y se les ha negado el acceso al “mundo masculino”. En la actualidad se intenta rescatar y defender los derechos del género femenino, así como sus posibilidades de actuación en las diversas esferas de la vida cotidiana.

Ahora, si bien estos cambios asociados a la condición de la mujer son notables, y se han alcanzado logros en la ruptura de estereotipos relacionados a la concepción de los roles femeninos y masculinos, aún queda mucho camino por recorrer en un plano más profundo de la subjetividad, a la vez que a un nivel más generalizado y social. En el primer caso, se hace necesario una transformación más concientizada y menos superficial en hombres y mujeres que aún se continúan tratando como opuestos; y en segundo lugar, estos logros no se puede decir que son generalizables a toda la población femenina y masculina, lo cual ha dependido del nivel educacional, de la pertenencia a determinada generación, el acceso a la promoción de igualdad y a los estudios que se realizan sobre el tema cuando uno de sus principales consiste en contribuir a estos fines, a la educación sexista que aún impera en nuestras escuelas, en el seno familiar, así como el reforzamiento de instituciones y de los medios de comunicación masiva en la diferenciación entre los sexos, entre otros factores.

Lourdes Fernández, en su libro “Pensando en la personalidad”, señala tres mitos sociales propuestos por A. M. Fernández que conforman la vulnerabilidad de las mujeres como: mujer = madre, pasividad erótica femenina y el amor romántico como centro de su vida. En cuanto a esto último la mujer ha sido preparada históricamente para una mayor apertura afectiva, sensibilidad, contacto corporal, pero no sexual.

Retomando como ejemplo el tema del enamoramiento, apreciamos igualmente la discriminación de la mujer. Por ejemplo, cuando  una de nosotras enamora a un hombre, toma la iniciativa o conduce el galanteo, las personas que la rodean, sobre todo aquellas de generaciones mayores, incluso los propios varones, lo ven como algo raro, y desvalorizan su imagen, ya que las féminas deben ser pasivas y esperar a que él se decida. Su papel en el galanteo debe ser más bien discreto, recatado, indirecto. Igualmente se les admira su romanticismo, cuando son sentimentales, se dan a su lugar, son afectuosas, tiernas, sufridas ante la decepción.  Ahora, valdría hacernos una pregunta, ¿somos las mujeres más vulnerables al desengaño amoroso? ¿Acaso los hombres no sienten dolor cuando  no son correspondidos?, ¿Tenemos nosotras que cargar con el significado de la delicadeza, el sentimiento amoroso? Esto sólo forma parte de un legado cultural y de nuestra educación a través de los años.

En este sentido en “Miradas de mujer”, C. Rihoit expresa: “Las mujeres ya no soportan ser objetos sexuales, ya no se contentan con la seducción pasiva que les estaba asignada. A menudo toman la iniciativa, aunque no siempre de forma consciente. Cada vez es más fácil constatar que el ligue no es una actitud exclusiva  de los hombres, puesto que las mujeres también participan.” (Rihoit, C., 1988)

Los estereotipos de género

Ahora bien, todas estas cualidades y pautas de comportamiento son inherentes a determinados estereotipos sexuales masculinos y femeninos, en tanto “son creencias, expectativas, atribuciones causales, se piensan y comparten en determinados grupos (varón–masculino y mujer–femenino). Se trata de imágenes mentales que no son coincidentes con la realidad, pero que se arraigan fuertemente en la subjetividad e incluso el sujeto contribuye activamente en su construcción, conceptualización y en el establecimiento del autoconcepto.” (Fdez, L., 2003)

Estas falsas creencias y expectativas son las principales generadoras de desigualdad y dicotomía entre los sexos, además que rigen y surgen de la ideología machista y costumbres sexuales, y constituyen la base que nutre el funcionamiento del modelo patriarcal. Significan los mandatos  rígidos e inflexibles que dicta la sociedad con relación a los roles femeninos y masculinos, ocasionando así toda una gama de malestares e insatisfacciones con respecto a la pertenencia a un determinado género, además que limita las potencialidades del ser humano.

Todos estos estereotipos generan inhibición, ansiedad, preocupación por el desempeño, o por el contrario les provoca vergüenza o sentimiento de exclusión cuando se alejan del modelo establecido. Generan a escala social e individual determinadas expectativas con respecto al desempeño de los roles. Influyen en la perspectiva de género que atraviesa nuestra forma de sentir, pensar y actuar, en lo que esperamos y deseamos del otro, en los ideales de pareja, en la elección de la pareja, etc.

Cambios en la concepción de la femineidad y la masculinidad actuales

Asumir todo lo legado desde lo sociocultural y  arrastrar con los costos de esta asunción, produce un alto nivel de malestar, inconformidad en hombres y mujeres. Un cambio en la perspectiva de género, una redefinición de los roles e identidades masculinas y femeninas, debe implicar una transformación profunda en las creencias, actitudes, y junto a ello, en los modos de actuación en las diversas esferas de la vida cotidiana. Los cambios y la flexibilización que se están produciendo en los roles desde hace algunos años, han marcado un encuentro diferente entre hombres y mujeres. La superposición y la permeabilización de estos papeles femeninos y masculinos, en tanto no quedan bien delimitados y claros desde la forma de pensar, las actitudes, los sentimientos y la actuación de uno y otro sexo en diferentes ámbitos, producen ambigüedad, contradicción entre lo asignado culturalmente, lo asumido, los emergentes de cambio y los reclamos de un sexo a otro.

Hoy el cambio se hace inminente y constituye una emergencia social, ya que lo asignado tradicionalmente desde los roles a hombres y mujeres no es asumido por muchos con la conformidad y pasividad que caracterizaban los tiempos más antiguos. Sin embargo, la transición a una forma de relación menos dicotómica y asimétrica entre los sexos y por ende la ruptura de lo tradicional, aún se torna difícil al encontrarnos anclados en una sociedad patriarcal que se resiste al cambio.

Patricia Arés (2000) ha desarrollado algunas ideas con relación al cambio. Ella refiere que se produce una crisis de la identidad masculina en tanto el hombre intenta  cambiar a partir de lo que la mujer reclama como hombre diferente (además, por un lado se le reclama que sea distinto y se les niegan las posibilidades de sentir y de incursionar en el mundo femenino), y no desde ellos mismos, sino desde un punto de referencia externo. ¿Significará un cambio real?

Las transformaciones que se alcanzan poseen más bien un carácter superficial, poco profundo, ya que no llega a la esencia de la desigualdad entre los sexos constituyendo una forma más solapada de discriminación. Se logran avances externos pero no se alcanzan transformaciones en las subjetividades. Cuando los hombres han intentado cambiar desde  la psicología masculina se les ha presentado otro conflicto, la contradicción entre lo asignado y lo asumido. Esta crisis produce en algunos una resistencia al cambio, mientras que otros vencen las barreras internas y asumen algunos roles femeninos, pero sin despojarse de la inhibición, y la vergüenza que esto implica para ellos, sintiendo amenazada en ocasiones su masculinidad.

Indudablemente, acecha una búsqueda hacia una masculinidad menos dominante con posibilidades de expresar sentimientos de ternura, amor, hacia un encuentro menos conflictivo con la mujer y a partir de un encuentro diferente consigo mismo. Algunas reflexiones de Torrealday en su libro “Hombre y mujer: femenino y masculino” señalan la necesidad de este tránsito, más específicamente en el galanteo: “¿Se puede tolerar por más tiempo el estar excluido del código que rige esta seducción, el participar sólo como satélite? ¿Y si jugáramos a ser platea también? ¿Y si nosotros, los hombres, en una masculinidad reencontrada o, mejor, reiventada, nos instaláramos sin vacilar en el terreno prohibido: el del encanto, de la seducción?” (Torrealday, A., 1987)

Al igual que el hombre, aunque desde perspectivas diferentes, la mujer ha necesitado romper con lo asignado culturalmente, a raíz de todas las transformaciones que se han sucedido en lo económico, lo social, los avances tecnológicos, que vienen definiendo desde hace unos años una nueva mujer. Patricia Arés refiere en este sentido: “Lo asignado a la mujer sigue presente a través de reforzadores sociales muy fuertes como son las generaciones anteriores, que transmiten sus mensajes a través de mitos, legados y lealtades que se asumen por identidad afectiva o desde legados culturales a través de formas invisibles de la sociedad, de transmitir la identidad haciendo natural lo que es sociocultural o “normal”, lo que tiene altos costos de salud. Por eso se habla en términos de conflicto y no de asumir un papel nuevo.” (Arés, P., 2000)

Asimismo, la mujer ha sido el emergente social de cambio a partir de una necesidad imperiosa de la transformación de su rol tradicional, sustentado por tanta discriminación a través de la historia. (Álvarez, 1995, referido por Arés, P., 2000) 

Refiere además que se produce en la figura femenina un conflicto de roles, donde además de los ya establecidos, como madre – ama de casa, se le adicionan algunos al ámbito público, donde ella reclama su papel en la vida social, laboral – profesional, vivenciando con ello una sobreexigencia de roles. De alguna forma ella debe renunciar al “poder” hogareño en su reclamo de ayuda y colaboración al hombre. Esto genera en algunas mujeres una resistencia a reclamar su actuación en estos ámbitos.

Al igual que el hombre, la mujer ha intentado cambiar a partir del referente masculino, trayendo mayor dicotomía entre los sexos. Pero, a pesar de ello, estos cambios que se están sucediendo en los roles tradicionales masculinos y femeninos, promulgan una relación diferente entre hombres y mujeres en la familia, la pareja, el galanteo y cortejo amorosos, en la sexualidad y los ámbitos social y laboral.

Terminemos con el fragmento de una poesía de una importante poetisa, que encierra en sus palabras muchas de las reflexiones que hemos compartido a lo largo de este artículo.

Reglas del juego para los hombres que quieran  amar a mujeres nuevas (fragmentos)

El amor de mi hombre
no conocerá el miedo a la entrega,
ni temerá descubrirse ante la magia del enamoramiento
en una plaza llena de multitudes,
podrá gritar – te quiero –
o hacer rótulos en lo alto de los edificios
proclamando su derecho a sentir
el más hermoso y humano de los sentimientos.

El amor de mi hombre
no le huirá a las cocinas,
ni a los pañales del hijo,
será como un viento fresco
llevándose entre nubes de sueño y de pasado,
las debilidades que por siglos, nos mantuvieron separados
como seres de distinta estatura.

                                                                     Gioconda Belli

Referencias Bibliográficas

  • Alvaré, L. (2003): “El enfoque y rol de género: importancia en el trabajo con adolescentes y jóvenes”, en Peláez, J., “Adolescencia y juventud. Desafíos actuales”, Editorial Científico–Técnica, Ciudad de la Habana.
  • Arés, P. (2000): “¿Conocemos el costo de ser hombre?”, Editorial Política, Ciudad de la Habana.
  • _______ (2000): “Los grandes cambios para la familia” en Revista Sexología y Sociedad, # 15, Ciudad de la Habana.
  • _______  (2000): “Ser mujer en Cuba. Riesgos y conquistas”, en Sarduy, C.; Alfonso, A., “Género: salud y cotidianidad”, Editorial Científico–Técnica, Ciudad de la Habana.
  • Belli, G. (1990): “Reglas del juego para los hombres que quieran amar a mujeres nuevas”, en Colectivo de autores, “Cantar al amor”, Editorial Pueblo y Educación, Ciudad de la Habana.
  • Cabrera, M. (2003): “Nosotros los hombres. Una aproximación al estudio de la subjetividad masculina en las relaciones de pareja”, Trabajo de Diploma, Facultad de Psicología, Universidad de la Habana.
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