Basándonos en la revisión sobre intervenciones farmacológicas realizada por Alegre et al. (2005), se observa como los fármacos que mayor relevancia han adquirido en el tratamiento de los pacientes con Fibromialgia son los antidepresivos, principalmente aquellos que se corresponden con el tipo de triciclicos y los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina (ISRS). Se ha demostrado que dosis bajas de amitriptilina y ciclobenzaprina mejoran moderadamente el dolor, pese a la frecuencia de aparición de efectos adversos en los pacientes a los que se les administra estos fármacos. Los estudios realizados con otros fármacos antidepresivos, como los ISRS (Inhibidores Selectivos de la Recaptación de Serotonina), se han centrado principalmente en la fluoxetina, aunque en general no queda claro en los diferentes estudios realizados según la revisión llevada a cabo por los autores, la eficacia de la administración de este tipo de fármaco antidepresivo en los pacientes. En este sentido, según la revisión realizada por Sarzi-Puttini et al. (2008), las diferencias en la respuesta a los diferentes tratamientos podría venir determinada por una diferenciación genética. Según el autor, recientes estudios acerca del polimorfismo genético han demostrado que en base al lugar donde se encuentre este, es decir, en el sistema serotoninérgico o en el sistema dopaminérgico, un tratamiento antidepresivo o dopaminérgico respectivamente, sería el más adecuado a prescribir.
En relación a otro tipo de tratamientos, donde se incluyen analgésicos, relajantes musculares, antiepilépticos o anticonvulsivos, los resultados también han sido dispares (Alegre et al. 2005, Sarzi-Puttini et al. 2008). Según las revisiones llevadas a cabo, los resultados no han sido satisfactorios debido en gran parte a las limitaciones de los estudios realizados, principalmente debido al escaso número de pacientes participantes y a la concomitancia de tratamientos farmacológicos. De forma general, se ha encontrado cierta eficacia en la administración conjunta de analgésicos y antiinflamatorios no esteroideos, principalmente en el dolor espontáneo, pero no en los “puntos gatillo” de los que se ha hablado anteriormente. Respecto a los relajantes musculares, solo mejoraron el dolor y el sueño a corto plazo, pero el efecto no se mantuvo a largo plazo, quizás por efectos de habituación propios de este tipo de sustancias. Los fármacos con propiedades antiepilépticas y/o anticonvulsivas han demostrado también resultados inconcluyentes, aunque se han mostrado efectivos en algunos estudios reduciendo niveles en dolor, sueño y fatiga.
En general parece que el tratamiento farmacológico más efectivo reside en la implementación de intervenciones donde los antidepresivos conforman la piedra angular de la terapéutica, aunque los estudios no son concluyentes debido a diversas limitaciones. Se necesita una investigación mayor en este sentido, intentando reducir las limitaciones que presenta el estudio de una patología cuya etiología aún es desconocida y cuyo tratamiento, por tanto, también se convierte en incierto.