GUÍA PARA ANGUSTIADOS

 

Por: José Luis Catalán

 

2.14. Hipersensibilidad

Nos vemos obligados a seleccionar entre la inmensidad de información que recogen nuestros receptores, cual nos parece importante y cual puede despreciarse (respuesta activa, selectiva de la percepción). No nos interesan de la misma forma las percepciones que resultan irrelevantes de las que son esenciales en un momento dado.

Para filtrar los estímulos el cerebro dispone de un sistema para hacer que estímulos de una parecida intensidad, pensemos por ejemplo en un ruido de fondo y una conversación que quiero escuchar, lleguen a la consciencia arreglados, esto es, la conversación en primer plano. Otro ejemplo podría ser que sea consciente de que estoy llevando una ligera hoja de papel en la mano, mientras que no me de cuenta de que llevo encima un kilo de ropa.

A la inversa, también podemos hacer propagación retroactiva de redes neuronales: hacer que determinado estímulo -habitualmente poco intenso- se pueda sentir con mayor intensidad de la que le tocaría de costumbre. Por ejemplo, hemos tocado el perro simpático, pero sucio, de un amigo, y al verlo de pronto rascarse pensamos "¿Y si tuviera chinches y yo las hubiera cogido al atusarle el pelo?''. Enviamos una señal de excepción -no funcionaría este sistema con otras señales que no fueran verdaderas señales de excepción, de forma que si no hubiéramos pensado que realmente el perro tenía chinches sería imposible- y entonces somos capaces se sentir en distintas zonas de la piel, de una forma anormalmente intensa, un picor que nos confunde más que nos aclara la duda que tenemos sobre si están los molestos bichitos o no.

El cerebro es capaz de activar una zona de la piel de una forma similar a como si fuera estimulada por el exterior (por una presión, roce, temperatura, etc.) con el fin de buscar de forma más precisa algo que se espera encontrar en la nube de puntos estimulados. Por un mecanismo similar, si presentamos una lámina de puntos (dibujo borroso) y preguntamos a la persona qué ve, no reconocerá nada; pero si le decimos que hay un pato, rápidamente lo encuentra, guiado por un patrón previo que impone a las señales difusas que entran en su campo visual. Sabe qué mirar, como podríamos decir del hipersensible que sabe qué sentir.

En el ejemplo anterior de los chinches, contra más preocupación,contra más alarma generamos debido a la incertidumbre de no saber si estamos infectados, más intenso y duradero se vuelve el picor, como si lo que picara ya no es un estímulo molesto sino estar molestospor nuestra propia inquietud.

De hecho un grado de ansiedad elevado puede producir una incomodidad que puede no encontrar alivio: por ejemplo, estamos muy nerviosos pero no nos podemos levantar de una silla, e incluso debemos simular compostura, entonces se produce un picor producido por la misma rigidez de la postura y el hecho de que no podemos realizar los movimientos que habitualmente hacemos para acomodarnos.

La incomodidad de no saberse libre de contaminación por consiguiente induce un cierto acartonamiento de la piel que se estudia, un dejarla rígida para que que sea objeto de estudio -en vez de acomodarla, moverla de forma natural- lo que, añadido a lo que produce la misma expectativa de lo que tememos encontrar (miramos con parecido interés tanto lo que queremos como lo que tememos) resultan en un picor real, que está ahí, que observamos con la misma objetividad que si al tocar una barra de autobús público adquiriésemos instantáneamente una sarna, o al apoyarnos en una pared unas pulgas oportunistas hubieran cogido nuestra piel al asalto.

El picor es una clase de picor, es como si lo fuera producido por las causas que tememos de una forma demasiado parecida al caso real, y que por eso mismo nos hace dudar, y al hacernos vacilar suspendemos las sensaciones para estudiarlas. Hasta cierto punto tenemos la capacidad de hacer durar un poco más las sensaciones, hacer que tengan halo, como al relamernos, saborear con fruición, sentir el peso que del que nos hemos librado, un beso que dura, aun  alucinado, después de que los labios se han separado.

No hay manera de zanjar este dilema hasta alcanzar el punto en el que actuemos de forma relajada. Sólo entonces, al suprimir esa señalde alarma que, buscando anormalidades, genera extrañas sensaciones sensoriales, podremos saber si realmente, en un nuevo marco de sensibilidad normalizada, hay entonces algo raro en la piel.

Simulando que nada nos preocupa, actuando con ligereza, haciendo como si no pasara nada digno de mención, aunque no sea totalmente la verdad, no deja de producirse una calma impuesta. Con un poco de pericia y entrenamiento puede llegarse a suprimir la categoría de "importante'' que tiene la sensación y lograr así que las percepciones se amortiguen en su sordo estado secundario.

La atención burlada, porque podemos apostar descaradamente sobre lo que merece más la pena, priva de alimento a la hipersensibilidad, que en definitiva es sensibilidad aumentada por la misma atención espantada que le dirigíamos.

Un molesto dolor crónico nos puede desesperar, capturar constantemente nuestra atención con su angustiado grito que nos pide quejarnos, estudiar su anomal presencia, esperarlo, evaluar su crecimiento. Y en la medida que se convierte en foco principal de interés nos regala con sus mejores galas de desagradable impertinencia.

En contraste con una ola de dolor que nos aturde, irrita y desorganiza, la actitud estoica de sobrepasarlo, de hacernos los despistados, de desoírlo para agarrarnos a pasiones vitales que se resisten a hundirse en un segundo plano, logramos con ello, más que anular su existencia, el que, al no rebelarnos, al no luchar, al aceptarlo y convivir con él sin rechistar, simplemente dejamos de percibirlo con intensidad desquiciada.

En ocasiones los padres inducen a sentir espantadamente a los niños que tienen una pequeña herida, un roce, una pequeña molestia. Por su desmedido amor y protección van raudos al cuidado, dando una importancia al dolor deducida por el niño a través de la misma diligencia y aspavientos ("A ver, a ver... huy, pobrecito!, qué herida se ha hecho... sopla sopla para que el mal se vaya..'') con el que es atendido. Esto es un ejemplo de cómo luego ese niño, de adulto, puede ser hipersensible al dolor, por el arte de magnificarlo por su exceso de pusilánime preocupación.

Las mismas manifestaciones físicas de la ansiedad pueden servistas como algo amenazante por sí mismo: la opresión en el pecho, la sensación de ahogo, un bolo en la garganta que parece impedir el paso a los alimentos, el calor, el sudor, el temblor, el vértigo.Todo el conjunto de sensaciones que produce una activación angustiosa de cierto relieve, y que en circunstancias en las que estuviéramos absortos por desentrañar un peligro externo justificado (nos asaltan, se rompe algo repentinamente, subimos a una atracción impactante de feria) ni siquiera prestaríamos mientes, en cambio, cuando nos parece que la angustia no debería aparecer o no entendemos porqué estamos angustiados, entonces parece que la física de lo que sentimos sea el único problema en el que podemos pensar.

Esas sensaciones parecen increíblemente extrañas y amenazantes, quizás anuncio de desmayo, muerte o locura. Y en la medida que su permanencia nos devora más las miramos con lupa, agrandándolas en lo posible para su estudio, para iluminar su naturaleza y su curso.

Como quiera que la misma observación aterrorizada las contiene, las aumenta y las enrarece más aún si cabe, no encontramos nada que nos permita tranquilizarnos, justificando con ello que permanezcamos impotentes, pasmados, agarrotados, esperando lo peor.

Si algo nos saca de este lamentable estado (nos llevan a un servicio de urgencias, nos entretienen o nos distraen) al estar por otra labor, salimos donde permanecíamos pegados, pero no fijados a una opresión imposible de vencer, sino paralizados por nuestro propio abandono, por nuestra sensación de imposibilidad.

Un dolor de cabeza comienza. ¿Prestamos atención a esa evidencia de malestar? ¿Deducimos que debemos tomar medidas? Puede que no, que nos parezca más importante permanecer en lo que nos está produciendo el dolor de cabeza, pensando que es poca cosa, que podemos aguantar más, hasta que nuestro error de cálculo nos demuestra que ya es tarde. En este caso nuestra actitud esta impidiendo solucionar un malestar que podría subsanarse, y el resultado final parece ser que sufrimos algo de forma totalmente pasiva e inocente, en vez de vernos parcialmente involucrados.

La hipersensibilidad es la manera exagerada de experimentar una sensibilidad excitada, irritada, forzada. También podríamos ser más astutos y antes de que vaya a más hacerla de menos no prestándole demasiada preocupación, tranquilizándonos, tocando aquellos resortes que cambian nuestro momento, haciendo en lo posible una cosa agradable que nos alivie.

Los estados de nerviosismo producen también una propensión general a la sensibilidad irritativa, y paralelamente la capacidad amortiguada de captar sensaciones placenteras (se disfruta mucho menos estando angustiados). El ruido se vuelve mucho más molesto que de costumbre,  los esfuerzosy frustraciones producen enfado, nos fijamos más en una cagadita de perro que un ciudadano desatento he dejado abandonada, o en las pequeñas injusticias con las que nuestra vida diaria se teje con tupida urdimbre y que de pronto se nos antojan imperdonables. Las pequeñas heridas o molestias, los golpes y torpezas -la ansiedad tiene el dudoso méritode propiciar los unos y las otras, volviendonos más desorganizados y proclives a los errores-, los malos olores y los sabores desagradables con los que nos sorprenden algunos alimentos aparentes, todo el contacto con el mundo externo parece desquiciado y hostil.

Se favorece de esa forma una respuesta de rebelión airada, una sensación penosa de estar injustamente heridos, una protesta sorda (a veces no tanto, si nos damos licencias de explayarnos con un golpe de puño en la mesa, tirando algún que otro enser renunciable, cuando no pellizcándonos, dándonos tortazos o cabezazos en la pared), una amarga decepción de ser maltratados por los acontecimientos adversos. La queja, la protesta afilan el  bisturí de la sensibilidad que corta y hiere más todavía, siendo otra forma de curarnos con la hiel que nos empeora en vez de con la miel que nos endulza.

La ancestral receta búdica, "no pienses, no valores, déjate fluir'', parecería una buena receta en esta circunstancia. Mejorar no empeorando, aceptando la angustia y dejándola pasar con la indiferencia que vemos pasar un paisaje, hacendo el papel de espectadores distantesy desapegados. Un buen faquir así actuaría. ¿Una cama de clavos?, !qué más da!, un camino con carbón ardiente, ¡qué hermoso paisaje imagino!. De forma similar aceptarse con ansiedad, es dejarse estar inquieto sin fijarnos en la incomodidad, sino más bien anhelando un estar de otro modo, un saborear o anticipar como si estuviéramos ya en una situación mejorada, y dejarse pasear forzando un paso suave en medio de la prisa y la tormenta.

Hay que reconocer que la solución búdica requiere importantes cualidades espirituales, una notable capacidad de que las ideas nos influyan, nos aclaren y nos resituen. Pero para las personas poco intelectuales esta solución es demasiado complicada, y se adaptan mejor a la cura porla acción. Una manera de actuar nos calma y nos reconcilia con la vida. Entonces hacemos algunas cosas que sabemos que nos sentarán bien (siempre que no entren en el capítulo de respuestas contraproducentes por sus efectos secundarios), leer aquel libro que nos transporta o que nos entusiasma, iniciar proyectos que abran esperanzas, buscando apoyosy alivios, yendo en pos del placer, aunque esté aguado y disminuido por la ansiedad,  para que su memoria revivida los vuelva plenos y de nuevo eficaces.

Para que la música, la charla, la diversión sean frescos y limpios necesitamos perseverar e insistir, porque no funcionan igual cuando los buscamos heridos que sanos. En estado de salud se saborean y sientan bien al primer contacto, pero en estado de congoja, deshilvanados y aturdidos por el ruido de la angustia, nos cuesta concentrarnos, necesitamos ir por el camino algo atontados y embotados, perdiéndonos matices y cualidades, pero la paciente tolerancia con esa forma imperfecta de entrar en el placer tiene una recompensa de llegada. La cura de la angustia entonces es diferente del disfrute de estar sanados, pero nos aproxima, nos hace estar casi bien, casi relajados y no vamos a cogerle tirria al 'casi' siendo que casi todo es mucho mejor que casi nada.