Placer sexual y religión

 

Autor: Mtro. Andrés Gómez Espinosa


Los psicólogos Darrel Day y Amanda Brown, de la Universidad de Kansas, en Estados Unidos, sostienen que los ateos son más felices sexualmente al señalar las limitaciones morales que la mayoría de las religiones establecen sobre la conducta sexua[1].

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Esto no es ninguna novedad, quienes se han pronunciado por una mayor libertad sexual a menudo aluden que los procesos históricos, especialmente cristianos[3], son la fuente principal de las represiones sexuales, lo cual conforma la descripción recurrente sobre cómo el poder religioso fue armando a través del tiempo su capacidad de control.

¿Para qué le sirve la represión sexual al poder religioso?

Una mirada simple observará que la represión sexual es parte de los fantasmas o ficciones que la alta jerarquía religiosa lleva a cabo para sujetar las acciones de los individuos. Estas prácticas son herencias de la Edad Media, recuérdese el dominio que se tenía en la población mediante el uso de leyendas y mitos que referían maldiciones, encantamientos y toda clase de tragedias mágicas a quienes se atrevían a desplazarse fuera de las jurisdicción del señor feudal o noble, que al poseer la tierra empleaba distintos recursos ideológicos, cuyas imágenes significaban amenazas graves para el que se alejaba del orden en un territorio particular.

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Wilhelm Reich (1974) en su famosa obra, La lucha sexual de los jóvenes, recurre a una argumentación en donde el carácter dominante de poderes políticos y económicos ha llevado a una continua determinación de prohibir el libre ejercicio sexual para acotar la distribución de la riqueza.

La sexualidad es en sí misma un bien que no se encuentra al alcance de las clases explotadas, si bien el cuerpo propio podría entenderse como el principal capital de los oprimidos, su “uso”, no lo tienen disponible a su voluntad. Su placer se limita ante las normas que los sujetos y grupos dominantes imponen, claro, la diferencia social también conduce a la inequidad entre las oportunidades de goce; las clases menos favorecidas materialmente tienen menor acceso al placer sexual que los grupos con más bienes. El placer sexual es ponderado económicamente, una mercancía, más dinero, más orgasmos.

La dirigencia religiosa tradicionalmente ha mantenido alianzas con los poderes económicos y políticos, en algunos casos el máximo poder en una sociedad está en manos de ella.

La religión no deja de ser sino otra instancia más de control sobre la conducta de los individuos, utilizando los sutiles y fuertes mecanismos que para ello tiene.

Si bien es verdad que la religión predica la generación de conductas más elevadas, “santas”, el hecho de que lo haga por medios espurios y con fines que desnaturalizan lo humano, con fines y presupuestos que ella designa como “sobrenaturales”, eso mismo la priva de todo ¿derecho? a ¿su existencia?

Mecanismos, por otra parte, no muy distintos de los que pueden utilizar el gobierno o una banda de matones. Puede parecer subida de tono esta aserción, pero aunque los efectos y los pretendidos fines sean distintos, los medios --técnicas de control conductual-- son los mismos. (http://blogs.periodistadigital.com/humanismo.php/2011/04/06/p292740).

El progreso social se vincula desde el pensamiento cristiano como la represión de los impulsos al placer, entre más control al goce habrá actitudes “más civilizadas”, esto en la tesis freudiana de “El malestar en la cultura”; para Reich es un sentido inverso: porque se goza, se es capaz de transformar, de crear.

Un@ con un@

La figura aceptada en la práctica sexual es la monogamia y si bien es discutible su atribución al cristianismo, hay relativo consenso en que su origen radica en la distribución de bienes materiales. La asignación de exclusividad es considerada como un medio de reducción de conflictos sociales, donde la delimitación de “propiedad” clarifica los alcances entre los miembros, indicando qué es permitido de lo que no lo es. La mayoría de las religiones opta por la conducta monógama, lo que sin duda en quienes la elaboran como norma ofrecerá dificultades al no apegarse a la unicidad sexual.

Eduardo Zugasti (http://www.terceracultura.net/tc/?p=4131) menciona lo que considera dos ventajas sociales de la monogamia: el matrimonio monógamo reduce la competencia intrasexual; el matrimonio monógamo reduce los conflictos domésticos; pero parecen insuficientes ante una realidad en la que existen amplias oportunidades de placer sexual con más de una pareja, ya que un factor poco contemplado es el tamaño numérico de las interacciones de lo sujetos. Día a día las personas pueden ver físicamente a otras que les resultan atractivas. La movilidad de los individuos incrementa la visibilidad de más opciones.

Asimismo, el aumento en el promedio de vida también eleva la percepción de un mundo con muchas posibilidades, incluidas las elecciones de pareja. La antípoda de la monogamia no es exactamente la poligamia, sino lo que se entiende como la fractura y trasgresión monógama es la infidelidad, que para Mario Zumaya (2010) es un derivado de la religión, infiel es quien le “falla” a Dios, que posteriormente tuvo su versión sexual. La infidelidad es una expresión nítida de las insuficiencias y contradicciones de la monogamia y es mucho más que el incumplimiento de un acuerdo, ya que precisamente, a manera de chiste, se dice que la principal causa de infidelidad es la monogamia.

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El precio del goce

Haber crecido con mensajes de advertencia que prohíben la práctica sexual no es algo que se esfume. Sigue empleándose en algunos sectores sociales la frase “fallarles a los padres” por atreverse a relacionarse sexualmente sin cumplir la norma de hacerlo únicamente cuando se ha contraído matrimonio. Si bien la realidad desmiente el margen moral doméstico, ya que las edades en que se inician las relaciones sexuales, en promedio, van de los 15 a los 17 años, con la obviedad de que se realizan sin casarse. Sin embargo, la programación que se fue dando en lo sujetos vía su formación humana, especialmente por mensajes de los adultos, no desaparece así nada más, necesariamente responderá de alguna manera: la idónea es en formato de aprendizaje, ya que la racionalidad de las nuevas experiencias se puede dirigir a la desmitificación de las amenazas, al constatar que las advertencias de daño por iniciarse en el placer sexual intencionalmente. Otra reacción posible es el remordimiento, sentir que se actuó erróneamente. Lamentarse por lo realizado, pese al disfrute. Colocarse en un tribunal imaginario e ir buscando el cumplimiento de la sentencia o medio de reparación del daño. También está la mezcla del aprendizaje racional y el remordimiento.

El camino común para imaginariamente asumir la responsabilidad de trasgredir la disposición moral respecto al sexo es pasar a la reproducción. Dar la noticia del embarazo es notificar que se han rebasado los límites. Por supuesto que hay una relación socioeconómica en este señalamiento y corresponde a entornos con distintos grados de precariedad. Las clases menos desprotegidas se ven obligadas a pagar con el desarrollo o imágenes de éxito, conseguir su independencia a través del alquiler de vivienda sola o compartida equivale a resarcir la falta cometida, aunque las bajas posibilidades de autosuficiencia económica están modificando estos patrones, generalizándose la declaración de guerra a la moral progenitora, que en una dimensión mayor es su ser superior de veneración.

A lo anterior se agrega la disfuncionalidad sexual como pago a la desobediencia. Se puede compartir la intimidad a costa de un nivel de placer escaso o nulo. El goce no es una garantía, es una confirmación de las advertencias. Se lleva a cabo una lucha entre la historia personal que imbuyó modelos de restricción y la realidad tangible de la vivencia.

Ranking de creyentes culposos, según Darrel Day y Amanda Brown[5]:

  1. Mormones
  2. Testigos de Jehová
  3. Pentecostales
  4. Adventistas
  5. Bautistas
  6. Católicos

Conclusión

La conexión religiosa con el placer sexual se encuentra enmarcada por la normatividad, misma que de igual manera puede situarse en distintas áreas, particularmente la delimitada por la cultura, en la que cada religión tiene que adscribirse, existen pueblos más teológicos que otros. Hay leyes sobre la sexualidad en la inmensa mayoría de las sociedades, vertiéndose la permisibilidad y la prohibición. Las religiones, por lo tanto, no son las únicas fuentes de limitación sexual, están: la dimensión jurídica de cada grupo social, la escuela, el ejército, la policía, los grupos deportivos, los espacios laborales, etc. Quizá el rasgo específico de la restricción sexual en las religiones son los elementos históricos e inconsistentes para la cotidianidad humana actual por sus respectivas dosis fantásticas en las que respalda sus concepciones.

Fuentes

[1] www.cmonkeys.org/.../segun-un-estudio-las-parejas-ateas-disfrutan-...
[2] Tomado de es.wikipedia.org/wiki/Éxtasis_de_Santa_Teresa
[3] miguelangelnunez.suite101.net > ... > Sexualidad > Sexo en la Historia
[4] Adán y Eva, del pintor alemán Alberto Durero
[5] Hay que tomar en cuenta que sus estudios los han llevado a cabo en Estados Unidos en donde hay claro predominio de vertientes cristianas llamadas protestantes, por lo que el catolicismo no tiene la presencia propia de los países hispanos.