Como se ha podido observar durante el desarrollo del trabajo, los estudios en Fibromialgia pese a ser abundantes en la mayor parte de los casos, presentan limitaciones. En la mayoría de los estudios, las muestras son pequeñas y el desarrollo de las sesiones por parte de los enfermos suele resultar costoso (principalmente en relación con las ausencias, ya que para algunos de estos pacientes, el salir de casa ya supone un sobreesfuerzo que algunos no pueden soportar). Además, en muchas ocasiones, el personal médico, principalmente en Atención Primaria, no tiene conocimientos suficientes acerca del diagnóstico y/o sintomatología clínica de la enfermedad, algo que puede tener consecuencias nefastas sobre el paciente (falsos positivos, estigmatizando al enfermo con una etiqueta que no se corresponde con su patología, o falsos negativos, limitando al paciente las opciones de tratamiento o, en el peor de los casos, sometiéndoles a intervenciones que de no mejorar pueden incluso empeorar la sintomatología). En este sentido, la falta de conocimiento general en el ámbito sanitario se suma a la, ahora cada vez menor, falta de concienciación de la sociedad general en relación a la enfermedad. Partiendo de este panorama, se hace lógico que la dificultad en el desarrollo de los estudios esté presente en la mayoría de investigaciones que se llevan a cabo en el ámbito. Pese a lo cual, la mayoría de ellas resultan fructíferas ya que nos permiten acercarnos un poco más al entendimiento de la enfermedad y al sufrimiento de los pacientes afectados.
Es importante que los profesionales dispongan de criterios diagnósticos comunes, con el fin de realizar evaluaciones fiables y reducir, en el mayor número de casos posibles, diagnósticos erróneos. A partir de aquí, se hace necesario el desarrollo de estrategias de intervención, que como se ha puesto de manifiesto, su origen se remonta a varios años atrás. Estos mecanismos fundamentados en la prevención terciaria, se dirigen principalmente a la mejora de la sintomatología y por tanto, al aumento de la calidad de vida de estos pacientes como fin último, ya que a día de hoy, la Fibromialgia pertenece al grupo de enfermedades cuyo pronóstico es crónico. Pero, en la actualidad, la visión de los investigadores y personal sanitario dedicado al estudio de esta enfermedad debería ir más allá. En los últimos años el modelo médico esta comenzando a asumir la necesidad de poner en marcha estrategias preventivas con el objetivo de evitar la aparición de enfermedades en la población sana. En este sentido, la prevención primaria debe ser la piedra angular en la que se desarrollen las investigaciones futuras. Se necesita saber más acerca de las causas que provocan el desarrollo del trastorno, con el objetivo de implantar estrategias efectivas que prevengan la aparición de la patología entre los individuos. Los estudios han demostrado que existen alteraciones a nivel del Sistema Nervioso Central y su relación con las sustancias que modulan el dolor. Estas alteraciones que conllevan disfunciones a nivel hormonal pueden tener estrechas relaciones con el sufrimiento emocional y el estrés. En este sentido, el psicólogo juega un papel fundamental, basado principalmente en el desarrollo de estrategias que promuevan el aprendizaje de habilidades de afrontamiento en aquellos individuos que, por su situación vital, puedan suponer un grupo de riesgo para el desarrollo de la enfermedad por el hecho de estar o haber estado sometidos a grandes periodos de estrés (ej. Sujetos que han sufrido abusos sexuales o maltratos en la infancia).
Debemos ser conscientes de que la Fibromialgia, a día de hoy, sigue siendo una gran desconocida para todos aquellos profesionales que se dedican al cuidado de la salud. Este hecho, repercute en la falta de intervenciones eficaces, y por tanto, conlleva un sufrimiento añadido al propio de la enfermedad en los pacientes que la sufren. La incertidumbre y la falta de información clara y demostrada, genera en los pacientes altos grados de malestar y frustración, creándose así una fuente extra de estrés que empeora los síntomas. Si a este hecho, añadimos la falta de reconocimiento de la enfermedad como incapacitante por parte de las administraciones, nos encontramos con una sociedad en la que los enfermos se sientes perdidos e incomprendidos.