El Reto de ser Hombre

Resumen:

Ser mujer o ser hombre es un hecho sociocultural e histórico. Más allá de las características biológicas del sexo existe el género: se trata de un complejo de determinaciones y características económicas, sociales, jurídico-políticas, y psicológicas, es decir culturales, que crean lo que en cada época, sociedad y cultura son los contenidos específicos de ser mujer o ser hombre.

De esta forma ser y sentirse hombre o mujer es el resultado de un proceso evolutivo por el que se interiorizan  las expectativas y normas sociales relativas al dimorfismo sexual, y hace referencia al sentido psicológico del individuo de ser varón  o hembra con los comportamientos sociales y psicológicos que la sociedad designa como femeninos o masculinos.

Palabras claves: género masculino, masculinidad, imaginario social

Introducción

En este artículo, haremos alusión a las especificidades del género masculino y las presiones sociales a las que ha sido sometido a lo largo de la historia; en tanto el hombre de hoy sufre fuertes tensiones emocionales una vez que debe responder ante tantas exigencias.

Los varones juegan a ver quién es el más fuerte y audaz en este mundo que es su casa;  quién es el más hábil y valiente, el más capaz de desafiar las normas establecidas y salirse con la suya. Es decir, aprenden a jugar a “ser hombres” y se supone que todo ello afianza la masculinidad tal como nuestra sociedad lo percibe. Se les impide expresar ternura, cariño, tristeza o dolor: todas las expresiones de la humanidad; y les permitimos solamente la ira, la agresividad, la violencia, la audacia y también el placer(a veces a costa de los demás), como muestras de la masculinidad ideal. Es así como se construye el macho castrado de su sensibilidad y en buena parte de su amor; con un comportamiento caricaturesco en su agresividad.

El aprendizaje social y cultural del ser masculino tiene como punto importante el tener bajo control todas las emociones y sentimientos hacia sí mismo, los demás y las situaciones en general por lo que desarrollan un espacio emocional más limitado y menos flexible que las mujeres, y llegan a confundir sus emociones con las expectativas que su grupo social tiene para con ellos. La masculinidad, como un estereotipo, va siempre unida a determinadas cualidades, sobre todo asociadas con la fuerza, la violencia, la agresividad y la idea de que es necesario estar probando y probándose continuamente que se "es hombre".

Desarrollo

Para el análisis de la constitución de lo masculino resulta importante el análisis de las asignaciones que desde lo sociocultural, regulan el proceso de conformación de su personalidad:

  • Constitución rígida y frágil, en la medida que son pocos los elementos que la definen y sostienen, con poco se puede salir del molde prescrito.
  • Ser hombre es no ser mujer, como defensa ante lo rechazado y lo temido. Es evidente que es aquí donde la base de la descalificación de los femenino ­y con ello de las mujeres-, con facilidad de transitar hacia posturas misóginas.
  • Por lo anterior, es altamente homo fóbica. Cualquier cercanía a lo femenino o a lo que se le asemeje es desterrado.
  • Es maniquea: aparte de ser hombre es no ser mujer, es una cosa o la otra; no hay posibilidad de matices.
  • Como elemento básico de la masculinidad está su constitución en una estructura personal y social alrededor del falo: con facilidad el pene adquiere características arquetípicas (se torna falo).
  • La dificultad para experimentar y expresar la gama amplia de emociones y sentimientos de los seres humanos, en la medida en que se "especializa" en algunos. Por ejemplo, se privilegia la expresión del enojo y la violencia en detrimento de la expresión de sensibilidad y ternura.

Así; cuando el niño pequeño percibe la alarma que produce en su entorno cualquier trasgresión a las pautas estereotipadas de comportamiento masculino. La reacción de las personas más cercanas primero, y de los entornos secundarios más tarde, le informa que una de las cosas más importantes para evitar ser rechazado o castigado, consiste en ajustarse a las expectativas de género que esos entornos sostienen. Estos mandatos culturales suelen ser transmitidos y reforzados por la estructura de las instituciones (educativas, religiosas, recreativas) y legitimados por las instituciones que representan el poder en el imaginario colectivo. Expresiones tales como “no seas marica” o “pareces una niña”, se transforman en mensajes estructurantes de una virilidad caracterizada por la dureza, la inexpresividad emocional y el establecimiento de jerarquías misóginas.

La definición hegemónica de virilidad es un hombre en el poder, un hombre con poder, y un hombre de poder. Igualamos la masculinidad con ser fuerte, exitoso, capaz, confiable, y ostentando control. Las propias definiciones de virilidad desarrolladas en nuestra cultura perpetúan el poder de los hombres sobre otros, y de los hombres sobre las mujeres.

Se trata de la búsqueda del hombre individual por acumular aquellos símbolos culturales que denotan virilidad, señales de que él lo ha logrado (ser hombre). Alude a esas normas que son usadas contra las mujeres para impedir su inclusión en la vida pública y su confinamiento a la devaluada esfera privada. Diferenciado que distintos tipos de hombres tienen a esos recursos culturales que confieren la virilidad y de cómo cada uno de estos grupos desarrolla sus propias modificaciones para preservar y reclamar su virilidad.

Como señalamos anteriormente:

La identidad masculina tradicional se construye sobre la base de dos procesos psicológicos simultáneos y complementarios: el   hiper desarrollo del yo exterior (hacer, lograr, actuar) y la represión de la esfera emocional.  Para poder mantener el equilibrio de ambos procesos, el hombre necesita ejercer un permanente autocontrol para regular la exteriorización de sentimientos tales como el dolor, la tristeza, el placer, el temor, el amor.

Admitir debilidad, flaqueza o fragilidad, es ser visto como un enclenque, afeminado, no como un verdadero hombre. Pero, ¿visto por quién?

Por otros hombres: están bajo el cuidadoso y persistente escrutinio de otros hombres. Ellos miran, clasifican, conceden la aceptación en el reino de la virilidad. Se demuestra hombría para la aprobación de otros hombres. Son ellos quienes evalúan el desempeño.

Ser visto como poco hombre es un miedo que impulsa a negar la hombría a los otros, como una manera de probar lo improbable, que se es totalmente varonil. La masculinidad deviene una defensa contra la percibida amenaza de humillación a los ojos de otros hombres, actualizada por una "secuencia de posturas" --las cosas que podríamos decir, hacer o incluso pensar, que, si pensamos cuidadosamente, podrían llevarnos a avergonzarnos de nosotros mismos.

La homofobia es un principio organizador de nuestra definición cultural de virilidad, es más que el miedo irracional por los hombres gay, por lo que podemos percibir como gay, es el miedo a que otros hombres los desenmascaren, los castren, les revelen a ellos mismos y al mundo que no alcanzan los estándares, que no son verdaderos hombres.

Tal como señala Borrillo: “La homofobia puede ser definida como la hostilidad general, psicológica y social, respecto a aquellos y aquellas de quienes se supone que desean a individuos de su propio sexo o tienen prácticas sexuales con ellos. Forma específica del sexismo, la  homofobia rechaza también a todos los que no se conforman con el papel predeterminado por su sexo biológico. Construcción ideológica consistente en la promoción de una forma de sexualidad (hetero) en detrimento de otra (homo), la homofobia organiza una jerarquización de las sexualidades y extrae de ella consecuencias políticas.”

Los problemas evidenciados por muchos hombres en la actualidad no residen significativamente en una frágil identidad masculina sino en las restrictivas y castradoras definiciones socioculturales de lo que significa ser hombre hoy. La masculinidad se construye precisamente, sobre la base de un miedo de ser, de una condición que pone a los hombres en una mayor desventaja en los probables intentos de progresar en el orden social.

Dichos problemas se han desarrollado a partir de un modelo de masculinidad hegemónico y difícil de desarticular, situación que enmascara una serie de expropiaciones y exclusiones hechas al género masculino y que frenan en muchos casos el libre desarrollo personológico, la libertad de elección y la salud mental, esencialmente de aquellos en quienes la vivencia de conflicto entre el imaginario social instituido (tradicional, efectivo) y el imaginario social instituyente (nuevo, radical, transformador) se hace más palpable y se experimenta como mutilante y opresora.

Ser hombre constituye una condición importante en la sociedad pero a la vez supone privilegios que se sustentan en altos costos personales y sociales que crean no pocos malestares, ansiedades e incertidumbres. Los individuos socializados bajo las definiciones dominantes tienen que incorporar características de ese ideal y reprimir los rasgos que se desvían de este modelo porque tiende a lo femenino como expresa José Ángel Lozoya: “Los privilegios cuestan caros y en el campo de los sentimientos, todo lo que ganamos en poder lo pagamos en represión emocional”.

De tal suerte la capacidad para expresar emociones en los hombres es limitada, ha sido reprimida, se les enseña que los hombres no lloran de modo que si a alguno se le escapa alguna lagrimilla es frecuente verlo disculparse por haberse mostrado descontrolado, algo que no les es permitido, ya que están entrenados para el dominio propio, hasta en situaciones peligrosas, se les ha vetado la posibilidad de mostrar miedo, deben sentir y demostrar valor siempre. Las muestras de cariño, ternura y amor  entre sus compañeros varones, las expresaran a través de la rudeza: apretones de mano, palmadas en la espalda, abrazos distanciados.

El compañerismo masculino está mediado por normas estrictas, basadas en tendencias homo fóbicas, por lo que la intimidad entre los hombres suele tener más reglas que entre las mujeres (las cuales no escapan a la homofobia).

Son socializados en la competencia y el aislamiento como dice el dicho: “el hombre es esclavo de lo que dice y dueño de lo que calla” frases como estas reflejan la lógica masculina de tragarse sus problemas, dudas y ansiedades, los hombres en todo momento deben mostrar su racionalidad al saber que hacer ante determinadas situaciones, de esta forma son menos vulnerables y responden socialmente a una integridad de género esperada.

Su función social como proveedor es central para el reforzamiento de su masculinidad, se espera de ellos que sean una especie de superhombres u hombres araña capaz de brindar seguridad, cuidado y protección. La mayoría de las parejas siempre quieren que su primer descendiente sea varón, entre otras razones, para que defienda a la futura hermana y en el mañana a su mamá. Las mujeres por lo general prefieren a aquellos hombres que pueden aportarle, no solo desde el punto de vista intelectual, también en el plano de la sexualidad en cuanto a todo lo que puedan enseñarle (respondiendo a la dualidad hombre activo / mujer pasiva, aunque en la actualidad esta dicotomía no es tan nítida) y por supuesto económicamente. Esta última es una de las exigencias más agobiantes para los hombres, es uno de los indicadores más importantes para alcanzar el éxito en casi todas las esferas de la vida.

Las concepciones sobre la masculinidad dominante distorsionan la percepción de los hombres sobre sí mismos, al presentarse estas características como propias de su naturaleza. Se iguala hombre biológico-hombre masculino, estableciéndose una relación directamente proporcional, se es mucho más hombre mientras más características del ideal masculino hegemónico incorporen a su identidad de género, con lo que se disminuye forzosamente  su yo interno, al reprimir una amplia gama de necesidades, sentimientos y formas de expresión humanas.

Esto trae como consecuencia la imposibilidad de conocer y conocerse a sí mismos de otras maneras, a través de sus emociones, experiencias corporales, que les permitan conciliar de una forma menos traumática sus malestares e incertidumbres con su construcción genérica de forma que puedan acortar la distancia entre lo que humanamente quieren ser y lo que son en realidad.

En el campo del conocimiento nos perdemos conocer íntimamente dimensiones importantes de la vida de los hombres que se relacionan con su construcción como sujetos genéricos, al quedar excluidos por involucrar  saberes que socialmente son objeto de represión y desvalorización por tanto permanecen fuera del conocimiento “objetivo” en relación a los hombres.

Como ya hemos señalado sobre la experiencia de los hombres, podemos apreciar las tensiones que también los hombres sienten entre la vida íntima y social. No se trata simplemente de tener “un tiempo de calidad” con sus hijos durante el fin de semana. También se trata de escuchar los deseos y necesidades de los niños y revisar la igualdad de los géneros para incluir a los niños. Esto significa reconocer cuán importante es para los niños y para los padres involucrarse los unos con los otros en el día a día. Asimismo significa que tenemos que reconocer la necesidad de reconsiderar la naturaleza del trabajo y equilibrar para los hombres y las mujeres el tiempo que pasamos trabajando y el que pasamos en la intimidad. Esto conlleva en parte que los hombres deban reconocer cuánto ayuda el “esfuerzo emocional” en mantener una relación sexual a largo plazo.

Esta construcción se inicia desde el mismo momento de nuestro nacimiento, el hombre nace y el varón se hace. Nunca se termina ni nunca se es demasiado hombre, ser hombre es una tarea continuada e inacabable.  Es por ello, que la identidad masculina se halla siempre en peligro.

No obstante, a partir de los nuevos cambios que se operan social e individualmente en las estructuras simbólicas, producto entre otras cosas del nuevo papel de la mujer y su participación en todos los ámbitos de la vida social; la conformación y ejercicio de la masculinidad atraviesa una franca crisis, que ha provocado un deterioro de la identidad masculina. Se aprecian ya, cambios en la tradicional imagen masculina, aunque es válido destacar que estos son mayormente aceptados a nivel de lo discursivo y se observa cierto distanciamiento con sus prácticas en el ámbito público.

La situación podría reducirse a una incapacidad masculina para resignificar las nuevas condiciones culturales y asumir un nuevo patrón genérico que los libere de las imposiciones de una cultura machista. Los aires de cambio son indudablemente arrolladores, la transformación de la identidad masculina hegemónica se impone, de lo contrario ¿Qué les depara el futuro si continúan estructurando sus relaciones con el género femenino y conformando sus expectativas, en función de su supuesta superioridad y capacidad proveedora? no queda otra alternativa que reestructurar los esquemas referenciales tradicionales, en tanto sustentan una serie de roles anacrónicos y sin sentidos.

Así, ya sea en los casos de aquellos hombres que muestran cada día mayor conciencia sobre los asuntos de esta índole, o en aquellos que continúan aferrados a sus ideales patriarcales, se operan importantes contradicciones entre sus pensamientos y sus sentimientos, lo que demuestra como la estructura patriarcal se convierte en un entramado contradictorio y opresor para los propios hombres.

Es por ello que se vuelve cada vez más importante y necesario generar un cambio cultural que resignifique la asignación de los roles y libere a hombres y mujeres indistintamente, a través de la deconstrucción de los viejos patrones y la construcción de nuevas identidades genéricas, entre ellas una nueva masculinidad cuyo eje central no sea el ejercicio del poder, la competencia y la dominación, pesada carga que de forma más o menos consciente, muchos ya no quieren llevar sobre sus hombros.

Esto es algo que los hombres tienen que aprender a hacer por sí solos, aunque no es una tarea fácil dentro de una cultura homo fóbica en general, en la que las identidades masculinas se definen generalmente en términos negativos –en términos de “no” ser “blando”, “emocional”, “dependiente”, que en otras palabras significa “no ser mujer”.

Ésta puede ser una tarea difícil de llevar a cabo en un periodo de incertidumbre, cuando los prototipos tradicionales de la masculinidad estructurados en términos que describen a los hombres como “los que se ganan el pan” y “proveedores” se han venido abajo. Frecuentemente los hombres sienten que deberían “controlar” su propia experiencia, ya que si admiten su incertidumbre, ello puede amenazar su identidad masculina.

Los hombres aprenden a reservarse sus propias ansiedades y miedos al proyectar una cierta imagen pública de ellos mismos. A veces, esa aflicción interior puede crecer en la medida que a los hombres les persigue un miedo que, de mostrarlo, el varón sería seguramente marginado. La rabia puede volverse contra uno mismo y ello se refleja en el alto número de suicidios de hombres jóvenes, como un fenómeno casi global. Resulta más fácil acabar con la vida de uno mismo que mostrar tu desesperación a los demás.

Conclusiones

En la medida que los hombres aprendan a mostrar más abiertamente su vulnerabilidad, aprenderán a reconocer que no es un signo de debilidad, sino una muestra de valor. Cuando los hombres jóvenes aprendan a ser responsables íntimos en sus relaciones con cualquiera de los dos sexos, aprenderán a saber qué es lo que les importa en la vida, aprenderán a apreciar el amor mientras luchan por una mayor justicia en las relaciones entre los géneros dentro de una sociedad más democrática y a favor de la igualdad.

Cada vez son más los hombres conscientes de sus responsabilidades personales y colectivas, como resultado de una reflexión autocrítica realizada a veces en grupos de hombres, que les ha llevado cuestionar la propia identidad y evitan reproducir el sexismo.

La mejor contribución que pueden hacer al cambio es convencer al resto de los hombres de la necesidad de apoyar los cambios en las estructuras de poder, los ordenamientos sociales y la organización de la vida cotidiana.

Bibliografía:

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