El Cuerpo Antes, el Alma Hoy

En la historia de la humanidad el ejercicio del poder de unos sobre otros no ha dejado de existir; tradicionalmente asociamos al poder con los valores que hoy nuestra sociedad apuntala como los más importantes o mejores: tener dinero, autoridad, fama, puestos laborales, influencia, posesiones, etc.; poder que en algunas ocasiones se ejerce de manera explícita, evidente o de forma violenta; sin embargo, nos olvidamos de la otra cara de la moneda, aquel poder sutil, seductor y convincente que domina nuestras pasiones y maneja nuestros deseos; un poder que aparenta no ser violento -es más- ni siquiera parece ser poder; su poder inicia justamente en ello en alejarse de la apariencia de su esencia, aunque en el fondo es dominante y difícil de ser liberado de él.

El poder en algunas de las sociedades antiguas se ejercía sobre los cuerpos directamente, se infligía dolor físico, castigos ejemplares en las plazas públicas: mutilaciones, decapitaciones, latigazos, torturas en lugares de gran concurrencia humana; la intención era “normalizar” a la gente, sus deseos y sus impulsos - muchos de estos naturales, imposibles de desembarazarse de ellos por su carácter animal-, se intentaba “educar” al cuerpo, someterlo a las reglas socialmente deseables, quien se desapegara de estas condiciones era perseguido, tachado y señalado con símbolos como “la letra escarlata”; lo “a-normal” debía ser escindido ante los preceptos estipulados por las clases y pensamientos hegemónicos de las distintas épocas, si era posible, lo diferente debía ser desechado y extinguido por completo. Desde el ámbito público, se intentaba manejar y dominar el espacio privado individual; las reglas -en algunos casos- incluso se marcaban en la frente de los sujetos o en alguna parte de su fisonomía, para que la violación o transgresión del precepto no se olvidara y no se repitiera nuevamente. Los carceleros, los vigilantes y el ejército de verdugos estaban ahí dispuestos, atentos para contener y controlar todo aquello que debía controlarse con poder.

Las cosas –definitivamente- han cambiado hoy, en nuestras sociedades “modernas”; los castigos físicos están condenados por múltiples marcos jurídicos, leyes respaldadas por los sistemas de gobierno democráticos y la defensa de los Derechos Humanos a nivel internacional; sin embargo habría que preguntarnos si el ejercicio del poder verdaderamente ha cambiado o sólo ha tomado otras formas de acción.

Desde la óptica Foucaultiana, el poder se ejerce no sólo en las altas esferas dominantes económica o políticamente hablando; nosotros mismos ejercemos el poder, cualquier persona común puede llegar a ejercer un poder similar al de aquéllas épocas sólo que dirigido hacia otro punto: hacia el alma.

Las instituciones sociales a las que poco a poco -de manera paulatina- se va integrando el sujeto, van dejando huellas en su alma, “marcan” nuestra subjetividad, intentan limitar nuestros pensamientos, instintos, deseos, acciones… sentimientos, intentan posicionarnos en la vida y en la sociedad. Instituciones que pueden ser concretas como la escuela, el hospital, cualquier espacio público que estipula normas y reglas, espacios que toman sentido sólo cando se presentan las conductas “deseables” de los sujetos; cuando existe alguna diferencia, cuando se transgrede el orden, el sentido de ese espacio se rompe y se torna crítico, automáticamente –entonces- debe haber “alguien” que entre en acción para “corregir” la situación, para ajustar el alma, para alienar al hombre en aras de lo correcto.

Podemos hablar también de aquéllas instituciones sociales abstractas como el noviazgo, el matrimonio, la familia, la sociedad, la cultura, etc., que de la misma manera intentan en la mayoría de los casos consolidar al sujeto en eso: en “sujeto”; es aquí donde entra en acción el poder, en nuestras más sencillas y simples relaciones interpersonales, el poder ejercido por una persona sobre otra, en un instante: el padre sobre el hijo, el maestro sobre el alumno, la pareja sobre su contraparte, el jefe sobre el empleado, el médico sobre el enfermo, el psicólogo sobre el paciente, etc., con la intención de “normalizar”, prevenir o en su defecto “corregir”; a veces ejercemos el poder, y quizá al siguiente momento debamos resistirlo, en un juego inacabable y dinámico de cambio de roles, ejercemos poder sobre otros, ya no en forma violenta o corporal, muchas veces de manera seductora y convincente, somos alternativamente ejecutores de poder y resistencia del mismo, intentamos “catalizar” el alma, los deseos, las pasiones y conductas, desde el alma; ahora intentamos controlar el ámbito público desde la vida privada del sujeto, desde sus más íntimas convicciones.

¿Qué sentido tiene reflexionar en todo esto?, Quizá darnos cuenta de la influencia del ejercicio del poder en nuestras vidas, ser capaces de poder discernir a cerca del momento en el cuál traicionamos nuestras pasiones más profundas a costa de lo “adecuado”; por supuesto que no significa invocar un estado de anarquía, pero sí quizá un estado de alerta que nos permita gozar de la libertad del alma ante el poder que intenta someterla, sea por cualquier actor o ejecutor de los que hemos mencionado. Antes era el cuerpo… hoy… debemos cuidar el alma…