Hamelin, Un Ensayo sobre Fanatismo, abuso emocional y manipulación psicológica en grupos sectarios

5. A propósito del "lavado de cerebro"

Por: Juan Manuel Otero Barrigón

La popular expresión “lavado de cerebro”, ya incorporada al imaginario popular y utilizada a posteriori en diversos contextos y para ilustrar diversidad de situaciones, fue empleada especialmente por distintos estudiosos del fenómeno sectario entre las décadas del 70´/90´ para referirse al estado de completa sumisión emocional, intelectual, ideológica y social de los miembros sectarios frente a los dictados del grupo. En realidad, la expresión tiene su origen en el periodismo de guerra de los años cincuenta. Edward Hunter, un periodista norteamericano, publicó en 1951 el libro “Lavado de cerebro en China roja”, donde instaló la expresión para describir el cambio en la escala de valores y lealtades que los soldados norteamericanos experimentaban inicialmente al ser capturados por el enemigo durante la guerra de Corea, como así también la presión que sufrían para confesar crímenes inexistentes. Decimos inicialmente, dado que la posterior  liberación de los soldados y su regreso al entorno familiar y social propio de su patria de origen, los llevaba a retornar a sus convicciones anteriores sin que mediara presión o coacción alguna. Deben señalarse, además, tres diferencias fundamentales respecto al lavado de cerebro descripto por Hunter y “sufrido” por los soldados norteamericanos de aquel denunciado por los otrora estudiosos del fenómeno sectario. En primer lugar, en los casos descriptos por Hunter se trataba de un proceso claramente coercitivo, dado que el soldado capturado sabía desde el comienzo que se encontraba en manos del enemigo. Además, existía una clara demarcación de roles, secuestrador/secuestrado. Por el contrario, y como ya señaláramos, el ingreso a un grupo sectario está mediado por la experiencia del engaño, y el consecuente desconocimiento de estar posicionado en una situación desventajosa frente al grupo. Finalmente, y lo que es cierto, muchos soldados eran sometidos a malos tratos y procedimientos de tortura físicos, algo que no es norma y que sólo en ocasiones ocurre en los grupos abusivos. 

Históricamente, ante fenómenos incomprensibles para la mentalidad de la época, frecuentemente se recurrió a poderes ocultos como explicación, y a la persecución para combatirlos. En la Edad Media, y mucho más cerca en el tiempo también, se hablaba de encantamientos, brujerías o hechizos. Ya entrado el siglo XX, esas etiquetas cedieron su lugar a expresiones modernas, siendo la del “lavado de cerebro” una de las más populares. En los años ochenta, con el auge de la era de la informática, se pasó a hablar de fenómenos de “programación” en los jóvenes captados por estos grupos, que a su vez debían ser combatidos mediante procesos de “desprogramación”. 

En la actualidad la expresión lavado de cerebro ya es parte de la cultura popular y se la emplea extensivamente para aludir a situaciones de lo más diversas. Su cariz negativo y estigmatizador sirve, por ejemplo, para decir que a una persona se le ha lavado el cerebro sólo con el fin de desacreditar sus ideas y pensamientos. Se suele también decir que la publicidad le “lava el cerebro” a los consumidores para hacerlos adictos a sus productos. También el cine ha basado muchas de sus historias en este tema. Por ejemplo, una película de culto como “La Naranja Mecánica”, de Stanley Kubrick, inventó la ficticia Terapia de Ludovico , copia artística del condicionamiento clásico de Iván Pavlov, y consistente en la inducción de aversión asistida mediante drogas y estímulos físicos a la que es sometida su protagonista, Alex DeLarge (interpretado por el británico Malcom MacDowell). La Terapia de Ludovico no es sino una terapia de reforma global del pensamiento y la conducta, un auténtico lavado de cerebro en el sentido más clásico de la expresión.   De cualquier manera, aunque en la cultura popular se ve el lavado de cerebro desde una perspectiva psicológica, la psicología contemporánea evita el término fundamentalmente dado su alto grado de vaguedad e imprecisión.  En 1987 la American Psychological Association, luego de una investigación solicitada por algunos psicólogos cercanos al movimiento antisectas, decidió en un documento que las teorías del lavado de cerebro aplicadas a los nuevos movimientos religiosos no eran científicas y no podían ser citadas como tales. Esta decisión tuvo un fuerte impacto en los Estados Unidos, y llevó en la década de los noventa a los tribunales americanos a condenar con severidad a los denominados “desprogramadores”. El traspié en 1996 de la otrora más importante organización anti-sectas mundial, la Cult Awareness Network, después de una dura condena por un caso de desprogramación, fue emblemático de la crisis del movimiento antisectas en el país del Norte.  El paso de los años fue dando lugar a que en la jerga psicológica y psiquiátrica comenzara a optarse por hacer uso de otras expresiones, tales como “control mental” o “persuasión coercitiva”, todas expresiones asumidas como de “segunda generación”, es decir, posteriores a las críticas que señalaron como carente de cientificidad la expresión “lavado de cerebro”. No obstante, algunos detractores del llamado movimiento antisectas, vieron en esta jugada un simple intento por mantener, bajo nuevas etiquetas, el mismo contenido de fondo.

Alex DeLarge

Alex DeLarge es un joven sociópata amante de la violencia, y líder de una pandilla responsable de distintos crímenes. Arrestado por las autoridades, es sometido a una “innovadora” terapia de reforma de la conducta y del pensamiento con el fin de inculcarle sentimientos de aversión frente a toda forma de agresión.  Célebre obra de culto, “La Naranja Mecánica” reflejó como pocas la concepción clásica, y más dura, del lavado de cerebro.

En relación al fenómeno sectario, el paradigma del lavado de cerebro imperante a lo largo de las primeras décadas de estudio sobre el tema, se corresponde con un modelo de conversión drástica y automática, que es compatible con lo que los teólogos denominaron modelo de conversión paulina. La tradicional imagen de la conversión del apóstol Pablo, relatada en el libro bíblico de los Hechos, da cuenta de un giro de ciento ochenta grados en la actitud, vocación y misión de quien de judío fervoroso perseguidor de cristianos pasó a ser el principal misionero y exponente del mensaje de Jesucristo, aún cuando no había conocido a este  en forma personal. Bellamente inmortalizada en el célebre cuadro de Caravaggio, la escena bíblica nos relata que dirigiéndose a Damasco tras haber recibido de las autoridades judías el mandato de perseguir a los cristianos que vivían en el lugar, un resplandor del cielo (que sólo él vió) le hizo caer de su caballo dejándolo ciego mientras oía una voz que decía “Saulo, Saulo, por qué me persigues” (Saulo era su nombre hebreo). Luego de esta fuerte vivencia, Pablo se encontró en Damasco con Ananías, quien imponiéndole las manos le devolvió la vista. Posteriormente, Pablo fue bautizado. Su vida ya no sería la misma. Su misión tampoco. Pablo se había convertido, casi sin mediar proceso alguno. De allí que la expresión camino a Damasco  haya sido, durante mucho tiempo, sinónimo de conversión.  En síntesis, el “modelo de conversión paulina” propone un cambio súbito, dramático de las creencias religiosas del individuo, y que transforma radicalmente su vida. Con anclaje en la hermenéutica teológica, luego fue influido por teorías sociales que retrataban a los conversos como sujetos pasivos quienes, a raíz de sus características sociales o psicológicas, mostraban una particular predisposición a integrarse a nuevos grupos religiosos.

La conversión de San Pablo

“La conversión de San Pablo”, según Caravaggio. Modelo tradicional de conversión religiosa, en el lenguaje bíblico la palabra metanoia dice más que el término «conversión» según su acepción moderna de paso de una convicción  o de una conducta a otra, ya que en la Biblia encierra la idea de permanencia que surge de la nueva orientación existencial que provoca.

No obstante, posteriores estudios sobre el fenómeno de la conversión, como el propuesto por Lofland y Stark en 1965, comenzaron a considerar otros factores intervinientes en la asunción de nuevas identidades religiosas, subrayando con mayor fuerza el carácter interaccional inherente al proceso de conversión. Estos estudios abrieron las puertas a nuevas indagaciones y reflexiones, como las propuestas por modelos basados en el interaccionismo simbólico, que además de enfatizar la importancia de los vínculos emocionales y la interacción intensa con los miembros del grupo para facilitar la integración al mismo, subrayan la modificación en la identidad personal subjetiva en cuyo proceso el individuo participa constructivamente, y ya no como un mero agente pasivo de fuerzas externas que lo invaden. 

Dados los numerosos desarrollos sobre el tema realizados en el campo de la antropología, la sociología y la psicología de la religión, resulta difícil sostener hoy en día antiguos modelos explicativos como el paulino, lo cual contribuye a desmitificar la mirada que popularmente muchos tienen hacia los grupos sectarios. Quienes son asimilados al grupo, participan activamente del proceso que los lleva a formar parte. Sin embargo, y dada la condición previa y ya señalada del engaño en la captación, el uso de técnicas de manipulación y control, y la carencia de información plena que garantice el conocimiento real sobre las metas y objetivos que el grupo persigue, quien resulta captado, no pierde su condición de víctima. Pocas personas se convierten en miembros de grupos sectarios por propia voluntad, disponiendo desde el comienzo de la información necesaria respecto a los objetivos y fines del grupo, y lo que este espera de sus miembros. Idea fuerza: quien es abordado por un grupo abusivo desconoce inicialmente cuales son realmente las ideas, creencias y relaciones del grupo, a través de que medios o prácticas pretenden llevar a cabo sus fines, y cual será exactamente el papel que desempeñará uno en esa dirección.

Entre las técnicas de manipulación y control más empleadas por grupos sectarios abusivos, sin dudas una altamente eficaz por el impacto emocional que provoca es la denominada Love Bombing o Bombardeo de amor. Inicialmente atribuida a la Iglesia de la Unificación de Sun Myung Moon, pero popularizada luego en distintos grupos y con algunas variantes, esta eficaz técnica de sensibilización psicoafectiva provoca en aquella persona que se asoma a un grupo por primera vez, un verdadero sentimiento de familiaridad y pertenencia, donde todos le brindan excesiva atención y cariño, abrazos y demostraciones de afecto, sentimientos y sensaciones de fuerte impacto emotivo, sobre todo para aquellas personas que se acercaron al grupo en momentos de vulnerabilidad, baja autoestima o que simplemente están atravesando una crisis vital. La premisa sería: “Te amamos por ser vos”. La persona sujeto de este ‘bombardeo de amor’ se siente inesperadamente uno de los seres mas queridos del mundo. Los principios, doctrinas, creencias o ideas del grupo suelen tener inicialmente un valor secundario. Quien decide continuar su contacto con el grupo, luego de una primera reunión o encuentro, suele hacerlo por lo general motivado por razones de índole emocional antes que lógicas o teóricas, argumentando genuinamente haberse sentido muy contenida, querida y valorada por ese grupo humano dador de tanto afecto y adulación. El reforzamiento poderoso que supone el Love Bombing, apunta a “allanar” el camino, a crear las condiciones indispensables y el estado de susceptibilidad y receptividad necesarios que permitirán luego dar lugar al progresivo avance (y condicionamiento) del grupo sobre la persona. 

Al principio, a los posibles miembros solo se les hacen pedidos mínimos, casi insignificantes: asistir a reuniones, escuchar charlas; despúes llegan peticiones mayores: participar activamente en las reuniones, hablar sobre sus vivencias, miedos y deseos; y posteriormente, van a tener lugar peticiones más grandes: donar dinero al grupo, acercar a otras personas al movimiento. Por último, las demandas se vuelven radicales, abandonar el trabajo, renunciar al círculo de relaciones sociales, dedicar la vida enteramente al grupo. Este es el llamado efecto del pie en la puerta, estudiado por la psicología social. Acceder a pedidos mínimos al principio produce un compromiso público con el grupo, lo que aumenta la probabilidad de acceder luego a pedidos mayores. 

La repetición juega un rol clave. Cuando la información provista por el grupo se escucha de manera repetida, adquiere un aura de legitimidad. A través de mecanismos sencillos como la simple exposición, la familiaridad se traduce en actitudes positivas hacia el material, hacia el líder y hacia los miembros del grupo.

Negar la privacidad suele ser algo común, sobre todo en las primeras instancias de intercambio grupal. Cuando los miembros no participan en actividades conjuntas, casi siempre están acompañados por al menos otro miembro del grupo. Si esto no es posible, ya que la persona no vive dentro de la comunidad o realiza otro tipo de actividades por fuera de ella, se intentará al menos que aún en esos momentos de distanciamiento, los pensamientos y la actividad que desarrolle el miembro del grupo giren en torno a la dinámica del grupo abusivo. De esta manera, trata de limitarse al máximo posible la posibilidad de meditar en calma (y en auténtica soledad) respecto a la cantidad de estímulos e información provistos por el grupo, discriminando aquello con lo que está de acuerdo de eso otro con lo que no coincide o tiene dudas. La aceptación ciega es la norma.  Hay que “pensar menos, y entregarse más”, se plantea. 

La negación de la privacidad corre paralela al aislamiento. En el año 1971 se hizo un experimento en Estados Unidos, con el fin de investigar la influencia que podía tener en las personas la asignación de un rol. Lo llevó adelante el psiquiatra Philip Zimbardo, de la Universidad de Standford. Se reproducía una situación similar a una prisión. El experimentador trabajó con voluntarios a quienes midió previamente su salud mental con varios tests, y les hizo una propuesta clara de lo que pretendía, que era reproducir una situación real de prisión formando el grupo de los carceleros y el de los reclusos. Los grupos se conformaron de manera tal que no hubiese diferencias significativas. Sin embargo, el experimento tuvo que ser clausurado a los pocos días porque los participantes se habían mimetizado de tal manera en los roles que se generaron conflictos, peleas y amenazas de agresiones. 

Vinculado a esto, se encuentra la programación estricta de las actividades de los posibles miembros. Charlas, debates en grupo, conferencias, prácticas están estructuradas de manera tal que la persona pierda oportunidad de reflexión tranquila acerca de lo que pasa. La estructura sirve para quitar el poder de toma de decisiones y transferirlo al grupo. 

La presión social que el grupo ejerce sobre los nuevos miembros apunta a vencer las resistencias iniciales, enfatizando la necesidad de pertenecer. Entre 1951 y 1955, el psicólogo estadounidense Solomon Asch desarrolló una serie de experimentos pioneros en psicología social, buscando mostrar como personales perfectamente normales pueden ser presionadas hasta evidenciar un comportamiento inusual ligado a la fuerza ejercida por las figuras de autoridad, o por el consenso de la opinión de otros que les rodean, aún cuando nos negamos a reconocerla. El diseño experimental consistía básicamente en que Asch pedía a los participantes que respondiesen a unos problemas de percepción. Concretamente solicitaba que los experimentados  indicasen en un conjunto de tres líneas de diferente tamaño cual de ellas se asemejaba más a una línea estándar o de prueba (la de la izquierda en el dibujo).

Réplica de las tarjetas utilizadas por Asch

Réplica de las tarjetas utilizadas por Asch en sus experimentos. La tarjeta de la izquierda es la de referencia o prueba, la de la derecha muestra las líneas comparadas.

Esta sencilla consigna parecería fácil para una persona con un nivel intelectual medio, sin embargo los sujetos experimentales no siempre expresaban la respuesta correcta. Lo que desconocían, era que el experimento no se trataba realmente de una prueba de percepción sino  que buscaba evaluar como la presión de grupo fuerza a variar los juicios. Las pruebas del experimento se realizaban a un grupo de unas seis u ocho personas, de las cuales solo uno era verdaderamente un sujeto experimental ya que los demás (sin saberlo el sujeto experimental) eran cómplices del investigador. Durante algunos de los ensayos de las pruebas los cómplices verbalizaban respuestas claramente erróneas, es decir, elegían de manera unánime una línea equivocada como pareja de la línea de prueba (por ejemplo la línea B en lugar de la C). Además emitían sus respuestas antes de que el verdadero sujeto experimental respondiera. En esta tesitura, muchos de los sujetos experimentales optaron por decir lo mismo que los cómplices del experimentador, es decir, optaron por las respuestas falsas, mostrándose de acuerdo con la respuesta equivocada el 37% de las veces. Por el contrario, solo el 5% de sujetos que respondieron a las mismas preguntas sin cómplices (es decir, sin presión de grupo) cometieron errores. En diferentes estudios el 76% de los sujetos apoyaron las respuestas falsas del grupo al menos una vez, optando por la conformidad social. Vale agregar que cerca de un 25% de las personas evaluadas no cedieron nunca a la presión del grupo. Y que hubo personas que siguieron al grupo en casi todas sus respuestas. En otra serie de experimentos, Asch también pudo comprobar que en ciertas circunstancias, la conformidad social se reducía, como cuando se hacía intervenir en el experimento a otra persona que rompía adrede la unanimidad de juicio existente o también cuando los sujetos evaluados debían emitir sus juicios no en voz alta, sino escribiéndolos en un papel. En el primer caso, se concluía que es más fácil resistir a la presión de grupo cuando en este no existe unanimidad, algo que pensando en los grupos abusivos, es por definición bastante inusual. El segundo caso, es decir, cuando los juicios son emitidos por escrito, señala la relevancia de distinguir entre conformidad pública (hacer o decir lo que hacen o dicen los otros) y la aceptación privada (sentir realmente como los otros). Esto explicaría como en muchas situaciones de nuestra vida cotidiana seguimos normas sociales y nos conformamos (rindiéndonos ante la presión del grupo), pero no por ello mudamos nuestras opiniones personales (esto es, no aceptando íntimamente lo convenido a nivel grupal). Este último aspecto es sumamente importante, dado que cuestionaría la íntima penetración y solidez del aparente bloque monolítico ideológico que supone el paradigma del lavado de cerebro antes mencionado. 

Tenemos, por otro lado, la redefinición del lenguaje, de la que hablara el psiquiatra norteamericano Robert Lifton, con su rol también clave a la hora de consolidar el discurso e imaginario sectario. Se trata de propiciar una reducción o distorsión del vocabulario, alterando el sentido original de ciertas palabras, empleando reiteradamente conceptos, pensamientos, eslóganes, que limitan los procesos mentales habituales, y condicionan el juicio normal. En Alicia a través del espejo, la obra que Lewis Carroll publicó como continuación de Alicia en el país de las maravillas, se puede leer un delicioso diálogo entre Humpty Dumpty, sentado encima de una pared, y la niña, en una lección magistral de semántica y gramática.

- Aquí tienes una gloria.

- No sé qué quiere decir una "gloria" - dijo Alicia.

- Por supuesto que no lo sabes a menos que yo te lo diga. He querido decir "aquí tienes un argumento bien apabullante"- sonrió Humpty Dumpty.

- ¡Pero "gloria" no significa "argumento bien apabullante"!- repuso Alicia.   -Cuando yo utilizo una palabra esa palabra significa exactamente lo que yo decido que signifique ni más ni menos- dijo Humpty Dumpty.

- La cuestión es si puedes hacer que las palabras signifiquen cosas tan diferentes- dijo Alicia.

- La cuestión es, simplemente, quién manda aquí.

Veamos un ejemplo de cómo esto se pone en juego en algunos grupos abusivos de contenido orientalista. En Occidente, solemos considerar al Yoga meramente en su aspecto de disciplina físico-espiritual orientada al logro de la relajación, la paz y el equilibrio interior. Pero de acuerdo a la rica tradición hindú, además de una técnica, el Yoga involucra ante todo, y al mismo tiempo, una filosofía y una psicología acerca del hombre. Su marco teórico espiritual es el Vedanta, la filosofía transmitida en los Vedas (escrituras sagradas hindúes), cuya enseñanza básica es que la naturaleza del hombre es divina. Dios, en tanto realidad esencial, existe en todos los seres, por lo que la religión es la búsqueda del conocimiento personal del Ser, es decir, la búsqueda de Dios dentro del corazón del hombre.  Para alcanzar este objetivo, la tradición vedántica reconoce como válidos diferentes caminos o vías, destacando la importancia del esfuerzo individual a fin de realizar interiormente la propia divinidad.  Son estos caminos o métodos los denominados ‘yogas’ que nos llevan a la unión con lo divino. La sabiduría hindú reconoce, en ese sentido, fundamentalmente cuatro:

  1. Bhakti Yoga: o 'yoga de la devoción', cuya esencia consiste en una relación devocional con la divinidad a través de la oración, el rito y la adoración.
  2. Gnana Yoga: o 'yoga del conocimiento', la disciplina intelectual que conduce a la Realidad única.
  3. Raya Yoga: también llamado 'yoga de la meditación', cuya meta es poner a la mente en sintonía con la divinidad a través de diversos ejercicios de contemplación y  meditación. (De aquí se deriva la práctica tal como es conocida en Occidente).
  4. Karma Yoga: o 'camino de la acción desinteresada'.

Nos interesa ahora, especialmente este último, dado su frecuente utilización y sobre todo, tergiversación en ciertos grupos sectarios abusivos. Originalmente, el Karma Yoga o yoga de las acciones, es concebido como una práctica universal que lleva al practicante a la purificación del espíritu. De acuerdo a la filosofía Vedanta, todas las acciones, buenas o malas, producen resultados, seamos o no concientes de ello. El alma individual (atman) recibe los resultados y las consecuencias de sus acciones anteriores. Este es el fundamento básico de la doctrina de la reencarnación. Cada ser humano nace con su karma, es decir, es resultado de sus acciones anteriores, y se encuentra en este sentido en condiciones particulares de su evolución. Un mal karma hunde al ser humano en un estado de ignorancia, mientras que un buen karma lo impulsa progresivamente hacia su realización y hacia la consecuente ruptura del ciclo de reencarnaciones (rueda del samsara). Por lo que, el propósito inmediato de dicho yoga es impedir la acumulación de efectos kármicos desfavorables e invertir los efectos del karma existente.

El Karma Yoga es considerado por todos los sistemas filosóficos de la India como una disciplina fundamental, en la que lo esencial es el cumplimiento del Dharma (‘deberes religiosos), manteniendo una actitud de desapego frente a los resultados de las acciones. La enorme epopeya del Mahabharata relata como los hombres que realizan bien sus deberes alcanzan su conocimiento espiritual y llegan así a la realización. Este clásico hindú, comparable en Occidente a la Ilíada de Homero,  cuenta por ejemplo la historia de un carnicero que pertenecía a una casta inferior y que aunque hubiera podido considerar sus condiciones de existencia desfavorables para su vida espiritual, logró cumplir tan bien su deber que alcanzó la liberación, por medio de la acción no egoísta hacia los demás, tan solo ofrendada a la divinidad.

El Bhagavad Gita, que establece los fundamentos de dicho camino, recomienda:

Sé desprendido y cumple la acción que constituye tu deber, ya que cumpliendo la acción de modo desprendido el hombre alcanza lo Supremo”. (BG, III, 19).

Ahora bien, cuando indagamos en la dinámica de manipulación y abuso instrumentada por grupos sectarios de contenido y doctrinas orientales es común observar la relevancia que la práctica del ‘karma yoga’ adquiere para muchos de estos grupos. Claro que, hay que aclararlo, poco tiene que ver con el espíritu del método concebido originalmente en la tradición hindú. Para el Vedanta, como hemos visto, el Karma Yoga es un camino de liberación, que involucra la acción desinteresada hacia los demás y ofrecida a Dios, libre de motivaciones egoístas y de apego a los resultados, pero que nada tiene que ver con la sujeción total a  una autoridad encarnada en la figura de un líder o maestro autoproclamado, y cuyo ejercicio se circunscriba, además, y tal como ocurre en los grupos abusivos, al solo marco grupal que la promueve.

En los grupos abusivos, el ‘karma yoga’ suele ser tergiversado para ser reinterpretado en términos de ‘servicio’ exclusivo al grupo, lo que en la práctica se traduce como trabajo gratuito para este. Con frecuencia el miembro, tras realizar los primeros cursos o seminarios que se le proponen, se ve seducido por el grupo y especialmente por su líder, a incrementar el nivel de dedicación y compromiso en su propio “desarrollo espiritual”, con la justificación que brinda el ‘karma yoga’ distorsionado por el grupo sectario , y que lleva al miembro a encontrarse, progresivamente, dedicado exclusivamente al grupo, a cambio de un fuerte sentido de pertenencia y de la convicción, inducida a través del engaño, de estar en una  senda genuina de crecimiento y liberación interior.

A veces, cuando estos grupos sectarios son denunciados ante la Justicia, dicha práctica suele estar en la base del fundamento para la acusación formal por ‘reduccion a la servidumbre’.

Si se busca la infravaloración del miembro del grupo, fomentando su sentimiento de culpa ante ideales de pureza inalcanzables y  frente a los cuales siempre estará en falta, se va creando el terreno para habilitar procedimientos punitorios por parte del líder, animando incluso el autocastigo, en detrimento de la autoestima del miembro. 

Una persona cualquiera tiene, en casos saludables, varios pilares sobre los cuales sostenerse; el trabajo, las amistades, la pareja, la familia, sus intereses personales, etc. Pero si renuncia a todo ello en aras del “formar parte” va a ser muy vulnerable y fácil de manipular, convirtiéndose su nuevo pilar en el centro absoluto de su vida. Todos necesitamos puntos de referencia a los cuales aferrarnos, especialmente en momentos difíciles. La diversidad de estos es positiva, en tanto enriquece nuestras perspectivas y promueve el desarrollo de nuevas posibilidades. Cuando el único punto de referencia disponible es el del grupo (vía el aislamiento y el fomento de un sentimiento de exclusividad), perder al grupo es perderlo todo. 

La creación de ambientes totalitarios en los cuales el pensamiento colectivo suplante al individual, lejos está de ser una quimera o un producto de la ciencia ficción. Durante la primera semana de abril del año 1967, Steve Conigio un estudiante de secundaria como cualquier otro, le planteó al profesor Ron Jones, la siguiente pregunta: “¿Cómo pudo el pueblo alemán, el ciudadano común, alegar ignorancia sobre lo que estaba pasando con los judíos?” Jones, profesor de historia universal de un instituto de Palo Alto, California se propuso entonces demostrarle a sus incrédulos alumnos como era posible que hubiera prosperado un movimiento político-social racista y genocida como el de Adolf Hitler. Para tal fin, pasó del método didáctico habitual a un método de aprendizaje basado en la experiencia. Comenzó anunciando en clase que a la semana siguiente simularían algunos aspectos de la experiencia alemana. Primero, Jones estableció normas nuevas y muy rígidas para la clase, que debían ser obedecidas sin disensos. Todas las respuestas se debían limitar a tres palabras o menos y tenían que ir precedidas por la palabra “señor”, con la obligación de que el alumno se pusiera de pie al lado de su pupitre. Dado que nadie se opuso a esta y otras normas arbitrarias que se fueron sucediendo, el clima del aula empezó a cambiar. Los alumnos más inteligentes, con mayores recursos verbales, perdieron sus lugares de privilegio, y los que tenían menos aptitudes verbales y más presencia física tomaron protagonismo. El movimiento del aula fue bautizado con el nombre de “Tercera Ola”. Se introdujo un saludo con la mano ahuecada junto con eslóganes o consignas que se tenían que gritar al unísono cuando era ordenado. Cada día había un eslogan nuevo: “La fuerza es fruto de la disciplina”, “La fuerza es fruto de la comunidad”, “La fuerza es fruto de la acción”, y “La fuerza es fruto del orgullo”. Una forma secreta de estrechar la mano identificaba a los camaradas, y era obligatorio denunciar a los críticos y a los rebeldes por “traidores”. Instituidos los eslóganes, se pasó a la acción: se diseñaron estandartes que colgaron por todo el centro, reclutaron miembros nuevos, enseñaron a otros alumnos las posturas obligatorias, etc. El núcleo original, que incluía a veinte alumnos, creció hasta extenderse a más de cien seguidores de la Tercera Ola y los alumnos terminaron adueñándose de la situación. Crearon credenciales especiales para los afiliados.

Ordenaron apartar de la clase a algunos de los estudiantes más destacados y los miembros de la nueva camarilla, que estaban fascinados con lo que ocurría, maltrataban a esos compañeros de clase mientras los expulsaban. Posteriormente, Jones dijo a sus seguidores que formaban parte de un movimiento más amplio, de escala nacional, cuyo objetivo era descubrir a los estudiantes que luchaban por el cambio político. Les dijo que eran un grupo selecto de elegidos para contribuir con dicha causa. Se convocó una concentración para el día despúes ya que, supuestamente, un candidato a la presidencia de la nación iba a anunciar por televisión la creación de un nuevo programa para los jóvenes de la Tercera Ola. Más de doscientos alumnos llenaron el salón del acto esperando el anuncio. Miembros de la Ola fascinados, portando su uniforme con camisa blanca y un brazalete, colgaban estandartes por toda la sala. Alumnos fornidos hacían de guardia a la entrada, mientras unos amigos del profesor que se hacían pasar por periodistas y fotógrafos circulaban entre la masa de seguidores. Se encendió la televisión y todo el mundo esperaba ansiosamente el anuncio al grito de “La fuerza es fruto de la disciplina”. Sin embargo, lo que apareció en las pantallas, sorprendió a todos. Una película sobre el mitín de Hitler en Nuremberg; la historia del Tercer Reich apareció con imágenes tétricas. “La culpa recae en todos: nadie puede decir que no participó de alguna forma”. Esta frase, que aparecía en los últimos fotogramas de la película, puso fin a la simulación. Jones explicó la razón de esta simulación a todos los alumnos que se habían reunido en el salón, que habían ido mucho más allá de lo que había imaginado al comienzo. Les dijo que, a partir de ahora, su nuevo eslogan debería ser: “La fuerza es fruto del entendimiento”. “Fueron manipulados. Fueron empujados por sus propios deseos hasta donde se encuentran ahora”, terminó diciéndoles. Algunos alumnos lloraron, otros simplemente se levantaron y se fueron decepcionados. En su intento por crear un estado fascista virtual dentro de su instituto, Jones manifestó un aviso que sirve (o debería servir) como alerta permanente. 

Esta experiencia es relatada por el Dr. Philip Zimbardo (2008) en su libro “El efecto Lucifer”. Como bien señala allí,  el poder de la autoridad ejercida por un líder no sólo se expresa en la medida en que puede inspirar obediencia a sus seguidores, sino también en la medida en que puede definir la realidad y alterar formas habituales de pensar y de actuar. Exaltar sentimientos de favoritismo endogrupal y discriminación hacia los no miembros puede ser más fácil de lograr de lo que se supone.  Zimbardo lo demuestra con otro ejemplo. En abril de 1968, un día después del asesinato de Martin Luther king Jr., Jane Elliot, la maestra de tercer grado de una escuela rural de Iowa,  les preguntó a sus alumnos si pensaban que en los Estados Unidos había personas a las que se les tratara distinto. Los niños, que bordeaban los ocho años, respondieron que sí: “Los negros, los indios y los asiáticos”. Al consultarles qué sabían sobre ellos, los alumnos describieron a estos grupos con los habituales estereotipos raciales. Es así que la maestra les propuso realizar un experimento. Los niños, entusiasmados, aceptaron el desafío. La maestra Elliot dividió a los alumnos en dos grupos: los que tenían ojos azules y los que tenían ojos marrones. Le dijo a la clase que los primeros eran superiores a los segundos e hizo que los de ojos azules les colocaran collares de tela a los de ojos marrones para acentuar las diferencias. La profesora les dio a los niños de ojos azules una serie de privilegios sobre sus compañeros: ellos tendrían cinco minutos extras en el recreo, doble porción de comida a la hora del refrigerio y podrían beber agua del bebedero con normalidad. Mientras tanto, los de ojos marrones tenían que usar vasos de cartón con sus nombres, no podían usar los juegos del patio y no debían juntarse con los otros niños. Además, cuando se presentaba la oportunidad, Elliot destacaba los aspectos negativos de estos últimos. Los niños de ojos azules mejoraron su rendimiento mientras que los discriminados decayeron en el suyo. Para justificar su accionar, la profesora apeló a explicaciones pseudocientíficas, afirmando que la melanina, responsable de determinar -entre otras cosas- el color de los ojos, influía también en la inteligencia de cada grupo, siendo más favorable para los que tenían ojos azules. Por la tarde de ese mismo día, los niños discriminados expresaban: “Parecía que todo lo malo nos sucedía”. “La manera en la que nos trataban nos hacía sentir sin ganas de hacer nada”. “Parecía que la señorita Elliot nos estaba quitando a nuestros mejores amigos”. Al día siguiente se produjo el cambio. La señorita Elliott dijo a la clase que había cometido un error, y que en realidad los niños superiores eran los de ojos marrones y los inferiores los de ojos azules. Ahora, los niños de ojos marrones recibieron los privilegios que antes tuvieron sus compañeros y a los de ojos azules se les colocó el collar de tela y fueron tratados en forma discriminatoria. Los niños de ojos marrones -esta vez los superiores de la clase- tardaron algunos minutos en acostumbrarse pero los resultados fueron contundentes. Cuando se les tomó el tiempo para resolver tareas, lo hicieron más rápido que el día anterior. Posteriormente, la señorita Elliot les preguntó a todos cómo se habían  sentido con el experimento los días anteriores. Inmediatamente, estalló una lluvia de quejas sobre lo mal que se habían sentido. Elliot se quedó asombrada al ver aquella transformación tan rápida y total de unos alumnos a los que creía conocer muy bien: “Unos niños de tercero que antes eran maravillosamente cooperadores y amables se convirtieron en unos niños malos, crueles, discriminatorios…Fue espantoso”. El objetivo de su experimento, lograr que los niños vivenciaran personalmente que se siente cuando uno es oprimido y que se siente cuando uno ejerce el dominio del poder, se cumplió con creces, y en forma alternativa. La Psicología Social se interesa por indagar como la pertenencia a un grupo introduce sesgos en nuestra percepción del resto. Este favoritismo endogrupal denominado Paradigma del Grupo Mínimo, se  pone en marcha apenas se logra hacer que una persona se etiquete como perteneciente a un grupo. Las consecuencias del experimento de Elliott trascienden las dinámicas de los pequeños grupos y pueden observarse sin duda a escala social mucho mayor. Sin embargo, en ámbitos más reducidos y de mayor proximidad, en los cuales el líder concentra la suma de la autoridad y la toma de decisiones, su potestad para cincelar la realidad a su gusto adquiere mayor potencia, pudiendo influir con más fuerza en aquellos que aceptan ciegamente su palabra.  Este experimento muestra como los poderes nos influyen, nos fraccionan y nos pueden llevar al conflicto con aquellos que quedan por fuera, creando las bases para consolidar una visión maniquea de la realidad.

La profesora Jane Elliott

La profesora Jane Elliott y su desafío: enseñar a los niños blancos de una pequeña comunidad agrícola de Iowa el significado de las palabras “fraternidad” y “tolerancia”. Fue en 1968, en medio de la lucha contra la segregación racial en Estados Unidos. Su experimento social demostró la facilidad con la que se puede crear un fuerte sentimiento endogrupal, inculcando prejuicios hacia aquellos que no son parte del grupo.