LA TOLERANCIA: ENTRE TRAMPAS Y DEMANDAS

 

Dr. Manuel Calviño

Facultad de Psicología. Universidad de La Habana. Cuba.


 

El tema de la tolerancia se inscribe en diversos discursos sociopolíticos y sociopsicológicos contemporáneos. Si bien las bondades de la tolerancia como esquema actitudinal son bien reconocidas, en ocasiones se pierden de vista las trampas que ella misma genera en relación al comportamiento humano. En el trabajo se somete a análisis el concepto así como sus implicaciones actitudinales y su connotación ética.

"Si recomendáis la tolerancia a espíritus generosos,
ellos mismos sentirán que deben elevarse por
encima de ese escalón, el respeto nacerá en ellos y de
su corazón brotará la simpatía; tales sentimientos son
tanto más valiosos cuanto más espontáneos son. En
cuanto a los espíritus ordinarios, si les predicáis la
tolerancia pura y simple, con el apoyo de buenos
razonamientos, si llegáis hasta demostrarles que está
en el interés de ellos practicarla, habreis hecho una
excelente labor".
F.Abauzit.


El tema de la tolerancia, que ocupa hoy un lugar privilegiado de interés para muchos especialistas, denota un conjunto de asociaciones diversas por su contenido y significación. Intentar demarcar las mismas, más que un ejercicio académico, es sobre todo trazar los ejes del espacio axiológico y pragmático en que se mueven las prácticas sociales e individuales dentro de la antinomia "tolerancia~intolerancia".
Intentaré para comenzar, describir algunas de las connotaciones y denotaciones fundamentales de LA TOLERANCIA:

  1. Forma de comportarse una persona o grupo social que soporta sin protesta un detrimento inferido a sus derechos.
  2. Desviación máxima permitida de lo que está establecido.
  3. Regla de comportamiento que supone el dejar a cada uno la libertad de expresar sus opiniones.
  4. Manera de obrar de una autoridad que acepta en dependencia de cierto interés.
  5. Capacidad de asimilar influencias noscivas sin producir reacción de rechazo.
  6. Cualidad de algunas personas para coexistir con lo diferente sin perjuicio de su individualidad.
  7. Indulgencia, condescendencia.
  8. Flexibilidad.

Una mirada al contenido de las representaciones antes señaladas, nos permite comprender la afirmación de Hoffding de que tolerancia es una mala designación de una cosa bella, o la posición radical de Boutroux que decía no me gusta la palabra tolerancia. Y es que en cierta medida, la tolerancia supone ciertos contenidos de valor emocional negativo asociados a la sumisión, la resignación. Tolerancia es también aguante, resistencia estóica y pasiva, y es una suerte de doble moral que se instala en el sistema de relaciones entre sujetos, grupos, instituciones, etc.

Junto a ésta, otra subtrama de la tolerancia irrumpe con un clima de dimensión emocional antitética. Así se afirma, como lo hace Trublet, que la tolerancia es superioridad, o que la indulgencia del hombre tolerante es su camino hacia Dios. Resaltan entonces los contenidos emocionalmente positivos asociados a connotaciones éticas.

Resulta entonces que La Tolerancia tomada de conjunto, instituye una representación contradictoria que desde una visión acrítica, podría desembocar en un patrón de referencia comportamental cuando menos errático, en los diferentes ámbitos de la vida de la sociedad, los grupos y las personas. La noscividad de la intolerancia es generalmente bien reconocida. Así mismo sucede con un llamado exceso de tolerancia. Sin embargo, parecen ser menos claras lo que en otras ocasiones he llamado las trampas de la tolerancia y que requieren de un llamado de alerta.

Presentaré algunas que considero fundamentales:

La trampa de la resignación.

Tolerancia supone: alguien que debe tolerar, alguien o algo que debe ser tolerado, y un motivo para ser tolerante. Es precisamente en el "motivo de tolerancia" donde podemos encontrar la trampa de la resignación, que consiste en la asunción de una estrategia comportamental en la que se considera inútil cualquier intento de modificación de la situación (fenómeno también denominado "desesperanza aprendida" ), o se hace una lectura de la situación que favorece la actitud pasiva suponiendo que el intento de modificación seria una ruptura de los vínculos de compromiso y responsabilidad.

La trampa de la resignación tiene que ver sobre todo con el sujeto puesto en situación de tener que tolerar algo. Aquí, con mucha claridad, se manifiesta esa connotación de la tolerancia como el "tener que soportar"- es mejor dejarlo así; pudiera ser peor; es una prueba; no es el momento-. Se expresa comportamentalmente en diversos ámbitos y sus consecuencias son, por sólo considerar el nivel del individuo, la apatía y el desinterés, la despersonalización y la ausencia de un real compromiso individual, el formalismo y la ausencia de reflexión critica. La palabra tolerancia - decía Prat - implica demasiado a menudo en nuestra lengua la idea de cortesía, a veces de lastima, a veces de indiferencia; es tal vez causa de que la idea del respeto debido a la libertad de pensar se falsee en la mayoría de los espíritus.

La asunción de tal actitud tolerante se ve favorecida por algunos factores entre los que se encuentran: el modo y el lugar desde donde esa tolerancia es demandada, las peculiaridades psicológicas del sujeto, la importancia de aquello que ha de ser tolerado, los interéses complementarios asociados, y otros.

Visto así se hace comprensible la denominación de trampa, toda vez que la tolerancia se convierte en un instrumento de autodestrucción y por ende, resulta un acto de intolerancia. El sujeto tolerante, en el sentido descrito hasta aquí, es tolerante con la situación y con el que demanda tolerancia, pero es intolerante consigo mismo.

Se cumple así un principio paradojal inherente al carácter contradictorio antes denunciado de la tolerancia. Se clarifica desde la pragmática en la intolerancia: ser intolerante con la intolerancia. Pensémoslo ahora axiológicamente en la tolerancia: ser tolerante con la intolerancia. En ambos casos lo lógico en lo interpersonal, se torna ilógico en lo intrasubjetivo: un sujeto intolerante, al ser intolerante con su intolerancia, resultaría tolerante el mismo; un sujeto tolerante, al serlo con la intolerancia, reproduce la lógica interpersonal de la intolerancia. Esta paradoja sólo se puede resolver al costo de una ruptura, de una disociación de la estructura subjetiva de la conciencia. Hacer convivir la tolerancia con la intolerancia.

La trampa del inmovilismo.

De particular interés resulta el tema del riesgo de adaptación reproductiva de la tolerancia, instituyente de los que denominamos la trampa del inmovilismo. Intentaré una aproximación al asunto desde mi representación profesional.

La génesis de la tolerancia es siempre una situación de conflicto. Puede ser un conflicto más o menos primario, histórico o actual. Puede ser un conflicto en cualquier ámbito -personal, grupal, institucional (aunque con menos certeza profesional, podría decir que también puede ser un conflicto a nivel de toda la sociedad, o a escala internacional). La constante es la situación conflictiva. Así, la tolerancia emerge como una exigencia a la situación de conflicto que amenaza romper la armonía interna del sistema. Descartemos por razones obvias la situación en la que conciente y voluntariamente se desatiende la exigencia. Qué pasa en esa situación de conflicto que demanda tolerancia ? Ubicándonos al nivel del funcionamiento psicológico del individuo, preguntémonos que mecanismos psicológicos se movilizan?

Resolver el conflicto instituyente de la tolerancia es enfrentarse a dos ansiedades o temores básicos del ser humano: la ansiedad depresiva o miedo a la perdida, y junto a ella la ansiedad paranoide o el miedo al ataque. Son, precisamente al decir de Pichón Riviere, las resistencias básales al cambio. Son, parafraseando a Pichón, las resistencias fundamentales a la tolerancia. En alguna medida reconozco en ellas un obstáculo intrapsíquico fundamental para hacerse cargo de la tolerancia como referente comportamental del sujeto, reconozco en ellas una de las causas de la dificultad del ser humano para vérselas con las diferencias (que es también instituyente de la intolerancia). Pero al mismo tiempo, ellas son una invitación, más aún, un impulso impertinente a mantener la misma organización, el mismo nivel y modo de funcionamiento, del sistema. Se conforma así un intento constante de adaptación reproductiva.

Freud en una inversión lógica de genial alcance llamaba la atención sobre el hecho de que el intento de perpetuar era una pulsión retrógrada. Quien intenta mantener las cosas tal y como están las está destruyendo, está obligándolas a un pasaje de ser vivas a ser muertas. El inmovilismo es retrógrado, es destructivo.

La trampa del inmovilismo está en que la tolerancia supone que los niveles de conflicto, de contradicción, disminuyen. Disminuye así la sensación de displacer asociada al conflicto. Luego de ciertas concertaciones, la tolerancia ha permitido un acuerdo que puede estar ubicado, generalmente es así, en los niveles más superficiales que caracterizan la situación, y he aquí que la tolerancia puede devenir acomodamiento. Contribuir a la resistencia al cambio.

Volviendo al funcionamiento psicológico, digamos que la tolerancia se ha convertido en la posibilidad real de sobrepasar los niveles primarios de miedo a la pérdida y al ataque. Se instaura un "mejor funcionamiento", más armónico, más equilibrado, y junto a él se instaura también el intento de defenderlo contra toda posibilidad de cambio.

La trampa del poder.

De todas las trampas que la tolerancia supone, a mi juicio, la más peligrosa y de efecto más nosciva (quizás porque incluye a las anteriores) es aquella que tiene ver con la perpetuación del poder. Hablo, con Foucault, de ese modo de ejercer el poder que tiene que ver con la exclusión, la represión, la censura, sea no sólo con intensiones tanáticas, sino también con supuestas intensiones biofilicas.

El tema del poder esta íntimamente vinculado al tema de la tolerancia desde su origen mismo, asociado al siglo XVI y a las guerras de religión entre católicos y protestantes. Quizás la mayor descubierta de la época es que se tolera lo que no puede impedirse, y es contextualmente la tolerancia un modo de preservar el poder y estratégicamente una posibilidad de ejercerlo intolerantemente cuando las relaciones de fuerza cambien. De esto la historia de la humanidad nos dá más de una lección.

La situación es clara ya en la conocida Carta sobre la Tolerancia de Locke, y también desde antes.

Volvamos a lo dicho en un párrafo anterior. La tolerancia supone alguien que tolera y alguien que es tolerado. Una pregunta se impone: Es siempre posible saber quién ha de ser uno y quién el otro? Alguien, quizás con demasiado nihilismo, dijo que nunca se sabe quién tiene la razón, pero siempre se sabe quién manda, y resulta ésta una definición axiológica fundamental de ese poder al que hacemos referencia. Desde una posición de poder, desde un modo de ejercer el poder autocráticamente, la tolerancia es una farsa. Peor aún, la tolerancia del poder autocrático es "intolerancia disfrazada" a veces de condescendencia, otras de normas y pautas de conducta, y su juego es un juego lleno de trampas que lo perpetúan. Se olvida intencionalmente o no que, como decía Roussel, la tolerancia que debemos a nuestros semejantes no es una condescendencia, un plazo indulgentemente acordado a los que no piensan como nosotros, para que se corrijan. Es un deber estricto y una necesidad.

Pero si reproductiva, y por tanto retrógrada, es la farsa de la tolerancia del poder autocrático, no menos podría decirse del juego de la tolerancia del excluido, de aquel sobre quién recaen los efectos del poder. No hay mal que dure cien años, dice la sabiduría popular, y podríamos agregar: a no ser que haya alguien que lo tolere. Eso mismo sucede con el poder, cualquiera que éste sea, en cualquier ámbito de la vida en que se exprese.

La tolerancia del excluido suele ser miedo, subestimación, falsa comprensión de los compromisos, en síntesis "elaboraciones fantasmáticas", al decir de Lacán. Y también puede ser comodidad, servilismo. En cualquier caso es también una pseudotolerancia.

La trampa de las trampas.

Parecería desde lo dicho anteriormente, que la mejor decisión sería desechar la noción de tolerancia y así todas las trampas que esconde, no sólo las aquí señaladas, sino también otras que por razones de espacio no he mencionado. Pero precisamente el denominar el análisis de "alertas", es declarar el intento de salvaguardar la tolerancia. Aún inspirada en diversos motivos, no todos constructivos, la tolerancia es una necesidad. Negarlo sería caer en la trampa de las trampas.

En calidad de qué resguardar la tolerancia? Cómo entenderla constructiva y productivamente?

Mi primera respuesta es si se quiere un tanto pragmática: la tolerancia es una táctica. En este sentido, al decir de Abauzit, no es evidentemente un ideal; no es un máximo, es un mínimo. Pero uno de sus valores indiscutibles reside en el hecho de que la tolerancia garantiza un clima, un espacio subjetivo y objetivo, dentro del cual se puede convocar a la escucha, al respeto, se hace posible un acercarse a situaciones de conflicto de un modo más efectivamente encaminado a su solución. Estoy convencido que la tolerancia es una táctica necesaria e imprescindible dentro de la estrategia que es la ética humanista.

En segundo lugar, una comprensión y, lo que es quizás más importante aún, un modo comportamental productivo de la tolerancia es loable o tiende a serlo, si se establece el mismo atendiendo a ciertos principios estructurales y funcionales. Algunos de ellos son:

  1. La disposición a la concesión y a la relación transaccional.
  2. El mantenimiento de una equidad, que supone que la relación costo/ beneficio tiende a ser la misma.
  3. El establecimiento de una relación de poder participativo y plural.
  4. El encuentro y la priorización de interéses comunes.
  5. El libre ejercicio de la contradicción y la diferencia.

Como se puede observar, no se trata más que de ciertas normas comportamentales que no incluyen directamente, en lo fundamental, contenidos cosmovisivos, ideológicos, etc. Esta sería a mi juicio, una condición básica para que la tolerancia se explicite como posibilidad real de comportamiento para individuos, grupos o instituciones.

El valor táctico de la tolerancia se asocia al hecho de que andar es el único modo de llegar. Con ésto quiero significar dos cosas. Por una parte, que el avance hacia niveles de desarrollo espiritual, ético del ser humano ha de ser, y de hecho es, un proceso escalonado y, parafraseando a Marx, en espiral. No se puede pretender violentar leyes muy profundas y establecidas del funcionamiento humano. No se pueden violentar límites reales que, aunque históricos y contextuales, demarcan posibilidades e imposibilidades. Facilitar, favorecer, no son sinónimos de violentar. La tolerancia es un facilitador por excelencia, es un modo de andar con todas las posibilidades de llegar.

Por otra parte, y son muchos los testimonios que lo ratificarían, el modo de andar llega a convertirse en modo de ser. Repito con Machado que "el andar se hace camino". El comportamiento tolerante al sentar su base en los principios antes señalados y consolidarse como referente, desarticula las causas que generaron su propia necesidad y deja de tener sentido habiéndose logrado entonces un nuevo estadío.

Limites de la tolerancia.

Una reflexión critica sobre la tolerancia no podría dejar pasar por alto al menos una referencia elemental al asunto de los límites.

Aparentemente el tema es si todo ha de ser o puede ser tolerado. Visto así, estamos ante una ilusión de alternativas. La respuesta a los límites de la tolerancia sería sólo posible desde la perspectiva de la intolerancia.

Al mismo tiempo, la mistificación de la tolerancia como recurso probable para el enfrentamiento de cualquier tipo de suceso es, cuando menos, peligrosa. En ocasiones testifica acerca de las trampas antes mencionadas, y puede convertirse en un factor de manipulación y control.

Otra es la comprensión si reconocemos puntos de restricción y admitimos de que no es posible hablar de tolerancia cuando está en juego la sobrevivencia, cuando se trata de la desconsideración y el irrespeto a los derechos fundamentales del ser humano. No es de tolerancia de lo que ha de tratarse si se está en el campo de la sobrevivencia de la especie. La tolerancia no es para oponerse a la destrucción.

El discurso de la tolerancia es necesario ubicarlo sobre todo en los límites de lo emocional, lo actitudinal y lo intelectivo asociado a las conformaciones históricas y culturales de la subjetividad. Desde Vygotsky, es útil pensar que la tolerancia es para una suerte de "zona de desarrollo próximo", es decir, para aquello que está en el límite de lo probable, de lo potencial no actualizado, de lo inhibido u obstaculizado por las represiones, las resistencias, ya sea por estar asociado a prejuicios, pseudocreencias, hábitos comportamentales, etc., o también por estereotipos, convicciones caducas, ausencia de otros referentes. No es ésto de modo alguno pretender un listado exacto de cuándo la tolerancia es justificada y válida, es sobre todo la ubicación de un contexto para pensarla y asumirla.

Con ésto también es necesario explicitar que la tolerancia, sus expresiones y viscisitudes, tiene sus especificidades para los diferentes ámbitos en que tiene lugar. Así, al interno de la conciencia individual, en el plano intrapsicológico, tiene perfiles peculiares distintos a los de su modo de existencia en las relaciones interpersonales, en el plano interpsicológico. Esto, insisto, es válido para cada uno de sus espacios - individual, grupal, institucional, social ,etc.-.

Lo dicho anteriormente, es de suma importancia porque nos remite a su carácter particular, en ocasiones hasta fragmentario. El hecho de "ser tolerante" en un espacio comportamental determinado, no significa directamente que se sea en otro. Dominar el arte de la tolerancia para una situación, un tipo de conflicto, una clase de suceso, no quiere decir para nada que inevitablemente sea asi en otro momento, en otra situación. Incluso porque la tolerancia es ante todo una "dimensión subjetiva", lo que quiere decir que es de un sujeto (sujeto individual o colectivo), y ésto supone posible variabilidad.

Tolerancia , "est-etica" de la diferencia y contradicción.

Acercándome al final de ésta contribución al tema de la tolerancia, me permito lo que pudiera ser una marcha atrás en la lógica discursiva.

El gran "leitmotiv" de la Tolerancia es el tema de la diferencia. La relación con lo diferente, lo distinto, es algo así como el lado obscuro de la alteridad. Lo diverso es inherente a la vida, la vida es diversidad, sin embargo, la diversidad es y ha sido fuente de conflicto, es y ha sido fuente de exclusión. A nivel incluso psicológico, la construcción de la identidad pasa por la diferenciación, por el establecimiento de la unicidad: para ser un "yo" tengo que ser distinto de un "otro". Los modos de establecer esa "diferencia" están marcados culturalmente, desde una ideología, y desde una lógica esencialmente cartesiana en cuanto dualista. Los juicios de valor son dualistas, la estética es dualista (lo bello-lo feo; lo bueno-lo malo; etc.). Las elaboraciones lingüísticas, instituyentes de lo psíquico específicamente humano, son en lo fundamental dualistas (narra Galeano que para definir el lenguaje que dice la verdad los pescadores de la costa colombiana inventaron la palabra "sentipensante"). Es desde una cierta "antonimia figurativa" que, como tendencia, se construye la percepción, la valoración de algo.

Sobre ésta base, las prácticas del poder autocrático - la exclusión, la marginación, la represión, y también el paternalismo, por sólo señalar algunas -, han creado la ilusión de que ciertas diferencias marcan límites estrictos y reales en todos los ámbitos entre algo que resulta "lo adecuado" y algo que resulta "lo inadecuado", poniendo así el énfasis precisamente en la comprensión de lo diferente como defecto, como falta, como lo que hay que esconder o hacer desaparecer. Esto último se enfatiza cuando a la teoría de la diferencia, s e le carga la de la amenaza. Se crea así lo que llamaría una "est-ética" de la diferencia, y consecuentemente, una práctica reconstitutiva del poder. Testimonio de ésto que digo pueden darlo los grupos marginados por dichas prácticas - homosexuales, enfermos mentales, discapacitados, minorías étnicas, las mujeres, grupos raciales, libre pensadores, conflictivos, y muchos más que harían una lista interminable.

En más de una ocasión, la apelación a la tolerancia ha sido la apelación a una "aceptación de las diferencias", a un saber convivir con la diferencia. En mi opinión, la limitación de la tolerancia a la aceptación de las diferencias es algo así como la conocida "oración" con las que se dice que Perls iniciaba sus grupos guestálticos de psicoterapia: Yo hago mis cosas , y tu haces las tuyas. No estoy en éste mundo para cumplir tus expectativas , ni tu estás para cumplir las mías. Tu eres Tu, y Yo soy Yo. Si por casualidad nos encontramos, será hermoso. Si no, entonces no hay nada que hacer. Una suerte de "desarrollo" más justo y enriquecido de la est-ética de la diferencia. Cada uno en su lugar.

Si de asumir algo se trata, es precisamente la contradicción lo que hay que asumir. El reto central de la tolerancia, de su posibilidad de convertirse en una práctica cotidiana, es desmistificar la representación de la contradicción como amenaza, la falsa certeza de que la contradicción es caos, destrucción.

En las mejores tradiciones del pensamiento antiguo y del marxista, en toda construcción cientifico-natural desde Darwin y hasta Hawking, la contradicción es fuente de movimiento, de cambio, de desarrollo. Es cierto que no toda contradicción supone desarrollo, pero no hay desarrollo sin contradicción. Nada de todo lo hermoso y grande que ha realizado la humanidad se logró sin pasar por la contradicción. La tolerancia ha de ser entonces, por sobre todas las cosas, tolerancia al encuentro de las diferencias, al choque de lo distinto. Y esto supone, desde lo histórico constituido en nuestra subjetividad, malestar, ansiedad, desasosiego, sentimientos de desprotección. Entonces también la tolerancia para esos sentimientos íntimos que nos fragilizan contextualmente para hacernos crecer en la perspectiva temporal.

Goethe dijo que saberlo no es suficiente, hay que aplicarlo. Estar dispuesto no es todo, hay que hacerlo. La tolerancia no es un paradigma para predicar, o para un discurso utópico sobre el mañana, entre otras cosas porque ese mañana está comprometido desde el hoy. La tolerancia es un acto concreto para el presente, un acto de profundo sentido existencial y humano, y es también una prueba impostergable a la capacidad humana de amar y ser amado.

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