¿Por qué no Podemos ser Felices?

 

Autora: Dra. Marisela Rodríguez Rebustillo, Ph.D.
Profesora Titular de Psicología
Investigadora Titular

Si Ud. se siente feliz, no necesita leer este artículo, pero si siente que algo en su vida falta, si no es completamente feliz o se siente muy infeliz, por favor, dedique un par de minutos a leer estas ideas, que tal vez le abran puertas en el proceso del  autoconocimiento. No pretendo teorizar sobre el concepto de felicidad, solo me propongo llevarle a reflexionar acerca de lo que nos impide, a la mayoría de las personas, ser feliz. Más bien me adscribo a la definición del filósofo griego Sócrates, el cual considera que el camino a la felicidad es el auto-conocimiento.

Hace unos días terminé de leer un libro, que una vez me obsequió una estudiante. Confieso que lo había hojeado,  y  que había leído su primer capítulo, pero no había avanzado mucho más en su lectura,  a pesar de ser su  titulo muy sugerente, "Adictos a la infelicidad". Sus autores, una pareja de psicoanalistas norteamericanos, profesores e investigadores de la Universidad de Chicago, los esposos Martha Heineman Pieper y William J. Pieper. 

Al parecer,  cuando me regalaron el libro no me sentía tan infeliz, o por lo menos, si me sentía así, no había tomado conciencia de lo que provocaba en mí el sentirme infeliz. Soy del criterio que las lecturas cobran una significación especial cuando uno es sensible a ellas, cuando uno es vulnerable al tema de que se trata.  Parafraseando un viejo proverbio chino, cuando el discípulo está preparado, el maestro aparece.

Este libro me dio mucha luz para analizar los problemas que enfrentamos durante la vida. Los esposos Pieper son del criterio que tenemos una serie de hábitos de conducta que nos impiden disfrutar de la vida que uno desea (1). Los orígenes de esto, como de la mayoría de los hábitos que perfilan nuestro comportamiento, se sitúan en la infancia. Siendo niños asimilamos los patrones de comportamiento afectivo que nos acompañan en la adultez y que son muy difíciles de modificar, pues tienen  un carácter involuntario y automatizado. Somos esclavos de nuestros hábitos, precisamente porque para realizarlos no tenemos que pensar en lo que estamos haciendo, nos agilizan la vida. Cuando una situación se interpone en nuestro estereotipo conductual, sobreviene una carga de ansiedad que nos hace sentir incómodos, molestos, agitados. Esto es típico del comportamiento adictivo, cuando algo se interpone a su consecución.

Nuestros padres tratan de educarnos en función de sus conceptos de autoridad y disciplina, con pleno convencimiento de que lo hacen por nuestro bien, en la mayoría de los casos. El niño nace con toda una serie de necesidades,  fisiológicas como la de respirar, beber agua, comer, eliminar desechos, dormir, etc. Durante los primeros meses de vida surgen otras necesidades emocionales, tales como la de comunicación y la de aceptación, y otras necesidades cognitivas, como la curiosidad por el mundo que le rodea. Muchas de estas necesidades se ven frustradas  por las prohibiciones, castigos, amenazas, miedos, que los adultos le imponen al niño, de acuerdo a los modelos educativos que creen pertinentes.

Los padres muchas veces desconocen estas necesidades afectivas y cognitivas del niño e interponen su ignorancia psicológica a la satisfacción de estas.  El niño interpreta estas carencias emocionales y cognitivas en términos de abandono, culpabilidad, falta de estima, etc. Esto se acuña en su inconsciente; única forma de reflejo en la primera etapa de vida. Como la principal necesidad que tiene  el niño es sentir el amor por parte de sus padres, se establece  la conexión a nivel inconsciente, entre lo que estos son capaces de darle y la sensación de bienestar, que más tardíamente llega a definir como felicidad. Por ejemplo, si fuimos niños muy castigados, o muy limitados, interpretamos en nuestras mentes infantiles, que amar es eso. Es decir, que si nuestros padres nos castigan, o nos obligan a hacer algo que no queremos, entonces, como ellos de seguro nos aman,  el amor es eso. Por lo tanto, nos sentimos "amados" de esta manera, conduciéndonos a una falsa felicidad o a un falso bienestar.

Esto se convierte en una conexión muy fuerte, que  marca nuestras relaciones con los demás el resto de nuestras vidas. Así, tendemos a buscarnos amigos, parejas, jefes, que nos limitan, que nos castigan, que nos juzgan porque somos de una u otra manera. Esto no es más que un modo de buscar satisfacción a aquella idea infantil de ser amados. Si se quiere, es como el reforzamiento de un  mecanismo de defensa surgido en nuestra mente infantil: “la persona que nos ama nos hace sufrir”, o “el sufrimiento es la  forma en que se expresa el amor””.

Esto, en sentido general, hace que no alcancemos la verdadera felicidad, sino una falsa felicidad, o un tipo especial de masoquismo, donde nos enamoramos de la persona que nos hace sufrir más,  nos desprecia,  nos abandona o es infiel. Sin embargo, la persona que se desvive por protegernos,  nos quiere,  nos acepta como somos, entonces se hace invisible a nuestros ojos, o le encontramos defectos inaceptables, de acuerdo a nuestro parecer. Sencillamente nos quedamos “enganchados”, como un drogadicto, al sufrimiento.

Hay veces que las cosas nos van muy bien, estamos a punto de alcanzar lo que buscamos y, de repente, surge un inconveniente que nos hace dar tres pasos para atrás, cuando habíamos avanzado uno. Justificamos ese inconveniente y hasta lo alimentamos, porque necesitamos sentirnos así de manera inconsciente. Nuestros pensamientos se convierten en nuestros peores enemigos, porque comenzamos a justificar todos los inconvenientes u obstáculos para alcanzar lo que queremos y hasta ocurre una secreta magia en torno a estos hechos.

Nuestros pensamientos, aunque no los podamos ver, existen, tienen una energía y una fuerza, que se proyectan en el universo. Permítasenos una pequeña digresión. Nos referiremos brevemente a una teoría muy interesante sobre el funcionamiento del cerebro. Según Karl Pribram,  neurofisiólogo de la Universidad Stanford  y uno de los más influyentes arquitectos de la interpretación del cerebro, la estructura profunda del cerebro es esencialmente holográfica, dicho de otra manera, el cerebro es un holograma que interpreta un mundo holográfico. Los hologramas son las imágenes tridimensionales proyectadas espacialmente con la ayuda de un láser. Ello no quiere decir que el cerebro esté formado por rayos láser, sino que posee las propiedades de un holograma (2).

Pribram considera que el cerebro es, en realidad, una especie de lente, una máquina transformadora que convierte la cascada de frecuencias que recibimos a través de los sentidos en el familiar ámbito de nuestras percepciones internas. Dicho de otro modo, todo lo que percibimos se trata de hologramas creados en el interior de nuestras mentes, mientras que lo que denominamos "mundo exterior” no sería más que un caleidoscopio de energía y vibración. El almacenamiento de la memoria no es el único enigma neurofisiológico que resulta más fácil de abordar mediante el modelo holográfico del cerebro propuesto por Pribram. De este modo, el cerebro se las ingenia para traducir la avalancha de frecuencias recibidas a través de los sentidos (frecuencias luminosas, sonoras etc.) hasta transformarlas en familiares percepciones sensoriales

Esa energía proyectada hace que determinados hechos u otras energías se unan a esta. Es como si fuese un teléfono, que usted marca un número y del otro lado le responden, a partir del número que ha marcado.  Más o menos, como la idea de que Dios escucha nuestras plegarias. Es un fenómeno físico, o metafísico si se quiere, pero real, objetivo. Es por ello que el universo o esa energía que habita en otra dimensión que no es lo que vemos, se conecta con lo que pensamos, se produce una atracción magnética. Es como si el universo nos complaciera, o respondiera a nuestra "llamada".

Podemos no ser conscientes de que los pensamientos que proyectamos son adictivos a la infelicidad. El “número telefónico” que tenemos en nuestro “archivo” cerebral es el de la infelicidad. Pensamos conscientemente que buscamos la felicidad, que queremos ser felices, pero lo que tenemos es una idea tergiversada de la felicidad, es una falsa felicidad, es una felicidad sado-masoquista, fruto de nuestras experiencias infantiles. Es decir, conscientemente buscamos la felicidad, pero inconscientemente, necesitamos cierto grado de incomodidad para mantener el equilibrio interior.

Los profesores Pieper definen la verdadera satisfacción como, la certeza interior, bien fundada, de que uno es afectuoso y digno de afecto, y que elegimos para nuestra vida, aquello que es constructivo y apropiado. La verdadera satisfacción hace que la vida siempre sea mejor,  nunca dañina, ni para uno ni para los demás. De que hay personas desagradecidas,  las hay, que intentan hacernos daño,  pero decidiremos apartarnos de ellas, en nombre de la felicidad, porque  no nos las merecemos y no las buscaremos. Solo la adicción a la infelicidad nos llevaría a seguir enganchados con aquellas personas que nos violentan, que nos desprecian, o que quieren abandonarnos.

Por tal motivo, cuando estamos a punto de conseguir las cosas, ¡zas!, se nos evaporan entre las manos, pues surge un imprevisto que echa a perder nuestros planes (una enfermedad, una negativa, una pérdida y hasta un fenómeno atmosférico). Esto es porque desde nuestro inconsciente esa felicidad nos parece inalcanzable.

Nos hicieron creer, mientras fuimos niños, que por "portarnos mal" (en el fondo lo único que queríamos era satisfacer nuestras necesidades naturales de curiosidad, afecto, fisiológicas, etc.), merecíamos un castigo. ¡Cuántas veces nos obligaron a hacer algo que no nos gustaba (hacer la tarea, botar la basura, arreglar nuestro cuarto, etc.), para que nos dejaran jugar, pasear, ver la tele, etc.! No es que nos debieran permitir  hacer lo que nos viniera en ganas. Por el contrario, se trataba de enseñarnos a comprender nuestras necesidades, a aprender cómo jerarquizarlas o satisfacerlas en el momento más conveniente, con alegría y no, necesariamente, vincularlas a las recompensas y los castigos (también es muy común en el ámbito religioso ver la felicidad como recompensa, si cumplimos con los preceptos establecidos). Nuestros padres nos mostraban un listado de deberes, que nada tenían que ver con las necesidades de un niño (nos obligan a ser adultos antes de tiempo), como sinónimo de portarse bien, y que solo así, obtendríamos su tan ansiada aprobación y con ello, su afecto.

Es así como uno se convierte en un adicto a la infelicidad, al sufrimiento, a la renuncia, a la frustración. Cuando estamos bien, nos "caen del cielo" los problemas. Digo "caen" porque comenzamos a darnos justificaciones del porqué debemos asumir esto o aquello. En lugar de considerar otras alternativas que no impliquen renunciar a lo que debemos hacer, nos dejamos llevar por rígidos códigos moralistas de lo que está bien o mal. Por ejemplo, renuncio a casarme o a irme a trabajar a otro lugar, por no dejar sola a mi mamá. Entonces, si hago lo contrario, me pueden tildar de egoísta. Si soy egoísta, me siento culpable. Si soy culpable, entonces no podré estar tranquila a donde quiera que vaya. Entonces, mejor me quedo, me sacrifico, me paso toda la vida soñando con una felicidad que no llega y que cuando ya no esté mamá, entonces seré demasiado vieja para emprender algo y me moriré muy frustrada, pero en el fondo, con una sobredosis de "la cocaína de la infelicidad", así como mueren la mayoría de los adictos, "contentos". No se trata de abandonar a mamá a su suerte, sino se trata de considerar otras alternativas para que ella esté bien cuidada, sin requerir nuestra presencia directa.

Hay que reconocer esos mecanismos saboteadores de nuestra mente consciente, porque los principales enemigos en esta  guerra somos nosotros mismos. Las armas que usamos contra nosotros son una sarta de justificaciones moralistas, apañadoras, puritanas, benefactoras, edulcorantes, hipócritas, que nos convierten en unos “enmascarados”, llegándonos a olvidar de nuestro verdadero rostro (nuestras necesidades individuales), al decir del poeta libanés Kalil Gibrán. Nos olvidamos de satisfacer nuestras necesidades en un acto de “desprendimiento” y sacrificio compasivo, cuando en realidad no es más que un acto de adicción a la infelicidad gratuita.

Desde niños nos dijeron que buscar nuestra satisfacción era ser egoístas. Nos dijeron que sacrificarse por los demás era un deber altamente valorado. Que ser sinceros con nosotros mismos era errado, porque en realidad no sabíamos lo que queríamos. Solo los padres o los adultos podían saber nuestras necesidades. Recuerdo cuando de niña, fui a comer a un restaurante con mis padres y otra familia. Apenas tenía 5 ó 6 años y no quería comer lo que nos sirvieron y comencé a intranquilizarme. Hoy día no sé si era porque no me gustaba la comida, o porque no tenía hambre en aquel momento,  pero mi padre se enfadó mucho y  hasta me dio una nalgada. ¿Cómo interpreta eso la mente infantil?... Algo así como: "No hay que hacer caso a nuestras necesidades, hay que complacer a los demás, para que estén contentos con uno"... Eso es lo que la mente infantil empieza a codificar como conveniente. Y eso, una y otra vez repetido, se convierte en un hábito. Ya sabemos  lo difícil de eliminar que son los hábitos. Es como si, siendo zurdo, tuviera que comer, escribir, lavarse los dientes con la diestra, con rapidez y perfección. Se sentirá muy incómodo, se desesperará y hasta se frustrará al ver los errores que comete.

Hay que hacer un proceso de meditación muy intenso y profundo para descubrir las raíces de nuestro condicionamiento a la infelicidad. Hay que establecer nuevas conexiones para eliminar viejos hábitos.

Lo primero que se debe hacer, para crear nuevas conexiones es, repetirse, varias veces al día, como si fuera una oración o plegaria, que hemos nacido seres perfectos, con una naturaleza peculiar que se nos es dada al nacer. No tenemos la culpa de que nuestros padres hubieran deseado una persona diferente por hijo. No somos culpables de nada. Nos merecemos amor y que el amor es sinónimo de protección, respeto, aceptación, cariño. No nos debemos sentir culpables  de nada, ni avergonzados por nada. Podemos recibir amor sin condiciones, y también lo podemos dar sin limitaciones (3).

Eso debe repetirlo una y mil veces. Al acostarse, al levantarse, cada vez que le venga  una idea que le preocupe o le desanime. Al principio cuesta trabajo, pero recuerde que para quitar un hábito, nada es mejor que romper la cadena de condicionamientos, aprendiendo una nueva cadena. Si se sustituye una cadena oxidada, corroída, por otra de oro puro, brillante, será muy ventajoso para nosotros, porque ya no nos veremos tan feos, sino que reluciremos también con esa nueva prenda. Es como ver a dos personas, una, mal vestida y sucia y otra, elegante y perfumada. Las mejores oportunidades vendrán hacia la persona con buena presencia, por ley de la atracción.

Cuando somos adictos a la infelicidad, somos como esa persona desaliñada y detestable, a la que nadie se le quiere acercar, pues solo sabe hablar de desgracias y pesadumbre.  El Universo contesta nuestra llamada. Si llamamos al número de la Infelicidad, no puede respondernos la Felicidad. Por el contrario,  cuando estamos satisfechos, sabemos lo que queremos, tenemos confianza en nuestros recursos y defendemos nuestras necesidades, somos esa persona hermosa a la cual todos admiran y respetan.

Se habrá percatado que casi todos somos, o hemos sido, adictos a la infelicidad. Si Ud. ha leído hasta aquí, se estará haciendo la pregunta de cómo vencer esta peculiar adicción. Lo primero que hay que hacer es convencernos  de que somos adictos. Lo segundo, es tener percepción de las consecuencias de esa adicción en nuestra salud. Percibir el riesgo es identificar las amenazas a la salud mental y física que provoca un determinado comportamiento. Si estamos convencidos que el mal hábito de sabotear la  verdadera felicidad está relacionado con la depresión o cualquier otra enfermedad,  debemos aprender a reconocer las señales de peligro y evitarlas por todos los medios.

Para romper un hábito, basta con romper un eslabón de la cadena de operaciones que lo conforman.  Si estamos obsesionados con la persona que  ejerce cualquier tipo de violencia contra nosotros, o simplemente, que ya no nos quiere, hay que tomar conciencia que ese es el estímulo que desata la cadena del sufrimiento. Es necesario reprogramar nuestra conducta, libre de estas amenazas.

Para podernos reprogramar, debemos  hurgar en nuestras experiencias infantiles. Seguramente encontrará recuerdos, imágenes, que le llevarán a evocar casi fielmente lo que hoy día pasa con su vida. El pasado tiene la clave para comprendernos, si queremos vivir un presente diferente. Para comprender lo que hoy usted se cuestiona, por ejemplo, porqué su pareja lo ha abandonado,  porqué tiene un jefe que lo sobrecarga de trabajo y no le reconoce su esfuerzo, porqué tiene un amigo desleal,  o porqué se siente tan solo, debe realizar un proceso de autoanálisis y buscar muchas de estas respuestas en su infancia. Es muy probable que esté reproduciendo patrones de comportamiento de aquella etapa. Abandone las “máscaras”, mecanismos de defensa o  justificaciones. No se autoengañe, sea sincero con usted mismo.

Si no logramos ser amables con nosotros mismos, estaremos alimentando al enemigo que llevamos dentro. Volverse más amable con uno mismo, significa ser más armónico con nuestra naturaleza, es decir, reconocer nuestras verdaderas necesidades y trabajar en función de su satisfacción. La verdadera satisfacción siempre hace que la vida sea mejor. Así podrá ser feliz y hará felices a los demás. La existencia es pródiga con usted y le da lo que exactamente necesita. Solo tiene que “marcar el número de teléfono correcto”.

Referencias:

  • Heinerman Pieper M, y W.J. Pieper: Adictos a la infelicidad: Editorial Círculo de Lectores, Bogotá D.C., 2004.
  • Fredy H. Wompner G.  “Inteligencia holística para el siglo XXI”, OSORNO- CHILE, 2008,  Registro de Propiedad Intelectual Nº 174731Comunicación con el autor: wompner@gmail.com
  • Ramtha: El misterio del amor. Sin límites,  2001 http://www.sinlimites.net