Solo hoy...

 

Sentada en un parque observo como las personas caminan sin rumbo, sin un fin determinado. Van por el mundo desorientados, estresados, no encuentran un principio por el cual luchar. ¿Por qué se sienten así? ¿Por qué no piensan con optimismo, por qué no aprecian los detalles tan maravillosos que la naturaleza nos brinda?

A veces se va por la vida (y me recuerda a un poema) sin valorar lo que el día nos ofrece. Vivimos quejándonos, maldiciendo, reprochándonos, perdiendo el tiempo en lo que pudo ser o lo que tal vez será. ¿Por qué preocuparse constantemente con el pasado o con el futuro?

Una vez Dalái Lama dijo: “Solo existen dos días en el año en que no se puede hacer nada. Uno se llama ayer y otro mañana. Por lo tanto, hoy es  el día ideal para amar, creer, hacer y principalmente, vivir”.

Entonces, ¿qué hacemos aquí sentados? ¿Atrayendo la tristeza, la agonía? Un cambio de actitud nos vendría muy bien. ¿A qué le temen, al cambio? Es normal. “Cuidado con el miedo, le encanta robar sueños”

Si hacemos constantemente las mismas cosas, no veremos cambio alguno. Trácese nuevas metas, nuevas aventuras, nuevos retos, decía Einstein que la vida era un lenta agonía y se volvía rutinaria si no se tenían desafíos.

Comience a pensar con optimismo, cambie la lente de la cámara, quizás está un poco empañada y no le permite disfrutarlos colores de la vida, la razón de vivir.

Recuerdo haber leído, en alguna parte, que ser feliz no es tener una vida perfecta, ser feliz es reconocer que la vida vale la pena vivirla, a pesar de todas las dificultades.

Le sugiero que:

Haga historia, para bien.

Sonríale a los problemas.

Luche por lo que quiera.

Levántese, mírese al espejo y vístase de alegría.

Dedíquele tiempo a su familia, a sus amigos.

No abandone ningún proyecto por miedo a errar. 

Busque su propia felicidad y que no sea a costa de la infelicidad ajena.

Viva su vida de forma positiva.

Así que, concéntrese en el hoy, en sus oportunidades, pues como bien dice nuestro colega y excelente comunicador cubano Manuel Calviño: ¡Vale la pena!