Temas de Psicología de la Religión

10. Psicología de una práctica religiosa: la oración

Por: Lic. Juan Manuel Otero Barrigón - Profesor adjunto en la cátedra de "Psicología de la Religión" de la Universidad del Salvador (Buenos Aires, Argentina)

Desde un punto de vista fenomenológico, la oración es básicamente una comunión viviente y dialogal del homo religiousus con la Divinidad, a quien concibe personal y presente en la experiencia; una comunión que refleja las formas de las relaciones sociales humanas. 

Toda oración es un diálogo y en todo diálogo alguien se comunica con alguien y espera una respuesta. 

En el cristianismo, la oración se entiende como un elemento indispensable de la vida religiosa, un esfuerzo para comunicarse con Dios o con alguna figura por él favorecida (un santo, o la virgen, como ocurre en el catolicismo) con el fin de rendir pleitesía, formular un pedido, manifestar agradecimiento o simplemente, expresar los pensamientos y emociones personales. Puede realizarse tanto en forma vocal como mental, y admite variantes tanto estructuradas (como es el caso del Ave María o el Padrenuestro) como libres, nacidas estas últimas de la íntima espontaneidad de quien ora. Por su parte, religiones orientales como la hindú, y de manera similar otras religiones de tipo místico, se orientan más por alcanzar una unión con lo Eterno que por lograr una respuesta de la divinidad. En este caso, la oración se relaciona más íntimamente con el misticismo y la vía contemplativa, debido a que comúnmente comienza y termina sin esfuerzo aparente de la persona que ora, deslizándose por una pendiente de indiscriminación del hombre para con la divinidad. 

Psicodinámicamente, y según el psicólogo de la religión Stephens Spinks, la oración supone “un hambre psíquica de una forma de vida superior”.

El permanecer sentado, inmóvil, en actitud silente, aislado del mundo exterior, conduce a cambios vegetativos que también tienen un correlato psicológico. El ritmo respiratorio disminuye, la respiración se torna más superficial, descienden la presión arterial y la frecuencia cardíaca, y se produce una vasoconstricción periférica que conlleva cierta sensación de enfriamiento, hipotonía muscular y cambios electroencefalográficos inherentes al estado de conciencia relajada. 

La lectura psicoanalítica clásica según la cual la religión no sería sino una sublimación de la libido sexual, suele estar fundamentada, a menudo, por el tipo de lenguaje erótico empleado con frecuencia en ciertas formas de oración, sobre todo las de tipo místico.  Así, uno de los imaginarios más habituales en esta práctica religiosa ha sido históricamente la del simbolismo nupcial, tal como se puede apreciar en los escritos de místicos cristianos como San Juan de la Cruz y Santa Teresa

Por ejemplo, en su Cántico espiritual, el santo fontivereño expresa:

Gocémonos, Amado

Y vámonos a ver en tu hermosura

Al monte o al collado,

Do mana el agua pura;

Entremos más adentro en la espesura

 

Y luego a las subidas

Cavernas de la piedra nos iremos

Que están bien escondidas,

Y allí nos entraremos,

Y el mosto de granadas gustaremos

 

Allí me mostrarías

Aquello que mi alma pretendía

Y luego me darías

Allí tú, vida mía

Aquello que me diste el otro día.

 

Con tenor similar e idéntica belleza poética, Santa Teresa de Jesús escribe,

 

Ya toda me entregué y dí, y de tal suerte he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

Cuando el dulce Cazador me tiró y dejó herida, en los brazos del amor mi alma quedó rendida; y, cobrando nueva vida, de tal manera he trocado, que mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

Hirióme con una flecha enherbolada de amor, y mi alma quedó hecha una con su Criador; Ya yo no quiero otro amor, pues a mi Dios me he entregado, y mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado.

(“Ya toda me entregué y dí”, Santa Teresa de Jesús)

La teoría psicoanalítica ha permitido abrir varios interrogantes sobre la naturaleza y la genésis de prácticas religiosas como la oración. Uno de ellos gira en torno al carácter de su interlocutor: ¿Con quién hablamos cuando oramos? La pregunta es atendible teniendo en cuenta el descubrimiento que significó la compleja, y en gran parte inconsciente, estructura de la psique.

Tal como vimos al hablar de la psicología evolutiva religiosa, no podemos pensar ni sentir a Dios de modo escindido de los contenidos con los que su representación fue conformándose en nosotros. Uno de los autores que mejor trabajaron el tema fue el psicólogo Carlos Domínguez Morano, quien en su libro “Orar despúes de Freud”, refiere al respecto: “Aquella omnipotencia de los primeros estadios de nuestro narcisismo infantil, aquella plenitud experimentada en la fusión con el objeto materno, aquellas ansiedades también que nos asaltaban desde las primitivos fantasmas infantiles, aquellos poderes formidables que fueron nuestros progenitores y aquellas otras amenazas y frustraciones que de ellos experimentamos, todo, tan asociado según vimos con la génesis de nuestra representación de Dios, todo se hará de alguna manera presente al situarnos ante él en la oración”. El modo en que estas representaciones elaboradas desde la más tierna infancia condicionan la religiosidad presente, pueden dar lugar, según este autor, a distintos posicionamientos subjetivos frente a la Divinidad en el acto de orar. Posicionamientos que alteran el sentido genuino del diálogo con aquel “Otro”. Estos serían los siguientes:

El Dios del doble en espejo

Es un Dios concebido como prolongación del propio narcicismo, fruto de la fijación en la etapa del narcicismo original, cuando apenas el yo comienza a formarse. Dios no sería sino un espejo de la dañada omnipotencia infantil, a partir de la cual el sujeto busca reafirmarse a sí mismo. La oración, como juego imaginario al servicio del reaseguro de la propia identidad, lejos estaría de la apertura a la verdadera alteridad que implica la auténtica actitud orante. Al no dar lugar a lo radicalmente “Otro”, Dios quedaría reducido al papel de mero espejo habilitante de la proyección inflada del ego, abriendo la puerta a actitudes fanáticas e integristas, como reaseguro frente a la amenaza que suponen los otros semejantes, en tanto seres libres y diferentes. 

El Dios de la madre imaginaria 

Es el Dios envolvente, retoño de épocas tempranas donde los límites se encontraban aún confusos, y la madre primigenia otorgaba una profunda experiencia de cercanía, contacto y protección. Aquí, la vivencia de fusión con la “madre mística” impide todo acceso a la alteridad, al no soportar la separación y la ausencia que le implicaría caer en un abismo psíquicamente intolerable.  Domínguez Morano destaca que si el Dios doble en espejo característico del fanático no tolera la alteridad y confunde lo divino consigo mismo, el orante nostálgico de la madre primera no soporta la ausencia, por lo que evita despertar a la realidad, optando por sumergirse en la totalidad sagrada de su imaginario.

El Dios de la ley y el sacrificio

Configura la experiencia de la problemática edípica irresuelta, permaneciendo el orante atrapado en la ambivalencia de amor-odio hacia lo paterno. De esta manera, construye un Dios al que enfrentar, y frente al cual no cabe sino un vínculo signado, o bien por la rebelión, o bien por la sumisión aniquilante del propio yo. Domínguez Morano denomina a esta experiencia la del “sacrificante”, el cual vive la relación con lo sagrado de manera conflictiva, alternando entre sentimientos amorosos e indóciles frente a la divinidad. En el corazón de esta experiencia, anidan la culpa y la agresividad. Esta última, oculta bajo el ritual del sacrificio, anuda el odio al otro y lo devuelve hacia sí mismo en forma de culpa. Así, la mortificación derivada de esta vivencia, preside la experiencia religiosa. Sus prácticas rituales parecen declarar: "Tú eres, yo no soy". De este modo, si el fanático construía esencialmente un Dios ligado a su hipertrofia yoica, y el nostálgico de la fusión materna se relacionaba con un Dios de placer ligado al Ello, el sacrificante tiene como interlocutor en su práctica a un Superyó sacralizado. Prima aquí la ley, por sobre la creencia, el dogma, y la contención amorosa. Esta es la oración de las determinaciones, de las culpabilizaciones y de la insatisfacción crónica con uno mismo. Las puertas para el encuentro festivo y la comunicación afectiva con el Otro le permanecen cerradas. 

Algunos autores afirmaron que la oración no sería más que una forma de autosugestión. La sugestión es un proceso mental que lleva a la aceptación acrítica de las ideas de una persona por parte de otra – aceptación que resulta finalmente en una acción o en una creencia. Partiendo de esta definición, autores como Charles Baudouin distinguieron entre formas espontáneas y reflexivas de autosugestión, esto es, de sugestión de sí mismo. La sugestión espontánea estaría dada por algo que llama la atención al sujeto de modo inadvertido, mientras que la sugestión reflexiva, de carácter deliberado, se debería a la concentración del sujeto en alguna idea o situación específica, como sería el caso, entre otros, de la oración.  Sin embargo, el carácter puramente subjetivo de la oración es dudoso, dado que como podemos observar fenomenológicamente, esta exhibe una naturaleza dual que se nos presenta, ante todo, como una conversación. Así, en su libro “La psicología de la religión”, Laurence Grensted, plantea: “La crítica…de que en realidad nos estamos dirigiendo a nosotros mismos, extrayendo nuestras seguridades de la tradición y de otras fuentes, y empleando simplemente la autosugestión…es a menudo muy cierta…Pero aún así, debe señalarse que esa autosugestión descansa en una previa sugestión proveniente del exterior. El primer impulso a orar no surge de adentro. De hecho, tiene un origen doble. Las primeras oraciones del niño son enseñadas por la madre o el maestro, y a ellos se dirigen…No hay aquí autosugestión alguna. Simplemente es un intercambio vocal orientado en una dirección particular. Se transforma en oración cuando el niño comienza a darse cuenta de que no está hablando a su madre, sino con su madre, a algo que está más allá. La oración vocal, la forma más simple y directa de oración, es así la más natural y en último término la más elevada…El real progreso de la oración no llega con el incremento en la complejidad de esos ejercicios, sino en la seguridad cada vez mayor, de la realidad de ese Dios que nos oye y nos responde”. 

Ahora bien, cuando la oración es puesta en ejercicio libre de aquellos condicionamientos que desfiguran su autenticidad dialogal, puede ser fuente de una relación verdaderamente plena con la Divinidad interlocutora del ser orante, dando lugar, inclusive, a efectos positivos en la salud no solo espiritual, sino también mental de quien la pone en práctica.  

Según una investigación coordinada por el estudioso Christopher Ellison (2014) las personas que oran frecuentemente a un Dios percibido como bueno y contenedor, podrían tener una mejor salud mental y sufrir menor cantidad de síntomas relacionados con trastornos de ansiedad en comparación con las personas que no esperaron que sus oraciones fueran escuchadas por dicha entidad divina. Estos resultados son consistentes con un creciente número de trabajos que demuestran que la relación percibida entre las personas y Dios juega un rol importante en la salud mental.

Otras investigaciones ya habían asociado la asistencia a la iglesia con mayor esperanza de vida, y a las prácticas religiosas con una reducción del riesgo de sufrir depresión. 

Un estudio coordinado por el psiquiatra David H. Rosmarín y que fue publicado en The Journal of Affective Disorders, se propuso determinar si la creencia en Dios  podía predecir la eficacia o no de los tratamientos psicológicos. El estudio fue realizado en el hospital McLean en Belmont, Estados Unidos,  y contó con la participación de más de 150 hombres y mujeres a quienes pidieron que calificaran su espiritualidad respondiendo a la pregunta ¿Hasta qué punto cree usted  en Dios? Los participantes estaban diagnosticados en un 60% por depresión y un 40% por trastorno bipolar, y a ese momento, recibían tratamiento cognitivo conductual que incluía terapia individual, terapia de grupos y en algunos casos, incluso, farmacoterapia. Los resultados revelaron, entre otras cosas, que

1) la creencia en Dios fue significativamente mayor entre los que respondieron al tratamiento que entre los que no respondieron; 2) elevados niveles de creencia fueron asociados con una mayor reducción de la depresión, autolesiones y mayores mejoras en el bienestar psicológico sobre el curso del tratamiento; 3) las creencias se mantuvieron correlacionadas con los cambios en la depresión y autolesiones luego de controlar las variables de edad y género; 4) la afiliación religiosa se asoció con la credibilidad/expectativa de tratamiento aunque no necesariamente con los resultados del tratamiento.

El Dr. Rosmarin sintetizó los hallazgos explicando que: 

Los pacientes que tienen más fe en Dios también tienen más fe en el tratamiento. Ellos fueron más propensos a creer que el tratamiento los ayudaría, y eran más propensos a verlo como creíble y real”. 

La oración es, junto con el culto, una de las prácticas más importantes y centrales de la vida religiosa. Anclado su sentido en el ámbito de la experiencia, contacto entre dos personas, relación de actitudes, convivencia dialogal, auténtica presencia mutua. Ejercicio pleno de devoción genuina, y en ocasiones, expresión velada de los conflictos del alma.

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