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“El 90% de lo que sabemos sobre el cerebro humano lo hemos aprendido en la última década” Desde la infancia, nos ha llamado la atención la grandeza e inmensidad del Universo. Vivir la experiencia de contemplar las estrellas en una noche despejada, aparte de ser un espectáculo estético inigualable, es una magnífica cura de humildad. Sin embargo, es sorprendente la escasez de datos de los que realmente disponemos sobre el Cosmos. Así, siempre nos ha intrigado la idea de los “agujeros negros”. ¿En qué consistían? ¿Por qué se denominaban “negros”? ¿Se podría quedar alguien atrapado y entrar en una situación de “no retorno”? La misma sensación la hemos experimentado cuando nos relacionamos con las personas a través del asesoramiento psicológico. Intentar comprender al ser humano es una tarea apasionante. Tras una serie de años en contacto directo con “el alma que sufre”, no nos dejamos de sorprender con las miserias y grandezas de las personas y permanentemente se intuyen y vislumbran zonas o “agujeros negros” a los que resulta difícil acceder. Igualmente, nos interpela la pobreza de conocimientos para explicar esos procesos cognitivos. No en vano, durante siglos todo lo relacionado con la salud mental ha estado rodeado de un cierto misterio o halo enigmático. No es raro que incluso hoy en día sea campo abonado para todo tipo de supersticiones y “pócimas mágicas” de supuestos videntes o gurús que se presentan como salvadores para solucionar cualquier problema que tenga que ver con lo que popularmente se describe como “estar mal de los nervios”. Salvando las distancias, podríamos establecer algunas comparaciones entre los “agujeros negros” del universo y la mente humana. Según los científicos un “agujero negro” es una región del espacio-tiempo de la cual ni siquiera la luz puede escapar debido a la enorme intensidad de su gravedad. ¿Qué podríamos resaltar respecto a ambos “agujeros negros”?
1. ¿ESTOY MAL? ¿CUÁNDO ACUDIR AL PSICÓLOGO? “La mayoría de los hombres llevan sus vidas en callada desesperación” Para bien -sobre todo de los profesionales de la salud mental- o para mal, la Psicología está de moda. Hoy más que nunca determinados términos propios del entorno psicológico han pasado a ser de uso general: “Antonio tiene una crisis de ansiedad”, “Isabel está atravesando una depresión”, “Los Pérez van a un psicólogo para ver si salvan su relación de pareja”, “Pedro acude a un grupo de terapia”… ¿Qué nos pasa? ¿Nos sentimos débiles y por tanto más necesitados de ayudas externas? o quizá, ¿gracias a un mayor nivel cultural, hemos descubierto nuevos procedimientos para madurar y afrontar mejor las situaciones adversas de la vida? No es raro que dentro de un contexto cultural de profundas tradiciones religiosas, algunos, en tono irónico, describan la situación como si la disminución del uso del confesionario haya sido proporcional al aumento de las consultas psicológicas. El tema no es superfluo o para tomarlo a broma. Somos uno de los países con mayor nivel de consumo de psicofármacos. ¿Estamos tan mal psicológicamente? Si es así, ¿cuándo deberíamos acudir a un profesional de la salud mental? 1.1. ¿QUÉ HAY QUE ENTENDER POR ALTERACIÓN PSICOLÓGICA? “Una definición de la “locura” sería querer repetir el mismo comportamiento una y otra vez y esperar resultados distintos” Es imposible hablar de algo "anormal" si no se realiza la comparación con un referente que se considera adecuado y que se plantea como norma. En la práctica, se suelen utilizar diversos criterios para establecer la normalidad en una conducta: 1. La norma estadística. Según este postulado se entiende que algo es anormal cuando se desvía de la media general de la población. Ahora bien, la aplicación de tal criterio no es tan sencilla. Por ejemplo, un pigmeo con una altura de 1,80 cm. sería desproporcionado respecto a la media de la tribu. Sin embargo, ¿se podría enfocar como una “alteración” y por tanto, habría que establecer algún tipo de tratamiento que lo condujera a la "normalidad"? No olvidemos que muchas personas “excéntricas” han sido posteriormente consideradas como genios o transformadores sociales. Por ejemplo, Gandhi, San Francisco de Asís o V. Van Gogh, R. W. Emerson decía que "si un hombre no marcha al ritmo de la tropa es que quizás esté escuchando a otro tamborilero". 2. Desviación respecto al funcionamiento ideal. Este enfoque tiene en cuenta la consideración de la normalidad en el hecho de responder o cumplir plenamente la función propia de un determinado sujeto u órgano. Es decir, alguien se consideraría como normal si funcionara adecuadamente en relación con un ideal. 3. Criterio sociológico. Sería adecuado lo establecido conforme a un determinado entorno cultural. Sin embargo, ¿una cultura tiene derecho a erigirse en canon de la normalidad? Tenemos como ejemplo determinadas tradiciones culturales que se cuestionan en la actualidad: esclavitud de niños o la marginación de la mujer. ¿Hasta qué punto hay que respetar ciertas prácticas que van contra la propia dignidad humana? 4. Incapacidad para situarse ante la realidad. La persona con cierta patología psicológica distorsiona la realidad. Es verdad que en algunos momentos todos podemos tener una confusión, sin embargo aquí se resalta el hecho de que la dificultad para captar lo externo pueda ser causa de problemas para el sujeto. 5. Experimenta un malestar subjetivo. La persona se siente mal y a disgusto consigo misma y con su contexto. El sujeto realiza comportamientos o tiene pensamientos que producen consecuencias psicológicas desagradables, que le paralizan y bloquean, y por ello, son indeseables. 6. Pérdida de control y desadaptación. El individuo puede presentar comportamientos que anulen su autonomía y pongan en peligro su vida o la de los demás. Por ejemplo, un drogadicto o una joven anoréxica experimentan tal descontrol que realizan actos que van contra su propia existencia. 2. ¿QUÉ ES LA SALUD MENTAL? "La salud mental se caracteriza por la actitud para amar y crear, por una existencia sin vínculos incestuosos, por un sentido profundo de la identidad basado en una experiencia personal de sí mismo en tanto que sujeto y agente de sus propios potenciales, por la captación de la realidad interna y externa a sí mismo; es decir, por el desarrollo de la objetividad y de la razón" (E. Fromm) Cada profesional de la Psicología insistirá en distintos rasgos para resaltar el concepto de salud mental. Desde nuestra experiencia profesional a modo de decálogo, destacaríamos los siguientes: Decálogo para una buena salud mental 1. Capacidad para quererse a sí mismo, a los otros y al entorno que le rodea. A veces por un falso concepto de humildad, llegamos a ser el “peor enemigo de uno mismo”. Si no nos aceptamos y queremos, difícilmente podremos aceptar y querer a los demás, ya que iremos buscando en los otros lo que echamos en falta en nosotros y podríamos caer en situaciones de dependencia, sumisión, manipulación o utilización mutua. No lejos de esta idea está el precepto evangélico que afirma: Ama a tu prójimo como a ti mismo. 2. Aceptar sin destruirse las distintas frustraciones de la vida. Sólo se madura cuando se van integrando las adversidades de la existencia. Elegir supone “renunciar” a algo. Una persona madura no lo ve como una limitación sino como un valor o experiencia positiva. Soy libre para no hacer aquello que creo que no me ayuda a crecer. 3. Adaptación o flexibilidad ante las diversas circunstancias o contextos. Alguien inseguro se percibe bloqueado o “formateado” y cualquier situación extraña le perturba y provoca malestar. La persona madura se abre a nuevas experiencias y aquello que aparentemente es una amenaza lo convierte en una oportunidad. 4. Eficiencia. El ser humano debe tener un funcionamiento eficaz, bien físico, social o intelectual. Es fundamental experimentar que lo que se realiza tiene cierta utilidad o se hace con algún sentido. 5. Creatividad. Aún dentro de la rutina el sujeto tiene la sensación de que realiza sus actividades de manera original o con su sello personal. Se caracteriza por la capacidad de asombro y de gozar con las experiencias cotidianas. La persona creativa despliega espontaneidad, curiosidad e iniciativa. 6. Armonía interior. Se ha de procurar la ausencia de conflicto y lograr una integración de todas las habilidades. Siempre podemos mejorar, pero estar a gusto consigo mismo es el punto de partida para avanzar, ya que de lo contrario se “escapará” de la realidad y se buscarán “soluciones mágicas”. 7. Sentido positivo de la vida. Capacidad para disfrutar con cada tarea, dimensión lúdica, sentido del humor o ironía no agresiva. La persona madura es capaz de reírse de sí misma. Es la actitud contraria al sentimiento de culpa. La culpa bloquea e inutiliza al sujeto y “pide” un castigo para resarcir la situación. De ahí que alguien atrapado por la culpa se niegue a disfrutar o aceptar un mínimo de felicidad en su existencia. 8. Comunicación y relación social. Debe potenciar una interacción positiva con los demás. Ha de tener capacidad para establecer relaciones profundamente amorosas e íntimas con unas pocas personas. 9. Sentido de trascendencia. Abierto a algún tipo de vivencia de lo inabarcable, bien explícitamente religiosa o no. Por ejemplo, el sentido de la fraternidad, la identificación con el género humano, la solidaridad, la justicia, la naturaleza, etc. 10. Capacidad de autonomía. El ser humano no es una “marioneta, un mero reflejo de sus circunstancias, sino que puede controlar su entorno. Tiene iniciativa propia y actúa con independencia frente a los demás o ante las condiciones sociales. 3. ¿CUÁNDO ACUDIR AL PSICÓLOGO? "La salud mental es la adaptación de los seres humanos al mundo y al otro con el máximo de eficacia y de felicidad. No solamente el rendimiento, o nada más que una cierta satisfacción, o la virtud de someterse de buen grado a las reglas del juego, sino todo esto a la vez. Es la aptitud de mantener un humor igual, una inteligencia alerta, un comportamiento que consigue cierta consideración social, una disposición de carácter favorable" (K. Menninger) Todos somos fincas manifiestamente mejorables, siempre podemos profundizar, mejorar y descubrir algo nuevo. Muchos, con tiempo y dinero, no paran de intentarlo. Así, conocemos casos que parecen estar abonados al Colegio de Psicólogos ya que pasan periódicamente por diversos terapeutas, buscando la “pócima mágica” para resolver su existencia. Otras muchas personas puede que lo necesiten y no se lo plantean. De ahí que surja la pregunta, ¿cuándo sería conveniente acudir a un profesional de la Psicología? Teniendo presente lo descrito en las páginas anteriores y dejando a un lado los casos de pérdida de control de la realidad y en los que hay que actuar más directamente desde fuera, resaltaríamos como criterio básico para plantearse una atención psicológica la experiencia de malestar subjetivo. Tenemos que ser partidarios de la felicidad, sin embargo, cuando nos inunda la impotencia, la desgana, el desánimo, la desidia, o su contrapeso, un hiperactivismo desmesurado, y todo ello va acompañado de desaciertos o fallos en nuestras relaciones sociales, puede ser una llamada de atención para plantearnos una confrontación psicológica. Otra pregunta clave es ¿a qué profesional acudir? He aquí algunas falacias que nos pueden aportar algo de luz: Falacias sobre la relación terapéutica • “La terapia tiene que englobar un número determinado de sesiones o un tiempo largo”. La primera entrevista debe servir para crear un marco terapéutico adecuado a cada individuo. Cada situación personal es distinta y no es el sujeto el que se tiene que adaptar al enfoque teórico del terapeuta sino éste a cada paciente. A veces, unos pocos encuentros pueden ser suficientes. Sería cuestionable el criterio de establecer las mismas fórmulas para todos o caer en los análisis interminables. Por ejemplo, ¿acudiríamos a un sastre que confeccionara el mismo traje a todos sus clientes? • “No puedo tomar ninguna decisión sin confrontarla antes con mi terapeuta”. Un buen profesional es aquel que intenta crear cuanto antes un contexto de autonomía y no fomenta la dependencia. El objetivo es que el sujeto vuele con sus propias alas lo antes posible. De ahí que haya que tener cuidado con todo tipo de muletas (fármacos, seguimientos terapéuticos, grupos "sectarios", etc.) que mantienen la situación de dependencia. A su vez, el sufrimiento psicológico puede tender a crear un estado de “protección o victimización” del sujeto que lo padece. Freud hablaba del beneficio secundario de la enfermedad. Romper ese círculo vicioso es uno de los pasos previos e imprescindible para que se empiecen a afrontar los problemas. • “Gracias a tal profesional, me he ‘curado’”. No debemos olvidar que el centro de la terapia es la persona que pide asesoramiento. Las sesiones no deben ser la proyección del narcisismo o engreimiento del terapeuta. El psicólogo no es un gurú o guía espiritual que tiene la verdad absoluta y “salva” a los que a él acuden, sino el que ayuda para que los sujetos confronten y puedan ser conscientes de su realidad. Así como el que posibilita el desarrollo de habilidades para que los pacientes puedan por ellos mismos situarse de manera distinta. • “Es necesario escarbar en mi pasado para conocer mejor mi presente”. No todo el mundo necesita remover el pasado. El objetivo no es hurgar en las heridas sino construir. Las sesiones no deben servir para satisfacer los “deseos detectivescos” del terapeuta. Lo fundamental es ofrecer pistas para interpelar o cuestionar al sujeto y desarrollar recursos para afrontar determinadas situaciones o contextos. • “Si no pagas tal cantidad, no lo valoras”. Todo profesional tiene derecho a vivir dignamente, pero no es razonable cargar sobre lo económico el peso del efecto terapéutico. Es curioso que algunos terapeutas insistan en la necesidad de respetar un precio mínimo en las sesiones y no se cuestionan plantear un tope máximo. Parte de la mala imagen pública sobre el quehacer psicoterapéutico viene de la experiencia vivida por algunos que tras largos tratamientos psicológicos, el único beneficio lo recibía el psicólogo en su cuenta corriente. Tenemos derecho a ser protagonistas de nuestras propias vidas. Es verdad que nos encontramos con un libro en el que las primeras páginas han sido escritas por otros, pero he ahí nuestra responsabilidad para continuar y elaborar el guión que queramos. A lo largo de ese camino podemos tener situaciones en las que amigos o profesionales de la salud nos puedan asesorar. Sin embargo, la construcción del relato ha de tener nuestro sello personal y por mucho riesgo que plantee, es una responsabilidad que nos pertenece y no debemos descargar en los demás. Frente a un contexto social que a veces presenta un horizonte que tiende a crear “zonas de no retorno” similar a la de los “agujeros negros”, es necesario afrontar la vida con esperanza. De ahí que la Psicología tiene que posibilitar alternativas que ayuden a “aclarar” e “iluminar” las zonas oscuras. No hay tarea más ardua pero más gratificante que responsabilizarse de la existencia y convertirse en el protagonista principal de la propia vida.
ELLIS,A. (coord.). (1981). Manual de terapia racional emotiva. Bilbao: Desclée de Brouwer. FRANKL,V. (1980). El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder, FROMM,E. (1947). El arte de amar. Buenos Aires: Paidós. GOLEMAN,D.(1996). Inteligencia emocional. Barcelona: Kairós PERLS,F. (1995). Dentro y fuera del tarro de la basura. Santiago de Chile: Editorial Cuatro Vientos. ROGERS,C.(1984). El proceso de convertirse en persona. Barcelona: Piados. TRECHERA, J.L. (2004). Como gota de agua: la Psicología aplicada a las organizaciones. Bilbao: Desclée de Brouwer TRECHERA, J.L. (2005).Agujeros negros de la mente. Claves de salud psíquica. Bilbao: Desclée de Brouwer
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