Trastorno postraumático por amargura

 

Autor: Santiago Villar Pallás
(licenciado en filosofía y en psicología por la Universidad Central de Barcelona)


Trastorno por amargura.

La amargura emerge cuando nuestro tono vital se tiñe de pesimismo, de un constante mal humor y de falta de alegría. Así, asumiendo la injusticia como inherente a la existencia humana el amargado se guarece en una moral rígida e insuflándose de un deseo imperioso de venganza se va haciendo tóxico para sí mismo y para los que conviven con él. La amargura es un sentimiento mixto entre  ira y frustración que surge cuando alguien experimenta una situación o acción injusta. Los afectados por el trastorno por amargura reaccionan al principio con una actitud de protesta o de agresión, sin embargo, se resignan con el paso del tiempo y acaban retrayéndose. Al sentirse tratados injustamente, se encaracolan y se atavían con una tristeza recurrente. En cierta manera, la lección más esclarecedora que nos puede ofrecer los amargados es que lo contrario de la locura es la alegría, no la cordura.

La injusticia del mundo.

Cada uno de nosotros tiene que afrontar, con sus recursos cognitivos y emocionales, su propia experiencia. Es obvio que existen determinadas experiencias que nos trastocan, que pueden hundirnos en la desesperación o la indefensión. Por otra parte, la experiencia nos muestra insistentemente que ante un mismo acontecimiento algunas personas sufren una amargura persistente mientras que otras, antes o después, superan la vivencia o incluso la consideran una fuente de crecimiento. Lo que parece evidente es que la amargura o la alegría depende de la experiencia y los valores personales más que del suceso en sí. Nuestra libertad primigenia se asienta en nuestra manera de “mirar” el mundo: si aceptamos con serenidad lo inevitable y no cejamos en el empeño de esforzarnos constantemente por hacer un mundo mejor seremos capaces de comprender y sentir que el mundo no se ha confabulado para amargarnos la vida. En cuanto seamos capaces de despojarnos del papel de víctimas y asumamos que nuestras acciones pueden atenuar la injusticia del mundo –por mínima que sea- brotará la alegría. 

La vulnerabilidad y la resiliencia.

La vulnerabilidad (sensibilidad frente a la carga) y la resiliencia (capacidad psíquica de sobreponerse a situaciones adversas) son dos características que influyen en la evaluación y afrontamiento de un factor estresante (experiencias que trastocan, un divorcio, una muerte familiar, un despido laboral…).

Todos tenemos un nivel de vulnerabilidad que define nuestra capacidad de sostenernos en cierto equilibrio psicológico: en cuanto se van acumulando las cargas (un trabajo exigente, un amor roto, una muerte, un accidente…) se requieren más recursos. Existe lo que podríamos denominar un “nivel de ebullición” -una experiencia muy traumática, una acumulación de pequeños traumas o una situación de indefensión temporal- que nos desequilibra.

La capacidad de volver a nuestro equilibrio (nivel basal) es la resiliencia. Es la capacidad de volver a vivir con alegría –habiendo aprendido y metabolizado las experiencias traumáticas vividas- sin resentimiento ni amargura.

Trastorno postraumático por amargura. Criterios diagnósticos.

El concepto de trastorno postraumático por amargura pende del trastorno por estrés postraumático (TEPT). La disimilitud principal es que el TEPT, según la OMS, es consecuencia de “un suceso extraordinariamente amenazador o de dimensiones catastróficas que llevaría a una profunda desesperación a casi todas las personas”(una guerra, la tortura, la violencia o una catástrofe natural), mientras la amargura, en cambio, puede ocurrir por sucesos relativamente triviales. Así, la etiología de el trastorno postraumático por amargura hay que buscarla en el ámbito laboral o en el ámbito familiar.

Otra disimilitud de los trastornos es la sintomatología. El trastorno postraumático por amargura tiene una entidad propia en cuanto tiene una sintomatología específica: comparte síntomas con el TEPT y la depresión (recuerdos gravosos, anhedonia, pérdida de energía, síntomas somáticos…) pero el agravio, la ira y la frustración predominan en ellos.