GUÍA PARA ANGUSTIADOS

 

Por: José Luis Catalán

2.9. Estimulación (falta o exceso)

 Nuestro cerebro no puede vivir sólo de sí mismo, dándole vueltas una y otra vez a lo que contiene, repasando goces ya vividos, penando penurias ya sufridas, andando caminos ya recorridos, repasando deseos y realización de deseos ya habidos. Un místico aislamiento volcado uno con uno mismo no nos enriquece, sino que nos degrada, nos impide alimentar con realidad externa una realidad interna hecha sólo con los ladrillos de la representación, la foto desleída y el recuerdo borroso.

Las redes neuronales de nuestro cerebro necesitan de los estímulos externos para fijar, mantener su arquitectura y reforzar el conocimiento.

Los niños con pobreza de estímulos son menos avezados que los que han disfrutado de estímulos que han provocado en ellos retos con los que su mente se ha entrenado.

En el caso del adulto puede perder lo que ya tenía. Las habilidades que no se ejercitan se deterioran. Dejamos de caminar un mes y luego casinos hemos olvidado cómo se hacer para caminar. No hablamos con nadie durante un año y luego no sabemos qué decir, cómo se habla, cómo se expresan nuestros pensamientos (de hecho personas que de niños eran dicharacheros de adultos se pueden transformar en inhibidos tras un largo periodo de silencioso retiro).

El aislamiento deprime, cambiando el mundo de las oportunidades por el mundo de las imposibilidades, por negras fantasías sustitutas que permitan nuestra parálisis e inhibición resignada (en vez de salir disparados como un sediento en el desierto en pos del oasis de cualquier persona que rompa la angustia de la soledad).

El hastío, el aburrimiento, la soledad no querida, suelen constituirse en vertidos muy poco ecológicos al lago de la ansiedad. Son situaciones de falta de estimulación, de funcionamiento natural, y hasta tal punto dejarnos de ser como queremos que podemos tener sensaciones de extrañeza, de irrealidad y dudar de quienes somos realmente, no saber donde y porquénos hemos perdido.

En el otro extremo tendríamos la sobre-estimulación, en la cual provocamos percepciones, elaboración de sensaciones, respuestas intelectuales o físicas en una cantidad que fuerza la capacidad del sistema nervioso.

El cerebro, hasta cierto punto, puede seleccionar unas formas y colocar en un fondo neutro estímulos menos relevantes, para que esta jerarquíanos permita dosificar nuestros recursos. Pero en el caso de la sobre-estimulación no hay concentración en un tema que llevamos entre manos, sino el deliberado y ambicioso propósito de ocuparnos del máximo número de cosas a la vez.

Forzamos nuestras capacidades porque tenemos los mecanismos de explotar un alto rendimiento en una situación de emergencia, en la cual el organismo se activa de una forma extraordinaria para poder hacer frentea una situación que lo requiere. Nadie nos impide abusar de nuestropoder si queremos rendir más. Algunas drogas tales como las anfetaminas, la cocaína, etc. también aumentan artificialmente la amplitud de eficacia.

El deseo espiritual de rendir usando de su poder no tendría mayor inconveniente si los humanos fuésemos ángeles o dioses en vez de seres biológicos. Nuestras posibilidades para estar ultra-creativos, brillantes e inspirados es muy relativa, requiriendo esta mediocre situación una adecuada gestión de energías y del saber conformarnos, saber subir y bajar apaciblemente como si viajásemos en una ola marina.

La sobre-estimulación tiende a traspasar un umbral temporal de resistencia y agotamiento, que se desprecia y desoye. En vez de parar, seguimos un poco más allá, arrastrados por la pasión contra la ansiedad, tapando una cosa por otra.

De esta forma una emocionante conversación en un chat o en una línea 906 se impone a la necesidad de descanso, a la molestia de un nerviosismo palpitante y al crecimiento galopante de la factura telefónica.

Internet nos inunda con ilimitada información. Las páginas web pasan un tras otra buscando un poco más algo que se promete que está perdido en la inmensidad del tesoro que está tapado por la basura, la paja y el muro, las lianas retorcidas y plantas selváticas que nos confunden con sus chillones colores, y se nos impide el paso en el cada vez más complejo laberinto (de hecho mientras buscamos la salida ya aumentado el número de puertas).

El adicto es consciente de que el tiempo pasa, la frustración aumenta, el sueño se desvanece, se debería parar pero la esperanza se impone a todo:  ya estamos en fase compulsiva. La compulsión nos está engañando no tanto porque nuestro deseo actual no se llevase con alegría -que eso sí- sino la estafa es al resto de deseos que se desprecian olvidándose uno de los 'unos' de que se compone.

Internet promete iluminado poder de conocimiento, de inagotable fruición, de libertad escópica en la que podemos mirarlo todo, de vanguardia reluciente que nos hace estar 'a la última', es decir, nos permite ser los primeros.

En la medida que promete mucho, nos justifica, y aparentemente somos razonables sin saber que la razón aparente es una máscara tras la cual se oculta la huida hacia adelante.

La angustia que experimentamos en un aparte de nosotros mismos puede olvidarse buscando en otra parte, y esa parte puede ser un dolor para dolernosde otra cosa, pero también un placer que sacia otra cosa que la que necesitaríamos calmar.