CTI - UMA EXPERIÊNCIA RUIM ©

 

SUSANA ALAMY

Psicóloga Clínica e Hospitalar

 

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 Un malestar súbito. Escalofrios, debilidad muscular, temblores difusos, sin control. Se deja de ser dueño de si mismo en este instante, cuando el cuerpo diverge de lo que se puede querer con la razón y el corazón. Cuando el cuerpo no obedece más y se desvia del patrón de normalidad al que se está acostumbrado.

Viene el internamiento. Un hospital – de la mejor calidad, escogido a dedo por sus familiares - donde se debe permanecer hasta que el médico dé la orden del alta. Pero, es un lugar frío, impersonal, sin colores, sin cuadros en las paredes, sin vida (sin vida para salvar vidas, no se comprende muy bien).

En la habitación aún los familiares, las pertenencias personales, a su gusto siendo satisfecho en la medida de lo posible y dentro de las órdenes médicas, las visitas y las llamadas telefónicas. Aún se oyen risas, voces, conversaciones.

Inestabilidad en el cuadro clínico, completa perdida de poder sobre el cuerpo y sobre la voluntad. Respuestas no esperadas del cuerpo, de lo orgánico, de la hemodinámica. Toda la parafernalia a disposición: tubos, oxigeno, suero, y hasta una campana para llamar a la enfermera.

No es bastante. Se carece de una atención más intensiva. Traslado para el Centro de Tratamiento Intensivo - CTI. Se pasa a tener una atención más “dolorosa” en este momento. Duele estar solo. Duele estar lejos de la familia y de los amigos. Duele estar sin referencia, sin ninguna pertenencia que pudiera identificarlo. Duele para el paciente y para su familia.

El paciente allá dentro, completamente protegido de los virus, de las bacterias, de los hongos, de las contaminaciones diversas. Protegido, también, del cariño, del amor. Colocado en una redoma fría y monótona, distanciado del mundo caluroso de los contactos humanos.

La familia del lado de fuera, a llorar (sin saber que el paciente allá dentro también llora y llora solo) imaginando el dolor del enfermo y sintiendo su propio dolor.

Son dolores. Dolores sordos, que hacen eco en el alma y se expresan en las lágrimas, en los latidos cardíacos, en el pulso de la tristeza. Que se hacen notar en los ojos caidos, en la mirada baja, en la reducción del tono muscular.

No. No puede ser aquel lugar un lugar apropiado. No puede ser aquel lugar un lugar que restaura las ganas de vivir. Tal vez sea apenas un lugar que sirva para aproximar a la persona enferma a Dios, porque solo El puede permanecer allí, junto a él y con las manos dadas todo el tiempo, a velar en silencio el sueño inducido de quien sufre.


Um mal-estar súbito. Calafrios, fraqueza muscular, tremores difusos, sem controle. Deixa-se de ser dono de si mesmo neste instante, quando o corpo diverge do que se pode querer com a razão e o coração. Quando o corpo não obedece mais e se desvia do padrão de normalidade a que se está acostumado. 

Vem a internação. Um hospital - da melhor qualidade, escolhido a dedo pelos familiares - onde se deve permanecer até que o médico dê a ordem da alta. Mas, é um lugar frio, impessoal, sem cores, sem quadros nas paredes, sem vida (sem vida para salvar vidas, não se compreende muito bem). 

No apartamento ainda os familiares, os pertences pessoais, a vontade sendo satisfeita na medida do possível e dentro das ordens médicas, as visitas e os telefonemas. Ainda se ouve risos, vozes, conversas. 

Instabilidade no quadro clínico, completa perda de poder sobre o corpo e sobre a vontade. Respostas não esperadas do corpo, do orgânico, da hemodinâmica. Toda a parafernália à disposição: tubos, oxigênio, soro, e até uma campainha para chamar a enfermagem. 

Não é o bastante. Carece-se de uma atenção mais intensiva. Transferência para o Centro de Tratamento Intensivo - CTI. Passa-se a ter uma atenção mais dolorida neste momento. Dói estar só. Dói estar longe da família e dos amigos. Dói estar sem referência, sem nenhum pertence que poderia identificá-lo. Dói para o paciente e para sua família. 

O paciente lá dentro, completamente protegido dos vírus, das bactérias, dos vermes, das contaminações diversas. Protegido, também, do carinho, do amor. Colocado em uma redoma fria e monótona, distante do mundo caloroso dos contatos humanos. 

A família do lado de fora, a chorar (sem saber que o paciente lá dentro também chora e chora sozinho) imaginando a dor do doente e sentindo a sua própria dor. 

São dores. Dores surdas, que ecoam na alma e se expressam nas lágrimas, nos batimentos cardíacos, na pulsação da tristeza. Que se fazem notar nos olhos caídos, no olhar baixo, na redução do tônus muscular. 

Não. Não pode ser aquele lugar um lugar apropriado. Não pode ser aquele lugar um lugar que restaura a vontade de viver. Talvez seja apenas um lugar que sirva para aproximar a pessoa doente de Deus, porque só Ele pode permanecer ali, junto e de mãos dadas todo o tempo, a velar em silêncio o sono induzido de quem sofre. 


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