Mejor, líderes sin narcisismo

Sobra decir que nadie es perfecto, incluso para añadir que algunos andamos bastante lejos; desde luego y en general, nos suele faltar autocrítica y somos poco receptivos al feedback. Casi todos fallamos en el autoconocimiento y ni siquiera somos conscientes de ello. Así parece ser, aunque al respecto resulta singular y llamativo el caso de los afectados por un trastorno narcisista, cuya mente se altera con la sublimación del yo; se llegan a tener por imprescindibles y apenas perfectibles, y en verdad salta a la vista el alto concepto que tienen de sí mismos.

Hay, desde luego, personas que podemos considerar superiores al resto en aspectos diversos que han sabido desarrollar, y es lógico que los demás despleguemos el reconocimiento correspondiente. En todos los escenarios, y desde luego en las organizaciones, las hay ciertamente excelentes en algo; pero se diría que los narcisistas no esperan a ser reconocidos, sino que lo demandan en grado excesivo (a menudo, sí, con cuestionable fundamento, exagerando sus méritos o logros).

Como es sabido, en estos casos la conducta puede resultar sensiblemente antisocial, sin embargo y salvo concurrencia, no habríamos de tenerles por perversos sino por narcisistas. En realidad cada individuo es único, y lo son quienes presentan el desorden de personalidad que nos ocupa; un visible desorden que cabe relacionar con la posición profesional y el poder administrado. Esto nos lleva a enfocar a los dirigentes, a los poderosos, entendido ampliamente el colectivo (aunque el narcisismo en grado patológico afecte a una pequeña minoría).

Son, claro, en lo público y lo privado, numerosos los directivos ejemplares o simplemente competentes, como también los hay no tan efectivos, ni tan íntegros, ni tan estimados; pero es cierto que se dan casos de narcisismo incipiente o crónico, con síntomas leves o graves, de muy posibles consecuencias negativas y con diferentes causas. Como se va escalando y se aprovecha el poder alcanzado para mantenerse o seguir subiendo, el sujeto puede resultar ya intocable cuando emerge o se consolida este desorden de la personalidad, que también puede asomar desde luego en directivos más jóvenes, acaso tras algún éxito temprano mal digerido. Caben muchas reflexiones, pero cerremos preliminares.

Hará unos diez años, leí un artículo de un amigo consultor y topé con la idea de que los directivos habían de ser “un poco narcisistas”. No he recuperado el texto, aunque recuerdo aquello porque fruncí el ceño. En realidad y si se quiere decir así, puede que muchos seamos algo narcisistas, e incluso puede que hayamos padecido ocasionalmente diversos desórdenes mentales, o desplegado conductas irracionales; el caso es que yo había incubado en efecto cierta sensibilidad ante el narcisismo, tras relacionarme tiempo atrás con un directivo singular (con él la firma se fue apagando y acabaría desapareciendo) que, a mi modo particular de ver, se había mostrado engreído, portador de trascendental misión, y hambriento de reconocimiento y subordinación (todo ello acompañado empero de gestos y rasgos que me parecían saludables).

Tiempo después conocí otro posible caso revelador. Esta vez el individuo parecía muy vanidoso y obsesionado con la envidia de que creía ser objeto, mientras se sabían falseados algunos de los méritos que rara vez olvidaba exhibir. Siempre con riesgo de equivocarme, podría añadir que contaba con más numerosos aduladores que el directivo del párrafo anterior y que, al tender a la abstracción, no sé si acababa a veces en el delirio. Por cierto y por entonces, empecé a creer que, en caso de duda, si una persona rechazaba la adulación, probablemente no era narcisista; también pensé que el narcisismo nunca completa la semblanza y hay que fijarse en más cosas… Vayamos al meollo.

Este verano, navegando en Internet —podían resultar muy particulares, pero entonces surgió el impulso para escribir estas reflexiones— topé con diversas ideas sobre el narcisismo de los directivos, en formulaciones que parecían vinculadas al pensamiento de autores como M. Maccoby o S. Crompton. Por ejemplo, se venía a sugerir que los ejecutivos debían tener una elevada (ahora era “elevada”) dosis de narcisismo. Parecía sostenerse tal cosa en beneficio de un cierto narcisismo productivo.

También observé, ahora en otra página, que se apuntaban algunas ventajas de un liderazgo narcisista, y asimismo se seguía hablando en positivo del llamado narcisismo productivo. De inmediato pensé que se puede y debe ser productivo sin ser narcisista, y que los líderes pueden y deben liderar con efectividad, sin presentar trastorno o desorden alguno en su personalidad. Pronto di con algo que me resultó especialmente sonoro: se decía que el narcisista productivo es el que más se acerca a la idea que tenemos de un gran líder. Detenido en esta frase, me pregunté qué se entendía por gran líder y en qué consistiría aquel narcisismo que pretendía enriquecer el liderazgo.

Se venía a decir que estos narcisistas productivos, encantadores y audaces, seducen a los demás con su dialéctica, poseen perspectiva para ser buenos estrategas, y buscan el poder para hacer grandes cosas, dejar legado y generar satisfacción en su entorno; que se plantean ambiciosos y atractivos retos que otros individuos, más atentos a las posibilidades reales, no se plantearían. Con cierta dependencia de los medios utilizados y los fines alcanzados, me parecía todo esto muy positivo; pero me resistía a vincularlo tan estrechamente con el narcisismo. Pensé más bien que se trataba de líderes efectivos a quienes, si de verdad se mostraban narcisistas, se habría subido el éxito a la cabeza; serían productivos narcisistas, más que narcisistas productivos… Y seguí dando vueltas al asunto.

¿Cabe una lectura de este trastorno que incluya rasgos positivos hasta el punto de apostar, como parecía hacerse, por la presencia del narcisismo en los directivos-líderes? ¿Hay en este trastorno particulares rasgos que catalicen la mejor manifestación del liderazgo, de modo que supongan una carencia para el líder no narcisista? Seguía yo con el tema porque me pareció que se estaba haciendo una cierta defensa del narcisismo (más allá de que típicamente el narcisista tiende a liderar y sin olvidar que también suele tender a protagonizar, capitalizar…).

Desde luego, hay personalidades peores que la narcisista y a muchos se nos ha trastornado la mente alguna vez; pero ¿no sería mejor evitar cualquier desorden mental, incluso en grado leve o pasajero? ¿No es más seguro que las organizaciones sean dirigidas por personas mentalmente sanas, autocríticas, realistas, juiciosas, empáticas, con tanta visión de gran angular como de teleobjetivo? ¿Resulta acaso la personalidad narcisista precisamente idónea para liderar determinadas organizaciones, o para desarrollar especiales tareas? Presumía yo asentimiento, incluso en la última pregunta, al recordar por ejemplo que parece haber organizaciones más dadas al aparentar que al ser.

En su grado más visible, el narcisismo (egolatría, arrogancia, megalomanía, vanidad…) me parecía negativo aunque no sensiblemente generalizado; pero sí me habían venido pareciendo algo frecuentes en directivos (sobre todo en empresarios y altos cargos) algunas creencias que acaso habrían de ser revisadas y modeladas. Parece que les hubieran inculcado un ideario particular o lo hubieran incubado ellos mismos, construido sobre premisas como las siguientes, llevadas con cierta desmesura: que han sido elegidos por la naturaleza, que el directivo-líder es el héroe de la empresa, que las normas no son para ellos y les están permitidos procedimientos o medios especiales, que los trabajadores son meros recursos humanos y no son capaces de protagonizar su tarea, o que el negocio es el negocio, esto a toda costa (con los escrúpulos justos).

En muchos de estos directivos de particulares modelos mentales, uno incluiría asimismo rasgos tales como la conciencia de que no hay mejores ideas u opiniones que las suyas, el afán de destacar, la prudencia graciana bien aprendida, un específico protocolo relacional, un cierto código de indumentaria, una sensible contención gestual o una dialéctica visiblemente cuidada-cultivada. Quizá lo que se entiende por pequeña dosis de narcisismo tenga que ver con algo de esto, aunque también podría tratarse de efectos del cargo y su carga correspondiente, de la presión, de un cultivo particular de la autoridad, de la conciencia de ser observado, del deseo de crecer, del propio perfil personal…

Parece en verdad apreciarse en no pocos directivos —esto es lo que quería subrayar sobre todo— una necesidad de manejarse con libertad tras sus fines, al margen de rigideces funcionales (sean estas de origen corporativo o de ámbito legal). Es una característica que quizá se haga más patente en los narcisistas, aunque (como ocurre también con la manipulación, la falta de empatía, la sed de poder, el afán de aparentar…) pueda darse en algunos directivos-líderes a los que cueste empero calificar de narcisistas. De hecho, se diría que casi todos hemos buscado alguna vez atajos veniales para eludir procedimientos y normas en nuestras organizaciones; pero es también un hecho que, en la alta y no tan alta gestión de lo público y lo privado, se viene recurriendo a veces a atajos ilegítimos que incluso constituyen noticia.

En efecto y en verdad, parece haber demasiados grandes, y no tan grandes, líderes políticos y empresariales de nuestro tiempo que se han saltado las normas morales y legales. A uno le resulta más sencillo vincular algunos de estos grandes líderes a la inmoralidad, que al llamado narcisismo productivo como se hacía en aquello que leí; pero no cabe generalizar y único es cada caso entre líderes, entre seguidores, entre narcisistas, entre aduladores, entre corruptos, entre íntegros…

En lo poco leído en Internet no encontré detenida mención a esto de saltarse las normas morales y legales (se trate de corrupción operativa o codiciosa), pero el narcisista, productivo o improductivo, parece en verdad situarse por encima de todo. Se diría que, al sentirse tan excepcional, tan superior, de tan elevada categoría, no parece ver obstáculos insalvables para sus ambiciosas metas, lo que podría tenerse, según el punto de observación, por positivo o negativo. Uno piensa aquí que el narcisista corrupto habría de ser más tenido por corrupto que por narcisista; y añade que parece haber corruptos (en lo operativo y lo codicioso) sin que se nos muestren narcisistas… Compleja la cosa e invitando ya al lector interesado a llegar a sus propias conclusiones, voy terminando.

Si en verdad se celebrara alguna dosis de narcisismo en los directivos, o se entendiera muy extendido este desorden mental en el colectivo, entonces quizá habría que asentir ante quienes vienen a denunciar la mentalidad de elite, de categoría, de alta misión, de prudencia graciana, con que se estaría educando y adulando a los futuros directivos-líderes en algunos programas formativos. Luego ya, en el desempeño directivo, sería el nivel salarial lo que podría nutrir el trastorno… En todo caso, puede que hubiera que revisar los modelos mentales ya desde las escuelas de negocios, tanto para evitar el narcisismo como para cuestionarse los fines perseguidos y los medios desplegados.