Las adolescentes y la violencia de género

“¿Saben las adolescentes identificar qué es violencia de género?” Este era el problema planteado hace unos días por la periodista Àngels Barceló en el programa Hora 25 de la Cadena Ser. Acudieron dos adolescentes maltratadas, de catorce y quince años, una madre, una psicóloga y una Delegada del Gobierno. Fue un aviso de emergencia encaminado a la prevención de un cáncer social que ha costado ya la vida a  veintisiete mujeres en 2013. Mis reflexiones pretenden contribuir a tomar conciencia de este mal asesino, aunque nuestras adolescentes no lean la prensa ni escuchen programas sociales, pero sí sus familias, sus profesores y los responsables institucionales.

Hay datos muy preocupantes: el 70% de las mujeres asesinadas son menores de cuarenta años, el 13% de los chicos reconocen haber maltratado, entre los doce y trece años ha recibido violencia machista el 12% de las chicas pero, desgraciadamente, el 67% de las víctimas adolescentes no es consciente del maltrato. En los centros educativos se da orientación sobre violencia de género en un 41%, no así, lógicamente, en un 59%.

La ONU, en su Declaración de 1993, define la violencia de género como “todo acto de violencia basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o un sufrimiento físico, sexual o psicológico para las mujeres, inclusive las amenazas de tales actos, la coacción o privación arbitraria de la libertad, tanto si se producen en la vida pública o privada”. En 2004 se promulgó en España la Ley Orgánica de Medidas de Protección integral contra la violencia de género. A pesar de estos preceptos internacionales  y nacionales la situación sigue siendo alarmante y nuestras adolescentes se convierten en el caldo de cultivo de una enfermedad que más tarde es letal.

El relato de las adolescentes coincide con los estudios sobre violencia de género: los síntomas, las formas más comunes, las fases o ciclos de la violencia, los mitos y falsas creencias, así como la prevención y la importancia de la familia y de la educación. Los síntomas vitales ocasionados por una relación insana son múltiples: la chica no descansa, no se concentra en los estudios o falta a clase, se aísla de la familia y de sus amigos, se muestra desconfiada, desmotivada, triste: “cambié de ser alegre y aprobar a estar triste y suspender”, manifiesta una de las adolescentes, a lo que su madre comenta que notaba sus cambios, que le preocupaba su aislamiento y su alienación mental. La adolescente maltratada no sabe decir “no” a su maltratador, se rebaja, nadie se entera de lo que esconde, anula su voluntad creyendo que esa relación es normal, pierde su autoestima. Los celos se justifican como síntomas de amor, el control del maltratador anula la independencia de la chica: “con quién has estado”, “quiero ver tus correos”, “pareces una puta por tu forma de vestir o por tu maquillaje”… Las víctimas sienten miedo, estrés, ansiedad, depresión, dudas, incertidumbres.

La violencia de género se manifiesta en el ámbito público y privado tratando de someter a la adolescente. El rol social adquirido permite que se considere normal que el hombre pueda pegar, abofetear, violar o usar armas, a la vez que la mujer crea que se merece el maltrato físico, que la equivocada es ella. No menos grave es la violencia psicológica en forma de maltrato verbal, descalificaciones, humillaciones, amenazas, chantajes o indiferencia, verdaderas torturas para minar la seguridad, la confianza, la autoestima y la dignidad de la mujer. La violencia sexual es otra forma de brutal ataque a la intimidad y libertad.

También coinciden las adolescentes de la radio con los profesionales de la Psicología al describir el ciclo de la violencia. Se trata de un proceso lento que comienza con síntomas de dominación y control masculino a veces desapercibido, sutil, que pasa a una fase de tensión y agresividad intensa y frecuente. Pero, aunque resulte paradójico, hay una tercera etapa, la “luna de miel”. Una de las adolescentes afirmaba: “¿Por qué le quería? Después de un episodio malo volvía una luna de miel”. El chico vuelve a mostrarse amable y cariñoso, justifica de mil formas su mala conducta, promete arrepentimiento, pide perdón…, pero, una vez “capturada” la víctima, se reanuda el infernal ciclo de violencia. El amor y el maltrato son incompatibles.

Hay un legado cultural en forma de mitos y falsas creencias acerca del amor, que perjudica la relación saludable de pareja. Suele reproducirse el modelo de amor romántico de los cuentos, de cierta música, del cine o de la publicidad,  según el cual a la mujer se atribuyen las cualidades de indefensión, fragilidad, pasividad, mientras que a los hombres se les presenta como fuertes y  decididos. Así se va interiorizando en la época de cambios que supone la adolescencia un paradigma de amor dominante, en el que la chica deja de ser persona y desaparece el principio de igualdad. El lenguaje y las expresiones delatan esta mala educación tradicional: “el hombre que maltrata es un loco o enfermo”, “si una mujer continúa con el maltratador es culpa suya”, “cuando las mujeres dicen NO quieren decir SÍ”, “la violencia es algo privado”, “los hombres no pueden evitarlo”, etc. A veces se mantiene la doble moralidad: “un candado abierto por muchas llaves no vale, en cambio, una llave que abre muchos candados vale”.

Para prevenir la violencia de género es necesario cambiar  actitudes mediante la coeducación, la educación en igualdad de derechos y la reeducación a las personas adultas. La convivencia presupone la libre elección y la no propiedad de las personas. Entre los factores que intervienen en las agresiones a las mujeres se halla la educación recibida, de carácter androcéntrico y patriarcal. Coeducar es enseñar caminos de libertad y de autorrealización, no de pasividad, sumisión o violencia. En los centros educativos la violencia de género ha de englobarse en el currículum de las diversas materias de modo trasversal y más en concreto a través del Plan de igualdad, acudiendo a profesionales de la Psicología alejados del voluntarismo y la improvisación. Es imprescindible la  materia de  Educación para la ciudadanía y los derechos humanos y la Educación Ética-cívica, entre cuyos contenidos figuran la igualdad entre hombres y mujeres y la prevención y protección integral de la violencia contra las mujeres. Así nuestras adolescentes sabrán identificar qué es violencia de género y dejarán de ser sus víctimas.