Temas de Psicología de la Religión

5. La espiritualidad en la práctica clínica

Por: Lic. Juan Manuel Otero Barrigón - Profesor adjunto en la cátedra de "Psicología de la Religión" de la Universidad del Salvador (Buenos Aires, Argentina)

Sabemos, la experiencia lo demuestra, que la práctica clínica nos enfrenta muchas veces con pacientes que acusan problemáticas de índole espiritual, e inclusive religiosa. Las modalidades de abordaje e intervención van a variar de acuerdo a cuál sea el marco teórico y el enfoque psicoterapéutico que rija nuestra práctica.

Concibiendo al hombre como ser multidimensional, inevitablemente debemos tomar en cuenta para su adecuada comprensión, las distintas realidades que conforman su “ser-enel-mundo”. A su existencia físico/químico/biológica, se agregan, en orden de creciente nivel de complejidad, su constitución psíquica y su naturaleza social, la cual conlleva su pertenencia a un orden ético – moral que es el propio del mundo que habita. Pero es sin embargo, como hemos visto, su naturaleza espiritual la que lo distingue cualitativamente de los demás seres de la escala zoológica, dotándolo de un universo de posibilidades que le es exclusivo.

La palabra espiritual tiene su origen en el vocablo latino spiritus, cuyo significado es

aliento de vida”. 

Erich Fromm señalaba que la experiencia espiritual tiene tres aspectos fundamentales que la caracterizan. El primero de ellos es el “asombrarse, el maravillarse, el darse cuenta de la vida y de la propia existencia y de la relación de uno con el mundo, con el prójimo”. El segundo aspecto es “la suprema preocupación por el significado de la vida, por la autorrealización y por las tareas que la vida nos impone”. Finalmente, la tercer nota distintiva, claramente descripta por los místicos, es “una actitud y sensación de unidad no solo con uno mismo sino con toda la vida y el universo”. 

Debe dejarse en claro que lo espiritual no es sinónimo de lo religioso, si bien en ocasiones lo primero tiende a incluir a lo segundo. Se trata de dos constructos distintos, que no obstante, suelen estar relacionados. Empero, no deja de ser cierto que hasta hace algunas décadas atrás, primaba una concepción “tradicional histórica”, según la cual lo espiritual era sinónimo de una profunda religiosidad, servicio a los miembros de una comunidad y enseñanza de las tradiciones de fe a través del testimonio de vida. Sin embargo, dicho modelo de comprensión de la espiritualidad fue dando paso a una reciente lectura “moderna”, donde lo espiritual va mucho más allá del constructo de religión tradicional. Hoy se considera que mientras que lo religioso es de naturaleza intrínsecamente social y se vive como un conjunto de normas, ritos y doctrinas que rigen la vida del individuo interesado en vincularse con lo divino, con lo radicalmente Otro; lo espiritual es de naturaleza singular, especifica y personal, y se distingue por un sentimiento de integración con la vida y con el mundo, viviéndose como la experiencia de lo sagrado. Podríamos afirmar, en términos algo simplistas, que ser religioso implica comúnmente, y al menos en el mejor de los casos, ser espiritual; pero ser espiritual no supone necesariamente ser religioso. La espiritualidad nos conduce más allá de los límites de la religión, que es institucional, dogmática y a menudo restrictiva. Se caracteriza así por la búsqueda y la comprensión de un sentido de significado y propósito en la vida, de conexión con los demás, y de trascendencia de uno mismo, conducente al logro de la realización y la paz interior. Algunos autores, no obstante, interesados en mantener vinculados ambos constructos, destacan que si la religión es la búsqueda de significado en formas relacionadas con lo sagrado, la espiritualidad sería el corazón de toda religión, y por ende, el motor que la anima. 

Frente a diferentes necesidades o conflictos de índole espiritual (o religioso) el psicoterapeuta puede posicionarse de forma diversa, según cual sea su bagaje teórico, herramientas conceptuales y formación clínica.  Siguiendo el estudio realizado por Zinnbauer y Pargament (2000) vamos a distinguir cuatro aproximaciones fundamentales del terapeuta hacia dicha dimensión, las cuales engloban la vasta mayoría de las escuelas y teorías existentes. Son las miradas rechacista, exclusivista, constructivista y pluralista

La postura rechacista, distintiva de algunas corrientes terapéuticas clásicas vinculadas al psicoanálisis ortodoxo, se caracteriza por reducir la religión, y las creencias del paciente, a una alteración o defensa psicológica que sería necesario descifrar e interpretar. Los fenómenos espirituales y religiosos no son vistos como expresión genuina de un intento de relacionarse con realidades trascendentes, sino antes bien, como formaciones psicológicas y culturales cuyo objetivo es desentrañar hasta llegar a su verdadero origen, ajeno de raíz, al decir del fenomenólogo de la religión alemán Rudolf Otto, a cualquier dimensión de lo “numinoso”. Radicalmente opuesta es la postura exclusivista, que tiene su fundamento en la afirmación ontológica de la existencia de lo sagrado, comúnmente reflejada en una determinado Libro, Escritura o doctrina, y que fundamentan la “verdadera” concepción de la naturaleza y del hombre. Es evidente que esta mirada solo es conciliable con aquellos pacientes que posean valores o sistemas de creencias similares a los del terapeuta, ya que si estos no compartieran su misma visión, serían esperables los esfuerzos del clínico por empujarlos a la misma, con las consecuencias iatrogénicas derivadas de ello. 

Por otra parte, la postura constructivista asume un franco relativismo, negando la existencia de una realidad absoluta, pero reconociendo la capacidad de los individuos para construir sus propias realidades y significados. Desde esta postura, el trabajo psicoterapéutico es conducido dentro del sistema de creencias del paciente. Y dado que muchas veces dicho sistema de creencias es extraño para el terapeuta y difiere del suyo, resulta necesario tener sumo cuidado a la hora de trabajar con las metáforas o símbolos sagrados de quien acude a la consulta, a fin de no distorsionarlos, privándolos de la riqueza original que le son propia. 

Finalmente, la postura pluralista admite la existencia de una realidad espiritual, pero con vocación tolerante, acepta que la misma puede traducirse en múltiples interpretaciones y formas de vivenciarla. Reconoce que dicha realidad se expresa en diferentes culturas y de diferentes maneras. Como reza el proverbio vedantista hindú, “la verdad es una, pero los hombres le dan muchos nombres”. Terapeuta y paciente trabajan siendo conscientes de sus propias historias religiosas o espirituales, marcos conceptuales y valores, con el fin de poder delinear de esta manera los objetivos de la terapia. Podríamos decir que esta última es la posición de base característica de la mayoría de las corrientes psicoterapéuticas transpersonales. 

Merece destacarse que lo espiritual en el marco terapéutico demanda del profesional un profundo ejercicio de introspección, dado que lo obligará a examinar a priori sus propias actitudes de base hacia lo espiritual. No obstante, una psicoterapia que incluya positivamente lo espiritual, en una visión completa y no reduccionista, se traducirá en una vocación holística que puede ayudarnos a recuperar, como propone Ken Wilber la vieja idea de que las raíces de la psicología se remiten a las profundidades del alma y del espíritu humano, algo que la psicología como ciencia empírica fue paulatinamente olvidando con el paso del tiempo. 

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