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Carl Rogers
1902 - 1987
Dr. C. George Boeree
Traducción al castellano: Dr. Rafael Gautier
Biografía
Carl
Rogers nació el 8 de enero de 1902 en Oak Park, Illinois, un suburbio
de Chicago, siendo el cuarto de seis hijos. Su padre fue un exitoso ingeniero
civil y su madre ama de casa y devota cristiana. Su educación comenzó
directamente en segundo grado, ya que sabía leer incluso antes de entrar
en parvulario.
Cuando
Carl tenía 12 años, su familia se trasladó a 30 millas
al oeste de Chicago, y sería aquí donde pasaría su adolescencia.
Con una estricta educación y muchos deberes, Carl sería más
bien solitario, independiente y auto-disciplinado.
Fue
a la Universidad de Wisconsin a estudiar agricultura. Más tarde, se cambiaría
a religión para ser religioso. Durante esta época, fue uno de
los 10 elegidos para visitar Beijing para el “World Student Christian Federation Conference” por 6 meses.
Carl nos comenta que esta experiencia amplió tanto su pensamiento que
empezó a dudar sobre algunas cuationes básicas de su religión.
Después
de graduarse, se casó con Helen Elliot (en contra de los deseos de sus
padres), se mudó a Nueva York y empezó a acudir al Union Theological
Seminary, una famosa institución religiosa liberal. Aquí, tomó
un seminario organizado de estudiantes llamado “Why am I entering the
ministry?” Debería decirles que, a menos que quieran cambiar de
carrera, nunca deberían asistir a un seminario con tal título.
Carl nos cuenta que la mayoría de los participantes “pensaron en
salirse inmediatamente del trabajo religioso”.
La
pérdida en la religión sería, por supuesto, la ganancia
de la psicología: Rogers se cambió al programa de psicología
clínica de la Universidad de Columbia y recibió su PhD en 1931.
No obstante, Rogers ya había empezado su trabajo clínico en la
Rochester Society for the Prevention of Cruelty to Children (Sociedad Rochester
para la Prevención de la Crueldad en los Niños). En esta clínica,
aprendería la teoría y aplicaciones terapéuticas de Otto
Rank, quien le incitaría a coger el camino del desarrollo de su propia
teoría.
En
1940, se le ofreció la cátedra completa en Ohio. Dos años
más tarde, escribiría su primer libro “Counseling and Psychotherapy”.(Todos
los títulos de sus libros en castellano, lo situaremos al final del capítulo.
N.T.). Más tarde, en 1945 fue invitado a establecer
un centro de asistencia en la Universidad de Chicago. En este lugar, en 1951,
publicó su mayor trabajo, la Terapia Centrada en el Cliente, donde hablaría
de los aspectos centrales de su teoría.
En 1957, volvió a enseñar en su alma mater, la Universidad de Wisconsin. Desafortunadamente, en ese momento había serios conflictos internos en el Departamento de Psicología, lo que motivó que Rogers se desilusionara mucho con la educación superior. En 1964, aceptó feliz una plaza de investigador en La Jolla, California. Allí atendía terapias, dio bastantes conferencias y escribió, hasta su muerte en 1987.
La
teoría de Rogers es de las clínicas, basada en años de
experiencia con pacientes. Rogers comparte esto con Freud, por ejemplo, además
de ser una teoría particularmente rica y madura (bien pensada) y lógicamente
construida, con una aplicación amplia.
Sin
embargo, no tiene nada que ver con Freud en el hecho de que Rogers considera
a las personas como básicamente buenas o saludables, o por lo menos no
malas ni enfermas. En otras palabras, considera la salud mental como la progresión
normal de la vida, y entiende la enfermedad mental, la criminalidad y otros
problemas humanos, como distorsiones de la tendencia natural. Además,
tampoco tiene que ver con Freud en que la teoría de Rogers es en principio
simple.
En
este sentido, no es solo simple, sino incluso ¡elegante! En toda su extensión,
la teoría de Rogers está construida a partir de una sola “fuerza
de vida” que llama la tendencia actualizante. Esto puede definirse como una motivación innata
presente en toda forma de vida dirigida a desarrollar sus potenciales hasta
el mayor límite posible. No estamos hablando aquí solamente de
sobreviviencia: Rogers entendía que todas las criaturas persiguen hacer
lo mejor de su existencia, y si fallan en su propósito, no será
por falta de deseo.
Rogers
resume en esta gran única necesidad o motivo, todos los otros motivos
que los demás teóricos mencionan. Nos pregunta, ¿por qué
necesitamos agua, comida y aire?; ¿por qué buscamos amor, seguridad
y un sentido de la competencia? ¿por qué, de hecho, buscamos descubrir
nuevos medicamentos, inventar nuevas fuentes de energía o hacer nuevas
obras artísticas?. Rogers responde: porque es propio de nuestra naturaleza
como seres vivos hacer lo mejor que podamos.
Es
importante en este punto tener en cuenta que a diferencia de cómo Marlow
usa el término, Rogers lo aplica a todas las criaturas vivientes. De
hecho, algunos de sus ejemplos más tempranos ¡incluyen algas y
hongos! Piénsese detenidamente. ¿No nos sorprende ver cómo
las enredaderas se buscan la vida para meterse entre las piedras, rompiendo
todo a su paso; o cómo sobreviven los animales en el desierto o en el
gélido polo norte, o cómo crece la hierba entre las piedras que
pisamos?
También,
el autor aplica la idea a los ecosistemas, diciendo que un ecosistema como un
bosque, con toda su complejidad, tiene mucho mayor potencial de actualización
que otro simple como un campo de maíz. Si un simple bichito se extinguiese
en un bosque, surgirán otras criaturas que se adaptarán para intentar
llenar el espacio; por otro lado, una epidemia que ataque a la plantación
de maíz, nos dejará un campo desierto. Lo mismo es aplicable a
nosotros como individuos: si vivimos como deberíamos, nos iremos volviendo
cada vez más complejos, como el bosque y por tanto más flexiblemente
adaptables a cualquier desastre, sea pequeño o grande.
No
obstante, las personas, en el curso de la actualización de sus potenciales,
crearon la sociedad y la cultura. En sí mismo esto no parece un problema:
somos criaturas sociales; está en nuestra naturaleza. Pero, al crear
la cultura, se desarrolló una vida propia. En vez de mantenerse cercana
a otros aspectos de nuestras naturalezas, la cultura puede tornarse en una fuerza
con derecho propio. Incluso, si a largo plazo, una cultura que interfiere con
nuestra actualización muere, de la misma manera moriremos con ella.
Entendámonos,
la cultura y la sociedad no son intrínsecamente malas. Es un poco como
los pájaros del paraíso de Papúa en Nueva Guinea. El llamativo
y colorido plumaje de los machos aparentemente distrae a los depredadores de
las hembras y pequeños. La selección natural ha llevado a estos
pájaros a cada vez más y más elaboradas alas y colas, de
forma tal que en algunas especies no pueden ni siquiera alzar el vuelo de la
tierra. En este sentido y hasta este punto, no parece que ser muy colorido sea
tan bueno para el macho, ¿no? De la misma forma, nuestras elaboradas
sociedades, nuestras complejas culturas, las increíbles tecnologías;
esas que nos han ayudado a prosperar y sobrevivir, puede al mismo tiempo servirnos
para hacernos daño e incluso probablemente a destruirnos.
Rogers
nos dice que los organismos saben lo que es bueno para ellos. La evolución
nos ha provisto de los sentidos, los gustos, las discriminaciones que necesitamos:
cuando tenemos hambre, encontramos comida, no cualquier comida, sino una que
nos sepa bien. La comida que sabe mal tiende a ser dañina e insana. Esto
es lo que los sabores malos y buenos son: ¡nuestras lecciones evolutivas
lo dejan claro! A esto le llamamos valor organísmico.
Rogers
agrupa bajo el nombre de visión positiva a cuestiones como el amor, afecto, atención,
crianza y demás. Está claro que los bebés necesitan amor
y atención. De hecho, muy bien podría morirse sin esto. Ciertamente,
fallarían en prosperar; en ser todo lo que podrían ser.
Otra
cuestión, quizás exclusivamente humana, que valoramos es la recompensa
positivo de uno mismo, lo que incluye
la autoestima, la autovalía y una imagen de sí mismo positiva.
Es a través de los cuidados positivos de los demás a lo largo
de nuestra vida lo que nos permite alcanzar este cuidado personal. Si esto,
nos sentimos minúsculos y desamparados y de nuevo no llegamos a ser todo
lo que podríamos ser.
De
la misma forma que Maslow, Rogers cree que si les dejamos a su libre albedrío,
los animales buscarán aquello que es lo mejor para ellos; conseguirán
la mejor comida, por ejemplo, y la consumirán en las mejores proporciones
posible. Los bebés también parecen querer y gustar aquello que
necesitan. Sin embargo, a todo lo largo de nuestra historia, hemos creado un
ambiente significativamente distinto de aquel del que partimos. En este nuevo
ambiente encontramos cosas tan refinadas como el azúcar, harina, mantequilla,
chocolate y demás que nuestros ancestros de Africa nunca conocieron.
Esta cosas poseen sabores que parecen gustar a nuestro valor organísmico,
aunque no sirven para nuestra actualización. Dentro de millones de años,
probablemente logremos que el brócoli nos parezca más apetitoso
que el pastel de queso, pero para entonces no lo veremos ni tu ni yo.
Nuestra
sociedad también nos reconduce con sus condiciones de valía.
A medida que crecemos, nuestros padres, maestros, familiares, la “media”
y demás solo nos dan lo que necesitamos cuando demostremos que lo “merecemos”,
más que porque lo necesitemos. Podemos beber sólo después
de clase; podemos comer un caramelo sólo cuando hayamos terminado nuestro
plato de verduras y, lo más importante, nos querrán sólo
si nos portamos bién.
El
lograr un cuidado positivo sobre “una condición” es lo que
Rogers llama recompensa positiva condicionada. Dado que todos nosotros necesitamos de hecho esta recompensa,
estos condicionantes son muy poderosos y terminamos siendo sujetos muy determinados
no por nuestros valores organísmicos o por nuestra tendencia actualizante,
sino por una sociedad que no necesariamente toma en cuenta nuestros intereses
reales. Un “buen chico” o una “buena chica” no necesariamente
es un chico o una chica feliz.
A
medida que pasa el tiempo, este condicionamiento nos conduce a su vez a tener
una autovalía positiva condicionada. Empezamos a querernos si cumplimos con los estándares
que otros nos aplican, más que si seguimos nuestra actualización
de los potenciales individuales. Y dado que estos estándares no fueron
creados tomando en consideración las necesidades individuales, resulta
cada vez más frecuente el que no podamos complacer esas exigencias y
por tanto, no podemos lograr un buen nivel de autoestima.
La
parte nuestra que encontramos en la tendencia actualizadora, seguida de nuestra
valoración organísmica, de las necesidades y recepciones de recompensas
positivas para uno mismo, es lo que Rogers llamaría el verdadero yo
(self). Es éste el verdadero
“tú” que, si todo va bien, vas a alcanzar.
Por
otro lado, dado que nuestra sociedad no está sincronizada con la tendencia
actualizante y que estamos forzados a vivir bajo condiciones de valía
que no pertenecen a la valoración organísmica, y finalmente, que
solo recibimos recompensas positivas condicionadas, entonces tenemos que desarrollar
un ideal de sí mismo (ideal del yo). En este caso, Rogers se refiere a ideal como algo no
real; como algo que está siempre fuera de nuestro alcance; aquello que
nunca alcanzaremos.
El
espacio comprendido entre el verdadero self y el self ideal; del “yo soy”
y el “yo debería ser” se llama incongruencia. A mayor distancia, mayor será la incongruencia.
De hecho, la incongruencia es lo que esencialmente Rogers define como neurosis:
estar desincronizado con tu propio self. Si todo esto les suena familiar, es
porque ¡precisamente es de lo que habla Karen Horney!
Cuando
te encuentras en una situación donde existe una incongruencia entre tu
imagen de ti mismo y tu inmediata experiencia de ti mismo (entre tu Ideal del
yo y tu Yo) (a partir de este momento utilizaremos indistintamente los conceptos
de Ideal del Self, Ideal del Yo, Yo ideal, etc. Para definir de forma más
simple el mismo concepto exclusivamente con fines docentes, aún sabiendo
que estos conceptos son etimológicamente distintos según las distintas
escuelas psicológicas. N.T.), te encontrarás en una situación amenazante.
Por ejemplo, si te han enseñado a que te sientas incómodo cuando
no saques “A” en todos tus exámenes, e incluso no eres ese
maravilloso estudiante que tus padres quieren que seas, entonces situaciones
especiales como los exámenes, traerán a la luz esa incongruencia;
los exámenes serán muy amenazantes.
Cuando
percibes una situación amenazante, sientes ansiedad. La ansiedad es una señal que indica que existe
un peligro potencial que debes evitar. Una forma de evitar la situación
es, por supuesto, poner “pies en polvorosa” y refugiarte en las
montañas. Dado que esta no debería ser una opción muy frecuente
en la vida, en vez de correr físicamente, huimos psicológicamente,
usando las defensas.
La
idea rogeriana de la defensa es muy similar a la descrita por Freud, exceptuando
que Rogers la engloba en un punto de vista perceptivo, de manera que incluso
los recuerdos y los impulsos son formas de percepción. Afortunadamente
para nosotros, Rogers define solo dos defensas: negación y distorsión
perceptiva.
La
negación significa algo muy parecido a lo que significa en la
teoría freudiana: bloqueas por completo la situación amenazante.
Un ejemplo sería el de aquel que nunca se presenta a un exámen,
o que no pregunta nunca las calificaciones, de manera que no tenga que enfrentarse
a las notas finales (al menos durante un tiempo). La negación de Rogers
incluye también lo que Freud llamó represión: si mantenemos
fuera de nuestra consciencia un recuerdo o impulso (nos negamos a recibirlo),
seremos capaces de evitar la situación amenazante (otra vez, al menos
por el momento).
La
distorsión perceptiva es
una manera de reinterpretar la situación de manera que sea menos amenazante.
Es muy parecida a la racionalización de Freud. Un estudiante que está
amenazado por las calificaciones y los exámenes puede, por ejemplo, culpar
al profesor de que enseña muy mal, o es un “borde”, o de
lo que sea. (Aquí también intervendría la proyección
como defensa – según Freud- siempre y cuando el estudiante no se
crea además capaz de superar exámenes por inseguridad personal.
N.T.) El hecho de que en efecto existan malos profesores,
hace que la distorsión sea más efectiva y nos pone en un aprieto
para poder convencer a este estudiante de que los problemas son suyos, no del
profesor. También podría darse una distorsión mucho más
perceptiva como cuando uno “ve” la calificación mejor de
lo que realmente es.
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Desafortunadamente,
para el pobre neurótico (y de hecho, para la mayoría de
nosotros), cada vez que usa una defensa, crea una mayor distancia entre
lo real y lo ideal. Se va tornando cada vez más incongruente, encontrándose
cada vez más en situaciones amenazantes, desarrollando mayores
niveles de ansiedad y usando cada vez más y más defensas...se
vuelve un círculo vicioso que eventualmente será imposible
de salir de él, al menos por sí mismo. Rogers también aporta un explicación parcial para la psicosis: ésta surge cuando “se rebosa el caldero”; cuando las defensas se sobresaturan y el mismo sentido del self (la propia sensación de identidad) se “esparce” en distintas piezas desconectadas entre sí. Su propia conducta tiene poca consistencia y estabilidad de acuerdo con esto. Le vemos cómo tiene “episodios psicóticos”; episodios de comportamientos extraños. Sus palabras parecen no tener sentido. Sus emociones suelen ser inapropiadas. Puede perder su habilidad para diferenciar el self del no-self y volverse desorientado y pasivo. |
Como
Maslow, Rogers solo se interesa por describir a la persona sana. Su término
es funcionamiento completo y comprende las siguientes cualidades:
Carl
Rogers es mejor conocido por sus contribuciones en el área terapéutica.
Su terapia ha cambiado en un par de ocasiones de nombre a lo largo de su evolución:
al principio la llamó no-directiva, ya que él creía que el terapeuta no debía
guiar la paciente, pero sí estar ahí mientras el mismo llevaba
el curso de su proceso terapéutico. A medida que maduró en experiencia,
Carl se dio cuenta que mientras más “no-directivo” era, más
influía a sus pacientes precisamente a través de esa postura.
En otras palabras, los pacientes buscaban una guía
en el terapeuta y lo encontraban aunque éste intentara no guiarles.
De
manera que cambió el nombre a centrada en el paciente (también llamada terapia centrada en el cliente.
N.T.). Rogers seguía creyendo que el paciente era el que debía
decir lo que estaba mal, hallar formas de mejorar y de determinar la conclusión
de la terapia (aunque su terapia era “centrada en el paciente”,
reconocía el impacto del terapeuta sobre el paciente). Este nombre, desafortunadamente,
supuso una cachetada en la cara para otros terapeutas: ¿es que no eran
la mayoría de las terapias “centradas en el paciente”?
Actualmente,
a pesar de que los términos “no-directiva” y “centrada
en el paciente” se mantienen, la mayoría de las personas simplemente
le llaman terapia rogeriana. Una de las frases que Rogers utiliza para definir su
terapia es “de apoyo, no reconstructiva” y se
apoya en la analogía de aprender a montar en bicicleta para explicarlo:
cuando ayudas a un niño a aprender a montar en bici, simplemente no puedes
decirle cómo, debe traralo por sí mismo. Y tampoco puedes estarle
sujetando para siempre. Llega un punto donde sencillamente le dejas de sostener.
Si se cae, se cae, pero si le agarras siempre, nunca aprenderá.
Es
lo mismo en la terapia. Si la independencia (autonomía, libertad con
responsabilidad) es lo que quieres que un paciente logre, no lo logrará
si se mantiene dependiente de ti como terapeuta. Los pacientes deben experimentar
sus introspecciones por sí mismos, en la vida cotidiana, fuera de la
consulta de su terapeuta. Un abordaje autoritario en la terapia parece resultar
fabuloso en la primera parte de la terapia, pero al final solo crea una persona
dependiente.
Existe
solo una técnica por la que los rogerianos son conocidos: el reflejo. El reflejo es la imagen de la comunicación emocional:
si el paciente dice “¡me siento como una mierda!”, el terapeuta
puede reflejar esto de vuelta diciéndole algo como “Ya. La vida
le trata mal, ¿no?” Al hacer esto, el terapeuta le está
comunicando al paciente que de hecho está escuchando y se está
preocupando lo suficiente como para comprenderle.
También
el terapeuta está permitiendo que el paciente se de cuenta de lo que
él mismo está comunicando. Usualmente, las personas que sufren
dicen cosas que no quieren decir por el hecho de que el sacarlas hacen sentir
mejor. Por ejemplo, una vez una mujer entró en mi consulta y dijo “¡Odio
a los hombres!” Le reflejé diciéndole: “¿Odia
a todos los hombres?” Ella contestó: “Bueno, quizás
no a todos” Ella no odiaba a su padre, ni a su hermano y por continuidad,
ni a mí. Incluso con esos hombres a los que “odiaba”, se
dio cuenta luego que en la gran mayoría de ellos no sentía hasta
el punto de lo que la palabra “odio” implica. De hecho, mucho más
adelante se percató de que lo que sentía era desconfianza hacia los hombres y de que tenía miedo de que le trataran
como lo hizo un hombre en particular.
De
todas formas, el reflejo debe usarse cuidadosamente. Muchos terapeutas novatos
lo usan sin sentirlo o sin pensarlo, repitiendo como loros las frases que salen
de la boca de sus pacientes. Luego creen que el cliente no se da cuenta, cuando
de hecho se ha vuelto el estereotipo de la terapia rogeriana de la misma manera
en que el sexo y la madre lo han hecho en la terapia freudiana. El reflejo debe
surgir del corazón (genuino, congruente).
Esto
nos conduce a los famosos requerimientos que según Rogers debe presentar
un terapeuta. Para ser un terapeuta especial, para ser efectivo, un terapeuta
debe tener tres cualidades especiales:
Rogers
dice que estas cualidades son “necesarias y suficientes”: si el terapeuta muestra estas tres cualidades, el paciente
mejorará, incluso si no se usan “técnicas especiales”.
Si el terapeuta no muestra estas tres cualidades, la mejoría será
mínima, sin importar la cantidad de técnicas que se utilicen.
Ahora bien, ¡esto es mucho pedir a un terapeuta! Simplemente son humanos,
y con frecuencia bastante más “humanos” que otros. Es como
ser más humanos dentro de la consulta que lo que normalmente somos. Estas
características deben dejarse ver en la relación terapéutica.
Estamos
de acuerdo con Rogers, aunque estas cualidades sean bastante demandantes. Algunas
de las investigaciones sugieren que las técnicas no son tan importantes
como la personalidad del terapeuta, y que, al menos hasta cierto punto, los
terapeutas “nacen” , no se “hacen”.
Rogers
era un gran escritor; un verdadero placer para leer. La mayor exposición
de sus teorías se encuentra en su libro Client-centered
Therapy (1951). Existen dos colecciones de
ensayos muy interesantes: On Becoming a Person (1961) y A Way of Being (1980). Finalmente,
existe una buena colección de su trabajo en el The Carl Rogers Reader,
editado por Kirschenbaum and Henderson (1989). El siguiente es un listado
de los libros de Rogers en castellano, N.T.:
ROGERS, C. y Mariam KINGET (1971) Psicoterapia y relaciones humanas (dos tomos). Madrid: Alfaguara.
ROGERS, C. (1972) Psicoterapia centrada en el cliente. Buenos Aires: Paidós.
ROGERS, C. (1978) Orientación psicológica y psicoterapia. Madrid: Narcea.
ROGERS, C. (1979) El proceso de convertirse en persona. Buenos Aires: Paidós.
ROGERS, C. y otros (1980) Persona a persona. Buenos Aires: Amorrortu.
ROGERS, C. y C. ROSENBERG (1981) La persona como centro. Barcelona: Herder.
Recomendamos el artículo de publicado en el
siguiente “link” en Internet:
http://www.psicologia-online.com/colaboradores/cvasquez/rogers.htm
| © Derechos de autor, C. George Boeree, 1998 © Derechos de traducción, Rafael Gautier, 2003 |
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