Psicólogo, ¿Cuánto Cuesta la Consulta para mi Hijo de 7 años?

En lo que llevo ejerciendo mi profesión, ha sido muy común encontrarme con papás o mamás que me plantean esa pregunta: Psicólogo, ¿cuánto me cuesta la consulta para mi hijo de (tantos) años…? Y, hasta ahí, todo bien. Pero cuando les respondo que primero tienen que pasar ellos a consulta, les cambia la mirada, se ponen tensos, e incluso parece que sus facciones dijeran: “y a este tipo qué bicho le picó, ¿cree que yo necesito psicólogo? Y fin de la conversación.

Muchos padres de familia, familiares o responsables de niños, creen que cuando un pequeño presenta conductas que, aparentemente, son fuera de lo normal, está mal psicológicamente y requiere una pronta consulta con el psicólogo. Lo de la consulta está bien, pero no es sólo para el niño, quizás ni siquiera el niño tenga que venir a mi consultorio. Cuando planteo a estos adultos el requisito previo de pasar primero ellos conmigo, no lo hago como un capricho o como el mandato de un enfoque determinado, ni siquiera como el lineamiento de protocolo alguno. Es simple y llanamente cuestión de ética. Y cada vez me convenzo aún más de que dichos adultos, sienten miedo, miedo a que se descubra que el niño no es responsable de sus conductas, que posiblemente son ellos los causantes de esa vida, “infantilmente alterada”; que tal vez han fallado en algún componente de la crianza y que si así ha sido, entonces son quienes deben de pasar con el psicólogo, pero para ellos esa no es una opción. Y no es una opción porque temen que se descubran las debilidades o las negligencias ante tamaña responsabilidad de ser padres. Igualmente temen a la posibilidad de enfrentar sus propias verdades que, consciente o inconscientemente, están allí, haciéndoles compañía, aflorando y manifestándose con mensajes equivocados o con modelos fallidos que afectan directamente a sus pequeños, convirtiéndoles en reflejo de lo que también fue sus vidas cuando niños o de la vida que llevan en el presente. Temen a tener que enfrentar un proceso psicoterapéutico y pasar de ser “progenitores preocupados, responsables” a convertirse en pacientes insospechados o espontáneos. Pero ese temor no es gratuito, conlleva la duda sobre el apego a unas formas de vida que creían las mejores, mentalmente saludables y psicológicamente equilibradas, donde sería necesario cuestionar lo que se daba como paradigmáticamente correcto. Para ellos, aquí no cabe la posibilidad de sentir en carne propia ese adagio que reza: “fue por lana y salió trasquilado…”, pues ello supondría aceptar que se está equivocado –quizás con algún grado de culpa-, y asistir a un proceso que le llevaría a renunciar a hábitos y otras formas de conducta que se han constituido en su zona de confort, con la obligada necesidad de replantear aspectos que supondrían cambios profundos en la forma cotidiana de ser, hacer y sentir.

Aún existe, en este artículo, un aspecto por aclarar: la ética. Cuando me refiero a la ética, lo hago pensando en los niños. No es ético pasar a consulta a un niño ni mucho menos iniciarle un proceso psicoterapéutico, a menos que los demás componentes de la ecuación estén completos. No obstante, existen muchos casos relacionados con trastornos psicológicos infantiles, donde es necesaria la intervención desde una apreciación pura de la psicología clínica u otras ramas no sólo de ésta sino desde la misma psiquiatría, donde el entorno paterno y familiar no tienen nada que ver en las alteraciones de conducta de los infantes. Tampoco es ético iniciar ni mantener una intervención psicoterapéutica con un niño, sin antes prever los cambios y compromisos que también demandan sus redes de apoyo familiar, escolar y social. No se puede propender por mejorar una conducta infantil cuando las causas que la han propiciado, prevalecen allí, en los lugares y con las personas donde interactúa la mayor parte de su tiempo, cuando sus adultos responsables creen que el costo de una consulta psicológica lo va a solucionar todo. Nada más distante de la realidad que esta pobre y facilista apreciación. Es muy fácil pagar una consulta psicológica y creer que con ello el psicólogo deberá hacer el milagro de implantar un chip en el cerebro del niño, instalar un software y hacerlo comportarse como lo demandan en la escuela y como lo desean en su casa, sin que ello suponga nada más allá que unos cuantos billetes y un pequeño “reformado”, sin que el resto de su mundo cambie.