Abusos a menores

Cada cierto tiempo, los medios de comunicación dan a  conocer casos de abusos sexuales sobre la infancia. Se centran en el relato pormenorizado del delito, de la personalidad del perpetrador, de las investigaciones forenses, policiales y judiciales, pero se echa de menos un análisis pormenorizado del fenómeno en sí, de su frecuencia, de las consecuencias dramáticas en las víctimas. Últimamente la atención se centra en los sacerdotes de Granada y en la intervención directa del Papa para desvelar y denunciar conductas sujetas al código penal más allá del perdón o la teatralidad de arrastrarse y besar el suelo de una catedral. Pero hay que reconocer que en España impera un silencio por parte de miles de víctimas inocentes, incomprendidas y avergonzadas, como si ellas fueran las culpables. Es, sin duda, un asunto turbio, pero no por ello debe ocultarse en su crudeza para poder prevenir semejantes abusos. Parece, a  simple vista, que se trata de conductas aisladas, muy poco frecuentes, pero la OMS afirma que aproximadamente un 20% de las mujeres y entre un 5 a 10% de los hombres manifiestan haber sufrido abusos sexuales en la infancia y adolescencia. 150 millones de niñas y 73 millones de niños menores de 18 años han experimentado formas de violencia sexual en todo el mundo.

Señalemos, en primer lugar, que el abuso sexual lo constituyen todas aquellas acciones de una persona que establece relaciones de poder con un/a menor con el fin de satisfacerse sexualmente, alterando el desarrollo psicosexual de la víctima. Tales conductas comprenden besos forzados, tocamientos de naturaleza sexual, miradas morbosas hacia las piernas o  senos, mostrar material pornográfico al menor, acercamiento de genitales, acercamiento físico que incomoda al menor, besos y caricias (aún con el consentimiento del menor), acciones de seducción o deslumbramiento hacia el menor con el fin de agradarle o atraerle, cartas, llamadas o mensajes de índole sexual, así como acercamiento físico de índole sexual acompañado de amenazas de sometimiento. Se trata de un caso de maltrato infantil que causa un daño, a  veces irreparable, en la salud, desarrollo y dignidad del menor de edad.

El abuso sexual suele ocurrir en el hogar, en la escuela y en otras instituciones como las religiosas o deportivas, es decir, en contextos de una relación de responsabilidad, confianza o poder.  Según UNICEF, en la mitad de los casos los agresores viven con las víctimas y en tres cuartas partes son familiares directos, como el padre. En otros casos, un profesor, un sacerdote, un entrenador, etcétera. Personas que merecen la confianza de la víctima y la de su familia.

Socialmente, suelen aceptarse unos prejuicios para justificar estas conductas, tales como  el ser  un hecho excepcional, propio de clases humildes y familias desestructuradas, o el afirmar que las niñas fantasean o  seducen a  los adultos o que es un problema que debe resolverse en la familia. Por lo general, transcurren meses o años hasta que el secreto se desvela: el abusador ejerce coerción emocional y/o física  sobre la víctima para garantizar su silencio, como si la responsabilidad fuera compartida por ambas partes; el menor es convencido de que revelar dicho secreto desintegraría la familia. Las niñas, asustadas, manifestarán que quieren olvidarse de todo. Con esta actitud solo se asegura la persistencia de la situación de riesgo en que se encuentran las víctimas y se garantiza la continuidad del abuso. De hecho,  las conductas de abusos sexuales a menores suelen mantenerse en secreto y ocultas por miedo, obtención de beneficios, desconocimiento o vergüenza del menor a revelarlas. Sólo un 2% se conocen en el momento en el que ocurren.

Otras veces se alega que es un problema típico de los tiempos violentos que vivimos, o se recurre a  la premisa, socialmente compartida, según la cual los varones son incapaces de controlar sus impulsos sexuales. Más cruel, si cabe, es defender que el abuso no produce daño en las víctimas: una cosa es que no hablen del tema y traten de olvidarlo y otra los daños sufridos, que pueden durar toda la vida, padeciendo necesariamente  trastornos de la personalidad.

El Abuso Sexual Infantil es un grave problema de salud pública, que interfiere en el desarrollo de la víctima. Origina problemas emocionales (trastornos  depresivos, bipolares, de ansiedad, estrés postraumáticos…), problemas de relación ( es el área que presenta mayores problemas) , problemas funcionales ( dolores físicos sin razón medica que los justifique) , problemas de adaptación y problemas sexuales ( sexualidad  desadaptativa). La gravedad de los problemas se extiende a lo largo del ciclo evolutivo. Al menos un 80% de las victimas sufre consecuencias psicológicas negativas que arrastran durante toda su vida. El alcance del impacto psicológico  va a depender del grado de culpabilizacion del niño por parte de los padres, así como de las estrategias de afrontamiento que disponga la víctima.

Las medidas de prevención podrían reducir en un 50% los abusos a  menores. En primer lugar, es necesario que la sociedad se conciencie del problema existente: los abusos sexuales a menores son una realidad más frecuente de lo que nos gustaría reconocer, según hemos indicado. En segundo lugar, tanto la sociedad como los profesionales vinculados directa e  indirectamente con la infancia y la adolescencia deben formarse al respecto, aprendiendo a  reconocer los indicadores de Maltrato. Esto también implica que conozcan sus responsabilidades como ciudadanos y los dispositivos a los que pueden acudir para comunicar sus sospechas. La notificación de la sospecha es el elemento clave para la activación de los recursos que pueden garantizar, tras la evaluación de las evidencias, la integridad del niño y su atención. Es por esto, quizá, necesaria la realización de campañas de prevención y educación.

En tercer lugar, es necesario capacitar a los padres para el ejercicio de sus funciones de forma positiva y  constructiva. En este sentido, resultan fundamentales los programas de desarrollo de  competencias parentales y las Escuelas de Padres y Madres. La primera condición requerida para que un niño, niña o adolescente en situación de desprotección pueda ser protegido y reciba la ayuda que necesita es que alguien se percate de que se está produciendo esa situación de desprotección.

Es importante una detección temprana dado que a medida que el  maltrato se cronifica y el niño, niña o adolescente pasa más tiempo sufriendo el problema, las posibilidades de recuperación del daño sufrido disminuyen, aumentando la probabilidad de que las secuelas negativas de haber vivido con una problemática de estas características se conviertan en permanentes. De esta forma su futuro se vería gravemente comprometido.

“La verdad, toda la verdad”:  no hay olvidar que los niños son las víctimas y que nunca se les podrá culpar del maltrato.