El desafío en la compresión de la violencia

Continuamente los medios de comunicación y redes sociales presentan episodios de violencia evidentes en la población mundial, en los cinco continentes, con mayor o menor intensidad y frecuencia dependiendo del país observado. Generalmente se le considera como una problemática en aumento que afecta todas las instituciones sociales, impregnada en todas las clases socio-económicas y con efectos nefastos en todas las dimensiones del ser humano. Pero, ¿Cómo se puede comprender este comportamiento tan variante y dinámico, cada vez más frecuente en la interacción humana, a pesar de sus lamentables consecuencias?

La comprensión de este comportamiento, implica reconocerlo como un fenómeno multicausal, multidimensional, dinámico y que evoluciona en virtud de la sociedad y el tiempo histórico en que se pretende analizar (Trujillo, 2009). Es importante tener en cuenta sus múltiples y variadas manifestaciones, implicaciones, actores y formas en que se presenta, ya que es un constructo muy amplio de difícil consenso para su definición.

Delimitar el constructo de violencia es una tarea muy compleja que capta la atención de muchos psicólogos, sociólogos, politólogos, violentólogos, entre otros profesionales, quienes realizan arduas e importantes investigaciones, fruto de las cuales han surgido gran variedad de conceptos y aproximaciones teóricas. Sin embargo, en medio de tantas diferencias,  diversos autores han llegado a la conclusión de que la violencia implica acciones netamente humanas, es decir, no se presenta en especies animales (Carrasco & González, 2006; Gil-Verona, et al., 2002; Trujillo, 2009).

Gil-Verona, et al. (2002),  conciben la violencia como “todo acto que atenta contra la naturaleza esencial del hombre y que le impide realizar su verdadero destino, esto es, lograr la plena humanidad” (p. 294), con el fin de aniquilar la vida de una o varias personas o poner en grave peligro su existencia.

Por tanto, la violencia implica conductas ilegitimas, ilegales, carentes de justificación, con tendencia ofensiva que van en contra de la dignidad y atentan contra los derechos humanos (Carrasco & González, 2006). Tiene un carácter destructivo sobre las personas y supone una profunda disfunción social (Echeburúa, 2003). Implica un ejercicio del poder mediante el empleo de la fuerza, ya sea física, psicológica, económica u otra, implicando de esta manera la existencia de una dinámica de subordinación donde existe un superior y un inferior que adquieren la forma de roles complementarios (Corsi, 1994).

De igual forma, la comprensión de la violencia ha dado lugar a diferentes teorías que comprenden su génesis, dentro de las que se encuentra el modelo del aprendizaje social, donde se afirma que la violencia se aprende y mantiene por medio de experiencias ambientales, de manera directa o vicaria, es decir, que los niños y las niñas aprenden de los adultos y de sus pares a través de la observación y la imitación (Bandura, 1973, citado por Alonso, 2010); el modelo ecológico, donde la realidad familiar, social y cultural se entienden como un todo articulado, un sistema compuesto por diferentes subsistemas donde a partir de la dinámica interaccional se genera y mantiene la violencia (Corsi, 2008); modelos neurobiológicos, que explican las conducta violenta a partir de la influencia de neurotransmisores, carga hormonal y genética; entre otros.

Sin embargo, Gil-Verona, et al. (2002), reconoce la importancia de modelos integradores que analizan los factores de riesgo predisponentes de las conductas violentas, donde la acumulación de diversos precipitantes sociales, genéticos, hormonales, ambientales, culturales y contextuales, hacen que se evoquen los comportamientos violentos.

En conclusión, Todos estos planteamientos hacen evidente la complejidad que engloba la violencia al momento de abordarla como tema de investigación, proceso de compresión, elemento de análisis social o propósito de intervención, ya que no existe un concepto genérico y debido a que se utiliza para referirse a múltiples manifestaciones encaminadas a hacerle daño a un tercero. Por tal motivo,  es necesario delimitar el tipo específico de violencia con el cual se pretende trabajar, para luego ahondar en sus bases teóricas y de esta forma poder formular la ruta de actuación.

Finalmente, es necesario afirmar que a pesar de la heterogeneidad de paradigmas en torno a la violencia y el trabajo multidisciplinar incansable de diferentes profesionales, este fenómeno aún no se comprende por completo, pero lo más grave es que sigue en aumento en las estadísticas nacionales y mundiales, no se cuenta con las herramientas adecuadas para su prevención y erradicación y cada día son más las miles muertes sin sentido que provoca.

REFERENCIAS

  • Alonso, P. (2010). Aprendizaje Vicario, Efecto Mimético y Violencia de Género.
  • Carrasco, M. & González, M. (2006). Aspectos conceptuales de la agresión: definición y modelos explicativos. Acción Psicológica, 4 (2), 7-38.
  • Corsi, J. (1994). Violencia Familiar: Una mirada interdisciplinaria sobre un grave problema social. 1ª Edición. Buenos Aires. Editorial: Paidós
  • Corsi, J. (2008). Violencia Familiar: Una mirada interdisciplinaria sobre un grave problema social. Buenos Aires. Editorial: Paidós        
  • Echeburúa, E. (2003). Personalidades Violentas. Ediciones pirámide, Madrid.    
  • Gil-Verona, J., Pastor, J., De Paz, F., Barbosa, M., Macías, J., Maniega, M., et al., (2002).          Psicobiología de las conductas agresivas. Anales de Psicología, 18 (2), 293-303.
  • Trujillo, E. (2009). Aproximación teórica al concepto de violencia: avatares de una definición. Política y Cultura, 32, 9-33.