Los efectos del estrés

Aunque a corto plazo el estrés es fundamental para agudizar la memoria, la concentración y conseguir que los esfuerzos que realiza una persona sean más eficaces, cuando este mecanismo permanece activado durante largos periodos de tiempo propicia enfermedades cuyas consecuencias van desde simples infecciones, alergias y artritis hasta infartos cardiacos y cerebrales, pasando por depresiones, ansiedad, trastornos del sueño u otras patologías psicosomáticas que terminan siendo incapacitantes para la persona que las padece.

Las personas aquejadas de estrés son personas que generalmente viven y se acuestan con miedo a lo que pueda ocurrir al día o a los días siguientes, a no estar a la altura de las circunstancias, a seguir sufriendo una presión continua tanto física como psicológica, son personas que continuamente están dando vueltas y vueltas a las cosas, continuamente nerviosas y asustadas, presentando continuamente anticipaciones cognitivas altamente negativas.

El estrés, desde que el hombre existe, se ha convertido en el compañero habitual de nuestras vidas. Y se caracteriza porque no sólo no podemos evitarlo, sino que en muchas ocasiones será imprescindible para facilitar la adaptación a cualquier cambio que invada nuestro entorno. Esta forma de reaccionar ante los problemas, demandas y peligros, viene predeterminada por una actitud innata de lucha y huida heredada de nuestros antepasados: sobrevivieron aquellos que mayor capacidad tenían tanto para activar su organismo ante situaciones amenazantes para su integridad física (ver un enemigo) como para informar sobre la posibilidad de obtener mayor beneficio para el grupo (cobrar una presa). Entre los cambios que a nuestros antepasados les proporcionaba una clara ventaja sobre sus enemigos y sus presas podemos destacar: dilatación de pupilas para aumentar la visión periférica y permitir una mayor entrada de luz en la oscuridad, músculos tensados para reaccionar con mayor velocidad y fuerza, aumento de la frecuencia respiratoria y cardiaca para mejorar la oxigenación y aportar mayor flujo de sangre al cerebro y al resto de los órganos vitales. El mecanismo del estrés ha sido el responsable de que nuestros antepasados más lejanos fueran capaces de exponerse, afrontar y enfrentarse al medio hostil en el que vivían: la huida, la caza, la lucha por hacerse con un puesto dentro de la jerarquía del grupo, etc..., eran fundamentales. Y eso precisamente es lo que ha permitido, entre otras cosas, la supervivencia del ser humano.

Este mecanismo de huida y lucha denominado “Reacción aguda” se activa ante cualquier señal de alarma, un animal hambriento, una serpiente, un coche que se nos acerca a gran velocidad o que nos da una pitada, un árbol que cae cuando pasamos a su lado, un examen, un problema familiar, la pérdida del autobús, una enfermedad y en general cualquier situación que nosotros percibamos como peligrosa o ansiógena. La reacción del cuerpo es inmediata, automática (alarma, defensa, huida, reacción) e inconsciente y siempre va a seguir el mismo patrón que viene dictado por nuestro cerebro.

Debido a los impulsos sensoriales (procedentes, por ejemplo, de los ojos) las redes neuronales se activan y dan la señal de “Alarma” la cual se transmite primero al tálamo. Si el tálamo y la amígdala (central de emergencias del cerebro) consideran al estímulo como peligroso, automáticamente lanzan la alarma general y el miedo, la rabia o cualquier otra emoción salen a escena y se extiende en décimas de segundo por todo el organismo a través del tronco encefálico.

- El corazón y la respiración se aceleran, aumenta el ritmo cardiaco y la presión sanguínea.

- Los vasos sanguíneos cutáneos se estrechan para que fluya por ellos menos sangre y se beneficien sobre todo los órganos internos.

- El sistema inmunológico moviliza batallones adicionales de células defensivas para afrontar las consecuencias originadas por la situación amenazante. El sistema inmunológico es el responsable de combatir los gérmenes que invaden el cuerpo provocando enfermedades, por ello cuando el estrés es crónico la persona puede enfermar mucho más fácilmente por quedar debilitado este sistema inmunológico.

- Las glándulas suprarrenales activan la liberación de adrenalina que se encargará de que el cerebro y los músculos cuenten con un aporte adicional de energía.

- El cuerpo ya está listo para huir o para defenderse. Una vez superada esta primera fase de reacción la señal de “Peligro” llega a la corteza cerebral donde reside el pensamiento consciente y ahí es donde se analiza la situación. Si el cerebro a través del pensamiento califica también la señal como de “peligro” (una situación amenazante para nosotros, por ej.) la reacción se intensifica. Y es a partir de este momento cuando comienza la carrera hormonal por el cerebro y por todo el cuerpo. La meta vuelve a estar en las glándulas suprarrenales que ahora van a segregar cortisol. Esta hormona agudiza aún más la reacción corporal y se encargará entre otras cosas, de mantener la respuesta de estrés movilizando las reservas suficientes para que el suministro de energía sea el adecuado. Más tarde, una vez pasada la percepción de peligro, será el propio cortisol quien se encargue de dar la señal de parada y de que el sistema inmune vuelva a su situación de normalidad poniendo fin a la situación de estrés.

El estrés agudo ayuda a nuestro organismo a que se ponga en acción, a que se movilice y nos levantemos por las mañanas: después de horas de relajación, el cuerpo debe activarse y el sistema circulatorio necesita un aumento de presión proporcionado por las hormonas del estrés. En las persona sanas, la concentración de cortisol alcanza su nivel máximo al despertar y las prepara para afrontar el día.

Con estrés agudo aparece angustia, aumento del ritmo cardíaco, dilatación de pupilas y, en general, preparación del organismo para actuar y ejecutar una respuesta de alarma, huida rápida, que son signos de estrés. Aunque a lo largo de la existencia del hombre, como especie, la activación de este sistema ha significado su supervivencia, cuando ocurre durante periodos prolongados y continuos menoscaba poco a poco la salud de la persona, pues al estar continuamente en estado de alerta, hay un decremento de las defensas.

Este complejo mecanismo de adaptación se ha perpetuado hasta nuestros días gracias a la selección natural. Y aunque en la actualidad los peligros han cambiado completamente, seguimos recurriendo a este recurso para garantizar el éxito adaptativo a las constantes alteraciones del entorno. Una mayor activación fisiológica y cognitiva nos permite percibir mejor y con mayor rapidez la situación, seleccionar la conducta más adaptativa y llevarla a término de la forma más rápida, adecuada e intensa posible.

Ahora bien el inconveniente de este fabuloso mecanismo de adaptación es que genera un importante desgaste del organismo y un alto consumo de energía, por lo que es necesario desarrollar unos recursos y un periodo de recuperación del que no siempre somos conscientes ni lo llevamos a cabo.

Según estamos viendo, el estrés en principio es un fenómeno fisiológico necesario y normal, es la respuesta que emite un organismo ante aquellos estímulos que percibe como amenazantes o ante los que tiene que actuar.

De ahí que el buen estrés sea positivo y necesario: pues ayuda no sólo a soportar situaciones exigentes sino también a reaccionar a las demandas que exige en todo momento el entorno.

Por el contrario el estrés negativo y por tanto dañino: aparece cuando el organismo no es capaz de adaptarse a determinadas situaciones o dar respuestas adecuadas a las demandas requeridas por el entorno. Se produce, en este caso, una sobreactivación y una ansiedad desmesurada, acompañada de bloqueo y de incapacidad para centrarse eficazmente en el desempeño de las tareas. El malabarista ejecuta sus malabarismos con tres bolas, después con cuatro, posteriormente con cinco; pero al incorporar la sexta, se le caen todas las bolas, lo mismo ocurre con las cuerdas de la guitarra, tienen que tener la tensión justa ni más ni menos, si están muy flojas sonará mal pero si están muy tensas tampoco funcionará correctamente e incluso se romperán. Algo similar ocurre con el estrés la cuerda de nuestro organismo se va tensando hasta que termina por romperse.

Todas las personas, en mayor o menor medida, tenemos una limitada capacidad de trabajo y de respuesta a las situaciones que se nos presentan, día a día. Cuando se nos exige por encima de nuestras posibilidades, podemos bloquearnos de tal forma que ni siquiera podemos realizar las tareas más simples y que en otras circunstancias menos agobiantes apenas representarían dificultades. Ahora bien, para responder tanto a las exigencias cotidianas como a las situaciones extraordinarias necesitamos un determinado grado de activación y de tensión. Si es insuficiente, no responderemos bien, pero si la tensión es excesiva, podremos quedar incapacitados para desempeñar la respuesta adecuada.