Envidias y presunciones

 

Es verdad que en nuestro país nos tenemos especialmente por envidiosos, pero habría que pasar revista al resto de capitales pecados y, en general, al resto de infracciones de las normas legales y morales de convivencia. Por ejemplo, la corrupción y codicia de algunos poderosos ha sobrepasado límites y esto, que sin duda puede causar envidia en otros codiciosos, no parece causar tal en el grueso de la población, sino más bien gran indignación. Quizá décadas atrás vivíamos aún bastante pendientes unos de otros, pero se diría que ya no es tanto así y que, desde luego, también algunas fortalezas nos caracterizan.

Claro, cuando hay personas enfocadas con frecuencia por los medios de información, parece natural que estas sean objeto de comentario crítico —favorable o desfavorable— por la población, como también puede uno desear legítimamente lo que ve que otros poseen; pero no cabe por ello pensar que medie siempre envidia u ojeriza. Igualmente y ya en los campos profesionales, por sus méritos o habilidades algunos individuos se sitúan en el candelero de su sector y, siendo muy conocidos, pueden ser objeto de críticas más o menos justificadas: aquí podrá asimismo hablarse de envidia, pero quizá se esté haciendo con ligereza.

Hace un par de años, un prestigioso consultor en gestión de personas, escritor y conferenciante, venía a sostener, entrevistado en televisión, que la crítica manifestaba la envidia. Así puede ser, en efecto, en algún caso; pero la crítica sobre actuaciones o declaraciones de otros puede surgir también, acaso con más frecuencia, por pura legítima discrepancia. De hecho, precisamente en este sector profesional de la consultoría surgen puntos de vista —interpretaciones, postulados, premisas, modelos, teorías— muy diferentes y hasta contradictorios; por concretar, ocurre así en temas como el liderazgo, la dirección por objetivos, la innovación, la calidad, la gestión del conocimiento, la profesionalidad o el trabajo en equipo, entre otros muchos.

Uno lamenta, al respecto y por ejemplo, que la calidad se haya estado desvinculando de la satisfacción del cliente para asimilarla a la observancia de procedimientos establecidos. Temo, sí, que esta cultura haya rebajado las autoexigencias de producción en algunos sectores. Parece, si lo entendí bien años atrás, que esta calidad exige medir la satisfacción del cliente, pero no exige tanto que los clientes estén satisfechos. Lo critiqué en su tiempo, pero si fuera verdad que la crítica verbaliza la envidia, pues entonces acaso debía estar envidiando yo al director de calidad, o a no sé quién…

Hablando de consultores en dirección de personas, me viene también a la cabeza, porque resultaba llamativa, una visible obsesión con la envidia de los españoles, en un documento que leí hace tres o cuatro años. Un grupo de expertos se había reunido en un congreso en Madrid para debatir las propuestas de uno de ellos. Me parecía buena idea porque había —hay— diferentes modelos mentales en torno a la gestión del capital humano en las empresas. En Internet publicaron luego una extensa memoria del encuentro, y en las primeras veinte o treinta páginas se hacían repetidas y casi rabiosas referencias a la envidia de los españoles, sin que a mi juicio viniera a cuento: pensé que se sentían envidiados.

Más recientemente, un político presentaba sus memorias y atribuía a la envidia que suscitó, algunas críticas que sobre él recayeron en su tiempo. Realmente fue entonces cuando me terminé de animar a formular reflexiones sobre la envidia, rebelándome ante el meme de que la crítica sea una expresión de envidia. En realidad, me pareció una especie de rutina defensiva de aquellos individuos cuyas actuaciones o manifestaciones reciben críticas, y que no disponen de una defensa mejor. La envidia puede expresarse mediante la crítica, sí, pero a esta puede llegarse desde diferentes puntos de partida, no pocos de ellos moralmente aceptables.

Sin que medie envidia o animadversión, se puede discrepar, por poner un ejemplo, de quienes quieren reducir la integridad de los directivos (y de dirigentes, en general) a cumplir con la palabra dada —“siempre que sea posible”, matizan ellos—, y separan radicalmente esta fortaleza de la moral y la ética. Esta idea sostiene el economista Michael C. Jensen, y por ella fue premiado en España en 2011; pero esto no parece contribuir a la regeneración deseable. Políticos, empresarios y directivos pueden situarse donde deseen entre la integridad y la corrupción moral, como pueden cumplir o incumplir las leyes; pero seguramente no cabría considerar a ninguno, a la vez, íntegro y corrupto.

Sin que medie envidia o animadversión se puede discrepar, también, de los consultores que recurren a la falacia para descalificar modelos de gestión ya extendidos, y defender así mejor sus propuestas alternativas; o ante quienes se tienen por expertos en el liderazgo de los directivos y, para engrandecer-adular a estos, no dudan en preterir la profesionalidad de los técnicos subordinados. Cuando se sostiene —otro meme— que el líder es aquel que consigue que sus colaboradores hagan lo que tienen que hacer, uno se imagina un líder-capataz; pero el nuestro no parece ya un tiempo de capataces y obreros, sino más bien de gestión del conocimiento. Sí, hay bastante materia para disentir, y quizá hasta llevando razón al hacerlo.

Aunque nadie es perfecto y todos podemos padecer algún grado (ocasional o permanente) de desorden o fijación mental, resulta cierto que algunas personas presentan una enfermiza obsesión con la envidia. Entre ellas, puede haber quienes se declaran víctimas con el fin de neutralizar críticas, y quienes, con un punto de presunción, padecen el delirio paranoide de sentirse objeto de aquella. Sí, desde luego también pueden llevar razón y ser envidiados; pero, si lo creen, debe ser que el envidioso ha llevado a cabo un acto específico e indiciario: diríase tal vez que este —el hecho— sería el delito y no tanto la envidia…

La verdad es que habríamos de revisar a qué llamamos envidia porque, por ejemplo, a veces hablamos de una cierta “envidia sana”, que parece significar lo contrario: satisfacción por el bien ajeno. También hablamos a veces de envidia al referirnos al espíritu competitivo a que obliga la sociedad, sin embargo, querer superar a alguien puede llevarnos a celebrar algún fracaso suyo, sin que a ello nos mueva tanto la envidia como nuestro afán de triunfo. Como ejemplo —más bien como aclaración de lo que queremos decir—, un tenista puede desear y celebrar que su oponente estrelle la pelota contra la red, o la lance fuera, pero uno no hablaría aquí tanto de envidia como de inexcusable deseo de victoria.

En el diccionario de la RAE se apunta a “tristeza o pesar del bien ajeno”, y esto, en sí mismo, no hace daño al individuo envidiado, salvo, si acaso, que el sentimiento se pueda expresar al margen de las normas de convivencia, y aquel se sienta amenazado. Añadiríamos que en nuestro tiempo nos rodean amenazas diversas aparte de las relacionadas con posibles envidiosos; pero, sobre todo, uno insistiría en que la crítica-discrepancia (o la crítica-evaluación), debidamente formulada sobre actuaciones específicas, forma parte legítima de la convivencia social y profesional.

Puestos a imaginar por qué alguien podría tender a sentirse envidiado sin el debido fundamento, uno ha de pensar, sí, en mentes algo descentradas. De hecho, si uno repasa los trastornos de la personalidad para cruzarlos con la envidia, parecen surgir diferentes posibilidades. No teniéndome por experto psicólogo, traté de documentarme y di con una síntesis de José Luis Cano Gil sobre la envidia; un texto que me pareció interesante y oportuno. Hay que hablar, sí, del narcisismo.

Ya tiempo atrás, al leer que una cierta dosis de narcisismo resultaba saludable en los directivos, me interesé por el trastorno. No es que yo discrepara con aquello, pero me parecía que a veces la dosis resultaba excesiva. Puedo estar equivocado, pero yo había conocido algún directivo que en su momento me pareció bastante narcisista. Al parecer, a la entropía psíquica de los narcisistas contribuye la envidia, en modo activo y pasivo, aparte de otros síntomas diversos, según he leído. Se dice, sí, que los directivos afectados de narcisismo, entre otros posibles rasgos:

  • Tienen algo alterada su visión de las realidades: exageran sus logros y fantasean.
  • Les caracteriza alguna dosis de presunción y arrogancia.
  • Necesitan sentirse admirados, acaso como el aire para respirar.
  • Suelen mostrar falta de empatía en sus relaciones interpersonales.
  • Con frecuencia manipulan a los demás para conseguir sus fines.
  • Encajan mal las críticas, y las suelen rechazar aunque sean justificadas.
  • A menudo se sienten envidiados, y también pueden envidiar a otros.

El narcisista puede pensar, sí, que es tan superior que resulta natural que los demás le envidien; paralelamente, si surge alguien que empiece a brillar, ello no escapa a su conciencia y, contrariado, advierte una amenaza. Esto se viene a decir: que la presunción le lleva a sentirse envidiado, y la necesidad de brillar, a envidiar a quien sobresalga. Y se añade que prefiere rodearse de mediocridad, para que le resulte sencillo sentirse más inteligente, superior, incluso aunque deba consumir atención y conciencia en un sostenido culto a su ego.

En mi pequeña experiencia, también añadiría que la comunicación puede hacerse aún más difícil con el narcisista, porque, en ocasiones, sitúa la conversación en niveles disfuncionales; salta de la abstracción (si no el delirio) a los detalles menos significativos o más irrelevantes, es decir, elude la confrontación dialéctica, cuando así le conviene porque se encuentre falto de argumentos… Sí, acaso este resulte un recurso no exclusivo del narcisista. Pero, por todo lo anterior, no debería pensarse que estemos ante el campeón de la perversión: el perverso no tiene por qué manifestar narcisismo, como el envidioso no necesariamente formula críticas.

En realidad, el liderazgo que se viene desplegando en las empresas parece ser ya una forma de manipulación y por ello de perversión, aunque decirlo pueda despertar saludable discrepancia. Desde luego, ni líderes ni seguidores —ni jefes ni subordinados— somos perfectos, y en algún grado casi todos pecamos de casi todo, como también en casi todos aparece algún buen rasgo. No, seguramente la envidia no es ya el pecado que más nos caracteriza, si alguna vez lo fue.