Amnesia Infantil: ¿Qué Recordamos De Nuestra Primera Infancia?

 

Autor: Marta Ruiz Marín
Licenciada y Doctora en Psicología

La memoria autobiográfica es definida por Otero (2001) como ".un conjunto de episodios que están ordenados cronológicamente, espacial y afectivamente marcados, comunicable pero intransferible, que implica una amplia armonía histórica (antes, durante y después) y que constituye la base de la individualidad".

De forma resumida, esta memoria autobiográfica se correspondería con el conjunto de episodios recolectados de la vida pasada de la persona y estaría caracterizada por su durabilidad, su especificidad y su importante participación dentro del autoconcepto de las personas. Concretamente, Bluck (2003) señala tres funciones principales de la memoria autobiográfica que son: dar continuidad a uno mismo a lo largo del tiempo; dar también información sobre la posición social y funcionar como guía en la solución de problemas y el desarrollo de actitudes.

Dentro de la memoria autobiográfica, Conway y Pearce (2000) distinguen tres tipos de recuerdos autobiográficos que son por orden de menor a mayor precisión: a) los períodos vitales; b) los sucesos generales y c) los sucesos específicos. Precisamente, estos sucesos aparecen en edades más tempranas que las otras dos categorías, aunque existe un límite inferior. Precisamente es aquí donde se sitúa el fenómeno de la amnesia infantil.

Si echamos la vista atrás e intentamos recordar las celebraciones de Navidad más remotas, quizá logremos remontarnos a cuando teníamos 7, 6 o 5 años y esperábamos impacientes a los Reyes Magos, pero pocos lectores lograrán recordar la celebración Navideña a su edad de 1, 2 ó 3 años. Precisamente, a esa falta de recuerdos acaecidos desde el nacimiento hasta aproximadamente nuestros 3 años de edad se le denomina amnesia infantil. Quizá sí tengamos algún recuerdo de esa edad, pero ¿hasta qué punto ese recuerdo está libre del influjo de las narraciones referidas a ese suceso con las que hemos crecido? ¿es un recuerdo propiamente nuestro o es un recuerdo de los demás del que nos hemos apropiado? A este respecto, Simcock y Hame (2002) a través de una serie de experimentos, mostraron cómo el lenguaje marca un punto de inflexión en la vida de las personas. Así el principio de especificidad de la información viene a señalar que los niños no recuerdan verbalmente lo que no codificaron verbalmente aun cuando en el momento del recuerdo posean la competencia lingüística necesaria y un recuerdo de las acciones suficiente (véase Ruiz-Rodríguez, 2003). Según este principio, un recuerdo verbal de nuestros 2 años de edad, si a esa edad no habíamos desarrollado el lenguaje, difícilmente será propiamente nuestro y sí más fruto de las historias respecto a ese suceso con las que hemos crecido.

Ahora bien ¿por qué sucede esto? A este respecto Freud señaló que esa memoria infantil sí que existía pero que estaba reprimida. También propuso que esos recuerdos estaban muy fragmentados, eran incoherentes y también incompatibles con los desarrollados años más tarde por lo que su recuperación era muy difícil.

Otra explicación deriva de los desarrollos de Piaget. Este autor propuso una serie de estadíos dentro del desarrollo psicológico del niño que son: período sensorio-motor (hasta aproximadamente los dos años), período preoperacional (de los 2 hasta los 7 años), período de las operaciones concretas (de los 7 hasta los 12 años) y período de las operaciones formales (de los 12 hasta los 17). Así, la información adquirida en otras etapas del desarrollo anteriores sería de difícil acceso puesto que se almacenó en otro código propio del estadio de desarrollo anterior. Como el lector apreciará, ésta es ya una aproximación al principio de especificidad de información que se ha comentado previamente.

Otro grupo de investigadores defienden que, durante los primeros años de vida el sistema de memoria de las personas se caracteriza por su mal funcionamiento e inestabilidad razón por la cual no puede almacenar recuerdos. Esto sería debido a que el hipocampo, estructura fundamental para los procesos de aprendizaje y memoria madura aproximadamente a los dos años de edad.

Sea como sea, la polémica está servida y es que el experimento de Bauer (1996) arroja numerosos interrogantes al demostrar cómo los niños de 1 a 2 años pueden recordar sucesos durante largos períodos. Esta investigadora trabajó con niños de 1 y 2 años y, puesto que a esa edad aún no habían desarrollado el lenguaje, usó la imitación para evaluar su capacidad de recuerdo inmediato (justo después de la actuación del modelo) y demorado (una semana después del día de aprendizaje). Para ello introdujeron cuatro objetos en el experimento: un oso, una sábana, una cama y un libro y se les enseñó la secuencia que después tendría que repetir el niño: hacer que se haga de noche - acostar a Teddy en la cama - taparle con la sábana - leerle un cuento. De forma inmediata al experimento, los niños de 11 meses pudieron recordar varios pasos de la tarea y los niños de 20 meses hicieron una reproducción perfecta de ésta. Además, pasada una semana del aprendizaje por imitación, los niños de 13 meses seguían recordando parte de la tarea (Téllez López, 1998).

BIBLIOGRAFÍA

  • Otero, O (2001) Educar la inteligencia. Madrid: Ediciones Internacionales Universitarias
  • Bluck, S. (2003). Autobiographical memory: Exploring its functions in everyday life. Memory, 11, 113-123.
  • Conway, M.A. & Pleydell-Pearce, C.W. (2000). The construction of autobiographical memories in the self-memory system. Psychological Review, 2, 261-288.
  • Simcock, G. y Hayne, H. (2002). Breaking the barrier? Children fail to translate their preverbal memories into language. Psychological Science, 13, 225-231
  • Ruiz Rodríguez, M. (2003). Las caras de la memoria. Madrid: Pearson Pretience Hall
  • Téllez López, A. (1998). Atención, aprendizaje y memoria. Aspectos psicobiológicos. México: Trillas.