Tu propia prisión

 

Hay personas que tienen una marcada tendencia a buscar y encontrar problemas en los lugares más extraños e insospechados. Cada día repasan mentalmente una y otra vez todo lo que les ha sucedido, cada palabra dicha, cada decisión tomada… y claro, encuentran errores terribles y catastróficos, gestos clarificadores de sus hipótesis apocalípticas, silencios que confirman todas las sospechas… Durante horas analizan y  recuerdan frases concretas y se preguntan qué quiso decir realmente uno de sus compañeros con eso… Poco a poco el cansancio les puede, y deciden irse a dormir… Pero mientras están en la cama, empiezan de nuevo a darle vueltas y vueltas al mismo tema, incansablemente. Se ha esfumado el sueño y se mueven inquietos en la cama. Tal vez en ese momento empiecen a preocuparse también por ese insomnio que hará que no estén despejados a la mañana siguiente provocando así un terrible accidente en la autopista en el que se verán involucrados cientos de coches. Desean dormir, olvidar, dejar de torturarse y hundirse en un sueño profundo... Pero es tan difícil....

El pensamiento no deja de ser un diálogo con nosotros mismos en el que terminamos haciendo afirmaciones sobre determinadas situaciones. Puede hacernos sentir bien y ayudarnos, o también originarnos emociones negativas y hacernos sufrir. Una mente así vive en una prisión, en su propia prisión. El temido infierno no está en algún lugar allá abajo, está en nosotros mismos. Si no trabajamos cada día en el control de nuestra mente tenemos muchas posibilidades de entrar de lleno en ese infierno. Cuando aprendemos a ser conscientes del presente, cuando logramos atender a lo que sucede dentro y fuera de nosotros, cuando buscamos comprender los trucos de nuestra propia mente… es ahí cuando realmente estamos luchando contra el problema, sea cual sea éste. La receta “más de lo mismo” nunca da resultado, más bien empeora la situación. Hay una anécdota del gran terapeuta Paul Watzlawick que lo ejemplifica muy bien. Nos habla de una mujer soltera que vive a la orilla de un río y se queja a la policía de que unos jovenzuelos se bañan desnudos delante de su casa. El inspector manda a un subalterno que diga a los chicos que no se bañen delante de la casa, sino río arriba donde ya no hay casas. Al cabo de unos días, la señora llama de nuevo por teléfono: “los jóvenes nadan todavía al alcance de la vista”. El policía vuelve y los manda más arriba. Unos días después, la señora indignada acude otra vez al inspector y se queja: “Desde la ventana del desván todavía puedo verlos con unos prismáticos”.