Hipótesis de la Nosto-Trascendencia

Resumen

Existe un gran número de campos pertenecientes a la psicología científica que todavía no han sido estudiados en profundidad, y sin embargo influyen y en muchos casos determinan nuestra vida cotidiana. Uno de estos campos es el de la conciencia y sus estados no ordinarios o expandidos. Su estudio debería ser prioritario, pues éste permitirá comprender a un nivel más elevado no solo las variaciones patológicas de la conciencia que acaban generando trastornos incapacitantes o desadaptativos, también su función cuando éstos se presentan espontáneamente o se inducen mediante prácticas o substancias. Esta comprensión haría posible un análisis exhaustivo de los beneficios y riesgos de estos estados, tanto desde perspectivas humanistas como neurobiológicas o bioquímicas.

En esta propuesta de hipótesis se expondrá una posible explicación sobre la necesidad histórica de acceso a estos estados. Ésta tiene como objetivo seguir ejerciendo la labor de reflexión y empujar un poco la rueda del conocimiento, para así impulsar a otros autores a publicar sus hipótesis y algún día, con suerte, poder encontrarnos con la definitiva.

Gran parte de este texto se centrará en el uso de drogas psicodélicas, y esto servirá como punto de partida de la hipótesis, pues si queremos abordar el tema de los estados de conciencia ordinarios y no ordinarios, estas herramientas y sus efectos se presenten como modelos de estudio ideales.

Todo uso de psicoactivos empieza cuando un individuo decide en un momento dado, por algún motivo, consumir una sustancia. Esta decisión viene dada por una necesidad a satisfacer, una necesidad que, sorprendentemente, no ha desaparecido en miles, más bien millones, de años de historia. La pregunta es, pues, cuál es la necesidad tan imperiosa que en toda nuestra historia nos ha inducido al consumo de estas sustancias. Para adentrarnos en esta cuestión, primero sería conveniente describir brevemente los efectos que tienen la mayor parte de psicodélicos.

Por un lado tenemos los efectos que son relativamente frecuentes en los consumidores. Estamos hablando por ejemplo de alteraciones en la percepción de la realidad, las cuales incluyen desde distorsiones menores, como el hecho de escuchar o ver estímulos que no están presentes, a distorsiones mayores, como es el replanteamiento de la concepción previa de conceptos abstractos como el mundo, la naturaleza o la vida. Estas alteraciones de la realidad pueden ser vistas, y de hecho en muchos casos se produce así realmente, desde dos polos opuestos. Por un lado se puede deducir que bajo los efectos de un determinado psicodélico se sufren alucinaciones visuales o auditivas y se sufren distorsiones cuasi-psicóticas de la realidad; por otro lado también se sabe que estas sustancias agudizan los sentidos, y por tanto cuando no se tratara de alucinaciones, también habría estas variaciones no patológicas en los sistemas sensoriales. Respecto al posible replanteamiento de conceptos abstractos, en una persona con una predisposición psicótica, seguramente estas vivencias provocarían una desestabilización, desencadenando cuadros paranoicos. No obstante, también es bien sabido que la apertura a nuevos esquemas de comprensión del entorno, a través de la trascendencia de patrones previos que se creían inamovibles, favorece una mejor adaptación del individuo, en cuanto a obtención de un mayor grado de conocimiento del medio.

Si nos cobijamos en la definición biológica de inteligencia, la cual la describe como la capacidad de adaptación de un individuo, reforzaremos esta propuesta, ya que un estudio (Kanazawa, 2010) probó la correlación positiva entre CI y consumo de psicodélicos. El estudio hacía referencia a la mayor capacidad de las personas más inteligentes de interactuar con situaciones nuevas. Además, las personas más inteligentes serían propensas a desear una interacción con drogas psicodélicas, las cuales en esencia, según el autor, ofrecen nuevos escenarios ante los paradigmas preestablecidos en su contexto sociocultural y educativo. Esto conduciría, como se ha dicho, a una mejor adaptación.

Otro efecto frecuente de los psicodélicos es la inducción de lo que se puede definir como un conjunto de sensaciones placenteras, como son alegría, felicidad o bienestar. Es importante remarcar que un estudio (Griffiths, 2011) realizado con voluntarios que tomaron psilocibina registró cambios positivos e incrementos del bienestar emocional en su muestra hasta 14 meses después del consumo. De ello se deduce que no se trata de simples sensaciones pasajeras y superficiales, sino que la experiencia llega hasta niveles muy profundos de la psique, permitiendo un aprendizaje y mejora de la cotidianidad individual que provoca estados de bienestar duraderos en el tiempo. Concretamente, el 94% de la muestra indicó que las experiencias en las sesiones aumentaron su bienestar y satisfacción de la vida.

Es filogenéticamente comprensible que busquemos lo que nos resulta agradable, pero las experiencias psicodélicas van más allá de los placeres puros. Esta felicidad es diferente de la inducida por drogas que utilizan otros mecanismos de acción, como son la cocaína o la heroína, las cuales inducirían un tipo de euforia o evasión temporal más intensas. Al contrario que éstas, los psicodélicos promueven un tipo de bienestar basado en el crecimiento y el auto-análisis, en mecanismos que permiten unos cambios perdurables. Son herramientas que como comúnmente se dice, ofrecen una felicidad que viene de dentro y no de fuera, aunque a priori parezca que no es así. Muy probablemente también resultarían adictivos si la fuente misma de bienestar fuera la sustancia, sin embargo no es así.

Así como estas sustancias son capaces de provocar experiencias que nos llevan al cielo, también son capaces de llevarnos al infierno, parafraseando a Huxley. Aunque como se ha visto en las últimas décadas, las visitas al infierno son realmente poco frecuentes, dándose sólo cuando existe sintomatología ansiosa o depresiva previa en el consumidor, o cuando las condiciones ambientales en las que se consume no son las adecuadas. Son todavía menos frecuentes las malas experiencias que provocan un cese del consumo, ya que, aparentemente, de las experiencias difíciles con psicodélicos también se aprende, y se obtienen lecciones vitales valiosas; algunos autores incluso dicen que con estas vivencias difíciles es cuando más se aprende, pero al fin y al cabo esto depende de demasiados factores. El mejor ejemplo de esto son los rituales con psicodélicos mayores, como el peyote o la ayahuasca. La gran mayoría de indígenas amazónicos a los que se ha entrevistado sobre estos asuntos informan de ceremonias o "trabajos" durísimos, llenos de dolor, vómitos, visiones desagradables, etc., y aún así siguen consumiendo, ya que la experiencia les permite acceder a una serie de aprendizajes a los que no están dispuestos a renunciar.

Los psicodélicos también influyen frecuentemente a aspectos sociales de la persona. Por todo lo que se ha dicho y otros aspectos, estas experiencias también generan o potencian aspectos como la empatía, el altruismo o el sentimiento de pertenencia. En el estudio de Griffiths citado anteriormente, la escala de efectos sociales positivos derivados del consumo de psilocibina era una de las que aún mostraba puntuaciones altas después de 14 meses.

En otras sustancias en particular, además de explicaciones basadas en factores experienciales, podemos encontrar explicaciones bioquímicas de este hecho. Es el caso de la MDMA. Ésta provoca la liberación de oxitocina, la cual no sólo se ha relacionado con la generación o refuerzo de vínculos afectivos, sino también con la capacidad de un individuo para sentirse más apoyado por parte de aquellos que lo rodean (Heinrichs et al., 2003).

El área social de la persona incluye también la familia y el trabajo. En el estudio de Griffiths también se observó en su muestra un aumento de la calidad de las relaciones familiares tras la experiencia. En otro pequeño estudio (Oña, 2012), en el cual se analizó una muestra de consumidores regulares de ayahuasca, se observó de nuevo que al menos en la relación con los progenitores, el 73% de la muestra vivió cambios positivos importantes. Estos cambios se debieron, según los sujetos, a la comprensión e integración de conflictos pasados, en una renovada capacidad para sentir el amor hacia ellos, a una comunicación emocional más fluida, o simplemente a un mayor nivel de aceptación. Referente a su empleo, en el mismo estudio el 77% de la muestra también informaba de cambios importantes a partir del consumo de ayahuasca. Estos cambios los verbalizaban desde una perspectiva humanista, enfatizando que después de tomar la bebida percibían el trabajo como una oportunidad para hacer lo que les gustaba y así crecer como personas, y no como una simple fuente de dinero. Entre la muestra recogida había muchos sujetos que habían dejado su trabajo para hacer aquello que durante toda la vida habían deseado.

Como resulta obvio, con el consumo de psicodélicos también se inducen estados no ordinarios o expandidos de conciencia. Es difícil definir este concepto de forma objetiva, pero me referiré a una de las definiciones más simples y aclaratorias:

Un estado mental que puede ser reconocido subjetivamente por un individuo (o por un observador objetivo de aquel individuo) como diferente, en funciones psicológicas, del estado 'normal' del individuo" (Krippner, 1980).

Esta definición hace referencia a toda variabilidad de conciencia observable, de modo que entenderíamos que cuando se diera cualquier cambio cualitativo en las funciones comunes de nuestra conciencia normal, estaríamos entrando en un estado no ordinario de conciencia. Me parece particularmente acertado describirlos desde este punto de vista, ya que debemos tener en cuenta que cada individuo, por sus características genéticas, psicológicas, fisiológicas o bioquímicas entre muchas otras, vive en un estado de conciencia determinado, que puede ser más o menos expandido.

Estos estados comúnmente se entienden desde una perspectiva psicopatológica, ya que en muchos trastornos encontramos una conciencia alterada, y clínicamente se entiende este síntoma como indicador de alguna patología.

Existe un debate científico, cuando menos absurdo en mi opinión, que gira en torno a la posible clasificación de los estados de conciencia que difieren del más común, es decir el de vigilia emitiendo ondas beta. Stanislav Grof por ejemplo, psiquiatra de origen checo, siempre ha defendido la existencia de estados no ordinarios de conciencia no patológicos, exceptuando el sueño. Y es que cuando analizamos a fondo los estados inducidos por psicodélicos encontramos que: 1) En el estado de éxtasis psicodélico hay una falta de hostilidad, la cual sí preside las emergencias de tipo psicótico; 2) Los contenidos extáticos contienen experiencias de conocimiento, mientras que las experiencias psicóticas se caracterizan por adentrarse en conceptos extravagantes o estereotipados; 3) La lucidez, la comprensión y el gozo que  se experimentan en los estados psicodélicos contrasta con el horror y el embotamiento que caracterizan las crisis psicóticas; 4) La experiencia fundamental en el éxtasis psicodélico es la felicidad, mientras que en la experiencia psicótica es la perplejidad y la auto-referencia.

Prefiero no profundizar más en este tema, pero quería justificar brevemente mi posicionamiento antes de continuar, ya que escribiré bajo la convicción de que realmente hay estados no ordinarios de conciencia, como los que produce el consumo de psicodélicos en personas sanas, que no son patológicos.

Las principales capacidades o rasgos relacionados con los estados no ordinarios de conciencia son muchos, y algunos autores han intentado redactar un gran número de los mismos. Yo me referiré a los más destacados del trabajo realizado por Agustín de la Herrán, que ilustrarán en detalle los atributos básicos de los estados psicodélicos, siempre que se presenten, eso sí, de manera adecuada, en ambientes idóneos, y en sujetos apropiados.

1. Sentimiento de unidad. A medida que se avanza en los estados no ordinarios de conciencia, se hace patente este sentimiento de unión con lo que los sujetos pueden describir como cosmos, vida o naturaleza. Algunos autores se refieren a esta experiencia como unión cósmica, y se caracteriza por una repentina comprensión, similar al fenómeno eureka, que provoca en los sujetos el sentimiento de formar parte de una gran red que conforma el universo entero. En términos de Chardin, la multiplicidad pasa a ser diversidad, la diversidad pasa a ser unidad, y la unidad se transforma en unicidad, y ésta, en universalidad.

2. Bienestar. Cuando el estado de conciencia es muy expandido, los sujetos muestran una mayor facilidad para tener menos necesidad de apego al bienestar, en la medida en que el centro de atención de la persona circula alrededor de intereses menos egocéntricos y más profundos y generosos. De modo que se busca el bienestar que implique el bienestar global o social, y se cambia el concepto de bienestar como una forma de satisfacción centrípeta, para pasar a contemplarse desde la conciencia o la plenitud auto-realizadora.

3. Serenidad. Las personas que han vivido o están bajo estos estados psicodélicos se han serenado interiormente. No debemos confundir, sin embargo, esta serenidad interior con el término serenidad a secas, ya que esta última depende únicamente del control de impulsos, y la primera proviene del estado de conciencia o de madurez; aunque puede manifestarse con conductas propias de la serenidad emocional ordinaria.

4. Atención. Los estados no ordinarios de conciencia implican una focalización de la atención dirigida al interior. Estos estados en principio se oponen a la dispersión, facilitando así otros procesos comunes como la introspección.

5. Soledad. El hecho de alcanzar estos estados está relacionado con el "viajar solo" o anhelar necesidades menos frecuentes. Como decía A. Maslow: "En los estados más avanzados del desarrollo, la persona se encuentra especialmente sola y únicamente puede confiar en sí misma". Hay que añadir que el concepto de soledad también cambia. Es una vivencia positiva, entendida como una ausencia de modelos, el reencuentro con uno mismo, interiorización, creatividad auto-constructiva y generosa, etc.

6. Amor. La vivencia de estados psicodélicos se asocia con estados afectivos más capaces y estados de amor paulatinamente más elevados. Por estados de amor se entiende la capacidad, profundidad y conciencia altruista del comportamiento amoroso con el ser querido, cuya finalidad es la educación conjunta. Así pues, el proceso evolutivo de complejidad creciente de la conciencia con el que se puede resumir la humanización, podría equivaler al proceso de "amorización" no egocéntrico, según Chardin.

7. Naturaleza. A mayor estado de conciencia, más sintonía con la naturaleza. El sujeto se siente más participativo de ella. La conoce mejor sensitiva y estéticamente, la aprecia más, pero curiosamente siempre se enfoca hacia toda la naturaleza, es decir, por lo salvaje y por lo creado por el hombre, o como decían los griegos, por lo "crudo", y por lo "cocido".

En este punto nos podemos hacer una idea de lo que supone encontrarse con estos estados de conciencia y del contenido de las experiencias que estos desencadenan. Como hemos podido ver, mayoritariamente permiten trabajar sobre áreas de la persona en las que probablemente nunca se había trabajado. Se puede hablar de un trabajo humanista, integrador, de realización personal, que puede llevar al individuo a un auténtico y permanente estado de bienestar personal y social.

No he hablado de efectos físicos o fisiológicos porque son poco relevantes para las conclusiones a las que quiero llegar, ya que no conllevan ninguna posible interpretación o asociación con la motivación que lleva a consumir una determinada sustancia. Además, la mayoría de psicodélicos son farmacológicamente muy seguros, por lo que solo provocan aumentos del ritmo cardíaco o de la presión arterial, pero en un grado que resultaría problemático tan solo en personas con enfermedades cardíacas. 

Ahora que tenemos una idea clara de los efectos que producen en mayor o menor grado todos los psicodélicos, podemos volver a plantear la pregunta inicial: ¿Qué necesidad intrínsecamente humana nos impulsa a consumirlos? Es una pregunta a la que difícilmente se le podrá dar una respuesta definitiva, pero podemos al menos formular hipótesis plausibles a partir de datos verificables.

Lo cierto es que desde un punto de vista antropológico, las drogas, psicodélicas la mayor parte, son nuestras compañeras evolutivas. Más del 90% de culturas de toda la historia humana han buscado incansablemente sustancias o métodos para alcanzar estos estados. Hablamos de sustancias en el caso del consumo de hongos alucinógenos en Siberia, de cáñamo en la India o de cactus mescalínicos en México; y hablamos de métodos refiriéndonos a diferentes procesos o técnicas creadas para la obtención de los mismos estados visionarios sin la necesidad de ingesta de sustancias, los cuales se han ido perfeccionando durante siglos y milenios. Tenemos los ejemplos de los ejercicios de respiraciones (pranayama, Bastrikin, la "respiración de fuego" budista, la respiración sufí, el ketjak de Bali, el Inuit de los esquimales), tecnologías sonoras (percusión, cascabeles, el uso de palos, campanas, gongs, mantras), danzas y otras modalidades de movimiento (giros de los derviche, las danzas de los lamas, la danza tránsito de los bosquimanos de Kalahari, el artha yoga, el qigong), el aislamiento social y la privación sensorial (retiros en el desierto , cuevas o montañas, la búsqueda de la visión), entre muchos otros (Grof, 2005).

Aceptamos pues que existe una necesidad histórica de acceso a estos estados de conciencia, más que específicamente de consumo de sustancias. El consumo sólo representaría otra vía o método para acceder a los, aparentemente, mismos estados. Antes de abordar la hipótesis para explicar esta necesidad, me gustaría hacer una breve parada para hablar de un asunto que colaborará en la comprensión de mi propuesta, éste es la percepción humana.

Es un hecho demostrable que lo que nosotros percibimos como realidad no es un reflejo de la misma, ya que la información y los estímulos que proceden del ambiente pasan por una serie de filtros que posibilitan la interpretación de los mismos. Dejando de lado los procesos básicos de percepción y transducción de estímulos, he clasificado estos filtros en tres niveles: Los biológicos, los culturales y los personales. Los primeros, incluyen todos aquellos filtros que desarrollan su labor en el cerebro, una vez éste ha recibido la información desde los diferentes canales sensoriales. Esto se produce en primera instancia en el tálamo, y en sucesivas etapas en el lóbulo frontal y el neocórtex. Este primer nivel de filtros se encuentra en todos y cada uno de nosotros, y es único y exclusivo para cada individuo, ya que cada uno cuenta con estructuras corticales y tálamo.corticales que se han formado en base a su historia biográfica y a su carga genética. Los filtros culturales se refieren a la sociedad y contexto en el que se encuentra el individuo, y son determinantes en todo el proceso de percepción de la realidad. La modelan desde la religión o las creencias predominantes, hasta las costumbres, tradiciones o formas de interactuar con otras personas. Por último los filtros personales harían referencia a todas las construcciones cognitivas y patrones que cada persona se ha ido forjando durante el roce con la vida. Las características de personalidad, prejuicios o conductas aprendidas terminarían de filtrar todo lo que se percibe desde el exterior.

En este punto podríamos añadir otros datos bien conocidos para acabar de confirmar que no percibimos la realidad tal como es, como las ridículas longitudes de onda que percibimos, pero prefiero no entrar más en contenidos teóricos ya conocidos. Creo que al fin y al cabo tenemos que agradecer este hecho, y no caer en un romántico anhelo de buscar el mundo auténtico o la realidad desnuda, ya que es gracias a que somos tan eficientes filtrando información del mundo que hemos sido capaces de construir las sociedades actuales. Al fin y al cabo puede que sea más saludable adoptar una postura de humildad, aceptando que no es posible captar la realidad íntegra.

Hechas estas aclaraciones, comenzaremos a dibujar la Hipótesis de la Nosto-trascendencia, tal y como la he llamado. Esta hipótesis descansa sobre cuatro supuestos:

- El ser humano tiene una necesidad ineludible de conocimiento del medio. Esto se debe a que un mayor conocimiento del entorno propicia una mejor adaptación al mismo, y por lo tanto garantiza una alta probabilidad de supervivencia.

- El estado ordinario de conciencia de cada individuo está naturalmente limitado. Esto ocurre con el objetivo de “refugiarnos” ante la complejísima realidad objetiva. Cuantos menos estímulos prescindibles para la supervivencia percibamos, más eficaces seremos en nuestras prácticas personales y sociales.  

- Los estados no ordinarios de conciencia permiten el acceso a más "realidad". Éste es un hecho demostrado desde diferentes disciplinas. Hay evidencias de la disminución de actividad en el tálamo cuando a un sujeto se le administra psilocibina (Carhart-Harris, 2012); los sujetos bajo los efectos de la LSD superan con más éxito los experimentos basados ??en la "máscara vacía" que los sujetos control (Passie, 2008), y un largo etc. En definitiva en estos estados se debilitan temporalmente los filtros que condicionan la percepción de la realidad, y debido a la ampliación de la conciencia ordinaria se accede más integralmente a la realidad.

- La vivencia de estados no ordinarios de  conciencia mejora la convivencia en sociedad y la satisfacción con la vida. Como hemos visto anteriormente, la correcta vivencia de estados psicodélicos conlleva una serie de efectos positivos tanto para la persona como para su sociedad.

Señalando que, aproximadamente, durante ocho horas diarias y durante la mayor parte de días de nuestra vida nos encontramos en estados no ordinarios de conciencia, se hace patente la necesidad de acceso a dichos estados. Sin embargo, en esta hipótesis se da un paso más allá, proponiendo que uno de los motivos de esa necesidad es la de adaptación al entorno.

Los mecanismos mediante los cuales se lleva a cabo este proceso pueden ser varios. Además del acceso a más “realidad” comentado en el tercer supuesto, lo que ya de por sí generaría una mejor adaptación, cabe mencionar otros posibles mecanismos más profundos, y por ello más complejos, que también estarían actuando en este proceso. Puede que en estos estados se integre con mucha más facilidad el contexto socio-cultural en el que uno se encuentra. El sueño, por ejemplo, sería un proceso integrador lento, mediante el cual diariamente se actualiza la información relevante para este fin. Podemos suponer también que los estados expandidos de conciencia inducidos por substancias, al darse de forma mucho más intensa, y al tener éstos el importante componente de la conciencia, al contrario que en el sueño, este proceso de integración resulta mucho más rápido y eficaz.

Nos estamos refiriendo a un proceso catalizador de la comprensión y absorción de la cultura. No obstante, siguiendo en el ejemplo del uso de psicodélicos, la gran mayoría de usuarios traspasa ese primer umbral, y trasciende los valores y los paradigmas de su contexto sociocultural, para adoptar un punto de vista crítico sobre el mismo. Por tanto, si hablamos de variaciones o ampliaciones sutiles del estado de conciencia normal del individuo, nos encontraremos con el primer nivel de adaptación que se ha comentado; es decir, la acrecentada comprensión de la cultura, y por consiguiente su idónea adaptación.

Si hablamos de ampliaciones considerables o extraordinarias en los estados de conciencia, probablemente nos encontremos con el segundo nivel, en el que se accede a lo que podríamos llamar la “genuina cultura humana”, en la que los valores predominantes son la naturaleza y su fascinación, el respeto y el amor hacia todo lo que existe y hacia uno mismo, etc. Es importante destacar que los individuos que se incorporan en esta “genuina cultura humana” no pasan a ser individuos marginados dentro de su cultura propiamente dicha, pues siguen viviendo en ella, y podemos decir que hasta la mejoran, debido al incremento de las capacidades prosociales que ya se han comentado.

Esta trascendencia es debida a que a medida que se alcanzan  mayores estados de conciencia, nace un proceso que, progresivamente, focaliza la atención en uno mismo; de este modo, se pasa a conocer el mundo exterior a conocer el mundo interior. Y en este último, como resulta obvio, no se encuentran sociedades construidas artificialmente, sino la cultura humana que todos poseemos. He ahí la trascendencia.

Experimentalmente resulta muy fácil la comprobación de la necesidad de acceso a estados expandidos de conciencia: simplemente, privemos a alguien de ellos para ver qué ocurre. Por ejemplo, podemos privarle del estado no ordinario más común: el sueño. Actualmente existen limitaciones éticas más que legítimas que impiden la realización de este tipo de experimentos, sin embargo, sí conocemos sus consecuencias, bien sea mediante el estudio de personas con insomnio crónico, las crónicas de torturas basadas en este procedimiento, etc.

Las consecuencias no tardan mucho en aparecer: a partir del tercer día sin dormir pueden aparecer alucinaciones visuales y auditivas. Además, progresivamente van apareciendo síntomas como la depresión, ansiedad, cambios de ánimo, irritabilidad, desorientación, dificultades en la concentración, la atención y la memoria.

A priori pensaremos que estos efectos se deben a que en el sueño el cerebro descansa, y que cuando no lo hace, empieza a fallar. Pero lo cierto es que durante el sueño de ondas lentas, la actividad del cerebro solo decae en un 20%, y durante el sueño REM, éste vuelve a funcionar al 100% (Hobson, 2003).

Con estos datos podemos seguir lanzando especulacio-nes. Y es que si el cerebro no descansa durante el sueño, podría ser que los beneficios del mismo vinieran dados por el acceso a un estado ampliado de conciencia, y los efectos que aparecen en cualquier individuo cuando éste no duerme durante días, son debidos a la permanencia en el estado de vigilia.

Conclusiones

Esta hipótesis propone que los estados expandidos de conciencia satisfacen necesidades humanas elementales de forma decisiva. Por este motivo hemos perseguido durante milenios las substancias psicoactivas, habitualmente desde un profundo respeto y sacralización, como parte fundamental de rituales bien establecidos que acompañan el consumo, los cuales incluyen ayunos, peregrinaciones, sacrificios o dietas especiales. Lamentablemente ese respeto que rodeaba las substancias psicoactivas empezó a desvanecerse a finales del siglo XIX, y actualmente ya se ha sustituido casi por completo por un tabú irracional del que toda persona “decente” debe alejarse. Es irracional puesto que el tabú se aplica según criterios de legalidad de la substancia, y no de seguridad. Y resulta más que evidente que la legislación en materia de drogas no se basa, ni lo ha hecho nunca, en la evidencia científica que existe en cuanto a las drogas que se están legislando. Así, tenemos un paradójico escenario en que se castigan a las substancias que cuentan con un uso histórico y que son seguras farmacológicamente, mientras que se permite, y además se promueve, el consumo de las drogas más perjudiciales que se conocen, a saber, el alcohol y el tabaco.

Además de los métodos basados en la ingestión de elementos externos, también hemos elaborado y perfeccionado prácticas o ejercicios mediante los cuales se puede acceder a los mismos estados de conciencia.

Éstos suponen una mejora para la propia satisfacción con la vida y para la convivencia en sociedad, como estipula el tercer supuesto. Dejando de lado todos los aspectos comentados que favorecen estas mejoras, quisiera ampliar un factor en concreto, y es que muchos, si no todos los consumidores de psicodélicos "mayores", señalan que cuando se encuentran en estos estados tan ampliados de conciencia, experimentan una sensación de retorno muy particular, "como si estuvieran en casa". Yo postulo que para la evolución idónea de nuestra especie nos tuvimos que "alejar", en cierto modo, de la realidad o de nuestra naturaleza, lo cual se hace evidente si volvemos a analizar los filtros por los que pasa la información de nuestro entorno. El cerebro humano es una gran máquina de filtrado y de procesamiento que nos ha permitido superar el resto de especies y formar sociedades más o menos seguras y estables. Sin embargo, por mucho que nos hayamos alejado de nuestra naturaleza o de una percepción más amplia de la realidad, seguimos formando parte del reino animal. De este modo los estados de conciencia expandidos representarían una herramienta para, temporalmente, regresar a lo que somos y, por mucho que nos empeñemos, siempre seremos.

El nombre de esta hipótesis se debe en parte a esta última reflexión, ya que pretende hacer hincapié en la necesidad evolutiva de trascendencia. Sin embargo una trascendencia a secas supondría un acceso a nuevos conocimientos o dimensiones no ordinarias que nunca antes se han alcanzado, y en este caso se trata de una trascendencia hacia algo "conocido" o que es susceptible de ser "recordado" (nostos-raíz griega que significa retorno).

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