GUÍA PARA ANGUSTIADOS

 

Por: José Luis Catalán

 

2.18. Candor, pudor y rubor

El candor lo asociamos a un a persona bien predispuesta, sin cálculos, que no capta las dobles intenciones, que le cuesta entender que existela mentira, el disimulo, la manipulación y el abuso. Está en un limbo, en estado de tierno brote al que aún no se exige nada y del que se acepta con complacencia su naturaleza dormida.

Ese estado de bondad inocente no es contemplado ni es fruto de un defecto, mas al contrario, es alabado como corrección, puntual cumplimento de las normas y deseos de los demás.

Su asombro frente al mal le dificulta reaccionar, le impide descreer por lo que ven sus ojos, confiando que debe haber más allá, en el fondo, algo aceptable y sensato que explique el malentendido y que los malos en realidad son buenos disimulados.

Las voces potentes y asertivas le conmueven como un mandato al que se ha de someter por su propio reflejo de no provocar conflictos, de ser persona buena, santa y complaciente. En cambio, irritar y contradecir es algo para ella impensable, tormenta que todo lo desquiciaría.

Ha de ser constante merecedora de elogio: "¡qué buenaes!'', " ¡qué maravilla!''... y podríamos añadir nosotros, ¡cuanto les cuesta a los demás decirlo y corresponder!.

Mientras la persona candorosa vive envuelta con el manto protector del circulo familiar, su generosidad, adaptabilidad y sensibilidad amorosa es fuente de gratificaciones y aunque se pueda abusar de ella no es mal vista por ser como es. Pero en cuando sus vínculos con el exterior se multiplican se trasforma en 'cándida', es burlada, maltratada y provoca la maldad morbosa de los sádicos (Los personajes 'víctimas' en las narraciones de Sade como Justine o Juliette provocan las peores torturas en la medida que poseen más candor de lo habitual, incluso lo conservan incólume tras sus repetitivas desgracias). La víctima que elige el sádico con predilección es aquella que intuye que sufre más por el mal, que le resulta inconcebible, que se pasma, paraliza y en su angustiosa incredulidad no se defiende.

El pudor es como un candor corporal, y la desnudez, los apetitos sexuales, y la mayoría de los goces que tienen un componente gustativo, oloroso o entrañan una función fisiológica son vistos como algo íntimo que no debe existir para nadie más, como si los demás no esperasen que tuviéramos cuerpo.

Es tanto el enfasis que se puede poner en la educacion de los modales que como resultado del éxito formador creamos una persona excesivamente temerosa de unas voces internas -una conciencia hipercrítica- similares a las que en su día afeaban sus conductas (...no seas guarro, eso que haces es asqueroso, atufas a queso de cabrales, pareces un pordiosero, no seas grosero, malcriado ni parezcas un obseso sexual...). La posibilidadde que alguién pudiera juzgarnos en falta nos avergüenza como si estuvieramos siendo pillados en una mentira o llevásemos una mancha ostentosa.

El pudor nos conduce a resultar excesivamente comedidos, distantes, respetuosos y dificulta el contacto físico y emocional con las demás personas, con las cuales nos tendríamos que apretar la mano, abrazar, rozar, acariciar y mirarnos descaradamente para realmente compenetrarnos como humanos que somos (y no arcángeles o extraterrestres).

Además, los otros intuyen nuestra seriedad, antipatía o deseo de aislamiento, con lo cual no se animan a acercarse de una forma que supla nuestras carencias, espantados por la pasividad y el recelo que mostramos. Más que no vernos nos malinterpretan para la misma falta de señales que por cautela dejamos de producir. Nuestro comportamientono resulta coherente con nuestro deseo.

Debemos a pesar de todo exponernos, intentar acercarnos a las situaciones sociales y amorosas porque la fuerza de nuestro instinto nos dice que hemosde ir hacia los demás para satisfacer nuestras necesidades más importantes, pero este acercamiento es furtivo, temeroso, no sabemos siestaremos a la altura de las circunstancias. Y es precisamente en ese instante en el que vemos que nos encuentran y nos miran, que experimentamos la vergüenza de aspirar a su beneplácito sin sentirnos aptos para ello. El rubores una señal clamorosa que delata nuestra vergüenza, y que nos hace imposible disimular y pasar desapercibidos: creemos que el engaño está a la vista como una desagradable mentira que humilla nuestras pretensiones de normalidad.

El mismo hecho de estar avergonzados nos avergüenza como algo que no debería ser y que nos descalifica como personas débiles e inmaduras. En cambio, si no apareciera ese calor en la cara que nos enciende el farolillo rojo de ¡aviso!, no llamaríamos la atención y podríamos estar tranquilos como un ladrón que roba sabiendo que las cámaras de seguridad están apagadas. Estamos tan preocupados por eso que se escapa en nuestro rostro que el espanto de vernos perdidos desarrolla en nosotros la anticipación de toda clase de situaciones penosas que podrían sobrevenirnos con nuestra debilidad.

Estas escenas en las que enrojecemos imaginariamente nos debilitan aúnmás si cabe, acentuando la susceptibilidad al acercarnos a una situación real, teniendo miedo de que lo temido se realice. Contra más miedo tenemos más vergüenza podemos aportar por el hecho de sentirmiedo. De hecho el rubor patológico consiste en el arte de avergonzarse de tener inseguridad y vergüenza, y este arte consiste en aumentar, exacerbar el temor a base de evitar las situaciones, beber alcohol para tener valor, estar pendientes de nuestra cara, entrar en pánico al detectar la primara señal de acaloramiento, no mirar de frente, acortar las frases, no comprometerse con nada, vernos perdidos, sumergirnos en una pesadilla interior.

Es la conducta ineficaz, son las reacciones emocionales disparatadas las que vuelven el rubor algo aparentemente incontrolable, pero sin embargo producido por nuestra propia falta de puntería.

En cuanto suprimimos toda anticipación, optando por pasar elmal trago exclusivamente cuando toca, y dedicando el resto del tiempo allevar a cabo actividades agradables, esta forma indirecta de animanos nos hace disminuir el problema. Si ademas tenemos un buen enfoque en el momento real, respirando hondo, relajándonos, y sobre todo hablando como si no suciedera nada, intentando poner la atención fuera, enlo que se dice, en lo que se ve y oye, sólo entonces, dejando detener pose de víctima sorprendida en falta, actuando a pesar de todo, condiderando más importante el hacer que concentrarse en loque se siente. sólo entonces el rubor comienza a disminuir al verque ya no nos avergonzamos de él.

El rubor es el lado fisiológico de la vergüenza, y lo que los humanos podemos controlar no es precisamente la reacción física sino lo que causa el temor. Es la autoobservación espantada, es sobreestimar lo que nos afea el sentimiento antes los juicios de los demás, es la autoexigencia poco benevolente con las debilidades, y es la cobardíade no exponerse en lo que consiste esa causa de nuestros males. En contrastecon ello, el expresarnos tolerando la vergüenza como asunto decorativo menor, hablando con mas ampulosidad, extensión y voluntad de implicación, preocupandonos más por el mundo que por la apariencia de nuestracara, y decidiendonos de una vez por todas a ser nosotros mismos tal como somos, es entonces cuando nos curamos de lo que nos debilita: el ser aguados, desleidos, sombras formales, temerosos del resultado de aparecer siendo imperfectos y únicos.

No ser compententes, guapos, simpáticos contadores de chistes, habiles relaciones públicas y eficaces cumplidores, perfectos seductores y teniendo aplastante seguridad en nosotros mismos no es un delito imperdonable: más bien los demás, en vez de sentir religiosa admiración y de distanciarse como frente a santones a los que se reverencia, se sentiran cómodos y nos aceptarán más como amigos que como guias espirituales.

Las personas que no se vinculan con el exclusivo afán de medrar, presumir y obtener alguna clase de beneficio egocéntrico, lo que realmente prefieren para la amistad es la sencillez, y estan predispuestos a aceptarnos en nuestra peculiaridad sin excesivas exigencias, bastando para ello la simple voluntad de participar, el aportar nuestra vida al vínculo.

Si en vez de afanarnos para resultar competentes y sin mácula nos precuparamos de disfrutar descaradamente tampoco entonces nos preocuparía la cara que ponemos, que sería como un vidrio trasparante a cuyo través miramos el mundo externo al que apuntamos.