Malpensados, para pensar bien

 

Autor: José Enebral Fernández

Hace días, el psicólogo Howard Gardner, reciente (2011) Premio Príncipe de Asturias de las Ciencias Sociales, animaba a los ciudadanos, entre otros mensajes, a ejercer la visión crítica para llegar a la verdad.  Según leí en El Mundo, añadía: “El ciudadano tiene que trabajar duro por la verdad, porque nadie se la va a dar”. Estamos en efecto rodeados de información, pero no tanto de verdades, y a menudo hemos de cuestionar las cosas, esmerar el pensamiento, penetrar en lo que se nos dice, activar el espíritu crítico, llegar a conclusiones propias. Dicho de otro modo, para pensar con acierto hemos de ser, en alguna medida, malpensados.

Me pareció curioso este mensaje del prestigioso profesor de Harvard, dado que sobre todo le relacionábamos con las inteligencias múltiples. Sin duda la visión crítica, la que ya postulara John Dewey hace varias décadas, resulta inexcusable en nuestra actual Sociedad de la Información, que más parece a menudo simplemente una Sociedad de la Informática. Quizá, urgidos a llenar de contenidos los continentes impresos y electrónicos, la información se ha venido descuidando; pero no es solo esto, sino que engañar a los demás parece una intención instalada en  muchas conciencias, desde hace cientos de miles de años.

Todos hemos de desplegar gran empeño y habilidad, no solo para detectar falsedades o intenciones perversas, sino también para neutralizar interferencias que, tanto desde fuera como desde dentro de nosotros mismos, pueden afectar a la realidad. Sí, también hay elementos endógenos, además de los exógenos, que perturban la percepción de las realidades.

Como sabemos y por un lado, nuestro cerebro tiende a otorgar significados particulares a los significantes que llegan por los sentidos (también tiende, como se sabe, a cubrir vacíos mediante conjeturas más o menos fundamentadas); así es, fruto de nuestras conscientes e inconscientes creencias, inquietudes, sentimientos, valores y deseos: todo ello contribuye a los significados. Somos subjetivos por naturaleza, sin darnos siempre suficiente cuenta de ello. Pero además y por otro lado, la información recibida puede esconder intenciones engañosas, interesadas, manipuladoras. El deseo de engañar o manipular a los demás parece, sí, tan viejo como el mundo.

Pensamiento reflexivo-crítico hemos de activar, sin duda, ante la información multimedia que nos rodea, previamente a darle pleno significado, incorporarla a nuestro acervo de conocimientos y permitir que oriente nuestra actuación. Por cierto, y en sensible medida desde hace unos 15 años, las universidades vienen predicando y nutriendo la habilidad informacional de los estudiantes, obligados estos —todos nosotros— al aprendizaje permanente a lo largo de su trayectoria profesional. Hemos de saber, sí, buscar la información necesaria, como también interpretarla y evaluarla con espíritu crítico, antes de traducirla a conocimiento aplicable.

No estamos obviamente hablando de la criticidad que asociamos con la reprobación, con el enfermizo enfoque de los fallos o errores ajenos, o con la murmuración. Hemos de identificar bien el pensamiento crítico de que hablamos, el que se postula como necesario en la Sociedad de la Información: un pensamiento riguroso, profesional, de alta calidad, que contribuye a la efectividad personal. Quizá convengamos en que, en beneficio del pensador crítico a que nos referimos, podemos decir:

  • No busca errores y defectos, sino verdades.
  • No presenta actitud negativa, sino exploratoria.
  • No cree poseer buen juicio, sino que desea poseerlo.
  • No se precipita en las inferencias, sino que trata de asegurarlas.
  • No apunta a fracasos y culpables, sino a causas y consecuencias.
  • No persigue avalar sus juicios y prejuicios, sino mejorarlos.
  • No se muestra impulsivo y terco, sino flexible y tenaz.
  • No incurre en falsas dicotomías, sino que encuentra matices.

Podemos por ejemplo añadir que, según The American Philosophical Association Delphi Report de 1990 sobre este tema, “el pensador crítico ideal es habitualmente inquisitivo, bien informado, de raciocinio confiable, de mente abierta, flexible, justo en sus evaluaciones, honesto en reconocer sus prejuicios, prudente para emitir juicios, dispuesto a reconsiderar las cosas, claro con respecto a los problemas, ordenado en materias complejas, diligente en la búsqueda de información relevante, razonable en la selección de criterios, enfocado en investigar, y persistente en la búsqueda de resultados que sean tan precisos como el tema/materia y las circunstancias de la investigación lo permitan”.

El pensamiento crítico ha de estar presente tanto en el perfil del directivo, como en el del trabajador, dentro de la emergente economía del capital humano, la del saber y el innovar, la del aprendizaje y la mejora permanentes. Sabemos en efecto que la capacidad de pensar y crear no es exclusiva del directivo, como tampoco lo es la inteligencia emocional, la intuición, la responsabilidad… Todo esto es propio del ser humano, y lo saben bien las organizaciones más inteligentes e innovadoras, las que hacen a todas sus personas protagonistas de su respectivo trabajo.

Puede haber aún algunas empresas en que, quizá en defensa del statu quo, no se aliente el pensamiento crítico de las personas, y ni siquiera el pensamiento en general. Son empresas, seguramente minoría, que parecen percibir a los trabajadores como recursos de carne y hueso, y no como portadores de capital humano. Pero, en verdad, son muchos los expertos que invitan con autenticidad, no con hipocresía, a apostar por las personas en la era del saber, en beneficio de la productividad y la competitividad.

¿Puede hacerse un despliegue de las facultades del pensador crítico? ¿Puede desarrollarse el pensamiento crítico, cuando se considere necesario? Numerosos autores han abordado este tema en las últimas décadas, y se habla, en efecto, de un “movimiento del pensamiento crítico”, bastante relacionado, si el lector asiente, con el “movimiento del aprendizaje permanente”, con el “movimiento de la destreza informacional” y aun con el “movimiento de la gestión del conocimiento”. Pero volvamos a estas preguntas sobre su cultivo y desarrollo.

Parece lógico que las universidades se hayan movilizado para desarrollar el pensamiento crítico porque resulta inexcusable en el aprendizaje, y de hecho se habla también de “habilidades para el aprendizaje permanente”. Cuando se aborda el despliegue de componentes del pensamiento crítico, parece apuntarse a varios elementos: a la toma de conciencia de los modelos mentales, a la precisa interpretación de la información, al análisis de la argumentación y la detección de vacíos, al examen de las inferencias contenidas, a la evaluación del nivel persuasivo, a la indagación debidamente orientada, al contraste y aseguramiento de los detalles fundamentales… Quizá nos falte, sobre todo y en su caso, sensibilización para hacer estas cosas bien. Suma de actitud y habilidad, el pensamiento crítico puede desarrollarse y cultivarse, para activarlo en idónea sintonía con el sentido común.

Por una parte, se ha de cultivar lógicamente el pensamiento crítico en concreto, y no en abstracto, es decir, aplicándolo a una información específica cuya temática dominemos en grado suficiente; sobre un campo o área con que nos sintamos en sintonía. Por otro lado y como apuntábamos, parece haber tanto de actitud o disposición como de facultad o habilidad, en el pensamiento crítico. Todos habremos tenido experiencias similares, y uno se ha topado a veces, en medios electrónicos y también impresos, con informaciones llamativas que le han sembrado dudas, con argumentos a veces falaces, con saltos inferenciales muy atrevidos

Una información puede contener errores porque el autor se ha equivocado; pero también, en algún caso, porque se desee engañar o confundir. Lo importante es detectarlos. Quizá no deberíamos darla siempre por buena, por muy avalada o adornada que se presentara una información; aquí la intuición suele complementar muy oportunamente a la razón. El lector recordará casos que enriquecerían estas reflexiones, y así también este articulista.  

Con ánimo discente asistí, por ejemplo, a un foro de gestión empresarial años atrás y me regalaron un libro sobre un nuevo modelo de liderazgo; un modelo que se presentaba como alternativa ventajosa a la denominada Dirección por Objetivos (DpO). Ya en la página 20, se denostaba el sistema que, mediado el siglo XX, propusiera Peter Drucker. La autora se amparaba en una cita traída: “reduce al obrero a una herramienta viviente, con esquemas de bonos diferenciales para inducirle a emplear hasta la última onza de energía”. Esta frase, cuyo autor ocultaba, le servía para rechazar de modo contundente la DpO. Sin más argumentos, añadía: “No podemos sino rechazar una forma de gobierno que no ve al ser humano como integral”. Al parecer, daba por seguro que Drucker no veía al ser humano como integral

Busqué en Internet la cita que aludía a la energía del obrero y la encontré en inglés, formulada por el empresario Edward Cadbury (de Chocolates Cadbury) en torno a 1914, refiriéndose a algunos efectos del taylorismo. Sentí, confieso, instantánea desconfianza del background de la autora (que por entonces gozaba de cierto predicamento entre los Business Experts), y asimismo del modelo de liderazgo que se nos presentaba. Quizá este nuevo modelo fuera en alguna medida virtuoso (predicaba, de hecho, la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza), sin embargo, en su defensa se acudía a argumentos que me parecieron engañosos, y aun ofensivos con la figura del maestro Drucker, fallecido poco antes.

Pero también he topado a veces con llamativas informaciones sobre empresas; informaciones que incluían el alarde de logros venideros, no alcanzados aún. En 2004 llamó mi atención la insistente presencia en los medios económicos de los ejecutivos de unas bodegas; ejecutivos que anunciaban, aparentemente orgullosos, la futura compra de otras bodegas en Rioja, Rueda y Ribera del Duero. Declaraban asimismo su próximo desembarco en el mercado de Estados Unidos, de la mano de un socio que todavía no habían elegido, y añadían que iban a convertirse en una de las mejores bodegas internacionales, porque tenían “vino y talento”... La empresa fue perdiendo valor y la vendieron tres años después, antes de alcanzar tales objetivos.

No, no parecía gratuito el mensaje de Howard Gardner: hemos de activar el pensamiento crítico para eludir engaños, manipulaciones… Y claro, también habríamos de renunciar todos a engañar, manipular, a los demás, que, antes o después, lo acaban detectando. Quizá parezca una exageración, o un punto de vista muy particular, pero, a la pregunta de cuál es el papel del líder dentro de las empresas, Juan Luis Arsuaga, conocido paleoantropólogo, respondía años atrás en Cinco Días: “Manipular. Suena un poco descarnado, pero es así…”. Y añadía: “Un líder es el que tiene capacidad para conducir a la gente en la dirección que él quiera”. Arsuaga parecía apostar por subordinados con criterio propio, capaces de pensar por sí mismos, que no se adhirieran por imperativo jerárquico al pensamiento de sus jefes-líderes.

En efecto, el pensamiento crítico no parece muy compatible en las empresas con el seguidismo. En las dos últimas décadas parece haberse impulsado el liderazgo de los directivos, y reduciendo así, en no pocos casos, a los profesionales técnicos, por muy expertos y aprendedores permanentes que fueran, a meros seguidores de líderes no elegidos. Buena parte de capital humano podría haberse inhibido, en perjuicio de las cotas de productividad y competitividad.