EL SENTIDO DE LA ENFERMEDAD


Por: Erika E. Ramírez Díaz

Psicóloga del Centro DEFABULA

Paseo del Emperador Carlos V, No.5 Ed.ECU, 2·B (Granada, España)

No estamos acostumbrados a reparar en la visión positiva de la enfermedad ni estamos acostumbrados a buscarle un sentido. Tampoco el sistema médico tradicional lo hace cuando se limita a centrarse en el diagnóstico de la enfermedad y en el tratamiento de los síntomas, al hacerlo así, al centrarse únicamente en los síntomas y en buscar soluciones inmediatas para eliminarlos lo más rápidamente posible, corre el riesgo de desatender a la persona, de descuidar al individuo, corre el riesgo de perder de vista al ser humano integral, al conjunto, al ser humano compuesto de cuerpo y alma.

Pero si decidiésemos partir de esta visión conjunta en la que cuerpo y alma forman parte de un mismo todo, en la que entendemos que el cuerpo, lo visible,  es el reflejo de la conciencia, lo invisible, resultaría más factible comprender que si existe desarmonía en la conciencia ésta se manifiesta en el cuerpo de forma visible, esto es, en forma de síntoma, pasan a ser, así, los síntomas señales o indicadores de que algo falla, de que existe una desarmonía, un desequilibrio en nuestra conciencia, y de que busquemos la manera de corregir este desequilibrio. Desde esta perspectiva entendemos que quizás la enfermedad trata de decirnos algo, puesto que nos pone en contacto con nuestra conciencia, nos empuja a comprender que hay algo en el inconsciente que trata de salir a la luz, algo que estamos negando, reprimiendo o bloqueando. Ese algo que estamos negando, reprimiendo o bloqueando, llamado sombra desde la psicología profunda, esta constituido por todos los pensamientos, sentimientos y emociones que deseamos desterrar de nuestra conciencia, porque de algún modo nos parecen negativos, está formada por conflictos que deseamos evitar, esta compuesto por aquello que no queremos ser pero de alguna manera somos. Esta compuesto por aquello que no queremos reconocer, está compuesto por aquello que no asumimos, que no queremos mostrar y ocultamos para sentirnos más seguros, está compuesto por aquellos aspectos de nosotros mismos que relegamos al inconsciente porque no nos gustaban o nos hacían daño a nosotros o a otras personas, pero que son nuestros, está compuesto por nuestra parte oscura. Esta compuesto de nuestra otra mitad que no mostramos al mundo, nuestra otra mitad que complementa lo que somos y que hace de nosotros una unidad, un ser completo. Una unidad compuesta por dos polos, un polo positivo y uno negativo, una parte oscura, y una que sale a la luz, una parte consciente y otra inconsciente, dos polos que en equilibrio forman una unidad perfecta. Nos adentramos de esta manera en el mundo de los opuestos, donde algo no puede existir sin que su opuesto tenga lugar, al mundo de la polaridad. Atendiendo a la postura de un mundo hecho de polaridades, frío-calor, alto-bajo, sol-luna, fuego-agua, ying-yang, no resulta difícil entender también  al ser humano desde esta perspectiva.

Así como existe en la naturaleza una homeóstasis, una tendencia innata al equilibrio, también esto ocurre en nuestro ser. Tratamos de equilibrar los dos polos, ninguno de las cuales podría existir sin el otro. Así enfermedad y salud se convierten en dos caras de la misma moneda, una no puede existir sin la otra. Esto nos obliga a tomar conciencia de la enfermedad, más que como algo que debemos eliminar lo más rápidamente posible, como un camino que nos conducirá a la integridad. Asumir la enfermedad es asumir la integridad, es el deseo que tiene nuestro ser de completarse y es la forma en la que nuestra conciencia nos hace saber que estamos incompletos, a través de nuestro cuerpo, es un impulso al cambio, a ser conscientes de que algo no está funcionando en nuestras vidas, de que nos falta algo para estar completos.

Para hacer esto, para completarnos, lo primero que deberíamos hacer es tomar contacto con nuestros síntomas, familiarizarnos con ellos, escucharlos, asumirlos, hablar con ellos, tratar de averiguar lo que están tratando de decirnos, buscarles un significado, un sentido de que tengan lugar, un sentido de que se manifiesten en nuestro cuerpo. Ello conllevaría indagar qué situaciones, qué pensamientos, y qué sentimientos y emociones asociaremos nosotros con nuestros síntomas. Esto sería ahondar en el lenguaje del alma, transformar o traducir los síntomas en símbolos de la conciencia, ¿Qué simboliza para mí tener estos síntomas? ¿A qué me recuerdan? ¿Qué están tratando de decirme? Esto debe hacerse a nivel personal, descubrir qué quieren decir para cada uno estos síntomas. Lo que nos convierte en responsables de lo que sentimos, y cambia nuestro papel de enfermos pasivos a enfermos activos, comprometidos con la curación.

Además la enfermedad nos hace volvernos sinceros, nos hace volvernos vulnerables cuando nuestras máscaras se caen y nos encontramos con nuestra sombra. Buscar el sentido de los acontecimientos relacionados o que están asociados a la enfermedad nos lleva a darnos cuenta de la razón espiritual por la cual estamos aquí.

Quizás la enfermedad se trate de una llamada de la conciencia para profundizar en lo que somos, para que entremos dentro de nosotros y nos encontremos con lo temido, escondido y no integrado. Si optamos por ver la enfermedad como un viaje heroico en el que nos adentramos en nosotros mismos, en el que descubrimos nuestras emociones, haciéndonos conscientes de ellas, en el que traemos a la superficie aspectos de nosotros mismos que reprimíamos porque no les gustaban a los demás, y decidimos asumirlos como una parte nuestra, como una parte que forma parte de un todo integrado, entonces empezaremos a vivir de acuerdo a lo que somos. Puede que, en la mayoría de las ocasiones, esto conlleve reorientar la vida, cambiar aspectos de nosotros o más bien empezar a tenerlos en cuenta, poner a prueba nuestras relaciones, cambiar la manera de abordarlas, ver cuán importantes son, cambiar nuestras prioridades, preguntarnos por el sentido de la vida, y si cabe otorgarle un nuevo sentido, descubrir a qué hemos venido, cual es el tipo de vida que hace que nos alegre vivir. Hay personas que no se han preguntado si hacían realmente lo que querían hacer con sus vidas hasta que una enfermedad mortal vino a interrumpir su camino.

Hay ocasiones en las que haber padecido dolor nos hace sensibilizarnos con el dolor de los otros, y encontrar ahora la manera de poder ayudarlos, aprendiendo a darles lo que nos gustaría haber recibido a nosotros, e infundir valor a esas personas que están pasando por las enfermedades que nosotros ya conocemos y hemos experimentado como propias. Además nos hace comprender que todo nuestro sufrimiento tenía un sentido si aprendemos a transformar nuestro dolor en un trabajo creativo o de ayuda  a los demás. Cuando comprendemos el propio dolor, nos resultará más fácil comprender el dolor ajeno, aprenderemos a empatizar con su dolor, desarrollamos una compasión que nos induce a ayudar a los demás. Así la enfermedad puede ser vista como una evolución como un gran adelanto espiritual, como una curación que no sólo atañe al organismo sino también a nuestro espíritu.

Si queda claro que la enfermedad no es sólo del organismo, sino que también forma parte de nuestra parte más espiritual, si los tratamientos convencionales implican cambios en nuestro organismo, como dietas, toma de medicamentos, adquisición de hábitos saludables, éstos deberían también complementarse con psicoterapia y tratamientos espirituales, visualizaciones y aserciones que nos ayuden a cambiar lo que tenemos que cambiar o asumir lo que no podemos cambiar y que forma parte de nuestra alma o nuestra parte más oculta. Los cambios en el modo de pensar, de afrontar la vida, de acercarnos a los demás, de aprender a escucharnos y de revisar lo que nuestra alma trata de decirnos quedarán también reflejados en el organismo.

Además si la enfermedad nos hace ser más auténticos, sinceros y empatizar con los que sufren nos hace a la vez ser más humanos, cabe por lo tanto la posibilidad de entender la enfermedad más que como una serie de síntomas que deberíamos evitar a toda costa, como una oportunidad de crecer, cambiar evolucionar, completarse o integrarse, como una oportunidad de llegar a ser todo lo que somos.