PSICOTERAPIA
PARA APRENDER A VIVIR
Expresiones
Engañosas (I)
Prof. Dr. Sergio Andrés Pérez
Barrero
Correo Electrónico: serper.grm@infomed.sld.cu
DOCTOR,
MI VIDA NO TIENE SENTIDO
Cada vez que escucho esta expresión
no dejo de sobrecogerme a pesar de la experiencia acumulada y de todo
lo aprendido durante mis años de trabajo. Y es que cuando la
vida carece de sentido, el próximo paso para una cantidad no
despreciable de seres humanos que así se expresan, es la autodestrucción,
ya sea por suicidio o mediante formas de vida insanas.
Una existencia sin sentido no tiene calidad. Es por ello que el ser
humano debe empeñarse en encontrar la vía por la cual
dirigir sus energías hacia el logro de una trascendencia social
cuyo resultado sea la satisfacción personal. Claro está,
el sentido de la vida no es algo común para todos los individuos,
es personal, porque lo que me lo da a mí no lo dará a
mi pareja o a mis hijos. Luego, lo primero que usted debe hacer para
dar sentido a su vida, es preguntarse cuál es su mejor atributo,
su mejor cualidad, en qué aspecto es realmente bueno. Y de eso
no es difícil darse cuenta. Muchas personas a lo mejor lo buscan
porque es buen conversador, o sabe arreglar bien los cabellos, o explicar
bien las cosas para que otros la entiendan, o sabe de mecánica
o de computación, o hace unos dulces de guayaba exquisitos, o
cose muy bien, o escribe a máquina de manera impecable...
Una vez que descubra ese atributo, dedíquele una parte de su
tiempo para buscar la mayor perfección, y hágalo de manera
consciente, no como un pasatiempo, sino como una obligación:
usted le está dedicando a ese atributo una parte de su tiempo
porque ello le dará un sentido a su existencia y su deber es
perfeccionarlo al máximo. Si sabe arreglar los cabellos, debe
tratar de llegar a ser un estilista, estar al tanto de lo que se hace
en otros lugares dentro y fuera de su país, de la última
moda; y si no desea ponerse metas tan ambiciosas, pues al menos debe
conocer qué están haciendo los peluqueros de su ciudad
o pueblo, y tratar de hacerlo, al menos igual, si no lo puede hacer
mejor que ellos. Recuerde que esas personas tienen dos manos y un cerebro
lo mismo que usted. Lo demás es la dedicación personal
y el amor con que haga lo suyo. Cuando empiece a notar que arreglar
los cabellos a las personas dejó de ser un trabajo y ya es otra
cosa, no ajena a sí mismo, sino que es parte suya como lo puede
ser un lunar o las canas, entonces, estará en el momento adecuado
para empezar a dedicarle todo el tiempo de su vida, pues le está
brindando un sentido a su existencia.
Otras veces no hay que descubrirse atributo alguno, ni competir con
nadie. Simplemente mire a su alrededor y trate de encontrar la persona
más necesitada de usted, por ejemplo, su abuela, su pequeño
hijo, su esposa enferma, su esposo con una gran cantidad de responsabilidades,
etc. Dedíquese a mejorar la calidad de vida de ellos y eso también
mejorará la suya.
Dicho incentivo en ocasiones se puede encontrar en su propia tragedia.
He conocido madres que han perdido un hijo por suicidio y se han consagrado
a ayudar a otras madres y familiares con una experiencia similar y ello
le ha complacido. También hay padres que han tenido un hijo con
Síndrome Down (mongolismo) y se han entregado a su educación
en todos los sentidos, sumando en ese empeño a quienes tienen
hijos portadores de la misma enfermedad. Otros llegaron a darle un sentido
a sus vidas, en la búsqueda de las causas de la enfermedad de
su hijo, hasta ese momento desconocidas para la ciencia.
Al parecer, para algunos no hay nada que los entusiasme, y en esos momentos
tal vez un animal afectivo pueda lograrlo. Hemos encontrado en nuestra
práctica profesional sujetos que viven solos, sin pareja ni hijos,
muy tristes, y junto con el tratamiento psicofarmacológico, se
les ha sugerido criar un animal de compañía al cual brindar
afecto y atención y así han encontrado una razón
para vivir.
Como puede darse cuenta, siempre habrá alguien o algo, incluso
cuando usted considere que no, que abra un nuevo horizonte para su vida.
QUIERO OLVIDAR Y NO PUEDO
Esto es frecuentísimo en personas
que han estado envueltas en algún acontecimiento doloroso: pérdida
de seres queridos, o de una relación amorosa, situación
laboral frustrante, etcétera.
Esta expresión pudiera parecer adecuada, porque es muy lógico
para esa persona querer olvidar el acontecimiento causante de ese dolor
moral. Para ella esto es normal. Y ahí radica precisamente lo
anormal de la expresión.
El ser humano olvida cuando está enfermo del cerebro de manera
irreversible o de forma reversible a causa de una enfermedad local del
propio órgano o de las sustancias que a él llegan. Es
lo que sucede en los ancianos dementes o arterioescleróticos
cuya memoria de fijación está deteriorada, conservándose
en cierta medida la memoria de evocación, es decir, la que le
permite recordar hechos pasados. Al avanzar la enfermedad, esta memoria
también sufre un deterioro significativo.
El ser humano olvida aquellos estímulos que no fueron capaces
de dejar una huella en el cerebro para ser evocada. Un ejemplo de ello
es que nadie seguramente puede memorizar las vestimentas de todas las
personas con las que se tropezó durante el día de hoy;
o el color de los ojos de quien nos pasó por delante en la tercera
calle de nuestro recorrido. No recordamos tales hechos porque no les
prestamos la debida atención, pues no eran de nuestro interés
y por tanto, los estímulos no dejaron huella alguna. Sería
agotador para el cerebro almacenar toda la información recibida
sin discriminación.
Ahora bien, cuando un estímulo, un hecho, es lo suficientemente
significativo, usted no lo puede ni lo podrá olvidar nunca más.
A no ser que comience a padecer una enfermedad cerebral de las que hice
referencia: no se le olvida nunca mientras esté sano su cerebro
el nacimiento de un hijo, aunque ya no sienta los dolores de parto;
no se le olvida su primer amor, aunque ella o él hicieran sus
respectivas vidas; no se le olvida su primer maestro, aunque hoy esté
fallecido; no se le olvida cuando se divorció, aunque ya el malestar
de ese momento no existe; no se le puede olvidar el fallecimiento de
su ser querido, aunque se sonría, ría a carcajadas o haga
bromas hoy que han transcurrido varios años de ese suceso doloroso.
La única forma que existe de no recordar algo es que nunca hubiera
ocurrido en nuestras vidas. Por tanto, la estrategia no es querer olvidar
lo sucedido sino recordarlo de otro modo. ¿Por qué es
menester evocar los sufrimientos de mi ser querido antes de fallecer
y no sus buenas cualidades, su carácter, su forma de ser conmigo,
los años pasados juntos?
¿Por qué rememorar tristemente a la pareja que perdí
y no complacerme por haberla tenido? Por tanto, no se empeñe
en olvidar lo que es inolvidable. Recuérdelo de una diferente
manera y el tiempo también le ayudará.
LO
QUE ÉL TIENE ES PROPIO DE LA VEJEZ
Esta afirmación me hace pensar
que para un buen número de personas esa etapa de la vida llamada
vejez, tercera o cuarta edad, ancianidad y otras denominaciones, es
un gran saco en el que todo cabe o es una tierra de nadie donde todo
está permitido y todo es “normal”. Y eso es un grave
error.
No pretendo dar una explicación de lo que es una vejez normal,
pero sí quiero reflexionar sobre una condición muy frecuente
en esta etapa y que si no se detecta a tiempo y se trata adecuadamente
trae enorme sufrimiento a quien la padece, a sus familiares y puede,
si alcanza una intensidad grave, terminar con la vida del anciano. Y
esa condición mórbida, común y mal diagnosticada
y peor tratada, es la depresión.
La depresión en el anciano puede tener diversas formas de presentación
y no es mi interés brindar una clasificación académica
de este trastorno, sino proporcionar una guía para que cualquier
persona pueda pensar en esta posibilidad ante un anciano con los síntomas
a los que me referiré. Paso a describirlos:
I.
Depresión que se presenta como el envejecimiento normal.
En este caso el anciano muestra disminución
del interés por las cosas que habitualmente lo despertaban, de
la vitalidad, de la voluntad; tendencia a revivir el pasado, pérdida
de peso, trastornos del sueño, algunas quejas por falta de memoria,
tiende al aislamiento y permanece la mayor parte del tiempo en su habitación.
(Para muchos este cuadro es propio de la vejez y no una depresión
tratable.)
II. Depresión que se presenta como envejecimiento anormal.
En el anciano aparecen diversos grados
de desorientación en lugar, en tiempo y con respecto a sí
mismo y a los demás: confunde a las personas conocidas, es incapaz
de reconocer lugares; aparece deterioro de sus habilidades y costumbres,
relajación esfinteriana, esto es, se orina y defeca sin control
alguno, trastornos de la marcha que hacen pensar en una enfermedad cerebrovascular,
trastornos de conducta como negarse a ingerir alimentos, etc. (Para
muchos este cuadro es propio de una demencia con carácter irreversible
y no una depresión tratable.)
III. Depresión que se presenta como una enfermedad física,
somática u orgánica.
El anciano se queja de múltiples
síntomas físicos, como dolores de espalda, en las piernas,
en el pecho, cefaleas. Puede quejarse también de molestias digestivas
como digestión lenta, acidez, plenitud estomacal sin haber ingerido
alimentos que lo justifiquen; tiende a tomar laxantes, antiácidos
y otros medicamentos para sus molestias gastrointestinales; refiere
pérdida de la sensación del gusto, falta de apetito y
disminución del peso, problemas cardiovasculares como palpitaciones,
opresión, falta de aire, etcétera. (Para muchos este cuadro
es propio de alguna enfermedad del cuerpo y no una depresión
tratable.)
Como se evidencia, no es conveniente atribuir cualquier síntoma
del anciano a su vejez, a los achaques de la misma, a una demencia o
a una enfermedad física, pues puede ser la manifestación
de una depresión tratable y, por tanto, puede el anciano recuperar
su vitalidad y el resto de las funciones comprometidas. Si no se diagnostica
adecuadamente, se puede hacer crónica y en el peor de los casos,
termina su vida con el suicidio.
MI
HIJO TIENE UN CARÁCTER FUERTE
Es una locución muy utilizada por
aquellas madres que se quejan del comportamiento de sus hijos, calificados
de poseer un carácter fuerte; fuertes, así a secas, por
el hecho de ser impulsivos, dominantes, incapaces de posponer sus deseos
o gratificaciones, caprichosos. Todo tiene que ser como ellos quieren
en el momento que lo desean. Y por estos rasgos del carácter
se les atribuye la supuesta fortaleza.
Y estas personas, evidentemente, no tienen un carácter fuerte,
sino todo lo contrario, muy débil, pues son presas de sus emociones,
de sus impulsos, de sus caprichos. El carácter débil es
excitable, tornadizo, manipulable, provocable, con facilidad se le saca
de sus casillas. También puede ser pasivo, dependiente, timorato,
poco tolerante a las frustraciones, impresionable, sugestionable, emocionable,
dubitativo, etc. El carácter fuerte, por el contrario, es aquel
que cuenta con diversas posibilidades adaptativas, hace en cada momento
lo debido, es capaz de inhibir sus impulsos, si la situación
lo requiere, es dueño de sí y no una víctima de
sus emociones, no es violento en sus manifestaciones de ira, reconoce
sus limitaciones y su fortaleza, y tiene en cuenta las opiniones de
los demás aun cuando no muestren puntos de coincidencia con las
suyas.
Las personas de carácter débil reaccionan desproporcionadamente
a los estímulos. Si se les ofende, pueden tener crisis de llanto
desconsolado, desmayarse, irles encima al ofensor, salir corriendo del
lugar en que se encuentran, realizar un acto suicida. Las personas de
carácter débil tratan de demostrar que no lo son mediante
rasgos del carácter que esconden esa debilidad entre los que
se puede encontrar el autoritarismo, la violencia. Ellos quieren tener
autoridad pero no saben cómo obtenerla sin ser autoritarios,
violentos, dominantes, caprichosos, tercos.
Las personas de carácter fuerte, frente a una ofensa no se dejan
provocar, meditan sus posibles consecuencias, valoran las diversas respuestas
a la misma y eligen la más adecuada, la que, por lo general,
evita males mayores. Ellos no necesitan demostrar su autoridad la cual
emana de su propio comportamiento, de su serenidad al enfrentar situaciones
complejas, de su sabiduría; de su manera de dirigirse a los demás
con respeto, independientemente de quien se trate; de sus actitudes
ante el estudio, el trabajo, la familia y la sociedad.
Muchas veces se confunden las cosas y se dice que Fulano o Mengana tienen
tremenda personalidad porque son personas vistosas, altas, fuertes,
bien parecidas, bien vestidas y otra serie de aspectos exteriores. Eso
no es tener personalidad, sino tener determinada figura. Por otra parte,
el que es bajito, gordito y feo y no sabe vestirse, también tiene
una personalidad, pues todos los seres humanos la tenemos, ya sea normal
o con trastorno. Un sujeto puede ser alto, fuerte, buen mozo y vestirse
muy bien y, sin embargo, ser portador de una personalidad histérica,
paranoide, obsesiva o de otro tipo, todas clasificables como anómalas.
Otro sujeto, gordito, feo, que no se sepa vestir adecuadamente, puede
ser un brillante científico, amante esposo, buen padre, buen
vecino y tener un ajuste psicosocial adecuado, en otras palabras, ser
poseedor de una personalidad normal aunque su aspecto externo no sea
atractivo como el del ejemplo precedente.
Luego, la manifestación que nos ocupa debiera ser, a partir de
esta lectura: “Mi hijo tiene un carácter débil”.
YO
LE HE DICHO MIL VECES QUE SE PREOCUPE POR ELLA
Esta expresión, al parecer, envía
un mensaje positivo, pues preocuparse por uno es bueno. Y también
brinda la imagen de que a quien se le está diciendo no se preocupa
por ella misma, y por eso la otra persona se lo ha repetido en infinidad
de ocasiones. Nada más lejos de la verdad.
Quien la pronuncia generalmente es alguien no preocupado por sí
mismo y en la responsabilidad familiar que tiene (la madre o el padre)
considera que cumple su papel pidiéndole a sus hijos que se preocupen
por sus vidas, cuando él no ha sabido hacerlo. Esto es una falta
de respeto doble, a sí y a los hijos.
Y sucede que la conducta de las figuras significativas, como son los
padres, los maestros, los dirigentes o jefes, tiende a servir de modelo
imitable. Si no se preocupa por usted es risible pedirle preocupación
a su descendencia cuando ese no es el mensaje que le transmite su proceder
cotidiano.
Pero hay más, ese llamado de atención encierra el famoso
mensaje de “Haz lo que yo digo y no lo que yo hago”, que
es inmoral, pues exigimos para los demás lo que no consideramos
para nosotros. Y cuando son los hijos quienes escuchan esto, conocedores
de sus padres, el efecto es muy desagradable pues quieren hacerles creer
algo negado por su propia experiencia.
No le pida a sus hijos que se preocupen por ellos. Preocúpese
por usted. Tenga en cuenta que es la persona más importante de
su familia, porque si usted no funciona bien, ello será una preocupación
para sus seres queridos, pues no podrán funcionar como cuando
todo se desarrolla normalmente. Preocúpese de su salud física
y mental, para que ellos lo imiten. Preocúpese de sí mismo
y podrá llamarles la atención en el momento en que descuiden
este aspecto y lo más significativo, tendrá toda la autoridad
moral para hacerlo.
Si no lo hace de forma sana, sus seres queridos tendrán muy pocas
posibilidades de ocuparse de ellos porque la mayor parte del tiempo
lo tendrán que dedicar a los problemas de usted. Evite, pues,
reclamar atención sin necesidad, mecanismo utilizado con mucha
frecuencia por personas con una ilimitada necesidad de afecto. Ellas
les piden a sus seres queridos que se preocupen por sí mismos
y cuando éstos se disponen a hacerlo, le surgen al aconsejante
problemas, como una descomposición estomacal repentina, una migraña
insoportable, un incremento de la presión arterial no comprobada,
o muy cercana a las cifras habituales, un malestar impreciso, en fin,
cualquier queja que evitará a los demás realizar sus planes.
En fin, les piden que se preocupen por sus vidas, pero en realidad no
los dejan hacerlo.
DOCTOR,
YO LE IBA A EXPLICAR LO QUE A ÉL LE OCURRE PORQUE ÉL NO
SE SABE EXPRESAR
Así exponen con frecuencia quienes
hacen todo lo posible por llevar la voz cantante en el consultorio y
la entrevista es el momento idóneo para plantear sus juicios
sobre lo que está experimentando su ser querido. No dudo del
valor de las opiniones de los familiares, que ayudan, como información
complementaria, a conformar un juicio mucho más cercano a la
realidad. Mientras más fuentes de información se tengan,
más conoceremos al sujeto que recaba nuestra ayuda.
Ahora bien, a veces sucede que determinados familiares, por lo general
muy vinculados afectivamente al necesitado de ayuda, comienzan a darnos
todos los detalles, sin siquiera permitirnos intercambiar unas palabras
iniciales con el paciente. Si logramos conocer el nombre del que se
supone deba recibir la consulta y le hacemos una pregunta, como por
ejemplo: “¿Dónde trabajas, José?”,
el pobre José es interrumpido por el familiar, quien responde:
“Él trabaja como ascensorista, pero hace tres días
que no asiste a su trabajo”. Y así sucesivamente. Y cuando
le aclara que usted desea escuchar a José, que la consulta es
de José, que quien está necesitado de ayuda es José,
entonces hacen el consabido pronunciamiento. Y claro, José no
se expresa no porque no sepa, sino porque no se lo permiten. Y nunca
aprenderá mientras tenga alguien con una necesidad desmedida
de protagonismo y de autoridad aberrante.
Estos familiares son muy susceptibles, se duelen con facilidad y se
sienten maltratados cuando se les pide hacer silencio, fundamental para
el ejercicio médico de entrevistar al enfermo que sufre. Algunos
persisten en sus propósitos de ser voceros de su representado
y no queda otra alternativa que pedirles de favor dejarnos a solas con
el paciente. Éstos, por suerte, son los menos.
Cuando usted quiere que alguien aprenda a expresarse, lo más
lógico es permitirle que lo haga por sí solo. Al principio
no lo hará bien, más tarde lo hará menos mal, y
finalmente será capaz de tener una comunicación fluida.
El ensayo y el error y la corrección del error y el nuevo ensayo,
facilitan un adecuado aprendizaje. Y ese aprendizaje debe facilitarse
desde épocas tempranas de la vida, permitiendo a los hijos describir
sus dolencias, invitándolos a expresar sus criterios, pidiéndoles
su opinión sobre determinados asuntos con el objetivo de lograr
desarrollar su capacidad de comunicación.
EL
MEJOR PSIQUIATRA ES UNO MISMO
Así dicen personas que sufren con
la pretensión de enfrentar su pesar, o sus allegados para estimularlas.
Sin embargo, es una de las expresiones más peligrosas que he
escuchado, pues su repercusión en la salud mental del falso psiquiatra
puede traer males mayores.
En primer lugar, revela niveles nada despreciables de autosuficiencia
en quienes la pronuncian, pues ser psiquiatra significa haber logrado
vencer, tras años de estudios universitarios, unos contenidos
científicos que conforman el cuerpo de conocimientos de esa especialidad
médica, además de un mínimo de aptitudes para lograrlo.
No es posible asumir dicho papel sin una preparación previa.
Detrás de ella se esconde un real temor a los psiquiatras, a
la psiquiatría y por añadidura a la enfermedad mental,
un intento de evitar el contacto con este profesional ya que si “el
mejor psiquiatra es uno mismo”, no hay necesidad alguna de ir
a uno de verdad. Este miedo encubierto denota no estar en su sano juicio
o una escasa cultura médica.
Pretende, además, minimizar la ayuda que estos profesionales
pueden ofrecer en pro del restablecimiento de su salud. En mi opinión,
usted no puede y no debe ser su psiquiatra aunque lo fuera, pues un
psiquiatra no debe ni puede ser su propio terapeuta. Y digo más,
no debe serlo ni siquiera de sus allegados, pues la proximidad afectiva
distorsionaría sus decisiones.
Llama la atención que a nadie se le ocurre decir “el mejor
cirujano es uno mismo”, “el mejor cardiólogo es uno
mismo”, “el mejor neurólogo es uno mismo”,
etc. No se trata de especialidades más respetadas que la psiquiatría
ni de mayor complejidad, pero sí de un desconocimiento mayor
de ella, considerada por muchos una especialidad para atender a los
“locos”.
Por tanto, en la medida en que una persona posponga el momento de asistir
al psiquiatra tendrá mayor tiempo de sufrimiento, más
tiempo de evolución de la enfermedad que lo aqueja, mayor demora
en la implantación de un tratamiento efectivo y puede llegar
a convertirse en un padecimiento crónico por no tomar una medida
oportuna. El mejor psiquiatra no es usted. Es aquel que usted elija
y en el cual deposite su confianza.
TODOS
NO TENEMOS LOS MISMOS PROBLEMAS
Aquí puede encerrarse un mensaje
válido de carácter universal, pero es también un
mecanismo defensivo utilizado por aquellas personas a quienes se les
señala que las actitudes que han adoptado para resolver alguna
situación, pueden demandar otras maneras más eficaces
de afrontamiento. Entonces dejan entrever que han actuado bien pero
sus problemas son mayores que los de los demás o son incomparables.
Somos seres humanos diferentes y realmente todos no tenemos los mismos
problemas. Pero éstos pueden ser clasificados en diversas categorías
y ya no son tan disímiles, como por ejemplo: escolares, laborales,
amorosos, familiares, paterno-filiales, con las figuras representativas
de autoridad, de salud física, de salud mental, de vivienda,
económicos y un largo etcétera. En este sentido, cada
categoría de ellos puede ser subclasificado en otros tantos:
los escolares tratarían las cuestiones relacionadas con el rendimiento
académico, con la asistencia y puntualidad, con la relación
alumno-profesor, etc. Y estas subcategorías podrían ser
analizadas por partes, de manera que el problema escolar con el rendimiento
académico consiste en dificultades con las matemáticas,
específicamente la sustracción. Y aún se puede
continuar la especificación, refiriéndose a cuál
tipo de dificultad en la sustracción presenta el estudiante.
Y al final, veremos que este inconveniente lo tienen muchos otros estudiantes
de diferentes grados o incluso de la misma aula. A pesar de tratarse
de alumnos diferentes los problemas son similares.
¿En qué consiste la defensa en esta expresión?
Simplemente, se detiene en la diversidad de ellos que es la parte conflictiva
de la situación y no hace referencia a las soluciones efectivas
para esas supuestas dificultades, lo cual sería la parte positiva.
Por tanto, si tratamos de ser lo más justos posible, la sentencia
pudiera ser: “Todos no tenemos los mismos problemas, pero sí
muy similares de solucionar”, o bien “Todos los problemas,
por muy disímiles que parezcan, tienen su solución”.
(Es necesario aclarar que cuando me refiero a una solución, incluyo
dentro de esta categoría la aceptación como forma de enfrentamiento
a los asuntos insolubles, por ejemplo: la muerte de un ser querido o
la espera paciente cuando se trata de algunos cuya solución no
se consigue a corto o mediano plazo.)
Y si usted se detiene en los problemas con una actitud contemplativa
o los utiliza para que lo aplasten o para justificar su inmovilismo,
no sólo se está defendiendo, sino que está participando
activamente en su mantenimiento y por tanto en su malestar. No se defienda
al considerar los suyos como únicos, múltiples, insolubles,
difíciles. Luche contra ellos y piense en quienes los han tenido
iguales o mayores que los de usted. Piense que otros en parecidas circunstancias
han encontrado soluciones adecuadas, incluso con menos recursos y apoyo.
La cuestión no radica en la cantidad de problemas sino en la
diversidad de mecanismos satisfactorios para enfrentarlos, en la capacidad
para asumir las complejidades de la vida, superarlas y utilizarlas a
su favor.
YO
NO TENGO NADA
Ésta es una de las expresiones
más importantes que puede oír un psiquiatra en su práctica
profesional. Cuando se escucha por primera vez, se percibe una sensación
extraña de incomprensión y discreto temor, pero después
de años de experiencia, reconocemos en ella un elemento más
para el diagnóstico de una enfermedad psiquiátrica grave.
Y siempre que el psiquiatra se enfrenta a enfermos mentales graves,
experimenta una sensación similar.
Cuando una persona refiere que no tiene nada, pudiera ser que, efectivamente,
no presente o le aqueje malestar alguno, por lo general esta respuesta
se obtiene al realizar un examen médico masivo y como parte de
él, el facultativo pregunta si padece o ha padecido enfermedades
o tiene determinados síntomas.
En otras ocasiones, es la respuesta rebelde u obstruccionista de quien,
aunque no padece una enfermedad mental grave, ha tenido algunas conductas
interpretadas por los familiares como no habituales. Casi siempre responden
así los adolescentes, al asumir posiciones en contra de los familiares
que los han obligado a asistir a la consulta del psiquiatra y de esa
manera exponen su desacuerdo. En estos casos, una relación empática,
no agresiva, respetuosa con el adolescente, puede romper la barrera
en la comunicación y lograr que se manifieste abiertamente y
permita ser ayudado.
Sin embargo, como apuntábamos en el primer párrafo, puede
ser pronunciada por sujetos con grave compromiso de su salud mental,
de tal magnitud, que les impide conservar su sentido crítico
y no se dan cuenta de lo que les está ocurriendo.
Pero lo curioso es que este tipo de enfermo dice que no tiene nada porque
para él sus alteraciones, por muy anormales que parezcan, son
expresión de sus realidades. Y aunque piense que lo quieren envenenar,
que lo persiguen, que existe un complot para matarlo, que lo están
dirigiendo por control remoto y que le controlan sus afectos, sus pensamientos
y su conducta por telepatía, todo esto no se debe a enfermedad
mental alguna.
Simplemente
lo quieren matar, lo persiguen y lo están controlando.
Los familiares tienen la costumbre de “seguirle la corriente”,
lo cual es un error pues lo sumerge más aún en su mundo
caótico. Si bien no es juicioso tratar de corregir lo absurdo
de sus pensamientos mediante el razonamiento lógico, el expresar
desacuerdo con lo que él manifiesta en forma firme pero respetuosa,
es la conducta adecuada para estos casos.
También hemos escuchado esto en individuos que a pesar de no
sentirse emocionalmente bien, consideran que al decir sus malestares
a otros, están dando muestras de poca masculinidad, de imperfección,
de vulnerabilidad. Otras veces, se trata de sujetos a los que el miedo
al psiquiatra, o su rechazo a este tipo de profesionales, les inhibe
la capacidad de expresar sus síntomas.
Si en alguna oportunidad usted lo oye de alguno de sus familiares, amigos
o vecinos, tenga en cuenta estas posibilidades y de seguro podrá
brindarles una ayuda oportuna.
DOCTOR,
EL PROBLEMA ES QUE YO NO SÉ DECIR QUE NO
Acostumbran a decir esto personas que
acuden a la consulta con manifestaciones de neurastenia, es decir, cansancio
físico y mental, dificultades para concentrarse, lo cual les
acarrea trastornos de la memoria de diversos grados, cefalea suboccipital
referida como un “peso en el cerebro”, somnolencia diurna
e insomnio nocturno, disminución de la productividad del trabajo
y desarreglos en la esfera sexual. Estos trastornos que afectan diversas
esferas de la vida del individuo son consecuencia en la mayoría
de las ocasiones de la manera en que enfrenta su vida.
La persona que “no sabe decir que no” es un sujeto con magníficos
atributos personales: puntual, disciplinado, cumplidor, confiable, obediente,
permeable a la crítica y a la presión del grupo, etc.
Además, también goza del respeto y la consideración
de los compañeros de trabajo, de familiares y amigos.
Entre sus características se encuentra la incapacidad para evitar
que sobre sí mismo se multipliquen las responsabilidades y obligaciones.
Y no sabe evitar nuevas tareas impuestas, a pesar de tener muchas más
que el resto de sus compañeros. Así, es jefe del colectivo
de estudio o de trabajo, además de monitor de varias asignaturas
o dirigente sindical; con cargos en alguna organización de vecinos,
política, fraternal o religiosa; con una familia a la que atiende
de forma esmerada. En otras palabras: “el hombre orquesta”.
Pero, como su vida se diluye entre incontables obligaciones, cada una
de las cuales le demanda determinada cantidad de energía física
y mental y la mayor parte de su tiempo, él, que no sabe decir
que no, comienza a agotarse y a pensar que tiene alguna enfermedad física,
generalmente anemia o hepatitis, causante de su decaimiento y la somnolencia
durante el día, hasta que, después de un chequeo de rutina
en el cual los exámenes habituales arrojan resultados negativos,
es enviado a la consulta de psiquiatría.
Y uno de los primeros consejos a este tipo de personas es el deber de
aprender a decir No, como mecanismo defensivo para evitar el exceso
de responsabilidades y tareas. Este recurso le permitirá hacer
un uso más racional de sus potencialidades, conservar su capacidad
laboral, conocer sus limitaciones por las experiencias pasadas, etc.
Y lo más importante, evitar las manifestaciones neurasténicas.
Decir No le dejará brindar una oportunidad a otro individuo para
desarrollar sus capacidades, demostrar sus habilidades y contribuir
al buen funcionamiento del colectivo de estudios o de trabajo.
Decir No le protegerá contra quienes no desean tener responsabilidad
alguna ni tampoco desean asumir una actitud de compañerismo hacia
aquel que está atiborrado de obligaciones.
Hay situaciones en las que no se puede decir No; otras en las que no
se debe decir No; algunas en las que no es prudente o no conviene decir
No. Pero hay un gran número de oportunidades en las que sí
podrá decir claramente No y esa negativa no le ocasionará
problema alguno.
Por último, usted ha dicho casi siempre Sí. Por una vez
que diga No, el mundo no se detendrá. Y mañana, el sol
volverá a brillar para todos.
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