Temas de Psicología de la Religión

14. Meditación y salud

Por: Lic. Juan Manuel Otero Barrigón - Profesor adjunto en la cátedra de "Psicología de la Religión" de la Universidad del Salvador (Buenos Aires, Argentina)

La práctica de la meditación, en sus diversas variantes, fue elogiada desde antaño debido a los beneficios que se le atribuían a favor de la salud física y mental; sin embargo, no fue sino en épocas recientes cuando gracias a los avances tecnológicos, se contó con herramientas valiosas para estudiar los mecanismos y los efectos de estas disciplinas psicoespirituales.  

En términos vulgares, podemos definir a la meditación como la práctica de un estado de atención concentrada, pudiendo este ser sobre un objeto externo o interno: un pensamiento, la propia consciencia, o el propio estado de concentración. Siguiendo los postulados budistas, podemos distinguir, a grandes rasgos, dos modalidades bien distintas de meditación: la denominada Shamatha, que busca sosegar la mente usando un foco; y la Vipasyana, que intenta comprender la mente, sus objetos y procesos. 

Los primeros estudios científicos en torno a la meditación apuntaron a explorar que hay detrás de la calma y la tranquilidad atribuida a los practicantes de esta disciplina.  Promediando la década del 70´, se realizaron experimentos que probaron la incidencia de la meditación respecto a los niveles de stress y sus patologías asociadas. En una experiencia llevada a cabo por Daniel Goleman y Gary Schwartz, se logró determinar que la meditación incrementaba los niveles de base frente a un estímulo, por lo cual los meditadores alcanzaban niveles de distrés a mayor nivel de estímulo que los no meditadores.

En una investigación del año 2013, Britta Holzel y su equipo realizaron estudios con personas padecientes de Trastorno de Ansiedad Generalizada. En las evaluaciones de control pudo observarse una gran actividad de la amígdala cerebral, parte responsable de los comportamientos instintivos y primarios, como la violencia. En el experimento llevado a cabo por este equipo, se sometió a un grupo de personas a un programa de control del stress, el cual estaba basado en diversas formas de meditación. Al finalizar, las personas sometidas al programa no sólo sufrían de menor grado de estrés, sino que se pudo apreciar que la amígdala se excitaba menos ante un estímulo estresante y se veía incrementada la actividad entre la amígdala y el lóbulo pre frontal, principal zona interviniente en la modulación social de los actos.

Otras investigaciones se centraron en los efectos que la meditación tiene sobre la tolerancia al dolor. En marzo de 2010, la revista científica “The journal of pain: officinal journal of the American Pain Society”, publicó los resultados de un experimento en relación a dicho tópico. Se sometió a un grupo de personas a la exposición de una experiencia dolorosa, midiéndose los resultados. Luego se las hizo meditar durante veinte minutos cada día. Al ser expuestos nuevamente a una experiencia dolorosa similar, se encontró una disminución en la sensibilidad al dolor comparada a las mediciones hechas inicialmente. Es decir, se demostró que existe una correlación entre la práctica de la meditación y la elevación del umbral frente al dolor. 

La meditación también agudizaría los sentidos, según los resultados de otro estudio realizado por científicos de la Universidad Ruhr de Bochum y la Universidad LuisoMaximiliana de Múnich (ambas en Alemania). En este caso, se trabajó con personas experimentadas en la meditación Zen, demostrando que esta técnica de concentración mental puede promover mecanismos de aprendizaje similares al entrenamiento físico. La investigación se realizó durante un retiro de meditación controlado, que duró cuatro días.   En ella participaron individuos que llevaban muchos años practicando este tipo de meditación. Durante su retiro, que se llevó a cabo en completo silencio, los participantes meditaron al menos ocho horas cada día de la manera a la que estaban acostumbrados. Además, algunos de ellos aplicaron un tipo de meditación especial dos horas al día, que consistía en centrarse específicamente en su dedo índice derecho y tomar conciencia de aquellas percepciones sensoriales que surgieran en este dedo. Lo que se descubrió en las evaluaciones que se realizaron tras estos cuatro días de retiro, fue que los individuos que practicaron la meditación centrada en su dedo índice presentaron una mejora significativa de la agudeza táctil en el índice derecho, y también en el dedo medio. Sin embargo, el resto del grupo no experimentó cambios en la agudeza táctil. Esta mejoría fue detectada midiendo lo que se denomina el “umbral de discriminación de dos puntos”, es decir, lo lejos que dos estímulos deben aplicarse a los dedos para que un individuo pueda determinar que ambos estímulos son dos sensaciones distintas y no una sola. 

La mejoría en este marcador, en las personas que habían practicado la meditación centrada en sus dedos, fue de un 17%; un porcentaje de mejoría muy cercano al detectado en personas invidentes o con problemas de visión (en estas es de entre un 15 y un 25%). Esto significa, afirman los científicos, que los cambios inducidos por la meditación serían comparables a los logrados por un entrenamiento intenso a largo plazo. Según ellos, además, esta sería la primera vez que se demuestra que se puede mejorar la percepción sin necesidad de ningún tipo de estimulación física. 

Quizás uno de los indicios más espectaculares sobre los beneficios de las prácticas meditativas, tengan que ver, no obstante, con su posible relación con los procesos de integración cerebral y la denominada neuroplasticidad, tópico de estudio muy en boga en la actualidad. Hoy sabemos que la gran cantidad de funciones cerebrales no están acotadas a regiones específicas de la corteza cerebral, como fuera postulado antaño por los científicos, sino que en los procesos cerebrales se relacionan zonas, se integran funciones, y se moderan reacciones. De la misma forma, con el avance de la ciencia neurológica y de sus técnicas auxiliares, se ha podido comprobar una determinada capacidad en la reacomodación de las funciones cerebrales. A lo largo del siglo veinte, y sobre todo a partir de la segunda mitad del mismo, comenzó a tomar vigencia el concepto de una plasticidad del sistema nervioso central; algo inicialmente planteado por William James en 1890, y conceptualizado posteriormente por Jerzy Konorski. Este último determinaría la existencia de una capacidad inherente a las neuronas para formar nuevas estructuras y adquirir nuevas funciones. Esta capacidad sería la posibilitadora de una mejor adecuación a situaciones nuevas y de una mayor ductilidad del pensamiento, lo cual supondría inevitablemente, procesos mentales más eficientes y rápidos. Científicos como Antoine Lutz o Richard Davidson, se encuentran estudiando desde hace algunos años el impacto que la práctica de la meditación puede tener cerebralmente en términos de incremento de la neuroplasticidad, y es que, a diferencia de lo que se creía en épocas pasadas, la meditación está lejos de ser una práctica calma en cuanto a lo que actividad cerebral se refiere. 

Richard Davison, conocido por ser el pionero en la investigación que cartografía las relaciones entre ciertas regiones del cerebro y su impacto anímico y mental, tiene en su haber varias investigaciones de interés. En la ciudad de Madison, Wiscosin, realizó una experiencia con empleados de una empresa de biotecnología, que realizaron un curso de atención conciente de ocho semanas de duración con tres horas de entrenamiento cada semana y veinte minutos al día de práctica individual. Al cabo de esos dos meses, se notó un incremento en zonas cerebrales fundamentales como el prefrontal. Seguidamente, se les aplicó una vacuna y se analizó la respuesta de los anticuerpos. Las mediciones demostraron un interesante incremento en la reacción inmune en los empleados que habían sido “entrenados” con la meditación. Es decir, habían desarrollado un sistema inmune más fuerte que los integrantes del grupo de control. 

En los primeros estudios que realizó junto a monjes tibetanos que practicaban meditación, Davidson había detectado que los sujetos que acumulaban más de diez mil horas de meditación, exhibían un aumento incomparable y hasta ese momento desconocido de las ondas cerebrales en la región asociada con la emoción positiva. En otros términos, la práctica de la meditación estaba íntimamente relacionada con los estados de felicidad. 

Uno de los autores más divulgados en los últimos años es el Dr. Jon Kabat Zinn, famoso por sus conceptualizaciones en torno al mindfulness. No nos referiremos aquí puntualmente a esta valiosa disciplina, más allá de que consideramos que no se trata sino que de vino viejo en odre nueva. Interesa aludir, no obstante, a un estudio de su autoría desarrollado en la Clínica de Reducción del Estress, una institución dependiente de la Universidad de Massachusetts. Entre todas las experiencias que se vienen desarrollando allí en los últimos años, una de ellas se centró en los posibles beneficios que tendría la meditación para personas aquejadas por ciertas enfermedades dermatológicas. Concretamente, se formaron dos grupos de personas afectadas por psoriasis. Ambos realizaron un tratamiento médico con rayos ultravioleta, pero además uno de los grupos cumplía también con sesiones de meditación guiada. Lo que se comprobó es que el grupo de meditadores sanó cuatro veces más rápido que el grupo que solo asistía al tratamiento convencional.  

Pero esto no es todo, ya que algunos estudios son todavía más promisorios. Por ejemplo, aquellos que relacionan a la práctica de la meditación con posibles modificaciones anatomo cerebrales. Una investigación encabezada por Eileen Luders en el Laboratorio de Neuroimágenes de la Universidad de California, demostró que habría una relación directa entre los años de práctica meditativa y una mayor concentración de materia gris en varios zonas del encéfalo, especialmente en el hipocampo, que como sabemos, es una región cerebral de gran importancia en los procesos de consolidación de la memoria y el aprendizaje. 

Resulta indudable que los avances científicos de las últimas décadas permiten aportar una enorme cantidad de evidencias que demuestran los beneficios que la práctica de la meditación tiene ya no solo en una dimensión espiritual, sino concretamente en el ámbito de la salud física y mental de las personas. Todo hace suponer que se continuará en este camino de estudio, acumulando nuevas evidencias, reproduciendo experimentos ya realizados, y diseñando nuevos protocolos de investigación que nos sigan sorprendiendo con sus resultados.