Psicoterapia para Aprender a Vivir
Prof. Dr. Sergio Andrés Pérez Barrero
Profesor Titular. Especialista de 1er y 2do Grado en Psiquiatría.
Presidente de la Sección de Suicidiología de la Sociedad
Cubana de Psiquiatría.
Fundador de la Sección de Suicidiología de la Asociación
Mundial de Psiquiatría.
Miembro del Grupo de la OMS para la Prevención del Suicidio.
Asesor Temporal de la OPS/OMS para la Prevención del Suicidio
en Las Américas.
Prevenir el Suicidio II
MANEJO DE QUIEN REALIZA UN INTENTO SUICIDA
POR VENGANZA O CHANTAJE
El intento suicida por venganza o chantaje,
es el realizado por personas con rasgos anormales en su carácter,
quienes pretenden, mediante este acto, castigar a otros, ponerlos en
evidencia como culpables de su acto suicida y, en el caso de fallecer,
hacerlos responsables de su muerte.
Las personas que realizan este tipo de intento suicida han asumido con
relativa frecuencia el papel de víctimas en sus relaciones interpersonales
o el de manipuladoras de los demás. En la generalidad de los
casos, pretenden castigar a alguien muy estrechamente relacionado con
ellas, como el padre, la madre, cónyuge, novio, novia, etc.,
por algo que hizo o no esperaba que hiciera o no lo hizo y ellas querían
que se hiciera. Casi siempre, el tiempo transcurrido entre el problema
o motivo supuesto y la tentativa de suicido, es breve: minutos, horas,
raramente días, de manera que la otra persona y con ella los
demás, se puedan dar cuenta de la estrecha relación entre
lo ocurrido y el acto suicida. A veces pueden dejar notas de despedida
o mensajes contradictorios como el que sigue: “No culpen a Fulana
de lo que hago, pero desde lo que me hizo no puedo pensar en otra cosa
que no sea la muerte” (¡?)
Este tipo de intento suicida debe ser manejado de la siguiente manera:
- Es conveniente hacerle saber a esta persona que ningún ser
humano es culpable ni puede hacer que otro se suicide: es el propio
sujeto que intenta el suicidio quien elige el método y él
mismo quien lo lleva a la práctica. Cuando un individuo causa
la muerte a otro, ya no es un suicidio, que por definición es
matarse a sí mismo, sino un homicidio. En este sentido, se dice
que el suicidio es el homicidio de sí mismo.
- Debe
entender que la responsabilidad del intento suicida es del propio sujeto
que lo realiza, por no tener un adecuado control de su impulsividad
y manejar de manera inadecuada su hostilidad, por no haber aprendido
a enfrentar situaciones complejas y elegir mecanismos anormales de afrontamiento.
- Se
debe hacer el análisis de quién castiga a quién
con dicho intento. Sin lugar a dudas, la persona a quien se pretende
castigar seguirá viviendo, aunque con cierto grado de culpabilidad,
mayor cuanto más cercano sea el vínculo afectivo que los
unía. Sin embargo, el castigado con más severidad es quien
lo intenta, pues en primera instancia puede perder la vida o afectar
su salud; puede perder la confianza de sus seres queridos quienes empezarán
a tratarlo con miedo, lástima o compasión, pero no como
a una persona normal; será el comentario del vecindario, pues
pensarán que no está gozando de una buena salud mental.
Hay que hacer énfasis en que el supuesto castigador, a partir
de ese momento, tendrá dificultades para conocer por qué
se continúan las relaciones con él o ella, si es porque
aún existe amor o porque le tienen miedo a sus reacciones, en
caso de que se haya tratado de la pareja, uno de los casos más
frecuentes.
También debe entender cuánto se limitan sus posibilidades
futuras de estabilidad afectiva y de encontrar una pareja normal, pues
es difícil mantener vínculos duraderos con quien haya
intentado el suicidio para vengarse de un ser querido.
- Hay
que invitarlo a que modifique su manera anormal de querer, pues es un
grave error creer aquello de “quien bien te quiere te hará
llorar”; cuando realmente se quiere no se chantajea al ser amado
ni se hace objeto de venganza alguna o manipulación.
- Necesita
comprender lo imprescindible de modificar la forma de ser y hacer, es
decir, el comportamiento, si es que pretende ser una persona lo más
equilibrada posible. Y una de las características de ésta
es que no se autoagrede para culpar a otros de lo que hace contra sí
mismo.
- El
sujeto es el único responsable de su vida y también de
su muerte, y en esa muerte por suicidio, el papel principal será
desempeñado por su propia manera de ser, por ninguna otra persona
y hay que hacerle comprender esto.
- Se
debe enfatizar con él en la necesidad de establecer diferencias
entre el motivo de algún hecho y su causa. El motivo de un intento
suicida por venganza o chantaje puede ser cualquiera, un disgusto, la
ruptura de una relación, una frustración, etc. Pero la
causa de esta conducta anómala es el propio sujeto, con su forma
anormal de manejar situaciones.
- Por
último, es preciso invitarlo a que haga utilización de
la parte buena, adulta y responsable de su personalidad, que seguramente
impedirá la realización de actos de este tipo, muestra
evidente, sin lugar a dudas, de rasgos inmaduros del carácter.
MANEJO DE QUIEN REALIZA UN INTENTO SUICIDA
POR MIEDO
Este tipo de intento de suicidio lo realizan
quienes tratan de evitar una situación muy temida, de ahí
la importancia de definir de qué se trata.
Hay momentos que generan temores diversos en la generalidad de los seres
humanos, como son las guerras, las epidemias, las hambrunas, las catástrofes
naturales. Algunos, sólo lo generan en determinadas personas,
no así en otras, por tratarse de circunstancias que habitualmente
no producen este tipo de emoción. Son las llamadas fobias, temores
irracionales a dificultades, objetos o animales y múltiples cosas
en dependencia de su origen.
Existen otras contrariedades muy temidas, no por la situación
en sí misma, sino por las consecuencias derivadas de ella en
ciertos contextos culturales. Pongamos por ejemplo el caso de una adolescente
en un hogar, educada con rígidos principios morales entre los
que la virginidad es la principal divisa de la honra, y perderla significa
ser una deshonra para ella y la familia. Supongamos que esta adolescente,
por amor, curiosidad, embullo, o cualquier otra razón válida
para sí en ese momento, tiene relaciones sexuales con su novio,
ese temor a enfrentarse a las consecuencias de su acto, puede llevarla
a realizar un intento de suicidio para evitar la cólera paterna
o materna, los regaños de los familiares, las habladurías
y los comentarios, etcétera. En estos casos, los familiares reaccionan
con una gama de efectos entremezclados, que pueden ir desde el enojo,
hasta la agresividad física, por sentir que la adolescente les
ha humillado ante todos.
En circunstancias de este tipo, sugiero realizar el siguiente manejo:
- Hay que hacerles comprender a los padres lo limitado de su criterio
de una hija buena y honrada, pues una buena hija lo es porque es estudiosa,
sociable, bondadosa, sacrificada, cariñosa, respetuosa, veraz,
puntual, y toda una serie de cualidades personales que seguro su hija
tiene y ellos no se han detenido a valorar, pues sólo les interesa
si es o no virgen.
- Por
la rigidez antes descrita, que ha desempeñado el papel de muro
separador, existen dificultades en la comunicación padres-hija,
e impidió que la adolescente comunicara lo ocurrido y optara
por intentar el suicidio.
- Ha
existido una deficiente educación sexual en la adolescente y
en los padres, lo cual favoreció la relación sexual prematrimonial
en esta etapa de la vida.
- La
adolescente debe entender que las situaciones muy temidas lo son para
todos los seres humanos por igual y el resto se puede calificar como
muy importante, importante y poco importante, y ayudarla a clasificar
la suya según este nuevo criterio, que excluye el miedo.
- Los
familiares y el adolescente deben saber que debe darse a cada problema
su justo valor. Ni sobrevalorarlo ni subvalorarlo, y es aconsejable
ponerlo en conocimiento de otros no inmersos en él y que pueden
tener una visión más realista del mismo. Para ello se
puede utilizar el médico de la familia, el psicólogo,
el psiquiatra, el sacerdote o pastor, un buen amigo, etc.
- Debe
llegarles el mensaje de que en momentos importantes como el referido,
es cuando se demuestra ser padre o madre para su hija, pues es preferible
tener una hija que no sea virgen que tener una hija muerta o sobreviviente
de una tentativa de suicidio.
- La
adolescente debe entender que en momentos importantes se demuestra a
los padres que se es hija al confiar en ellos. Al principio no reaccionarán
como se espera, pero si sigue su vida como siempre, cumple con sus obligaciones,
les da un tiempo para la reflexión, todo volverá a la
normalidad.
- La
familia debe analizar que los problemas surgidos en su seno, no necesariamente
son para crear el caos, la desorganización. Muchas veces las
crisis en la familia contribuyen al crecimiento individual de sus integrantes
desde el punto de vista emocional y ello se traduce en lazos más
sólidos y realistas. En esta nueva dimensión se instará
a que funcione la familia que se pretende ayudar.
-
Por último, existen múltiples situaciones generadoras
de actos suicidas, pero todas tendrán como denominador común
la intolerancia, el miedo unilateral motivado por factores culturales,
que a pesar nuestro y suyo, aún persisten.
MANEJO
DE QUIEN REALIZA UN INTENTO SUICIDA POR DESESPERACIÓN
El intento suicida por desesperación
ocurre en el curso de circunstancias con gran repercusión emocional
en individuos con poca tolerancia a las frustraciones; más frecuentemente
después de desengaños amorosos, aunque no es privativo
de ellos ni tampoco son las únicas en que se puede presentar.
Para el manejo de este tipo de intento de suicido primero se hacen las
siguientes preguntas al sujeto en cuestión:
- ¿Siempre todo nos tiene que salir bien en la vida?
- ¿Las cosas siempre tienen que salirnos como las pensamos
y deseamos?
- ¿Los seres humanos estamos vacunados contra los fracasos,
las decepciones, los desengaños?
- ¿Los desengaños, las frustraciones y cuantos problemas
nos ocurren, son para que nos suicidemos o para que los enfrentemos,
suframos y les demos solución, si la tienen y continuemos viviendo
con esa experiencia ganada?
Acto seguido sería de mucha utilidad reflexionar con el individuo:
- No todo en la vida tiene que salir bien y eso no constituye una tragedia.
Él es quien la hace, porque no le salió de la forma deseada
y porque aún no ha aprendido a enfrentar situaciones adversas.
Una persona que desee ser equilibrada tiene que ser capaz de reconocer
sus equívocos, de desprenderse de posesiones valiosas o renunciar
a algo cuando las circunstancias lo requieran.
- Él
no es el único que ha sufrido los fracasos amorosos, las frustraciones,
los desengaños, la pérdida de seres queridos, en fin,
los diversos problemas que ocurren, porque forman parte, precisamente,
de eso que se llama VIDA y hay que VIVIR, aunque sean dolorosos y muy
frecuentes.
- Ningún
ser humano está inmunizado contra el fracaso. Existen vacunas
para múltiples enfermedades infecciosas y nuestro país
está en una posición de avanzada en este campo de la medicina,
pero no existe ni será creada una vacuna antidisgusto, antifracaso,
antiproblema. Nunca se diga “Yo no me puedo disgustar”,
“Yo no me puedo molestar”, cuando para ser justos debiera
decirse “Yo no he aprendido a disgustarme”, “Yo no
he aprendido a molestarme”. En efecto, hay quienes desde épocas
tempranas de sus vidas siempre fueron complacidos en todos sus caprichos
por parte de sus seres queridos y siendo adultos, creen firmemente que
el resto de las personas que no son sus familiares, están obligadas
a complacerlos como lo hacían ellos. Y eso la mayoría
de las veces no ocurrirá, y ocasionará en el sujeto la
confrontación inesperada y el consiguiente malestar.
Para lograr ser equilibrado debe evitar molestarse innecesariamente,
evitar los disgustos porque los tiene en cuenta y los previene; pero
no rehuirlos tampoco si se presentan, pues en el transcurso de la vida
debe aprender a enfrentarlos.
- Los
fracasos, los desengaños amorosos, hacen que las personas se
sientan anímicamente mal, frustradas, desilusionadas, pesimistas,
irritables o cualquier otro tipo de estado psíquico no usual,
pero tampoco anormal, pues es la respuesta lógica a un acontecimiento
doloroso y desagradable que les ha ocurrido.
Si se desea ser equilibrado, sufrirá su malestar pero continuará
haciendo, quizás con menos eficacia y creatividad, lo que realizaba
antes del sufrimiento: trabajar, criar los hijos, estudiar, etc. Puede
pedir consejos a su médico de familia, psicólogo, psiquiatra,
sacerdote o pastor o simplemente a una persona en quien confíe.
Todo eso es normal.
Ahora, si desea complicar su propia vida, hará justo lo contrario:
al no soportar estar sufriendo, comenzará a dejar de hacer las
cosas que le pueden ayudar a disminuir dicho sufrimiento. Comenzará
entonces a desatender el trabajo, los hijos, la familia, encerrándose
en sí mismo. No buscará ayuda médica y si la busca
no cumplirá cabalmente las indicaciones terapéuticas,
tampoco confiará sus problemas a otros que pudieran socorrerle,
y es en esos momentos de soledad más aparente que real cuando
ocurren estos actos suicidas.
- Es
fundamental que sufra su dolor y trate de seguir funcionando lo más
normal posible, aprendiendo de todo lo ocurrido y tratando de preguntarse
cuál ha sido su participación para evitar incurrir en
errores similares en el futuro.
Si desea ser equilibrado, debe ser capaz de darse cuenta cuándo
ha dejado de significar para alguien lo que significaba antes. Eso siempre
es triste y doloroso, pero no es el fin del mundo. Seguimos siendo lo
que somos pero sin esa criatura.
Una persona que desee complicarse la vida pensará que todo lo
hizo bien, a la perfección, que el otro es el culpable, que con
ella jugaron, fue engañada, manipulada, utilizada y sin ese otro
ser y el conflicto al que limita su mundo, se le acabará todo.
Los hijos, la familia, los estudios, el trabajo, las amistades, no forman,
para ella, parte de su mundo y debe recordársele que sí
lo son.
- Hay
que ayudarla a encontrar otras alternativas que no sea el suicidio a
la hora de enfrentarse a situaciones dolorosas, pues es una solución
definitiva a malestares que son temporales.
MANEJO
DE LA FAMILIA DE UN SUICIDA
A
partir de determinada edad, que oscila entre los siete y los diez años
aproximadamente, todos los seres humanos normales saben que tienen que
morir. Sin embargo, a pesar de eso, la muerte siempre afecta, en mayor
o menor medida, a los que continúan viviendo, y por ello cobra
mayor importancia la forma en que se muere, y sobre todo si esa muerte
es por suicidio, violenta e inesperada en la mayoría de las veces.
Al respecto, se ha señalado “la persona que se suicida
pone su esqueleto psicológico en el armario emocional de los
sobrevivientes que tienen que tratar con sentimientos negativos, pensamientos
sobre su posible participación en el suicidio o lo que dejaron
de hacer para evitarlo”.
La causa de muerte que genera mayor culpabilidad, hostilidad y estigmatización
es el suicidio. Por tanto, al enfrentar a la familia del suicida, lo
primero es:
-
Tener en cuenta el grado de shock y qué recursos inmediatos
están a la disposición de la familia para su apoyo emocional.
Detectar los sentimientos de culpa y responsabilidad por lo
ocurrido.
- Detectar posibles pensamientos suicidas, amenazas y otras
conductas afines entre los familiares del occiso.
- Ayudar a la familia a reconocer que el suicidio estuvo relacionado
con la posible enfermedad del individuo y no con una falla de ellos,
pues está comprobado que los familiares de los suicidas están
en peligro de tener un comportamiento similar por diversos mecanismos,
entre los que la imitación desempeña su papel.
Es conveniente considerar que la clásica reacción de duelo,
en el caso de los familiares del suicida, es catastrófica por
sus manifestaciones.
En la fase primera de shock, la marcada tristeza es evidente entre los
familiares que tenían una relación más estrecha
con el suicida, y coexiste con síntomas físicos, como
salto de estómago, dolores precordiales, hipersensibilidad a
los ruidos, sentimientos de irrealidad, falta de aire, pérdida
de energía, trastornos del apetito y del sueño. A la fase
de shock le continúa una fase de rabia, la cual puede dirigirse
en contra de todos, de los médicos que atendieron al individuo,
el propio sujeto, el suicida, Dios, etcétera. A esta fase le
sigue la de culpabilidad, en la cual es notoria la angustia por no haber
previsto el desenlace, los anhelos no satisfechos del suicida, las diferencias
no resueltas en las relaciones con el difunto, posibles motivos que
contribuyeron al desenlace fatal, pensamientos repetitivos y recuerdos
del fallecido.
Por último, la fase de reorganización permite a los sobrevivientes
reorientar sus energías psíquicas a nuevas motivaciones
si el duelo es resuelto de forma satisfactoria.
Algunos afirman reconocer las fases del duelo y no actuar de manera
inmediata. En mi experiencia, sustentada en una efectiva relación
médico-paciente-familia, comienzo las acciones de salud en el
propio funeral, limitándome en esos momentos a permitir las manifestaciones
de dolor y pena e, incluso, estimularlas en aquellos familiares que
tratan de mantener un control excesivo sobre sus emociones, velando
siempre por llevar la voz de la razón donde predomina la voz
de los afectos. En este momento se le brinda el mayor apoyo emocional
a quienes estaban afectivamente más vinculados al suicida.
En los días que siguen se trabajará con la familia en
establecer diferencias entre las muertes esperadas y las no esperadas
como el suicidio, con la finalidad de que comprendan cuán devastador
resulta este tipo de muerte para los sobrevivientes, y se trata de evitar
que los mismos hagan pasar a los demás por la experiencia traumática
que ellos están viviendo.
Otro aspecto importante es establecer lo que he denominado “priorizar”
el duelo, es decir, establecer una jerarquía de dolientes, y
precaver la usurpación del dolor por otros familiares que no
son los más afectados, pero por determinadas características
de personalidad, se comportan como si fueran los que más sufren.
Este procedimiento no se debe aplicar si no se tiene una sólida
relación con los familiares y un profundo conocimiento de los
vínculos entre ellos y con el occiso, para lograr de esta manera
la solidaridad del resto de la familia y se brinde apoyo emocional al
“doliente priorizado”, sin que los otros sientan minimizados
sus sentimientos, e incrementar sus actitudes altruistas.
En cuanto a la culpabilidad que con frecuencia sienten los sobrevivientes
a un suicida, es posible manejarla en dependencia del grado de responsabilidad
que sobre su vida pudo tener el fallecido. Así, si el suicidio
fue realizado por un sujeto sin responsabilidad alguna sobre su vida
en esos momentos o sólo la tenía parcialmente, le hacemos
entender a los familiares que:
-
La culpa es una fase habitual por la que todos pasamos cuando muere
un ser querido, con independencia de la causa que la origine; ésta
dura cierto tiempo en el cual el individuo se cuestiona constantemente
qué hizo o qué dejó de hacer para que los hechos
ocurrieran. Eso es muy normal.
- Hay enfermedades, como la padecida por esa persona, en las
que el suicidio, aunque ocurrió en ese determinado momento,
pudo haber ocurrido mucho antes y si no sucedió así,
en eso mucho tuvo que ver los cuidados y las atenciones brindadas
por la familia. El suicidio en esas enfermedades es como la fiebre
en la amigdalitis, siempre está presente y no es fácil
de evitar cuando la persona no tiene poca o ninguna responsabilidad
sobre su vida.
- El propio suicida no hubiera deseado padecer la enfermedad
que lo llevó al suicidio, ni la familia, ni el médico,
ni el psicólogo, ni el psiquiatra.
Si el suicida tuvo plena responsabilidad sobre su vida, se le hace
comprender a la familia lo siguiente:
- Las personas, cuando tienen determinada forma de ser, o ciertos
rasgos en su carácter, se convierten en sus propios enemigos
más peligrosos.
- Se interroga al familiar: ¿Cómo usted podía
evitar esto?, y por lo general responde con aquellas ideas que reflejan
la culpabilidad por lo sucedido, esto es, lo que no hizo o hizo mal.
Se le escucha atentamente y se le pregunta entonces: ¿Durante
qué tiempo usted iba a poder evitar lo ocurrido? Es posible
que responda con un plazo, tras lo cual se debe indagar: Y después,
¿cómo iba a evitar el suicidio si él seguía
siendo de esa manera y no tenía interés en cambiar?
Si aún no ha comprendido el mensaje que se le quiere dar de no
sentir culpabilidad por lo ocurrido, se razona como sigue: ¿Qué
culpa tiene mi madre si ahora, cuando yo termine de hablar con usted,
intento el suicidio? ¿No se da cuenta de que soy un adulto, hago
lo que deseo y nadie lo puede impedir? Para hacerlo, tendría
mi madre que encadenarse a mí, dormir conmigo, bañarse
conmigo, salir conmigo, y eso es imposible. Suponiendo que se pudiera
hacer todo eso por un tiempo, la vida no tendría ninguna calidad
para ella ni tampoco para mí. Por otra parte, si deja de estar
encadenada a mí yo puedo intentar el suicidio, por lo que tendría
que pasarse toda su vida de esa manera, lo cual es un absurdo.
En seguida otra interrogación: ¿Quién le cuida
a usted y a mí para que no nos suicidemos? Obviamente, ninguna
persona tiene que hacerse responsable de la vida de otra, si no se trata
de un niño, un enfermo mental grave sin capacidad para discernir
entre lo bueno y lo malo, un demente que ha perdido su total entendimiento
o un retrasado mental grave que nunca lo ha tenido.
Un último recurso puede ser preguntar al familiar si él
le inculcó la idea del suicidio, si le facilitó los medios
para llevarlo a cabo, las cuales seguramente serán respondidas
de manera negativa. Acto seguido se le asegura el conocimiento de todo
lo hecho por él para modificar su manera de ser, cuántos
consejos le dio y todo lo sufrido por ese carácter del difunto.
Más difícil se hace el manejo cuando la culpa se basa
en hechos reales, como por ejemplo, que haya familiares con intento
suicida previo al del ser querido. En casos como esos no es prudente
intentar eliminar toda la culpabilidad, pues eso puede ser percibido
como un engaño o que se le trata de consolar sin las razones
suficientes para ello. Es conveniente conocer lo siguiente en relación
con este fenómeno:
-
El efecto imitativo de la conducta suicida está reconocido.
En 1841, Willian Farr sentenció: “No hay un hecho mejor
establecido que el efecto imitativo en la conducta suicida”.
En nuestros días, este efecto está relacionado con el
manejo que hacen del tema los medios masivos de difusión y
las noticias sensacionalistas sobre el suicidio. Los antecedentes
familiares de esta conducta siempre se citan como un factor de riesgo
y restarle o negar su importancia sabiendo lo anterior, pondría
al descubierto su falta de autenticidad ante la persona en crisis,
la cual tiene una sensibilidad especial para detectar cuando se le
brinda una información distorsionada.
- Este tipo de persona del cual estamos hablando, necesita sentirse
culpable, pero no totalmente. Él tolera una parte de la culpabilidad
que le pertenece y agradece que se le permita cargar con ella y continuar
viviendo con dignidad.
Teniendo en cuenta estos dos aspectos mencionados, le haremos la siguiente
observación: “Usted, es cierto, había intentado
contra su vida y eso como es lógico lo hace sentir culpable del
suicidio de su familiar y yo considero que ese antecedente pudo haber
influido. Pero si se detiene a reflexionar, él tenía unas
características en su forma de ser muy diferentes a las suyas.
¿De quién las aprendió? No sabemos. De igual manera
que no podemos determinar de quien aprendió esas cosas, tampoco
se puede decir que no quererse la vida lo aprendió de usted,
única y exclusivamente.
Pero, además, usted se da cuenta cuando otra persona está
haciendo algo mal hecho y no lo imita a ciegas por el mero hecho de
presenciarlo o de saber que ocurrió. En otras palabras, si se
conoce lo que es bueno, regular y malo, no tiene porqué imitar
esto último a menos que lo desee, porque nadie está obligado
fatalmente a imitar lo malo cuando puede tratar de imitar lo bueno.
¿Cómo veo las cosas, entonces? Para mí usted hace
un tiempo hizo algo que no estuvo correcto lo cual tal vez influyó
de alguna manera en lo sucedido con su ser querido, pero eso no constituye
la causa del suicidio, pues este tipo de conducta se ocasiona debido
a la conjunción de múltiples factores y nunca uno solo
de ellos. En este caso en particular, el mayor peso lo constituyeron
sus rasgos anormales de carácter, que no sólo le ocasionaron
la muerte sino que antes lo llevó a tener dificultades en su
escuela, el matrimonio, con los amigos, en el trabajo, etc”.
Una vez asistido el familiar del suicida con antecedentes de igual tentativa,
es útil tomar determinadas medidas de carácter general
que faciliten la elaboración del duelo y, por tanto, su evolución
dentro de límites normales. Estas medidas son:
-
Retirar fotos del fallecido de los lugares donde con frecuencia se
reúne la familia. Cuando el duelo se haya resuelto, se puede
colocar alguna donde se estime, pues ya no se recordará con
la intensidad afectiva de los primeros días. Mientras, es mejor
tener algún lugar para ir expresamente a eso y no donde se
encuentre la imagen con solo pasar.
- No llevar fotos del fallecido consigo (billeteras, monederos,
documentos de identificación, medallas, etc.).
- Retirar sus objetos personales guardándolos en un lugar
seguro, pero no visibles a simple vista.
- Modificar la habitación del fallecido o el lugar donde
permanecía.
- No asistir con frecuencia al cementerio.
- Seguir vistiéndose como siempre lo ha hecho. Si hay
tradición de llevar luto no tratar de impedirlo.
- Permitir que los niños continúen viviendo su
rutina cotidiana, esto es, jueguen, vean los programas infantiles
en la televisión, etcétera.
- No olvidar que el adolescente tiene su propia manera de experimentar
su aflicción por lo ocurrido y no tiene que manifestarse de
su misma forma. Aunque se le vea riendo en determinados momentos,
él sufre tanto como usted, no lo olvide.
- Es conveniente hablar con los menores sobre lo ocurrido, y
relacionar siempre el suicidio con la locura (aunque no sea cierto),
pues esta asociación puede disminuir la posibilidad de imitación,
“el loco es el que se suicida y yo no lo estoy, por tanto, yo
no me suicido”.
DESVENTAJAS DE LA CONDUCTA SUICIDA PARA
QUIEN LO INTENTA Y SU FAMILIA
Algunas personas piensan que el suicidio
tiene la ventaja de impedir el sufrimiento. Eso es cierto, pero esa
supuesta ventaja es en realidad una gran desventaja. ¿Por qué?
- Porque se pretende dar una solución definitiva en contra de
la propia persona a sufrimientos y situaciones que son temporales. Uno
puede sentirse mal durante un mes, tres meses, un año, cinco
años, pero no va a sentirse mal los setenta y cinco años
que como promedio se vive en el país.
- En
ese instante predomina la parte más egoísta y menos inteligente
de la persona, pues sólo piensa en sus sufrimientos, en sus malestares
y no en el sufrimiento que le ocasionará a sus seres queridos.
- Es
incapaz en esos momentos de amar a otros, pues para querer a los demás
lo primero es quererse sanamente uno mismo. ¿Puede un padre o
una madre querer a sus hijos si los va a dejar huérfanos? ¿Puede
el esposo querer a su esposa si la va a dejar viuda? Reflexione en torno
a esto.
- Dice
un refrán muy conocido: “De tal palo tal astilla”.
Y otro no menos conocido: “Hijo de gato caza ratón”.
“A buen entendedor, pocas palabras”, dice un tercero. Si
la persona no desea que sus seres queridos aprendan a suicidarse, no
se lo debe enseñar. Así como se aprenden cosas buenas,
también se pueden aprender cosas malas, y es conocida la influencia
en la conducta suicida de los hijos con antecedente de padres o madres
suicidas o sobrevivientes de una tentativa de suicidio. Esto en los
progenitores, coloca automáticamente en peligro a la descendencia.
Como usted puede observar, quien intenta el suicidio por tener un problema,
tendrá dos: el que tenía y desde ese momento, los familiares
en riesgo.
Además de estas desventajas, hay otras que también son
importantes. Pasemos a su análisis. Cuando alguien intenta contra
su vida, empieza a contribuir a la formación de su imagen de
persona trastornada mentalmente entre los vecinos, no expertos en cuestiones
de psiquiatría; los compañeros de estudio o trabajo, que
tampoco lo son, y ellos pueden utilizar diversas expresiones humorísticas
para referirse al suicida como son “tiene guayabitos en la azotea”,
“tiene un cable a tierra”, “le falta un tornillo”,
“tiene las tuercas flojas”, “está sansi”
y otras no menos ingeniosas, y no lo considero una falta de sensibilidad
humana, sino más bien, una característica cultural propia
del cubano.
Quien intenta contra su vida es poco probable que pueda formar una pareja
estable con una persona normal, pues las normales no tienen afinidad
con él, porque no les proporciona seguridad.
Si quien intenta contra su vida tiene esposa o novia, ésta puede
continuar la relación porque teme que se realice el acto suicida
si la termina; puede continuar porque le tiene lástima o compasión,
pero muy difícilmente por amor, ya que ha sido puesto en peligro
de acabar por el suicidio. A veces no es fácil determinar cuáles
son las verdaderas motivaciones para continuarla.
Otro inconveniente, a partir de ese momento el suicida deja de ser tratado
como lo era antes, aparece la desconfianza y el miedo. Y le estarán
supervisando sus actos, le situarán un acompañante forzoso
para controlar lo que hace, cuándo lo hace, para qué lo
hace, dónde lo va a hacer, en fin, le espiarán cada uno
de sus actos pues la familia teme otra tentativa de autoeliminación.
Y estas actitudes de desconfianza y temor no son más que la natural
reacción de los seres queridos ante el intento suicida y será
la propia persona cuando muestre un comportamiento diferente, estable
y controlado quien les devolverá la confianza perdida. Eso lleva
tiempo, a veces años, con el lógico malestar ocasionado
a quien recibe la observación y a quien la hace.
Esto que ocurre con los familiares también puede suceder con
otras personas, como son los compañeros de estudio o de trabajo,
quienes asumirán un comportamiento similar.
Es importante insistir en que todo suicida que tenga hijos, como ya
se anotó, los pone en riesgo de que hagan lo mismo, de que lo
imiten. Y es muy común que los progenitores que han tenido dicha
conducta se defiendan tratando de no asumir su responsabilidad con expresiones
como las siguientes:
-
“Ellos están pequeños”. Argumento
no convincente, pues lo que los pone en riesgo, no es el tamaño
ni la edad que tengan, sino el ser hijos de la persona en cuestión.
- “Ellos no estaban allí, cuando el intento
de suicidio”. Tampoco este argumento convence, pues
aunque no estuvieran allí son hijos de la persona que intentó
contra su vida y es eso lo que constituye el riesgo y no el lugar
donde se encontraban.
- “Ellos no lo saben”. Lo sepan
o lo desconozcan, los pone en riesgo ser hijos del suicida, no el
conocimiento del hecho.
- “Ellos son adultos y saben lo que hacen”.
Argumento poco sólido, pues quien intentó contra su
vida, sea el padre o la madre, siempre será más adulto
que su hijo y, sin embargo, lo hizo. Es prudente recordar que los
hijos, aunque sean adultos e incluso ancianos, continúan siéndolo.
Nunca dejan de serlo.
- “No lo van a hacer, se lo aseguro yo”.
Otro argumento fútil. Esa persona no quiere saber lo que no
le conviene, pues hay miles de investigaciones científicas
serias cuyas conclusiones son que las probabilidades de realizar un
acto suicida se incrementan con creces en la descendencia. Está
demostrado que los hijos de estas personas se suicidan o lo intentan
con más frecuencia que los hijos de quienes no han tenido este
tipo de conducta.
Como el amigo lector habrá podido notar, el intento de suicidio
y el suicidio sólo tienen desventajas para el que lo realiza
y sus familiares. Por tanto, nunca usted intente contra su vida, pues
se convertirá en el peor enemigo de su familia, en el que más
daño le ha de ocasionar.