Introducción

 

El miedo constituye un  sistema de alarma primitivo  que permite  al niño evitar situaciones que pueden llegar a ser potencialmente peligrosas. Son fenómenos normales, adaptativos y frecuentes (Caballo, 2005), especialmente   comunes en la infancia y adolescencia. Es una emoción que se experimenta a lo largo de la vida, aunque las situaciones temidas varían con la edad. El desarrollo biológico, psicológico y social, propio de las diferentes etapas evolutivas, explica la disminución o abandono  de unos miedos y la aparición de otros nuevos para poder adaptarse a las demandas  cambiantes que exige el medio (Pelechano, 1981). Sin embargo, en algunos  niños y adolescentes, los miedos pueden convertirse en crónicos debido al condicionamiento, modelado e información negativa (Báguena y Chisbert, 1998).

Desde una perspectiva evolutiva (Echeburúa, 1993), los miedos son respuestas universales e instintivas, sin previo aprendizaje. De acuerdo con Marks (1991), los bebés no suelen experimentar miedo antes de los 6 meses de vida. Es a partir de esta edad cuando empiezan a expresar miedos evolutivos importantes, como los miedos a las alturas, los extraños y la separación Sin embargo, la universalidad y el carácter instintivo de estos temores están siendo cuestionados, ya que situaciones como el temor a las personas extrañas, que aparece en torno a los 6-8 meses de edad, está modulado por la experiencia. El miedo tiende a aparecer con menor frecuencia si el contacto con la persona extraña se realiza de manera gradual y no es de corta duración. De igual manera, si el desconocido es una mujer o un niño, el temor suele ser también menor (Toro, 1986). También se han comprobado diferencias en los miedos cuando los padres de los menores se separan (Orgilés, Méndez, Espada y García Fernández, 2008) expresando mayores temores escolares que los niños con padres no separados, lo que avalaría  la teoría del aprendizaje y adquisición de los miedos por cambios en los estilos educativos paternos.

El concepto de miedo lo debemos diferenciar de otros similares y que, con frecuencia, son utilizados, erróneamente, como sinónimos : la ansiedad y las fobias.  Si tratamos de diferenciar la ansiedad del miedo, podemos decir que, en el caso de la ansiedad, las causas del malestar son difíciles de identificar, mientras que en el caso del miedo está bastante claro que lo que causa la reacción psicofisiológica, motora y/o cognitiva en el niño es el estímulo al que teme. De igual manera, la ansiedad no tiene un comienzo ni un fin determinado, así como no desaparece cuando no está presente aquello que origina su ansiedad, circunstancias que no suceden en los miedos.

Por lo que respecta a las fobias, en éstas aparece una respuesta desproporcionada en relación al estímulo, que en un principio no constituye una amenaza objetiva para el niño, y una respuesta desadaptada, ya que es de tal intensidad la respuesta que repercute negativamente en su rendimiento académico, su relación con la familia, en su desarrollo personal..., mientras que los miedos son adaptativos y congruentes a la peligrosidad del estímulo. Lo que es evidente es que los miedos intensos que ocurren durante la infancia o durante la adolescencia, pueden derivar en fobias, o en otros problemas de ansiedad, durante la edad adulta (Valiente, Sandín y Chorot, 2002a). A pesar de que los temores se encuentran presentas en la gran mayoría de los niños, las fobias evaluadas como clínicamente significativas, parecen estar presentes en tan sólo el 3,5% de los niños y adolescentes (McCabe, Antony y Ollendick, 2005)

La prevalencia de los miedos, habitualmente, se ha estudiado calculando el número total de miedos que experimenta una población dada de niños o de adolescentes, obteniéndose resultados  dispares dependiendo del estudio, oscilando el número de miedos entre 14  (Ollendick et al., 1989) y 22,48 (Shore y Rapport, 1998). Por otro lado, la intensidad de los miedos se ha obtenido en los estudios calculando el nivel global de miedo o en cada una de las dimensiones del FSSC-R, obteniéndose resultados similares que con la prevalencia.

Si analizamos las diferencias en cuanto al sexo de los evaluados, la mayoría de estudios indican que la prevalencia e intensidad es mayor en el sexo femenino que en el masculino (Valiente, Sandín, Chorot y Tabar, 2002c; Caballo et al, 2006; Valdez et al., 2010), tanto para edades infantiles como adolescentes, siendo especialmente significativas estas diferencias en miedos a animales pequeños.

Por otra parte, si analizamos las diferencias en la prevalencia e intensidad de los miedos según la edad,  las investigaciones basadas en el FSSC-R indican que ésta  tiende a disminuir a medida que pasan los años (Shore et al, 1998; Valiente, Sandín, Chorot y Tabar, 2003; González, 2005; Caballo et al, 2006),  lo que es coherente con las teorías que afirman que los miedos normativos tienden a decrecer conforme los niños van creciendo, considerándose fenómenos transitorios que se asocian al desarrollo, contrastando con las fobias ( Sandín, 1997) , si bien existen diferencias dependiendo del tipo de miedo. De esta forma (Méndez, 1999),  los adolescentes obtienen en los tests  puntuaciones medias más bajas que las que consiguen los menores en edad infantil. No obstante, cabe destacar que se aprecia una ligera subida en la pre-adolescencia, con puntuaciones ligeramente mayores que en niños más pequeños. En líneas generales, podemos afirmar que, con el paso de los años, la naturaleza de los temores infantiles evoluciona de miedos físicos (ruidos fuertes, oscuridad, animales, daño físico...) a miedos sociales (miedo al fracaso y a la crítica, miedos escolares...). Respecto a estos, parece que existe un temor social global alrededor de la edad de 9 años, y que los temores sociales se vuelven más diferenciados a partir de entonces (Bokhorst, Westenberg, Oosterlaan y Heyne, 2008). De los 12 a los 18 años aumentan los miedos que tienen que ver con las relaciones interpersonales y la pérdida de la autoestima, (Echeburúa, 1993; Méndez, Inglés e Hidalgo, 2002). Sin embargo, tanto en la infancia como en la adolescencia, los estudios indican que los miedos pertenecientes a la dimensión “peligro y muerte”, son los más frecuentes (Caballo et al, 2006)

Analizando las comorbilidades estudiadas de los miedos con diversos trastornos o problemas que puedan afectar a niños y adolescentes, existen numerosos trabajos (Byrne, 2000; Ollendick, Yule, Oilier, 1990; Sandín, Chorot, Valiente, Santed y Lostao 2007; Sandín, Chorot, Valiente y Santed, 2002; Valiente, Sandín y Chorot, 2002b) que relacionan los temores con la ansiedad. En ellos se destaca una correlación positiva, entre moderada y fuerte dependiendo de los autores, entre ambas variables. En estos mismos estudios, se analiza  la relación  existente entre los miedos y la depresión, siendo en este caso variables que no correlacionan fuertemente entre ellas. También se ha  descrito una correlación negativa, aunque débil, con la afectividad negativa (Valiente et al., 2002b)

Sin embargo, existen muy pocos estudios cuya línea de investigación sea la relación entre los miedos y la autoestima. En uno de ellos (Byrne, 2000), se comparan variables como la autoestima, la ansiedad, los miedos y las estrategias de afrontamiento, en una muestra infantil  australiana (N = 224), donde se refleja que los niños tienen una autoestima más elevada que las niñas, pero no queda clara su relación con los miedos. Si que existen, en cambio, numerosos  trabajos que analizan las relaciones entre las fobias, principalmente de tipo social, con la autoestima

(Olivares, Piqueras y Rosa, 2006; Vallés, Olivares y Rosa, 2007; Zubeidat, Fernández Parra, Sierra y Salinas, 2007) donde se pone de manifiesto su correlación negativa, principalmente en población adolescente, y significativamente mayores en mujeres.

Por esta razón, en nuestro trabajo queremos explorar qué tipo de relación existe entre la autoestima y los miedos, pronosticando una relación negativa como la descrita en las fobias, y siendo mayor en los miedos sociales. Esto iría en la línea de lo apuntado por  Verduzco, Lucio y Durán (2004), quienes afirman que las personas con autoestima baja tienen tendencia hacia un comportamiento de miedo, duda y defensa.

Los objetivos de nuestro trabajo eran, por un lado, conocer la prevalencia e intensidad de miedos en escolares en una muestra del  municipio de Alicante, estableciendo una clasificación de los miedos más comunes. Por otro lado, pretendimos conocer si existían diferencias , según la edad, en la prevalencia e intensidad  de  estos miedos, así como conocer las diferencias según el sexo de los participantes en nuestro estudio. Por último, quisimos analizar la relación que existe entre el nivel de autoestima y la intensidad y prevalencia de los miedos.

Partiendo de la evidencia de la literatura, podemos pronosticar que: (1) Los  miedos  más comunes serán los relacionados con la dimensión   “miedos al peligro y a la muerte” ; (2) Existirá mayor prevalencia e intensidad de miedos entre las chicas que entre los chicos; (3) El nivel de prevalencia general e intensidad de miedos será menor en los adolescentes  (13-14 años) que en los pre-adolescentes (10-12 años) ; (4) El nivel de prevalencia general de miedos oscilará entre los 14 y 22 miedos relevantes ; y (5) Existirá una correlación negativa entre la autoestima y la intensidad y prevalencia de miedos.