A mí también me duele

El pasado mes de Noviembre se celebró el día contra la violencia de género, poniendo el foco de atención en las mujeres víctimas de sus parejas, pero tal vez descuidamos aotras víctimas que también viven esta situación, los hijos. Los niños y niñas son las víctimas más vulnerables y menos reconocidas.

Entre un 30% y 70% de los menores expuestos a conflictos de pareja intensos, sin que esto suponga violencia, tienen altas probabilidades de desarrollar un patrón desorganizado de vinculación y múltiples patologías desarrolladas como consecuencia de un vínculo deficitario o negativo: agresividad, conducta antisocial y delictiva, ira y hostilidad, ansiedad, depresión, trastorno de aprendizaje y desarrollo e indudablemente conductas y pensamientos machistas. Esta cifra aumenta cuando son testigos de agresiones físicas o verbales sin necesidad de que ellos sean los receptores de las mismas.

Si todos estos daños colaterales son importantes, lo es aún más, por su proyección futura, el aprendizaje que hacen los menores de las conductas violentas dentro del hogar. Los hijos aprenden a definirse, a entender el mundo y a relacionarse con él, a partir de lo que observan en su entorno más próximo. El niño en su proceso de identificación con el padre va aprendiendo que el expresar su agresividad a través de manifestaciones de violencia constituye una conducta permitida en su espacio familiar; de la misma manera la niña ve en la figura de referencia, la madre, que la mujer debe adoptar una conducta de sumisión, pasividad y obediencia, desarrollando una tolerancia a ser víctima de castigos. Los niños que crecen en hogares violentos aprenden e interiorizan una serie de creencias y valores negativos entre los que se encuentran los estereotipos de género, desigualdades entre hombre/mujer, las relaciones con los demás, así como sobre la legitimidad del uso de la violencia como medio de resolver conflictos, que sientan las bases de comportamientos maltratantes futuros en las relaciones de pareja.

En la actualidad parecen haber aumentado las cifras de hijos e hijas que agreden a sus progenitores. Si tenemos en cuenta el modelo de aprendizaje social, la exposición a la violencia de las hijas e hijos de las mujeres maltratadas podría constituir un factor que aumentaría el riesgo en estos menores de cometer agresiones, ya que crecen en un hogar en el que la violencia constituye un patrón de comportamiento no sólo aceptado, sino también considerado eficaz en la resolución de conflictos. El sexismo se aprende desde la infancia, la igualdad también.

Por esto, las medidas dirigidas a las madres no son suficientes para garantizar un óptimo desarrollo, aunque sea evidente que un cambio y un equilibrio psicológico en la madre van a repercutir positivamente en los hijos; los menores necesitan una intervención específica como víctimas directas de la violencia de género que se ha ejercido en su hogar.

En España los programas de intervención con menores víctimas de la violencia de género son escasos, ya que la intervención, acompañamiento y su protección es responsabilidad de la madre y los programas de intervención, asistencia y reinserción social se dirigen a éstas. Teniendo en cuenta lo anterior, el II Plan Estratégico de Infancia y Adolescencia 2013-2016 incluye a los hijos de mujeres víctimas de violencia de género como unas victimas más, pero sin especificar un plan de trabajo, y centrándose en los casos denunciados, dejando, por tanto, un alto porcentaje de menores en una situación negativa, ya que el número de denuncias es muy inferior al de casos reales.

Es de suma importancia que se pongan en marcha recursos de atención específicos, empezando por un buen servicio psicológico en los colegios y una educación centrada en valores que contrarresten la violencia en la familia y sus consecuencias. Desde la escuela se puede prevenir e intervenir en los problemas de desarrollo e integración escolar que manifiestan las niñas y niños procedentes de hogares violentos, ya que para la mayoría de estos niños la escuela es el único contexto facilitador en el que, con toda seguridad, van a permanecer durante un buen número de años. El colegio es el principal sistema que va a contribuir a su desarrollo y a la satisfacción de sus necesidades básicas, ya que su situación familiar no está capacitada para cubrir las necesidades y aportar una educación adecuada.

Puesto que el papel de la escuela es muy amplio y las acciones posibles enfocadas a la educación en la igualdad muy diversas, es imprescindible marcar unas líneas de funcionamiento básicas; implantar un modelo coeducativo, no centrado únicamente en la adquisición de conceptos, sino también en fomentar la inteligencia emocional y un sistema de valores y creencias adecuados, promocionando la no violencia. Hasta el momento, en uno de los cursos del tercer ciclo de la etapa de Educación primaria y en tercero de la ESO, todos los alumnos cursaban la materia de educación para la ciudadanía y los derechos humanos prestando atención a la igualdad entre hombres y mujeres. Y en cuarto curso se impartía Ética y ciudadanía. Los centros educativos públicos contaban con un Plan de Igualdad y de Convivencia muy útil. La LOMCE ha “barrido” literalmente estas materias y Planes que tanto podían ayudar a comprender problemas relacionados con la familia, la violencia de género y el maltrato infantil en el hogar.

El actual Consejero de Educación del Gobierno de Navarra, Sr. Iribas, afirmaba en 2012 que se podrían destinar las horas de Educación para la ciudadanía a fortalecer asignaturas como Matemáticas, Inglés y Lengua, y que “es la familia la que tiene el derecho y el deber de transmitir los valores a sus hijos, y no la Administración” (Diario de Navarra, 1/2/2012). ¿También el maltrato a los hijos? Semejante insensibilidad y, me atrevería a decir, crueldad, a mí también me duele.