¿Ser psicólogo? ¡hufff, fácil!

Cada que tengo el momento de reflexionar sobre mi carrera y lo que ella ha significado para mí, no puedo menos que estar agradecido con Dios y con la oportunidad que me brindó al permitirme tomar la decisión de ser psicólogo.

Son muchos los instantes en que, hallándome solo, me he detenido a meditar sobre mi labor profesional y ello me remonta a mis tiempos de universidad, a recordar a mis compañeros de carrera, a mis muy queridos docentes y sobre todo, a las instancias que significaron un espacio para devorar un nuevo concepto, para construir una nueva celda de conocimiento, etc. Dichas remembranzas me fortalecen en momentos de duda, cuando el ánimo es poco y un caso cualquiera me expone al límite de mis tolerancias profesionales y personales. No es fácil emprender un proceso psicoterapéutico y no pensar hacia dónde me conducirá, qué tanto colocará de sí el individuo para ayudar en el éxito del enfoque en el cual enmarca su caso. Empiezo una entrevista y no sé a dónde me va a llevar y no porque la misma no esté bien estructurada o tenga dudas y carencias profesionales, es porque establezco un enfoque desde una honesta perspectiva personal y psicológica, confiado en que los tres: el paciente, el diagnóstico y yo, somos parte de un rompecabezas que consulta tras consulta dejará de ser una maraña de piezas informes para convertirse en un cuadro de colores vivos, en tonos armoniosos y notas con melodía clásica al mejor estilo de Vivaldi. Pero la verdad suele ser engañosa, y generalmente le miente es al psicoterapeuta, sin que pueda hacer mucho para cambiarla. No se posee la llave mágica para abrir el cofre de los contenidos mentales del paciente y darles un orden saludable o extraer un chip, cambiarlo y resetear miedos o conductas psicopatológicos… y aquí debe primar un alto nivel de conciencia con altas dosis de autoconfianza por parte del psicoterapeuta para evitar posibles frustraciones o dudas sobre su idoneidad profesional, pues quizás se halle frente a sujetos que hacen la consulta pero en el fondo no creen en el profesional, aunque el mismo fuera el mejor psicólogo del mundo! Sólo consultan porque alguien les obligó, porque les recomendaron o por ver si ese psicólogo posee la “varita mágica” que pueda atravesar sus barreras mentales y eliminar todas sus anomalías psicológicas. Pero, en el fondo, no existe un verdadero compromiso de cambio, no existe una responsabilidad frente a su propio bienestar, ante lo cual el trabajo del psicólogo se convierte en una siembra de buenas semillas en un terreno estéril…  

Aunque tengo una formación profesional y un vasto trasegar personal que me han permitido obtener una amplia experiencia social y de contenido comunicacional en el contacto con mis semejantes, lo cierto es que nunca es suficiente cuando escucho cada historia y un cierto olfato perruno me permite intuir que algo no está bien, que el paciente miente o que no ha dicho aún detalles que son imprescindibles que, aunque pequeños, son fundamentales para estructurar un proceso (psicoterapia) de orientación (ayuda) que sea el que realmente se requiere en esa situación. Entonces, sólo queda confiar, creer en el paciente y saber que cada caso no será tan favorable como suministrar medicamentos para la fiebre o para el dolor de cabeza…

A veces, en uno que otro diálogo con amigos, familiares o simplemente interlocutores espontáneos que manifiestan interés por la profesión, se escucha la expresión: “Qué carrera tan linda… y ¡fácil!”. Nada más distante de la realidad, linda ¡sí!, fácil… ¡para nada! He de admitir que muchos, hombres y mujeres, emprenden la carrera como una opción más de las muchas que la vida y la academia les puedan ofrecer y que le ven como fácil e interesante. Al final de esta apreciación sólo se pueden obtener resultados que rayan, en muchos casos, en profesionales mediocres, frustrados y anti-éticos, pretendiendo brindar una asistencia profesional idónea en un campo tan delicado como lo es el interior de otros seres humanos. Vemos psicólogos que aún no han logrado colocar sus pies sobre la tierra, sin proyecto de vida y con un mar de confusiones, donde su identidad profesional y personal se hallan extraviados más allá de sus posibilidades de poderse brindar una autoayuda. Y, así y todo, lo más triste, poco ético, e incluso inmoral, es que emprendan una misión tan sagrada como lo es el incursionar en la esencia de otros seres humanos como si se tratase de cualquier asunto de barrio o de comadres y pare de contar.

La psicología no debe de ser vista como una opción más de formación profesional para subsistir, debe de ser apreciada como una misión que requiere de mucha convicción para ser iniciada. El psicólogo que recurre a la academia para poder serlo y, siéndolo, aún no logra conocerse a sí mismo, no es capaz de identificar y aceptar sus falencias corrigiéndolas adecuadamente, no puede ufanarse de ostentar tan honrosa dignidad en el universo del saber. Debe de evitar intentar entregarles a otros lo que no tiene para sí mismo. Debe de ser consciente que quizás esté actuando de una manera criminal, y cómo llamarle con un epíteto menos agresivo a algo que se convierte en una conducta irresponsable, donde otro ser humano llega depositando en sus manos sus últimas esperanzas, quizás su única alternativa frente a mil confusiones en su vida y lo único que puede intentar darle no pasa de ser sólo una buena intención porque sus capacidades no le dan para más? Aquí la moral y la ética tienen que ir bien diferenciadas y constituirse en juez y guía que demanden al psicólogo no sólo ser un excelente profesor en responsabilidad social individual, sino en el mejor practicante que al respecto pueda existir.   

Hasta la actual instancia de este texto he contemplado la importancia de la autenticidad, idoneidad y honestidad profesionales en torno a quienes fungimos como psicólogos, y no es que me haya enfrascado en ambages innecesarios buscando prolijos terrenos para cautivar una atención en pos de algo personal, ha sido la pena ajena sentida al presenciar la mediocridad que muchos colegas practican como si no se dieran cuenta de ello, donde sus conductas representando certeza en su razón de ser, no les permitiera ver su patético e irrisorio remedo de lo que en verdad es y debería de ser un psicólogo.

Es necesario, e incluso por el debido respeto que se merecen mis colegas, hacer la aclaración que este artículo hace referencia principalmente a una exigua cantidad de psicólogos (as), de entre quienes practican clínica o su intención es hacerlo. También hay que reconocer que la psicología, más allá de lo meramente clínico, ofrece múltiples campos de especialización que le permiten al profesional inclinarse por aquel con el cual se identifica más y no sólo por sus habilidades para hacerlo, sino, lo más importante: porque desde que decidieron ser psicólogos (as) contaban con una férrea convicción en dos aspectos: el primero, ser psicólogo (a) y el segundo, especializarse en psicología clínica, educativa, organizacional o de familia, etc., etc… Además, esta es una referencia a la excepción confusa y extraviada, y no a la regla ética y moral que imperan afortunadamente dentro del excelente cúmulo de material humano que constituyen las psicólogas y los psicólogos que ven en la profesión, indiferente de su enfoque, una causa de fe en el servicio y del respeto hacia el otro, más una inconmensurable bendición de Dios.

Retomando lo más importante de mi apreciación sobre la “facilidad” de ser psicólogo, me veo en la necesidad de incursionar nuevamente en los enigmas que plantea cada caso. Cómo saber qué realizaremos un excelente trabajo?; la intervención más propicia para tal o cuál situación? No, no lo sabemos, quizás sólo lo intuyamos. Pero si es honesto y estamos convencidos de ello, posiblemente esa intuición permita dirigir como cual brújula, el norte de la intervención con los resultados más satisfactorios posibles, a la altura del mejor psicoterapeuta en cualquier lugar del mundo.

Planteo la siguiente tétrada para obtener la más propicia senda hacia lo que una persona espera recibir cuando nos busca: primero, una excelente formación profesional en la carrera, buscando un verdadero y serio programa universitario que lleve a la formación esperada en un excelente psicoterapeuta. Segundo, un rapport carismático, auténtico, sin falacias, sin pretensiones que ni siquiera el propio psicoterapeuta se las cree. Una buena empatía puede llevar a una liberación del paciente que le permita desnudar sus conductas, confusiones y miedos más profundos que trastornan su calidad de vida física, mental, familiar y social, permitiéndonos obtener impresiones diagnósticas y elaborar procesos acordes con las necesidades halladas. Tercero, lograr construir un acertado diagnóstico, si se desea, posterior a la presunción del mismo. No se debe de olvidar que la presunción es un principio inalienable que puede salvarnos de equivocaciones graves que pudieran afectar catastróficamente vidas y dar al traste con la carrera tan difícilmente concluida. Un buen diagnóstico repercute alta y positivamente en toda la planificación y durante la aplicación del proceso de intervención como tal. Y cuarto,  una experiencia de vida. Pues sólo la experiencia propia en lo vivido, permite construir con autoridad, con certeza. No es lo mismo imaginar sobre lo desconocido que proyectar y anticipar resultados con base en experiencias propias y previas, y si no son propias, al menos sí creíbles, ojalá de parte de las fuentes mismas, mucho más allá de lo aprendido puramente durante la academia o de lo contenido en los libros. No debemos olvidar que un psicólogo nace en un recinto universitario pero son los años los que verdaderamente complementan su formación en los escenarios de la vida, a través de un constante interactuar social. Para una formación ideal como psicólogo, no puede faltar cierto cúmulo de experiencias de vida personal que hayan exigido toma de decisiones en cualquiera de los aspectos fundamentales de la existencia.

Ahora, para aquellos que creen que la carrera de psicólogo es algo fácil, deseo invitarlos a reflexionar sobre lo siguiente: si usted ya es psicólogo y cree que debe mejorar, hágalo, siempre es posible ser mejor; si es psicólogo y cree que no existen errores o dudas que le inviten a mejorar, renuncie y dedíquese a otra cosa, y tercero: si desea ser psicólogo porque cree que es una carrera fácil y es la que más le conviene por sus capacidades académicas, ¡DETÉNGASE!, no se engañe  y evite engañar a otros, pues incursionar indebidamente en sus mentes y desnudar la confianza de sus almas sin base en la idoneidad de principios, es algo que no tiene perdón de la profesión ni mucho menos de Dios.

No podría concluir sin atreverme a hacer una analogía propicia para el caso: “los psicólogos somos como los buenos vinos: mientras más añejos, más calidad en la esencia de su razón de ser”.

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