El Trastorno del Creador

Creen algunos autores que existen dos tipos de neurosis, aquélla del creador, ligada al mundo de vivencias de la creatividad, y la neurosis propiamente psiquiátrica. Dicen que esta última puede ser tratada con terapia y con psicofármacos, pero ¿cómo curar las anomalías psíquicas del acto creador? Parece que la única medicina (y a la vez su propia trampa) es la misma creación, aunque parezca un contrasentido.

No estoy de acuerdo con los que dicen que la vocación literaria es algo así como una iluminación paranormal, una luz interior para privilegiados, un destino superior a la vulgaridad del hombre medio, una experiencia mística, o incluso el famoso “fulgor” del que hablaba Nacho Vegas hace unos cuantos años...  Creo que es algo mucho más normal... tanto que hasta puede ser analizable desde una disciplina tan terrenal como la psicología. Existe un trauma ambiental que actúa como desencadenante y existe un carácter enfrentado a un ambiente. De esa simbiosis brota la creación literaria. La frustración y la impotencia alimentan y dan vida a esa vocación que,  mirada así, ya no parece algo tan mágico y excelso. Con ello no quiero decir que la creatividad no exija unas condiciones objetivas ( o más bien lo que la sociedad de ese momento considere objetivas) desde el punto de vista psicológico (e incluso técnico), pero nos acerca mucho más a la idea de que el artista “se hace”, en mayor medida que “nace”.

Hay numerosos ejemplos en la historia de la literatura, pero me gustaría hoy detenerme, por puro capricho, en esas lejanas “Vidas sombrías” de Baroja, su primer libro. El joven escritor, aún sin reconocimiento, se dedica a observar y a analizar su entorno, y con la aspereza de un estilo sencillo, muestra una ternura llena de humanidad hacia los desvalidos, hacia los pobres, a los humillados y ofendidos que laten bajo el submundo de la alta suciedad (“basura de la alta suciedad”, que diría AC). Esa soledad, esa melancolía, esa neurosis unida y germinante en un ambiente, lleva al realismo. Poco a poco va cobrando sentido un oficio, y de ahí que el escritor se vaya haciendo para justificar su experiencia, y paradójicamente, su profundo desplazamiento con la realidad. El ambiente se mezcla con una obsesiva tendencia al análisis y a la introspección incesante, de las cuales el propio Baroja culpa a la educación recibida (“yo, como todos, salí de esos antros de imbecilidad que llaman universidades...”). El escritor siente una cierta imposibilidad de vivir, eso que podríamos llamar la neurosis del creador, que brota más bien como reacción patológica a la frustración de cualquier intento de integración en el entorno, y de una melancolía impotente. No le queda más remedio que seguir adelante y adentrarse en esa absurda y trágica vivencia que lleva a la creación de otros mundos… o  formas de vida de almacén.