LAS HUELLAS TRANSGENERACIONALES DE LA SHOÁ EN EL PSIQUISMO: UN TRANSITAR DE GENERACIONES 1

 

Autor: Lic. Psicología Rony Cohn

 

“Nos es lícito entonces suponer que ninguna generación es
 capaz de ocultar a la que le sigue sus procesos anímicos de
mayor sustantividad”
                                                                                                                           
 (Sigmund Freud, 1913)

“Todo lo que amamos se nos puede arrancar, lo que  no
se nos puede quitar es el poder elegir qué actitud asumir
       ante estos acontecimientos”

(Víctor Frankl, 1946)

 

Sin lugar a dudas, la Shoá marcó, marca y marcará la subjetividad de millones de personas por décadas. Es lamentablemente, la prueba ineludible de un paradigma que demuestra la magnitud de la violencia extrema ejercida por el ser humano en pleno siglo XX. Resulta evidente que, frente a este episodio extremo de catástrofe social, no se pueden realizar abordajes lineales y simples.

Ha quedado una impronta inconcebible hacia la humanidad, una herida abierta de difícil cicatrización, arraigando secuelas nefastas que se continúan en la actualidad, no sólo para los sobrevivientes, sino también, para muchos otros sujetos -que de alguna forma u otra- han estado involucrados con el tema, y que como consecuencia del mismo, la construcción de su propia identidad fue transformada. Por tanto, la Shoá como paradigma del mal, promueve el repensar la relación humana; esto es, suscita a repensar la ética (Duek y Torres, 2008). Basta tristemente con recordar las palabras del presidente de Irán en el año 2008, ratificadas en el 2009 y 2010, afirmando que la Shoá es un invento. Cuanta razón tiene Danieli (citado en Zytner, 2008) cuando expresa que la humanidad tuvo que atravesar tres heridas a su narcisismo, pero con la

Shoá se añade una cuarta herida narcisista 2 a saber: a la ética. Toda la civilización observó cómo se desmoronaba la idea de que la vida humana tenía algún sentido. No olvidemos las palabras de Primo Levi que hablan por si mismas: “Nadie puede salir de aquí para llevar al mundo, junto con la señal impresa en su carne, las malas noticias de cuanto en Auschwitz ha sido el hombre capaz de hacer con el hombre” (Levi, 1958, p.81).

Miles y miles de aproximaciones, recopilaciones bibliográficas e investigaciones existen de la Shoá desde diversos enfoques y disciplinas. Todas ellas tratan de narrar, explicar, contar o hacer referencia de lo que en la Shoá sucedió y fue vivido por los sobrevivientes. Sin embargo, son escasas las investigaciones que abordan esta temática desde una mirada diferente: desde una perspectiva psicológica transgeneracional. Así, es conveniente hacer la distinción entre dos modalidades diferentes de transmisión, que en ciertas ocasiones se las confunde: la transmisión intergeneracional de la transmisión transgeneracional. La primera se produce entre la generación en forma de relación directa, horizontal, mientras que la segunda se origina entre generaciones que se preceden y suceden en el tiempo, de forma vertical. Por todo esto mencionado, resulta sumamente significativo el analizar, reflexionar, pensar y re-pensar cuál es el impacto en la psiquis de un hecho común vivido por determinada generación que demuestra -en infinidad de formas- sus secuelas; no sólo para quienes lo vivieron directamente, sino también, para las generaciones siguientes, a pesar de no haberlo vivenciado. Es decir, cómo un acontecimiento traumático que no fue sufrido directamente por una persona (o generación), puede impactar de forma substancial en las sucesivas generaciones, haciendo que su propia individualidad se vea modificada y afectada para siempre. Por supuesto que, sus consecuencias deben ser aprehendidas psicológicamente. Por tal razón, el abordaje transgeneracional de la Shoá, permite un extenso enriquecimiento, ya que amplía la visión de los acontecimientos, permitiendo diferenciar y relacionar a las distintas generaciones. Hacia ésta perspectiva del pensar nos embarcamos en el presente artículo. Recordemos la hipótesis que afirmaba el propio Freud (1914, p.76) en aquellos tiempos: “el individuo lleva realmente una existencia doble, en

cuanto es fin para sí mismo y eslabón dentro de una cadena…”, tratando de aludir a lo estructural que es para el psiquismo de los individuos el hecho de ser precedido por una o varias generaciones.

Con gratitud se puede expresar que existe un enorme mosaico de sobrevivientes en vida dispersos a lo largo de todo el mundo, cada uno ellos con sus particulares forma de ser y enfrentarse al mundo. Éstos -que serían la primera generación de la Shoá- podrían llegar a sufrir de una patología que les sería singular: el “Síndrome del Sobreviviente”. Este síndrome es utilizado y descripto en casi toda la literatura que hace mención a las características de la primera generación, pero debemos siempre tener presente y no desconocer, lo que claramente señala Wang (1998), aludiendo a que el objetivo de dicho síndrome fue brindar un encuadre científico que permita evaluar psiquiátricamente a los sobrevivientes luego de finalizada la guerra, debido al reclamo económico que realizaban los mismos por los inmensos e innumerables detrimentos que experimentaron. Pero, se debe matizar que, una parte de los sobrevivientes tienen características de personalidad que los podrían perturbar -al igual que un porcentaje de la población en general- sin que ello corresponda a la realidad de la mayoría. Asimismo, los sujetos de la primera generación son portadores de “secretos” que van a ser transmitidos indefectiblemente a sus propios hijos: la segunda generación nacida luego de la Shoá. Dicha generación tendrá la ardua tarea de intentar mantener el mandato paterno, por un lado, pero a su vez, la de ir construyendo su propia identidad de forma independiente. La segunda generación tendría que ser lo suficientemente capaz como para lograr apropiarse de lo transmitido por sus progenitores, pero modificándole alguna cuestión, imprimiéndole elementos nuevos, es decir, agregándole su propio sello. Creo necesario indicar el rol que se le concede a la segunda generación, ya que la misma debería confrontar a la primera, en pos de realizar activamente algo con toda la información recibida, no siendo ésta una mera receptora de la transmisión. En la medida que los secretos no sean bien recibidos por la segunda generación, esto va a originar consecuencias sumamente ominosas. En la actualidad nos topamos con la tercera generación nacida luego de la Shoá, que sigue vivenciando las secuelas y el impacto que tuvo tal acontecimiento en sus vidas, a pesar de la distancia temporal que existe entre tal generación y la finalización de la Shoá. Teniendo como punto de partida el axioma que la Shoá produce un efecto sísmico que va perforando a las siguientes generaciones, se puede comprender una metáfora que caracterizaría la transmisión que recibe la tercera generación: una “transmisión radiactiva” (Gampel, 2006). Ésta comprendería los efectos desfavorables que atraviesan de forma invisible al ser humano, llegando a penetrar en lo más hondo del mismo. Me gustaría subrayar entonces que, entre las generaciones podría plasmarse como vía regía de transmisión una forma destructora para el psiquismo: una transmisión transgeneracional silenciosa que debemos de impedir que se siga produciendo entre las mismas. Dicho aspecto implica un punto de quiebre, un punto nodal para la transmisión, pues va favoreciendo la creación de una atmósfera de silencio, de saber de la existencia de un secreto al cual no se puede ni se debe mencionar. Digo atmósfera, tratando de mostrar la sutileza con la cual no es sólo a causa del silencio de los sobrevivientes la razón por la cual se origina dicha atmósfera -como suelen mencionar algunos autores- sino también por malentendidos, falta de palabras y palabras u oraciones repetitivas. Es decir, la presencia de lo no dicho se hace sentir, transmitiéndose un legado mudo pero demasiado audible, ya que todo el entorno sabe algo de lo que no se quiere saber. Por tal situación, no se puede dejar de mencionar que existen dos formas de transmisión que son de suma relevancia para tener en cuenta: la transmisión intersubjetiva y la transmisión transpsíquica. La primera se origina en la familia y precede al sujeto. Permite la transformación de contenidos psíquicos, que sería conveniente que realizara el sujeto, a pesar de lo transmitido por su familia. En cambio, en la transmisión transpsíquica hay una abolición de los límites y el espacio de transición necesario, para que los contenidos psíquicos recibidos puedan tornarse propios (Kaës, 1996).  Es beneficioso recordar, que de lo que no se puede hablar, es mejor no callar por lo menos.

Por otra parte, me gustaría señalar que la primera generación deberá realizar “duelos de características especiales” debido a la situación atípica y única 3 que tuvieron que enfrentar, facilitada por el silencio y la indiferencia del mundo. Una actitud sumamente cardinal resulta en el hecho de sentirse responsable del prójimo, solidario de lo que le toca vivir, y afectado por su mundo. Entonces, el ser responsable implica cierta posibilidad de responder, hecho que le faltó al mundo una vez finalizada la Shoá, y varias décadas después también. Actualmente, las distintas generaciones nacidas luego de la Shoá, estamos viviendo las consecuencias de que el mundo se haya “olvidado” de lo que había acontecido. Si se hubiese posibilitado ese espacio, la situación hubiese sido completamente diferente para las siguientes generaciones. Enfatizo esto, puesto que es primordial para poder elaborar y procesar lo siniestro del horror, tener la posibilidad de compartirlo con el entorno, con la sociedad, de forma tal que ésta se convierta en un verdadero soporte (Viñar, 2008) de la persona singular. Es decir, lo que se esperaba era un segundo tiempo de reflexión, para poder pensar y metabolizar elementos que antes se hicieron indecibles. Este tiempo destinado a la metareflexión, es una función que le concierne a toda la sociedad, de forma tal, que la familia del sobreviviente no tenga que ocultar lo sufrido, y por tanto, renegarlo, originando secretos.

Considero que -por supuesto respetando lo intransmisible del lenguaje, al cual hacen referencia los sobrevivientes- como representantes y embajadores de la tercera generación debemos tomar una actitud completamente activa frente al horror, ya que de alguna manera, si el silencio y la soledad se convierten en el único refugio frente a lo intolerable, los posibles desenlaces a futuro serán dañinos y peligrosos. Por dicha razón, se puede expresar que hoy en día es el momento ideal para realizar ésta ardua tarea, ya que el mundo reclama poner palabras -en sustitución del silencio- y tomar recaudos para que no surjan más catástrofes sociales extremas. A su vez, debemos de hacerlo, ya que nos consta que el callar puede llegar a ser mortífero. Sin embargo, décadas atrás, la situación era completamente inversa, el mundo no estaba preparado para escuchar ni preguntar-se acerca de las atrocidades que fueron cometidas por los nazis y sus colaboradores 4, prefiriendo evadir el tema debido a la incomodidad que les generaba la falta de respuestas. Actualmente, la situación es totalmente diferente: por un lado, el mundo se encuentra dispuesto a escuchar, y por otra parte, luego de casi cuatro décadas de silencio -el tiempo de dos generaciones- los sobrevivientes están dispuestos a testimoniar y ser escuchados 5.

No podemos pasar por alto que el nazismo no cumplió con su objetivo central: el exterminio. Prueba de esto son numerosos sobrevivientes que han mostrado una enorme capacidad de recuperación, enfrentándose a las situaciones límites más abominables que al ser humano se le haya ocurrido. Tomo las palabras de Kijak (2005) para hacer referencia que la Shoá puso en descubierto una característica del ser humano que cambió por completo la visión que éste tenía de sí mismo, desapareciendo para siempre lo que el hombre creía que era. La realidad de la Shoá sensibilizó al ser humano de la potencialidad de la agresión ajena y propia.

Indudablemente la Shoá ilustra una de las ambivalencias más profundas de la especie humana, en cuanto a que es capaz al mismo tiempo de crear cualquier aparato que implique beneficiar o destruir a otros seres humanos. La industrialización de la muerte, llevado a cabo en las cámaras de gas, ejemplificaría rotundamente hasta qué punto puede llegar el ser humano -más bestial- con su pensamiento y  su acción -esgrimiendo argumentos de índole  ideológica o cualquier otra “razón”-. Nunca olvidemos que quienes pensaron y crearon las cámaras de gas como método más efectivo para el exterminio - en cuanto a su rapidez y economía- eran seres humanos eximiamente educados, profesionales de la medicina y la ingeniería, entre otros.

Considerando que de la segunda generación existe literatura en abundancia-debido en parte a la novedad que producía en dicha época las secuelas que podían sufrir los hijos de los sobrevivientes de la peor catástrofe del siglo XX-, cabe la pregunta: ¿Cuáles serían las razones por la cual no existe suficiente material escrito acerca de la tercera generación? La respuesta, en mi parecer, oscila entre, la falta de tiempo suficiente para la publicación de material -ya que recién están creciendo los sujetos de la tercera generación-, y debido a que se hace considerablemente difícil para la tercera generación aproximarse al tema sin ser “atrapados” por la transmisión radiactiva. La segunda generación.

interroga por “lo que no se hizo”, mientras que la tercera generación “por lo que no hacemos6 . Claro está, que la respuesta planteada es una de las tantas posibles, lo cual deja abierta la interrogante para el futuro.

Convendría siempre tener presente, que un acontecimiento es indecible para la primera generación en la medida que determinado suceso vivido por ésta se hace presente psíquicamente, pero sin poder hablar de ello por -vergüenza entre otros motivos-; es innombrable para la segunda generación, ya que no puede ser objeto de representación verbal, y es impensable para la tercera generación, pudiendo percibir éstas sensaciones, emociones e imágenes bizarras que le atormentan y no explican su propia vida psíquica ni la de su familia. Así, la tercera generación intuye “algo extraño” en ellos que los acapara (Tisseron, 1997). Es decir, debemos tener en cuenta que, la tercera generación nacida luego de la Shoá ni siquiera es capaz de pensar dicho acontecimiento. Berenstein et al. (2006) afirman que a raíz de las condiciones socioculturales en las que viven los sujetos, producen con sus discursos, la subjetividad de una época. Es por tal razón que considero que a la tercera generación se la puede y debe considerar como una generación bisagra, en el sentido que sería la encargada de ligar, conectar, tanto las dificultades de la primera como de la segunda generación, para así permitirle a la tercera generación proceder, y favorecer la continuidad generacional.

Es decir, lo que definiría a la tercera generación nacida luego de la Shoá sería la creación de espacios, intentando que no se prosiga con una memoria traumática en el transitar de las generaciones, sino que por el contrario, se habilite el pasaje de una memoria traumática a una memoria activa, permitiendo su resignificación. Se impone entonces la necesidad de expresar que, para provocar un cambio desde una perspectiva transgeneracional, se debe tomar como punto de partida a la tercera generación -teniendo siempre presente lo mencionado anteriormente acerca de la transmisión radiactiva y la imposibilidad de siquiera pensar tal acontecimiento por la tercera generación-. Así, dicha generación tendrá que ir concluyendo de a poco el “duelo de características especiales” suspendido por la segunda generación y nunca finalizado por la primera, a través de una reconstrucción, mejor dicho, de una construcción y creación de espacios que habiliten a tal situación. Por supuesto, se espera que en el transitar de las generaciones vaya primando una transmisión transgeneracional intersubjetiva, de forma tal, que la tercera generación pudiese lograr la creencia en el ser humano que fue perdida por la primera generación -sobrevivientes- a raíz de lo sucedido.

Para finalizar,  me gustaría destacar que la Shoá produce resonancias afectivas que  impregnan  el presente artículo, por lo cual no es casual el hecho de encontrarme finalizando la escritura del presente artículo siendo un representante de la tercera generación de la Shoá, judío, uruguayo, en el contexto de la posmodernidad.

Referencias

  • Berenstein, I., Puget, J., Kleiman, S., Krakov, H., Berenstein, S., Gutman, J., et al. (2006). Factores curativos en el psicoanálisis de hijos de sobrevivientes del Holocausto antes y después de la guerra del Golfo. Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA), 28 (2), 275-283.
  • Duek, R. y Torres, D. (2008). Psicoanálisis y Shoá: el paradigma del mal. Revista de la Asociación Psicoanalítica de Buenos Aires (APdeBA), 30 (1), 17-50. Consultado el 4 de Noviembre de 2009 de la base de datos EBSCOHost Academia Search Elite.
  • Freud, S. (2005). Introducción al narcisismo. Obras Completas, Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu, octava reimpresión, 1914.
  • Gampel, Y. (2006). Esos padres que viven a través de mí. La violencia de Estado y sus secuelas. Buenos Aires: Paidós.
  • Kaës, R. (1996). Introducción al concepto de transmisión psíquica en el pensamiento de Freud. En: Amorrortu (Eds.), Transmisión de la vida psíquica entre generaciones (pp.31-74). Buenos Aires.
  • Kijak, M. (2005). Efectos persistentes de los traumas sociales en las nuevas generaciones. Cambios en la imagen ética del hombre. Revista de la Asociación Psicoanalítica de Argentina (APA), 62 (2), 407-423.
  • Levi, P. (2006). Si esto es un hombre. Trilogía de Auschwitz, México: Océano,  segunda edición, 1958.
  • Tisseron, S. (1997). El psicoanálisis ante la prueba de las generaciones. En: Amorrortu (Eds), El psiquismo ante la prueba de las generaciones. Clínica del fantasma (pp.11-33), Buenos Aires.
  • Viñar, M. (2008). Violencia política extrema y transmisión intergeneracional. En: Glocer Fiorini (compiladora). Los laberintos de la violencia. Buenos Aires: Lugar. 133-152.
  • Wang, D. (1998). El silencio de los aparecidos. Buenos Aires: Acervo Cultural Editores
  • Zytner, R. (2008). Semblanzas de lo siniestro: en torno a algunas repercusiones de la Shoá en la actualidad. Trabajo presentado en la Asociación Uruguaya de Psicoterapia Psicoanalítica, Octubre, Montevideo.

1. Artículo modificado de capítulo de la Investigación “Un tatuaje invisible. Abordaje psicoanalítico acerca de las huellas transgeneracionales de la Shoá en el psiquismo”.

2. Siguiendo con la idea presentada por Freud en su momento, al considerar las concepciones de Copernico, Darwin y el mismo como heridas narcisistas para la humanidad.

3. A la Shoá como situación extrema, especifica y singular se la debe distinguir del resto de los Genocidios pasados  y los que lamentablemente siguen sucediéndose en estos días. A su vez, la palabra Genocidio como Holocausto, no son pertinentes para la situación única que sufrieron los sobrevivientes de la Shoá.

4. Me gustaría destacar que, llamo colaboradores a todos aquellos sujetos que cobardemente participaron y posibilitaron aunque sea de forma indirecta la realización de la Shoá.

5. Vale la pena reiterar que, cada sobreviviente es particular y único en su forma de ser y enfrentarse al mundo.

6. Correspondería para todas las situaciones de horror, como ser actualmente Darfur

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