Hamelin, Un Ensayo sobre Fanatismo, abuso emocional y manipulación psicológica en grupos sectarios

6. Victimología básica

Por: Juan Manuel Otero Barrigón

Hay circunstancias vitales concurrentes y facilitadoras que pueden ayudar a que una persona se vea envuelta en dinámicas en las que dada su vulnerabilidad temporal o crónica, logre ser seducida por propuestas a la postre interesantes pero que pueden desembocar en situaciones de abuso y manipulación emocional. Estos factores no ayudan a la posibilidad de una relación sana entre el Yo, el mundo interior y el mundo externo. Al hablar del Yo, nos referimos a esa instancia del aparato psíquico que comunica a la persona con su mundo interno y con el exterior, armonizando las dificultades que puedan darse en esta relación. 

Algunos de estos factores son los siguientes:

  • Alto monto de angustia e insatisfacción con la vida. Falta de propósito
  • Inmadurez e identidad no consolidada
  • Momento de crisis por razones laborales, económicas, sociales, emocionales
  • Baja autoestima
  • Carencia de un sistema de ideas/creencias (políticas, filosóficas, religiosas, artísticas) considerado como parte importante de uno mismo, constituyente de la propia identidad
  • Descontento cultural en un investigador frustrado
  • Pertenencia a un sistema familiar disfuncional, con pobre comunicación entre los miembros
  • Tendencia a la personalidad dependiente
  • Fundamentalmente en adolescentes, “síndrome de ausencia del padre” (carencia de guía, dirección, control, atención y afectos positivos)

Aclaremos que estos factores tienen que ser tenidos en cuenta como facilitadores, no como determinantes para el involucramiento con grupos de tipo sectario abusivo. 

No hay que sembrar pánico ni llevar las dimensiones de la problemática a extremos inverosímiles. Vale la pena aclarar esto, dado que en los últimos años, han proliferado ciertos voceros del denominado movimiento antisectas que más clarificar, se abocan a ilusionar fantasmas inexistentes, distorsionando y amplificando algunos hechos verídicos de trascendencia mediática. 

Los esfuerzos orientados a la prevención de situaciones de abuso y manipulación en ámbitos sectarios deben apuntar a generar conciencia sobre las técnicas empleadas por los grupos, sus efectos y los factores de vulnerabilidad predisponentes; y también, a construir puentes vinculares con aquellas personas que pudiesen estar involucradas con movimientos de estas características.  

Lo esencial es la prevención

Al respecto, la socióloga inglesa Eileen Barker, fundadora de Inform (Information Network on Religious Movement), aconseja explorar canales de diálogo y fortalecer vínculos afectivos con aquellos miembros de grupos que cumplan al menos tres de las siguientes condiciones: 

1) cuando se trata de un movimiento aislado social o geográficamente del resto de la sociedad, 2) cuando se exhiben fronteras abruptas e innegociables entre "ellos" y "nosotros" (por ejemplo, "los buenos y los malos"), 3) cuando los líderes reivindican una autoridad divina para sus acciones o pedidos, 4) cuando el miembro del grupo depende cada vez más del movimiento para definiciones y pruebas de lo que sería "la realidad", y 5) cuando son otros los que establecen las decisiones importantes sobre la vida del miembro.

La experiencia clínica demuestra que los jóvenes y adolescentes involucrados con grupos abusivos suelen comenzar su participación en estos grupos en momentos en los que atraviesan situaciones de soledad, aislamiento emocional, o tramitando alguna crisis. La consulta de padres, familiares y amigos rara vez es inmediata. El pedido de ayuda llega, por lo general, recién pasados algunos meses del momento de la captación. Sin embargo, existen algunos indicadores que pueden ser registrados por los familiares cercanos, y que suelen dar cuenta de que algo puede estar pasando. Aclaremos. Estos indicadores no implican forzosamente una vinculación sectaria, sino que tienen carácter de indicativos no determinantes y deben presentarse, al menos la mayoría de ellos, de manera simultánea. 

Algunos de estos indicadores son: 

  • Un comportamiento evitativo respecto a las actitudes o actividades propias, ocultando información, o mintiendo si se le exigen explicaciones, con el afán de guardar celosamente su intimidad.
  • Cambios drásticos en las posturas religiosas, políticas o filosofía de vida; no siendo esto fruto de un proceso gradual, sino resultado de un pasaje inmediato a nueva cosmovisión o visión de la vida.
  • Distanciamiento afectivo entre el joven y sus padres, familiares y amigos, generalmente justificado con el argumento de que se posee una óptica distinta de la vida y del mundo.
  • Cambios en la comunicación, con la incorporación de un léxico novedoso, alteraciones tanto en el vocabulario como en los patrones sintáticos, o presencia de un lenguaje estereotipado.
  • Reemplazo de relaciones y amistades, a través de un progresivo distanciamiento de sus grupos de pertenencia previos, que son sustituidos por el movimiento sectario.
  • Cambios en el manejo y la administración del dinero, ya sea o bien privándose para pagarse algunos cursos o actividades o bien lo contrario, gastando excesivamente pero no para sí mismo 

Cualquier familia no es un hogar, afirma acertadamente el estudioso español Pepe Rodríguez (2000). Muchos padres están convencidos de que su relación afectiva con los hijos es normal y saludable para estos, sin embargo esa ilusión no siempre se corresponde con la realidad. En muchos casos, la huida de casa o el involucramiento con grupos de tinte totalitario son un intento por cubrir una demanda de afecto y contención que en la familia de origen no se halla disponible o acorde a las necesidades del joven. Los sistemas familiares disfuncionales comparten un espacio común, claro está, pero los hijos difícilmente llegan a tomar como un “hogar” la suma de sinsabores que padecen cotidianamente. El reclamo de algunos padres, que acuden a la consulta angustiados por la “pérdida” de un hijo sobre el que aseguran que fue “secuestrado” por un grupo, o que “dejó de ser quien era” desde que está involucrado con el mismo, usualmente deja de lado las circunstancias y actitudes parentales que pudieron haber cultivado dicha salida exogámica brusca. En este contexto, dirigir los ataques indiscriminadamente contra el grupo, acusándolo de todos los males habidos y por haber, puede resultar tranquilizador para familiares y amigos que buscan recuperar contacto con esa persona que los “abandonó”, ya que los exculpa de cualquier tipo de responsabilidad sobre lo sucedido. Lamentablemente, en algunos casos, el grupo, aún de características abusivas, funciona como un verdadero sostén emocional para jóvenes conflictuados con su familia de origen. El tema es complejo, y cada situación debe ser abordada en función de sus características particulares, atendiendo a las distintas variables en juego.  

Una de las principales críticas otrora hechas a muchos grupos sectarios radicaba en su vocación proselitista orientada hacia jóvenes y adolescentes menores de edad. Esto es algo que ocurría de manera frecuente en los primeros años de difusión del fenómeno, y que derivaba, las más de las veces, en abiertos conflictos entre la familia de origen y el grupo en cuestión, incluido el terreno legal. Dada la relativa y natural fragilidad psíquica del adolescente en una etapa de la vida en la que se ponen en cuestionamiento los modelos heredados y se inicia el difícil camino de construcción de la propia identidad, la captación sectaria en este momento es propensa a coartar el libre desenvolvimiento de las posibilidades y aptitudes, encorsetándolas en los esquemas rígidos y aceptados por el grupo. Esta práctica quizás sea hoy menos frecuente que antes, pero no hay que perder de vista que jóvenes y adolescentes conforman el principal grupo de riesgo cuando de grupos abusivos se trata. Es justo señalar también, que algunos grupos otrora considerados manipuladores por distintos estudiosos, formularon sus propias autocríticas en este sentido, admitiendo la equivocación al salir a reclutar menores, con la consiguiente corrección de sus políticas proselitistas. Los grupos sectarios no son entidades fijas e inmutables en el tiempo. Muchos de ellos cambian a medida que también lo hace la sociedad. No faltan incluso los casos de grupos que, otrora  manipuladores en sus dinámicas, flexibilizan su funcionamiento, sobre todo cuando estos sobreviven a la muerte del líder y son sucedidos por segundas generaciones. Esto es algo que se observa, especialmente, en algunos grupos de contenido religioso al principio agresivos en su afán proselitista, y que con el paso de los años terminan integrándose luego al paisaje religioso de la sociedad.  

Diversas disciplinas de la psicología aplicada aportan elementos útiles para una comprensión global del fenómeno sectario:  

Desde la psicología clínica, para estudiar los procesos de abuso emocional y manipulación psicológica que pudieron haberse desarrollado, y diseñar estrategias terapéuticas de intervención para asistir a las víctimas.

Desde la psicología social, para comprender los fundamentos profundos que rigen las dinámicas grupales, especialmente la de los grupos estereotipados o burocratizados, y la posibilidad de que deriven en dinámicas de tipo netamente sectarias.

Desde la psicopatología, para abordar las consecuencias psicológicas del involucramiento con grupos de tipo sectario, su imbricación con las distintas estructuras psíquicas (neurosis, psicosis, perversión) y las características de personalidad del líder.

Desde la psicología evolutiva, para entender las características inherentes a cada etapa vital, especialmente la adolescencia, y los modos en que resultan exitosos los intentos de captación sectaria.

Desde la psicología comunitaria, para diseñar estrategias de concientización y prevención referidas a la problemática.

Desde la psicología jurídica, para desarrollar una mirada en diálogo con la ciencia criminológica.

A la luz de la psicopatología, Jordi Font & Atxotegui (1999) agrupan en tres grandes ámbitos los psicodinamismos que pueden observarse en grupos con características sectarias:

Por un lado, tenemos la psicopatología de la serie paranoide, que mediante un intento adoctrinamiento ideológico se infunde una dinámica maniquea según la cual lo bueno está en el grupo y lo malo por fuera de él. Esto es llevado a límites paroxísticos, estimulando una marcada escisión de la realidad, con sus consiguientes deslizamientos fanáticos.  

Por otro lado, la psicopatología de la serie obsesiva, que se vislumbra en los elementos de control tanto individual como grupal, traducidos en la obligatoriedad de repetir determinadas acciones, gestos, y prácticas, y en un estricto control de la información que administra el grupo. De esta manera, se protege de la realidad exterior amenazante mediante el aislamiento, con un patrón de funcionamiento que puede oscilar entre un control excesivamente rígido, pero pudiendo ir al extremo contrario a modo de formación reactiva (como puede ocurrir en el plano económico en estos grupos). 

Por último, la psicopatología de la serie perverso sadomasoquista, a través de relaciones fundadas en el engaño, la mentira y la dominación, en las cuales el beneficio se obtiene a través del sufrimiento de los miembros del grupo. El narcicismo maligno sobre el cual teorizara Otto Kernberg y que supone una combinación entre el trastorno narcisista y el trastorno antisocial de la personalidad, con algunos rasgos de trastorno paranoico, llevan al líder sectario a transgredir todos los límites éticos para culminar en la explotación física, sexual, laboral, y espiritual de sus seguidores. 

Las consecuencias psicofísicas y espirituales de la dependencia a grupos abusivos son varias, y su intensidad y gravedad estarán sujeta a distintos factores: edad de la persona, tiempo de permanencia en el grupo, existencia o no de redes de contención externas (familiar, social, etc), características específicas de la agrupación, etc. 

Algunas de estas consecuencias pueden ser:

  • Marcada disminución en la capacidad de elección y libre voluntad
  • Reducción de la habilidad intelectual, lenguaje y sentido del humor
  • Alucinaciones, estados disociativos, dispersión de la identidad
  • Temor y desconfianza a la hora de entablar nuevas relaciones
  • Sentimientos de pérdida y culpa
  • Hipervigilancia, actitud paranoide frente al mundo
  • Ataques de pánico
  • Depresión 
  • Trastornos de la sexualidad
  • Trastornos del sueño y pesadillas
  • Tendencias neuróticas, psicóticas o al suicidio
  • Deterioro físico

Uno de los modelos que nos pueden ayudar a entender por qué muchas personas deciden permanecer en grupos sectarios podemos encontrarlo en el llamado Paradigma de la elección libre y disonancia posterior a la decisión. Cuando una persona elige libremente entre dos o más alternativas, comúnmente se experimenta una disonancia. Esto ocurre debido a que la alternativa elegida por lo regular tiene al menos uno o dos rasgos negativos y la alternativa dejada de lado alguno positivo. Como sucede en todos los casos de disonancia, esta provoca incomodidad y sentimos la necesidad de reducirla. La manera más común de hacerlo es agregar cogniciones consonantes – racionalizaciones que apoyen la decisión tomada-, que por lo general llevarían a convencernos de las bondades de la opción elegida y de lo mala que era la alternativa rechazada. Distintos estudios se han hecho al respecto. Quienes se unen a grupos sectarios toman una decisión importante, que muchas veces tendrá repercusiones globales en su vida. La disonancia posterior a la decisión cumple la función de incrementar las evaluaciones positivas del camino elegido. Quien hace un compromiso radical con un estilo de vida alternativo, sentirá naturalmente una presión considerable para racionalizar su decisión ante sí mismo y ante los demás. 

La amenaza de expulsión, sea esta definitiva o temporal, pende sobre la conciencia de los miembros como una advertencia constante que los inhibe de involucrarse en cualquier acto, pensamiento o sentimiento censurable de acuerdo a los principios del grupo. En muchos casos, el riesgo de expulsión es consecuencia lógica de la doctrina defendida. Los registros en “listas negras”, la práctica de confesiones grupales donde uno es inducido a desnudar su intimidad frente a todo el grupo, o las sesiones de rehabilitación, son los instrumentos de los que se vale el líder para condicionar la vuelta del miembro díscolo al continente grupal.  La expulsión, cuando es consumada, supone las más de las veces la verdadera muerte social del ahora ex miembro en relación al grupo; ya no se le dirige la palabra y no se puede mantener ningún vínculo con él.