La esclavitud de nuestros prejuicios

Autor: Santiago Villar Pallás

Los prejuicios

Prejuzgar una persona consiste en emitir juicios antes de conocerla. Por economía cognitiva y por una cierta placidez emocional tendemos a clasificar a las personas en una primera instancia. Así, nuestra “primera mirada” esta tamizada por nuestras creencias, situándonos en una determinada posición. Nuestra posición principalmente depende de las creencias sobre nosotros mismos, en cuanto siempre “miramos” con nuestros ojos.

Nuestra posición

Albert Bandura acuñó el concepto de autoeficacia. Dicho término se refiere a la confianza que posee una persona en conseguir un objetivo y que afecta en la consecución de este, es decir, en el propio rendimiento. Las personas con autoeficacia baja se rinden con facilidad ante las dificultades o incluso deciden de entrada no abordar el desafío. Las creencias sobre nuestra autoeficacia forman parte de nuestra autoestima.

En la práctica tendríamos que plantearnos que los profesores, directivos y entrenadores deberían reforzar la autoimagen de sus alumnos, trabajadores y deportistas, respectivamente. Si contribuyen a evitar los fracasos y las estigmatizaciones, el rendimiento de los aprendices mejorará notablemente.

La autoestima es un concepto amplio que incluye  factores emocionales (yo siento), cognitivos (yo pienso) y conductuales (yo hago). En la práctica estos factores se entremezclan constantemente, retroalimentándose los unos con lo otros. De esta manera, podemos comprender cómo fracasos en la edad temprana producen un desaliento permanente en algunas personas. Por otra parte, podemos dilucidar cómo nuestros prejuicios sociales o estereotipos estigmatizan a determinados personas o grupos sociales. Nuestra autoestima influye tanto en nuestro rendimiento personal como en los juicios que tenemos de los otros. Al juzgar a los otros lo que hacemos es plantearnos unas determinadas expectativas sobre su autoeficacia.

La posición de los otros

Cuando nos invade el miedo o dudamos de nosotros mismos aumenta nuestra sensibilidad a los estímulos que anuncian fracaso. La posición de los otros depende de las creencias de cómo ellos apuntalarán o derruirán nuestra autoestima.  Las emociones básicas que subyacen son el miedo y la alegría: el miedo ante el peligro o la alegría ante un nuevo reto.

Ingenuamente nos sostenemos en la creencia que la imagen que proyectan los otros se corresponde a las expectativas que tenemos sobre los actos que son capaces de llevar a cabo. Ejemplarmente, sentimos alegría cuando estamos enfermos y una persona con una bata blanca nos examina, pero sentimos miedo cuando, en la misma situación, somos examinados por una persona vestido de mecánico. Así, podemos plantearnos estereotipos más sutiles como que las mujeres conducen peor o que los asiáticos son más trabajadores. La mayoría de la ocasiones nuestros estereotipos sociales son automáticos, es decir son formas aprendidas de supervivencia.

Superar los estereotipos

Dialogando podemos resquebrajar los estereotipos sustentados en el miedo y sustentarnos en la alegría por la existencia del otro. La alegría es una emoción que nos hace abiertos a la experiencia y nos permite la constante posibilidad de cambiar de posición. Spinoza definió el amor como “alegría por una realidad exterior”. Es posible que nuestro peor enemigo habite en nuestro interior porque no somos capaces de ser amables con nosotros mismos. Cuando somos capaces de querernos podemos emprender la aventura de querer a los otros.

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