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CRITERIOS
EQUIVOCADOS Y CIENTÍFICOS CON RESPECTO AL SUICIDIO
Existen diversos criterios erróneos
con respecto al suicidio, a los suicidas y a los que intentan el suicidio,
que deben ser eliminados si se desea colaborar con este tipo de personas.
Pasemos a enunciar algunos de ellos, no todos, desde luego, y expondremos
los criterios científicos que desde este momento deben primar
en usted para poder hacer efectiva su ayuda en la prevención
del suicidio.
Criterio
equivocado: El que se quiere matar no lo dice.
Criterio científico:
De cada diez personas que se suicidan, nueve de ellas dijeron claramente
sus propósitos y la otra dejó entrever sus intenciones
de acabar con su vida.
Criterio
equivocado: El que lo dice no lo hace.
Criterio científico:
Todo el que se suicida expresó con palabras, amenazas, gestos
o cambios de conducta lo que ocurriría.
Criterio
equivocado: Los que intentan el suicidio no desean morir,
sólo hacen el alarde.
Criterio científico:
Aunque no todos los que intentan el suicidio desean morir, es un error
tildarlos de alardosos, pues son personas a las cuales les han fracasado
sus mecanismos útiles de adaptación y no encuentran alternativas,
excepto el intentar contra su vida.
Criterio
equivocado: Si de verdad se hubiera querido matar, se
hubiera tirado delante de un tren.
Criterio científico:
Todo suicida se encuentra en una situación ambivalente, es decir,
con deseos de morir y de vivir. El método elegido para el suicidio
no refleja los deseos de morir de quien lo utiliza, y proporcionarle
otro de mayor letalidad es calificado como un delito de auxilio al suicida
(ayudarlo a que lo cometa), penalizado en el Código Penal vigente.
Criterio
equivocado: El sujeto que se repone de una crisis suicida
no corre peligro alguno de recaer.
Criterio científico:
Casi la mitad de los que atravesaron por una crisis suicida y consumaron
el suicidio, lo llevaron a cabo durante los tres primeros meses tras
la crisis emocional, cuando todos creían que el peligro había
pasado. Ocurre que cuando la persona mejora, sus movimientos se hacen
más ágiles, está en condiciones de llevar a vías
de hecho las ideas suicidas que aún persisten, y antes, debido
a la inactividad e incapacidad de movimientos ágiles, no podía
hacerlo.
Criterio
equivocado: Todo el que intenta el suicidio estará
en ese peligro toda la vida.
Criterio científico:
Entre el 1 % y el 2 % de los que intentan el suicidio lo logran durante
el primer año después del intento y entre el 10 al 20
% lo consumarán en el resto de sus vidas. Una crisis suicida
dura horas, días, raramente semanas, por lo que es importante
reconocerla para su prevención.
Criterio
equivocado: Todo el que se suicida está deprimido.
Criterio científico:
Aunque toda persona deprimida tiene posibilidades de realizar un intento
de suicidio o un suicidio, no todos los que lo hacen presentan este
desajuste. Pueden padecer esquizofrenias, alcoholismo, trastornos del
carácter, etc.
Criterio
equivocado: Todo el que se suicida es un enfermo mental.
Criterio científico:
Los enfermos mentales se suicidan con mayor frecuencia que la población
en general, pero no necesariamente hay que padecer un trastorno mental
para hacerlo. Pero no caben dudas de que todo suicida es una persona
que sufre.
Criterio
equivocado: El suicidio se hereda.
Criterio científico:
No está demostrado que el suicidio se herede, aunque se puedan
encontrar varios miembros de una misma familia que hayan terminado sus
vidas por suicidio. En estos casos lo heredado es la predisposición
a padecer determinada enfermedad mental en la cual el suicidio es un
síntoma principal, como por ejemplo, los trastornos afectivos
y las esquizofrenias.
Criterio
equivocado: El suicidio no puede ser prevenido pues
ocurre por impulso.
Criterio científico:
Toda persona antes de cometer un suicidio evidencia una serie de síntomas
que han sido definidos como síndrome presuicidal, consistente
en constricción de los sentimientos y el intelecto, inhibición
de la agresividad, la cual ya no es dirigida hacia otras personas reservándola
para sí, y la existencia de fantasías suicidas, todo lo
que puede ser detectado a su debido tiempo y evitar se lleven a cabo
sus propósitos.
Criterio
equivocado: Al hablar sobre el suicidio con una persona
en este riesgo se le puede incitar a que lo realice.
Criterio científico:
Está demostrado que hablar sobre el suicidio con una persona
en tal riesgo en vez de incitar, provocar o introducir en su cabeza
esa idea, reduce el peligro de cometerlo y puede ser la única
posibilidad que ofrezca el sujeto para el análisis de sus propósitos
autodestructivos.
Criterio
equivocado: El acercarse a una persona en crisis suicida
sin la debida preparación para ello, sólo mediante el
sentido común, es perjudicial y se pierde el tiempo para su abordaje
adecuado.
Criterio científico:
Si el sentido común nos hace asumir una postura de paciente y
atenta escucha, con reales deseos de ayudar al sujeto en crisis a encontrar
otras soluciones que no sean el suicidio, se habrá iniciado la
prevención.
Criterio
equivocado: Sólo los psiquiatras pueden prevenir
el suicidio.
Criterio científico:
Es cierto que los psiquiatras son profesionales experimentados en la
detección del riesgo de suicidio y su manejo, pero no son los
únicos que pueden prevenirlo. Cualquiera interesado en auxiliar
a este tipo de personas puede ser un valioso colaborador en su prevención.
Criterio
equivocado: El tema del suicidio debe ser tratado con
cautela por los problemas sociopolíticos que ocasiona.
Criterio científico:
El tema del suicidio debe ser tratado de igual forma que otras causas
de muerte, evitar las noticias sensacionalistas y aquellos manejos que
provoquen la imitación de esa conducta. Por otra parte, el suicidio
como causa de muerte, se observa en países de regímenes
socioeconómicos diferentes, desde los muy desarrollados hasta
los que apenas tienen recursos, pues responde a factores diversos, como
son los biológicos, psicológicos, sociales, psiquiátricos,
existenciales, etc.
CÓMO SE INTERROGA SOBRE SUS IDEAS
SUICIDAS A QUIEN LAS TENGA
La idea suicida abarca una serie de pensamientos
que expresan los deseos de alguien de terminar con su vida; puede adquirir
las siguientes formas de presentación:
A. Idea suicida sin planeamiento de la acción:
Es aquella idea en la cual el individuo expresa deseos de matarse aunque
no sabe cómo hacerlo. Es frecuente que al preguntarle cómo
ha pensado quitarse la vida, responda: “No sé”.
B. Idea suicida con un método inespecífico o indeterminado: Es aquella en la que el sujeto expresa deseos de matarse y maneja varios métodos sin decidirse aún por uno específico. Es común cuando se le pregunta de qué forma ha pensado quitarse la vida, responda lo siguiente: “De cualquier forma, ahorcándome, quemándome, tirándome delante del tren”.
C. Idea suicida con un método específico pero no planificado: Es aquella idea en la que el individuo desea morir, ha elegido un método específico, pero aún no ha considerado cuándo hacerlo, en qué lugar y qué precauciones ha de tomar para llevar a cabo el suicidio.
D. Plan suicida: Es aquella idea que, además de expresar sus deseos de autoeliminación, contiene el método específico, el lugar determinado y las precauciones que ha de tomar para lograr no ser descubierto y alcanzar el propósito anhelado de morir. Es muy grave cuando se presenta.
Contrariamente a lo que se piensa, interrogar sobre la existencia de las ideas suicidas no incrementa el riesgo de desencadenar este tipo de acto y puede ser la única oportunidad, tal vez la última, de iniciar las acciones preventivas.
Varias son las maneras de abordar el tema de la ideación suicida cuando el sujeto no las manifiesta de forma voluntaria:
Primera variante. Se le puede decir lo siguiente a la persona que se supone en peligro: “Evidentemente usted no se siente bien, me he dado cuenta de eso, y desearía saber de qué forma ha pensado resolver su situación actual”. En esta variante se realiza una pregunta abierta para que el sujeto pueda expresar sus pensamientos y así poder descubrir sus propósitos suicidas.
Segunda variante. Se puede escoger un síntoma de los que más moleste al individuo y apoyándose en él, indagar sobre la presencia de ideas suicidas, como por ejemplo: “Usted me dice que apenas duerme y yo sé que cuando eso ocurre le vienen a uno a la cabeza muchos pensamientos. ¿Podría decirme en qué piensa usted cuando está insomne?”
Tercera variante. Se puede abordar al sujeto de la siguiente manera: “Durante todo este tiempo que se ha sentido tan mal, ¿ha tenido pensamientos malos?”. En esta modalidad la idea suicida se hace sinónimo de pensamientos malos, aunque también se le puede calificar de ideas desagradables, barrenillos, pensamientos raros, etc. Si la respuesta es afirmativa, se debe preguntar cuáles son esos malos pensamientos, pues pueden ser temores infundados, miedo a enfermedades, a que le den una mala noticia, etc.
Cuarta variante. Se inicia el interrogatorio interesándose el entrevistador por la conducta suicida en la familia del sujeto, para en otro momento preguntar sobre el mismo tema, pero en el propio individuo. Sería como sigue: “Deseo saber si en su familia alguien se ha suicidado o ha intentado el suicidio. (Esperar respuesta.) ¿Usted lo ha intentado alguna vez? ¿Ahora lo está pensando hacer?”
Quinta variante. Se le puede preguntar directamente si
ha pensado matarse, lo que haría como se ejemplifica: “¿Ha
pensado en matarse por todo lo que le ocurre?; ¿ha pensado suicidarse?;
¿ha pensado acabar con su vida?”.
Sexta variante. En ésta es fundamental que el entrevistador conozca
algún caso de suicidio entre los familiares, amigos o vecinos
del individuo en riesgo, para abordarlo con lo que sigue: “¿Estás
pensando solucionar tu problema de la misma manera que lo hizo Fulano,
quitándose la vida?”.
Una vez determinado si la persona tiene una idea suicida, es aconsejable continuar profundizando, con esta secuencia:
1. ¿Cómo ha pensado suicidarse?
2. ¿Cuándo ha pensado suicidarse?
3. ¿Dónde ha pensado suicidarse?
4. ¿Por qué ha pensado suicidarse?
5. ¿Para qué ha pensado suicidarse?
OTRAS MANIFESTACIONES NO VERBALES DEL
SUJETO CON IDEAS SUICIDAS
Cuando el individuo no “verbaliza”
sus ideas suicidas, se puede llegar a sospecharlas mediante determinadas
manifestaciones: algunos tienden a restar importancia a las ideas suicidas,
minimizarlas, sobre todo con una sonrisa y expresiones como: “No
te preocupes por mí”, “No va a pasar nada”.
El cese de la angustia, una sensación de paz y tranquilidad internas,
un período de calma después de una fase de agitación,
son signos de grave peligro suicida, pues se ha resuelto el conflicto
entre los deseos de vivir y los deseos de morir a favor de estos últimos
(la calma antes de la tormenta).
Otras veces el sujeto se iguala, se identifica de manera velada o explícita con un conocido suicida con expresiones como: “Yo no pienso hacer lo mismo que hizo mi primo que se suicidó” (y usted no ha mencionado el tema durante la conversación). O también comparar su situación con la similar de una persona que se suicidó: “Fulano se mató cuando supo que tenía cáncer” (y a él se le está investigando para diagnosticarle un cáncer).
Apuntan hacia la presencia de una idea suicida las conductas asumidas cuando se le pregunta si ha pensado en quitarse la vida, entre las que se destacan el llanto sin pronunciar palabra alguna, bajar la cabeza y mirar el piso, hacer silencio repentino, motivado por la propia pregunta; fruncir el ceño, mostrarse intranquilo o angustiado, etc.
Hablan a favor de la existencia de un plan suicida, la tenencia escondida del futuro método para lograrlo (acumular tabletas, llevar consigo el tóxico, la soga), dirigirse hacia el lugar elegido para realizar el acto suicida y que usualmente no es visitado por el sujeto, ingerir bebidas alcohólicas en cantidades y con una frecuencia inusuales que llaman la atención de quienes lo conocen, mediante lo cual el individuo trata de lograr “el valor” necesario para llevar a cabo sus intenciones.
En no pocos casos las manifestaciones de angustia, miedo, intranquilidad, zozobra, son la expresión de una idea suicida que tiene la característica de ser recurrente, conminatoria, intrusiva en el campo de la conciencia del sujeto, sin que él se lo proponga y que es vivenciada como ajena, impuesta desde el exterior, aunque la reconoce como propia. Esta idea reviste grave peligro, pues personas impresionables y sugestionables, mediante un proceso de autohipnosis pueden llevar el suicidio a vías de hecho.
Por último, se debe prestar especial atención a aquellas personas que experimentan cambios ostensibles en su comportamiento habitual que limitan sustancialmente su adaptabilidad social (ingestión de alcohol o drogas, deserción laboral, divorcio, disidencia del grupo de pertenencia, etc.), aunque algunos autores excluyan estos cambios por considerar que se sustentan en motivaciones diferentes.
LA
PERSONA CON RIESGO SUICIDA Y SU MANEJO
A continuación expondré
varias maneras de manejar a una persona con la posibilidad de realizar
un acto suicida y alerto al lector de que cualquier método, siempre
que sea auténtico, armonice con las características de
la personalidad de quien lo emplea, sea utilizado por quien crea en
su efectividad y persiga como objetivo impedir la consumación
de dicho acto, puede lograr buenos resultados en la prevención
del suicidio.
I. Frente a todo paciente con riesgo de suicidio lo primero que se evalúa es si el sujeto puede responsabilizarse con su vida o no está en condiciones para ello. Esto implica considerar quién ha sido esta persona, quién es ahora, comparándola con los datos recabados previamente, para hacer patente las diferencias, si existieran, y que pueden precipitar un acto suicida. Aquí queda incluida también, la búsqueda de la parte sana e inteligente del paciente, con la que debemos trabajar para disminuir las probabilidades de llevar a vías de hecho los propósitos autolesivos. Paralelamente, se debe explorar qué otros recursos en la familia y en el medio están disponibles para evitar el intento o el suicidio de la persona.
Al igual que se evalúa la parte sana, debe evaluarse la parte enferma del individuo, es decir, su grado de perturbación mental: si está privado o no de sus facultades mentales y si es capaz de participar de manera constructiva o no en su autoayuda. Y también si esta persona tiene reales motivos para seguir viviendo, por lo que se hace necesario averiguar si está casado, si tiene hijos, si trabaja y se siente satisfecho con lo que hace, si tiene amigos o pertenece a alguna organización política, religiosa, fraternal, etc., su estado de salud física y sensación de bienestar, entre otras cuestiones.
Luego de este análisis entre quién era este sujeto y quién es ahora, en este momento de riesgo, se pueden dividir las personas potencialmente suicidas en tres categorías:
* Primera
categoría: Personas imposibilitadas de hacerse responsables
de sus vidas. En esta categoría se incluyen a los que tienen
muy pocos motivos para seguir viviendo, como los ancianos solos y sin
familia que se ocupe de ellos y tengan otros factores de riesgo suicida
sobreañadidos, como enfermedad dolorosa, incapacitante, que requiera
varias intervenciones quirúrgicas, mala situación económica,
tristeza, llanto, ideas suicidas, amenazas de quitarse la vida, ingestión
frecuente de alcohol, insomnio marcado, demencia incipiente, etcétera.
Los individuos portadores de enfermedades psiquiátricas graves
como las esquizofrenias, los trastornos del humor, la depresión
y el alcoholismo complicado; los dementes y los retrasados mentales
moderados a severos, así como aquellos enfermos físicos
portadores de cáncer o SIDA, y los que padezcan de dolor crónico
intenso.
Por último, los niños deben quedar entre las personas
que no son responsables de sus vidas, pues, realmente, no lo son.
* Segunda categoría: Personas con responsabilidad parcial sobre sus vidas. En esta categoría quedan incluidos quienes padezcan las enfermedades del acápite anterior en determinado momento de su evolución, cuando es posible mantener contacto con el facultativo, son manejables en su medio familiar y sus síntomas actuales no son de gravedad. Se incluyen también los retrasados mentales ligeros, los alcohólicos no complicados y, desde luego, a los adolescentes, que aunque no son enfermos al igual que los niños, requieren a diferencia de éstos, no tutelaje, sino orientación, consejos.
* Tercera categoría: Aquí se incluyen a las personas con plena responsabilidad sobre sus vidas, como los que presentan trastornos de la personalidad, enfermedades psiquiátricas menores o no graves, enfermedades físicas con repercusión psicológica pero con conciencia lúcida, problemas situacionales sin síntomas de graves alteraciones del funcionamiento psíquico; y, desde luego, los adultos sin trastornos psiquiátricos.
Con cada una de estas categorías se debe hacer una intervención
diferente, según el siguiente diagrama:
Este manejo se propone en lo fundamental, comprobar si el sujeto puede
colaborar con el cuidado de su propia vida y con quienes le quieren
ayudar a que se la cuide. Mientras menos cooperación haya, se
deben extremar las precauciones pues es más probable la realización
del acto suicida, independientemente del grado de responsabilidad que
tenga sobre su vida.
II. Esta variante es para enfrentarnos con quien haya realizado un intento de suicidio. Consiste en tratar de dar respuesta a una serie de preguntas en conversación con el suicida en potencia. Pasemos a enunciarlas:
1. ¿Quién era esta persona antes de intentar contra su
vida?
De las respuestas a esta pregunta se pueden
conocer los factores que elevan el riesgo de cometer suicidio:
• Padecer enfermedad psiquiátrica previa
• Antecedentes de intentos de suicidio
• Inadaptación social
• Inadaptación laboral
• Inadaptación familiar
• Provenir de una familia psiquiátrica o tener familiares
psiquiátricos, locos
• Provenir de una familia de suicidas o sobrevivientes de suicidios.
2. ¿Quién es esta persona ahora?
La comparación entre las respuestas
a la pregunta precedente y a ésta puede dar más aproximación
al riesgo de suicidio, pues mientras mayores sean las diferencias entre
lo que una persona fue y lo que es, éste puede incrementarse.
Aquí queda incluido además, el cuadro clínico actual,
es decir, los síntomas presentados y es la idea suicida planificada
la más peligrosa por la cercanía a la ejecución
del acto; la inadaptabilidad familiar, laboral y social en el presente,
los factores que desencadenaron el intento suicida, entre los que sobresalen
los conflictos de familia y pareja, las enfermedades físicas
asociadas, etc.
3. ¿Es alta su letalidad?
Aquí las respuestas nos deben orientar
sobre el método empleado, pues aunque cualquiera en determinadas
circunstancias puede ocasionar la muerte, los llamados métodos
duros, como el ahorcamiento, el fuego, la precipitación de lugares
elevados creados por el hombre o naturales, sección de grandes
vasos, sumersión y otros, son más peligrosos. Con respecto
a las circunstancias, debe prestarse especial atención a los
que eligen lugares de difícil acceso, en los que las posibilidades
de rescate son mínimas, aunque se han realizado suicidios ante
las cámaras de televisión y millones de televidentes.
4. ¿Qué es lo que dice el paciente?
Con esta pregunta se trata de verificar
a qué se ajusta la ideación suicida: si existe el propósito
de morir o al acto se le atribuye otro significado como el deseo de
mostrarle a otros cuan grandes son sus problemas, escapar de una situación
intolerable, petición de ayuda, etc. La presencia de un plan
suicida incrementa sustancialmente el peligro de repetirlo con éxito,
al igual que las ideas distorsionadas sobre la realidad, los clásicos
“disparates” al decir de los familiares, que cuando tienen
como tema supuestas culpas, autorreproches, miserias, tragedias, calamidades,
enfermedades incurables, etc., comportan elevado riesgo de suicidio.
5. ¿Qué parte sana tiene el sujeto?
La respuesta a esta pregunta tiene una
importancia estratégica pues de ella depende el manejo definitivo
de la crisis suicida del sujeto. Las situaciones diversas que se pueden
presentar transcurren desde personas sin apenas perturbación
psíquica hasta las gravemente perturbadas, desde las que tienen
una crítica razonada de lo ocurrido hasta las que consideran
el suicidio como única posibilidad.
6. ¿De qué se puede aferrar este sujeto, además
de mí, para seguir viviendo?
Como se ve, mediante esta pregunta debe
conocerse todo aquel que trate con la persona con riesgo suicida; esto
es de gran valor humano, fraternal, solidario, porque, además
de nuestra ayuda, debemos recabar apoyo de hijos, cónyuges, compañeros
de trabajo, vecinos, etc.
7. ¿Qué más puedo hacer por esta persona?
Su contestación permite hacer una
revisión de lo hecho hasta este momento que, en lo fundamental,
ha consistido en la evaluación del riesgo suicida. En lo adelante,
se deben concentrar los esfuerzos en dirigir a la persona con intento
suicida, amenazas suicidas, ideas suicidas planificadas o no, a recibir
atención calificada, que puede ser el médico de la familia,
psicólogos, psiquiatras, unidades de intervención en crisis
de los hospitales generales , etc. Este objetivo de acercar al individuo
en crisis suicida a los centros de salud es fundamental, y si él
no va a ellos, se puede pedir una visita en el domicilio al médico
de la familia, si es que ya no la ha realizado como parte de sus deberes.
Por último, recuerde no dejar solo en ningún momento a la persona en una crisis suicida. No lo olvide.
8. ¿Lo he hecho todo?
Como se puede observar, ésta es
una pregunta incisiva que complementa la anterior pretendiendo con ella
sean movilizados todos los recursos disponibles, entre ellos, la familia,
amigos, vecinos, comunidad, instituciones, organizaciones y todo cuanto
sea necesario para enfrentar a un sujeto con intenciones suicidas.
III.
Otra variante para el manejo de la persona con riesgo suicida.
Lo primero que se debe hacer cuando una
persona nos confía sus ideas suicidas, es TOMARLO EN SERIO, dándole
la importancia requerida a la situación, pues muchos cometen
el grave error de considerar a quienes intentan el suicidio como chantajistas,
manipuladores, que se están haciendo los locos, que eso es un
teatro o un alarde. Si piensan así, no podrán nunca comprender
ni ayudar a un presunto suicida.
Un segundo paso en este manejo es tratar de comprender al sujeto, los motivos que tuvo para intentar contra su vida, y para lograrlo, es importantísimo escuchar con real interés lo que él dice, detenidamente, con atención, así se facilita la liberación de emociones y sentimientos lo cual cumple una función catártica, vomitiva, con el consiguiente alivio, aunque sea momentáneo, pero alivio al fin. Todo lo anterior favorecerá la relación con él y la ayuda que se desea brindar.
En tercer lugar debemos tratar de facilitar en el individuo la búsqueda por sí mismo de soluciones a su problemática actual, de alternativas realistas y posibles, pues en momentos de crisis éstas están sustancialmente reducidas, y predominan los sentimientos de autodestrucción.
No es conveniente erigirse en juez supremo de los actos del sujeto o querer responsabilizarse con su vida si él está en condiciones de hacerlo por sí mismo.
Lo cuarto es desterrar del pensamiento la idea falsa de minimizar el motivo por el cual una persona puede intentar el suicidio con expresiones como: “No lo hará pues lo que le está pasando no es motivo para quitarse la vida”. Para usted u otro individuo sin riesgo suicida, puede que ese motivo no desencadene dicho acto, pero para el sujeto en riesgo, un motivo similar puede precipitarlo.
Lo quinto que NUNCA DEBE HACERSE es retarlo, sugiriéndole métodos de mayor letalidad del que haya empleado en caso de ser sobreviviente de un intento de suicidio, como: “¿Y si tenías tantos deseos de morir por qué no te tiraste delante del tren?, y el sujeto sólo había ingerido tabletas de un ansiolítico de acción breve; o “Acaba de matarte de una vez que me tienes aburrido” o “Usted no se mata nada, no esté haciendo papelazos”, estas expresiones deben ser abolidas de nuestro léxico y criticar a quien las pronuncie porque, evidentemente, no sabe la hostilidad que este tipo de personas genera en él.
Pierda el temor de enfrentarse a personas con ideas suicidas, quienes, por lo general, son capaces de establecer una buena relación con usted, están muy necesitados de ser escuchados y desean seguir viviendo con solo que ocurran pequeñas modificaciones en sus vidas.
Y no olvide nunca que si intuitivamente considera que el sujeto está en crisis suicida y puede consumar el suicidio, trate por todos los medios de dirigirlo a un centro médico para su tratamiento especializado.
IV. Al enfrentarnos a una persona potencialmente suicida, es necesario tener en cuenta nuestras propias opiniones y puntos de vista con respecto a quienes lo intentan, los cuales pueden oscilar desde el rechazo manifiesto, considerándolos como cobardes, hasta la plena justificación, catalogándolos de héroes.
No es prudente asumir, al enfrentarlos, ni una posición ni la otra. Los individuos que atentan o desean atentar contra su vida, no son ni cobardes ni valientes, pues la cobardía y la valentía son cualidades del carácter no cuantificables por la capacidad que tengan los seres humanos de privarse de sus vidas o no. A estas personas les ha fallado su capacidad reactivo-adaptativa, les han fracasado sus mecanismos útiles de adaptación ante los avatares de la vida, y como sucede en cualquier caso de crisis, se encuentran desesperados, confusos y con una mezcla ambivalente de sentimientos.
Ante esta situación es muy útil servir de “modelo
ortopédico” a este tipo de individuos, dándoles
apoyo frecuente, ayudándoles en el análisis de sus problemas
y dificultades, facilitando la participación de ellos en la búsqueda
de soluciones en conjunto con otros familiares, compañeros de
estudio o de trabajo, con la finalidad de disminuir hasta donde sea
posible los sentimientos recurrentes de soledad tan frecuentes en las
personas suicidas.
Es una buena técnica de ayuda no intentar convencerlos de lo
maravilloso que resulta estar vivo, de lo buena que es la vida y otras
conversaciones similares, pues ellos, precisamente, no son capaces de
pensar eso y lejos de ayudar, se pueden incrementar sus sentimientos
de ineficiencia, inutilidad, minusvalía, por sentirse incapaces
de disfrutar de los beneficios de vivir. En este sentido, es más
útil precisar con detalles lo que dicen sobre sus vidas y porqué
consideran que carecen de sentido y es mejor morir, pues la sola expresión
de estas opiniones pudiera llevarles cierto alivio, además de
permitirnos conocer cómo piensan.
No se debe olvidar ni por un momento que las personas con este riesgo, tienen alternativas muy limitadas para resolver problemas y la más socorrida es el suicidio, por lo que resulta de gran importancia conocerlas y evaluar cuan realistas son, y si el peligro es elevado; desde ese momento no se deben dejar solas.
Por último, emplee una parte del tiempo junto a ellas en hacerles comprender las otras opciones no suicidas para resolver los problemas, y que ocasionarían sufrimiento a personas allegadas si murieran; así como también hay quienes desean ayudarles, sin olvidar mencionar las fuentes donde recurrir en busca de salud mental, si persisten los deseos de autoeliminación, en cuyo caso, usted es la persona indicada para acercarlas a ellas.
V. Una variante un tanto complicada de manejar a estas personas con riesgo de suicidio, es aquella en la cual lo primero es realizar el diagnóstico del significado de quitarse la vida para quien desea hacerlo o lo haya intentado.
No todos los que se autoagreden tienen reales deseos de morir. A los efectos resultantes de autoagresiones sin propósitos de muerte se les denominan daños autoinfligidos y como he señalado con anterioridad, pueden tener diversos significados, necesarios de precisar para hacer un manejo más efectivo de estas personas.
Muchos se infligen daño para evitar con ello el dolor físico, síntoma fundamental ocasionado por determinada enfermedad. No es menester la evidencia del mismo, sino que pueden atentar contra la vida a causa de lo por venir, como es el caso de enfermedades incurables. En esta situación, lo esencial es asegurarle al individuo que existen los medicamentos fundamentales en cantidad suficiente para hacerle frente a esta contingencia y, de fracasar, hay otras técnicas para poner fin al dolor, disponibles en instituciones especializadas.
Algunos desean con el suicidio agredir a otros seres queridos por lo que se hace provechoso discutir el tema de la agresividad y cómo hacerla socialmente útil, pues no es malo ser agresivo, sino hacer un mal uso de ella. Un boxeador que no sea agresivo no es un buen deportista, pues en todos los deportes de combate la agresividad es fundamental. Y ni siquiera en estos casos puede ser utilizada a tontas y a locas, sino de manera inteligente que se traduzca en la victoria. En lo cotidiano hay que hacer lo mismo.
Otros reaccionan de esta manera ante la pérdida de una relación valiosa, y en estos casos se les debe recordar otras pérdidas que hayan precedido a la actual, relacionar los estados anímicos pasados con los presentes y valorar en qué medida esta situación ha vuelto a tener el mismo significado de las experiencias pasadas. Pero ahora es un adulto y se espera de él enfrentarlas de forma más madura, más realista, menos dependiente, menos dañina para él y los que le rodean.
Muchos de los que intentan contra su vida nos están indicando que en ellos ha hecho su debut determinada enfermedad mental de importancia, con necesidad de atención especializada cuanto antes por el peligro de llegar a consumar el suicidio, y se hace impostergable la orientación hacia una clínica psiquiátrica para su diagnóstico, tratamiento y seguimiento de su evolución por profesionales competentes.
Una parte de ellos recurren al suicidio tratando desesperadamente de pedir ayuda por encontrarse ante un problema, incapaces de resolver por sí solos, pues sobrepasa sus capacidades de ajuste. En estos casos, lo mejor será retirarlos de la situación si fuera posible mediante cambio de ambiente, hospitalización, etcétera, enseñarles otras variantes de enfrentamiento y pedir apoyo a cuantas personas tengan que ver con este individuo y la solución de su contrariedad.
Por último, hay quienes desean quitarse la vida para salir de una dificultad agobiante como pudiera ser una relación conflictiva y difícil, una situación socioeconómica precaria, responsabilidades ineludibles para las que no se está preparado, etc. Una buena alternativa en estos casos es brindar apoyo emocional al sujeto, calor humano y valorar de qué manera el estrés puede ser reducido para aliviar sus tensiones.
VI. Una forma de poder ayudar a las personas en peligro de suicidio
es conocer cómo se sienten en esos momentos.
Es común en ellas sentirse terriblemente
solas, sin nadie interesado que las entienda. En muchas oportunidades,
el aislamiento en que se sumergen les facilita estos sentimientos. Con
frecuencia consideran a la vida carente de sentido alguno, suponen que
las demás personas se sentirían mejor si ellas no existieran
y es preferible estar muertas. Se sienten pesimistas, creen que nada
les ha salido, les sale ni les saldrá bien en sus vidas, que
son una calamidad y sus dificultades no tienen solución.
No son pocos los desesperados cuyas fantasías suicidas en sus mentes, cada minuto que pasa se hacen más firmes y convincentes. Pero unido a ello sienten también muchos deseos de seguir viviendo si determinados cambios ocurrieran, si se les brindara un poco de ayuda.
Es conveniente eliminar el criterio equivocado de no poder ayudarlos con el simple sentido común, pues ellos sólo necesitan que se les escuche y se les asista.
Ante una persona que le confía sus deseos de suicidarse, le sugiero lo siguiente:
• No se alarme al recibir esta información, pero siempre tómela en serio.
• Estimúlela a que le confíe sus problemas y cómo ellos le hacen sentir.
• Hable usted lo menos posible para que predomine siempre la voz de la persona que sufre.
• Toque a la persona, pues el contacto piel con piel facilita la comunicación (ejemplo: ligera presión manual del antebrazo mientras le invita a que se desahogue).
• No se ponga de ejemplo, ni le hable de usted y sus experiencias personales.
• No le dé las soluciones que fueron buenas para usted, pues puede ser que para ella no sirvan en lo absoluto.
• Si no se siente seguro en lo que está haciendo, pida ayuda. No es aconsejable el manejo en solitario de personas con riesgo de suicidio cuando haya inseguridad.
• Acompáñela hasta que el peligro haya pasado, lo cual puede manifestarse al ser capaz de expresar verbalmente su crítica hacia los pensamientos suicidas cuando mejora su estado de ánimo, y se muestra más relajada, tranquila, cooperadora e interesada por las actividades cotidianas.
• Si el riesgo suicida persiste, lleve al sujeto para que reciba atención psiquiátrica especializada.
• Inténtelo de nuevo cuando cualquier otra persona le confíe sus propósitos suicidas y le saldrá mejor que la primera vez, como a todos los que nos hemos dedicado a la prevención del suicidio.
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