Disciplinar al Adolescente: ¿Misión Imposible?

Muchos padres y maestros manifiestan su incapacidad para enfrentar la “rebeldía” que comienzan a manifestar sus hijos y alumnos adolescentes. Se sorprenden ante sus cambios repentinos de humor, reclamos de  respeto y libertad, no comprenden sus críticas sagaces y el derecho a establecer límites a su privacidad. Antes de sus 14 años estábamos acostumbrados a imponer normas de disciplina sin mucha resistencia por parte de ellos. Algunos más contestatarios, otros más sumisos, pero lo sorprendente es que al llegar a esa edad hasta los chicos más obedientes y amorosos comienzan a manifestar signos de rebeldía, alegando que ya merecen ser tratados como hombres o mujeres.

No siempre los padres llegan a comprender la importancia de conceder espacios y confianza a sus hijos adolescentes. Incluso, muchos se preguntan, si antes de los 14 años no se disciplinó a un hijo y se establecieron normas, ¿están aún a tiempo de retomar “las riendas” en el hogar?, ¿sienten que ya no es el momento adecuado para hacerlo, que ya todo está perdido?

En mi anterior artículo “Disciplinar con amor: la importancia de poner normas a nuestros hijos”, hacía referencia al problema de la disciplina en la adolescencia y recomendaba tratarlo como un tema aparte, pues nada tiene que ver con la manera de establecer normas en etapas precedentes, digamos desde el nacimiento hasta los 14 años (1). La adolescencia marca importantes pautas en el desarrollo personal. Por primera vez se adquiere la potencialidad de valorar las cosas por sí mismo. Y digo la potencialidad, pues a veces no se llega a alcanzar esta capacidad nunca, si antes no se hizo un trabajo de estimulación del proceso de pensamiento.

Jean Piaget, importante psicólogo suizo, señalaba que el pensamiento lógico formal  (o valorativo) no constituye un estadio generalizado del desarrollo,  es decir, no se produce de manera natural con la maduración, sino es un nivel alcanzado por algunas personas que progresaron especialmente, debido a las condiciones favorables de la enseñanza y educación. Para que se produzca un desarrollo de las posibilidades de valorar por sí mismo es necesario un entorno que no solo favorezca el intercambio de puntos de vista, sino la adquisición de una manera de pensar relativista, evitando las opciones dicotómicas, es decir, “o sí o no”, “o esto o lo otro”, “o es blanco o negro”, de acuerdo a la ley lógica de la identidad. Si la escuela y/o la familia no alientan este tipo de relación alternativa nada conducirá a lograr este nivel.

Que la persona pueda pensar la realidad en función de todos los puntos de vista o combinaciones posibles, es lo que desarrolla el pensamiento más abstracto, que no es más que pensar en hipótesis o en alternativas, que incluso pueden ser contradictorias en sí mismas. Quiere esto decir que no todos los adolescentes están preparados para asumir la independencia, pensar en la mejor alternativa y decidir por sí solos, si antes no hemos hecho un trabajo educativo adecuado para lograr esta autonomía de pensamiento, que condiciona la autonomía moral.

Es muy común hallar a adultos que hace mucho tiempo pasaron la etapa de la adolescencia (14 a 20 años, según lo establece la Organización Mundial de la Salud), que aún son inmaduros, dependientes, incapaces de tomar decisiones por sí mismos, que se dejan influenciar por los criterios de los demás. Tal cual si fueran niños de 7 u 8 años, buscan el apoyo en los demás, la aceptación de los otros, son capaces de cambiar sus criterios si los demás se lo piden. De seguro estas personas no fueron nunca preparadas para tener una independencia psicológica y moral.

Esto es algo que preocupa a muchos padres de adolescentes y, por supuesto, es muy válida su preocupación. Muchos manuales  de educación aconsejan dar independencia a sus hijos, pero no todos los adolescentes están preparados para hacer resistencia a las malas influencias del entorno. ¿Qué actitud podemos asumir frente  a la contradicción entre la necesidad de independencia y autoafirmación que tiene nuestro hijo y sus posibilidades reales de hacerse responsable por su comportamiento?

¿Cómo saber si el adolescente está preparado para asumir la independencia que nos exige?

Como señalamos, la autonomía de pensamiento no es un proceso natural, es decir, no responde solo a una maduración biológica morfo-funcional del cerebro. Es una combinación de la estimulación social y la maduración de las estructuras corticales, a nivel de la zona frontal. Las áreas sensorias maduran durante la primera infancia y el sistema límbico durante la pubertad, en tanto los lóbulos frontales –sede de la comprensión y la respuesta creativa--  continúan desarrollándose en la adolescencia, incluso hasta los 16 y 18 años de edad.

Una idea puede ser transmitida a un chico por el profesor o el padre de forma definitiva, como patrones rígidos  e indiscutibles. Esto, lejos de desarrollar el pensamiento del adolescente, lo hace dependiente y poco flexible. Es decir, se torna una persona a la espera de que otro piense por él y le diga lo que hay que hacer. Por eso no tendrá las herramientas suficientes para defenderse ante un suceso nuevo, o una incitación a un modo de comportamiento.

Ya argumentaba en mi artículo anterior que entre los 7 y 14 años es necesario no solo establecer reglas, sino explicarles la conveniencia de estas. De este modo, cuando el niño arribe a la adolescencia, estará preparado para pensar y actuar de manera independiente, aunque acudan a nosotros cuando tengan una duda o quieran un consejo.

Es preciso saber que en el adolescente surge el interés por socializar con los demás, es decir, comienza a interesarse en el otro, surge la necesidad de aprender modos de comportamiento tendientes a la interacción. El otro es un importante referente para conocerse mejor y afianzar su autoestima. Por eso, cuando no existe un adulto que le sirva como modelo cercano psicológicamente, buscará al otro adolescente, con quien tenga mayores puntos de coincidencia. Cuando hablamos de modelo queremos decir que el adulto que el tenderá a buscar es aquel que sea capaz de respetar sus necesidades, que se pueda poner en su lugar, que siempre tenga una respuesta a sus múltiples interrogantes, que valore sus nuevas habilidades, que esté interesado en conocer sus puntos de vista y lo haga partícipe de la toma de decisiones.  Si no somos ese tipo de persona, sencillamente buscará en su amigo o compañero de clase todas esas cualidades que lo hagan sentir que ya creció y que ahora puede pensar, sentir y hacer cosas que antes no podía.

Un adolescente con un pensamiento entrenado en el ejercicio de la valoración podrá determinar cuando está ante una relación positiva que debe propiciar o ante una influencia negativa a la que debe decir “no” y cortar.

Por otro lado, cuando usted es asertivo en su relación con el adolescente constituirá un modelo de habilidades sociales. Le estará enseñando a comunicarse, que es la base de la convivencia.

Un indicador de una autoestima sana es la asertividad en la comunicación. ¿Cómo saber si somos asertivos? ¿Cómo saber si nos comunicamos bien? Permítanos decir algunas de estas habilidades y así podrá evaluar si las pone en práctica con el adolescente y el resto de las personas.

Ud. será un buen modelo de comunicación para su hijo si es capaz de hablar concretamente de la conducta que le molestó en lugar de criticarlo como persona, por ejemplo: “eres un desordenado”, en lugar de decir, “dejaste desordenado el cuarto”. Se limitará en su conversación a dar exceso de argumentaciones, recuerde que esto le resta autoridad.  Argumente con frases elocuentes y lógicas, sin dar vueltas al tema y repitiendo una y otra vez lo mismo. Deberá aceptar que su hijo, y cualquier otra persona, tienen el derecho a decir que no cuando están convencidos de lo que quieren. Aceptará que Ud. también puede equivocarse y enriquecerse con el punto de vista del otro. Se justificará únicamente si se considera oportuno. Oirá las críticas que le hace su hijo y tendrá el derecho de pedirle detalles cuando no tenemos claro lo que nos está criticando. Nunca contraatacará con otra crítica.

Si Ud. está actuando por convicción, y no por simple capricho o rigidez, tendrá derecho a mantenerse en su negativa y si no lo cree conveniente, no hay que dar explicaciones por su negativa. Recuerde que no hay manera mejor de comunicarse con el otro que aprendiendo a escuchar. Así podrá comprender mejor los estados y puntos de vista del otro. Debe saber que lo que funciona para usted, fruto de su experiencia adaptativa, no tiene necesariamente que funcionar en los demás.

Si Ud. es capaz de comunicarse de este modo con todos, es muy posible que Ud. esté preparando a su hijo para adquirir las habilidades sociales que necesita para entran en contacto con los demás y manifestar su inteligencia emocional.

Brevemente me referiré al proceso de preparación previa en cuanto a la conducta moral  que requiere un pre-adolescente. El niño ha de tener hábitos de comportamiento establecidos firmemente, sobre la base de la necesidad de convivencia, apoyo social y colaborativo, conductas de autoprotección, etc. Ha de haber aprendido a respetar reglas, a comprender la conveniencia de estas y a defender su cumplimiento ante los demás. Si el niño nunca tuvo claramente definidas las normas de comportamiento, si no hubo horarios establecidos, si no adquirió la noción del peligro, si no sabe respetar al otro y ser solidario, si no logra jerarquizar sus necesidades en función del contexto y la ocasión, haciendo prevalecer sus caprichos y necesidad de atención por encima de todos, entonces no está, de ningún modo, preparado para enfrentar la independencia en esta etapa de la vida.

Son esas personas  que sucumben ante el alcohol o las drogas, con tal de lograr la aceptación del grupo o de la pareja. No existen firmes patrones morales de comportamiento, ni argumentación de estos patrones. Eso es lo que más le preocupa a los padres, por eso piensan que ahora más que nunca no pueden dejar solos a sus hijos,  deben violar su privacidad, pues sospechan que ellos no están preparados para decir no, y enfrentar una mala influencia, pues además, no saben identificarla.

Esta inseguridad de los padres refleja la certeza de que el trabajo de preparación que debían haber hecho con sus hijos antes de los 14 años no fue realizado. Que no hubo suficiente dedicación a la educación de sus hijos. Y ahora, que ya no pueden controlar la necesidad de  contacto social e independencia de los hijos, acuden desesperadamente a la violencia, en cualquiera de sus formas de manifestación. Sepa que oponerse a las necesidades de otro es una forma de violencia, independientemente de la justeza de los motivos que haya para ello. Entonces, ¿cómo satisfacer esta necesidad de independencia del adolescente, si sabemos que realmente no está preparado para asumirla?

Debido a las nuevas posibilidades cognoscitivas que ha adquirido el adolescente, puede darse cuenta más fácilmente cuando un padre no es totalmente consecuente con su prédica. El conocido refrán, “haz lo que yo digo, mas no lo que yo hago”, es el más contraproducente de los “métodos educativos”. Si el padre no es un verdadero modelo moral para el hijo, cualquier intento de formar patrones de comportamiento en el hijo va a ser en vano. SI Ud. no es consecuente con lo que le exige en su hijo, es preferible que comience a cuestionarse un cambio en Ud. Nunca es tarde para comenzar a reflexionar en lo que no anda bien en su vida.  Si por ejemplo, le dice que no fume y Ud. Lo hace, es mejor que no le diga nada. Si reconoce ante él que usted lo hace, sabiendo que es perjudicial, entonces su hijo creerá que Ud. le miente, porque nadie hace nada en contra de su propio beneficio o, por el contrario, creerá que es muy normal que la gente tenga poco control sobre sí mismo.

Puede que este no sea su caso y  que Ud. tenga valores o normas muy bien estructuradas, pero haya pasado poco tiempo a su lado. En ese caso debe preocuparse por garantizar que las personas que le sustituyan en su ausencia sean personas igualmente morales y disciplinadas.

En mi artículo antes mencionado insistía  que el castigo o las prohibiciones tienen el mismo efecto de refuerzo en el comportamiento que los premios. De manera que lo que consigue prohibiendo una conducta es estimular más aún la necesidad de realizarla. No contribuya entonces a incentivar en su hijo los deseos de transgredir lo establecido socialmente como saludable o adecuado para él.

No desaproveche el período sensible para desarrollar la habilidad de realizar juicios críticos o valoraciones. No considere una pérdida de tiempo el comentar noticias, hechos de la vida cotidiana, de ponerle ejemplos que impliquen una reflexión por parte de él. Póngalo ante situaciones en que deba decidir por sí mismo. Acostúmbrele a pensar siempre en una tercera posibilidad. Eso estimula su creatividad.

Es bueno que sepa que los hijos prefieren a su grupo de contemporáneos, cuando en su casa no ha encontrado quien le escuche, quien le tome en cuenta, quien le haga sentir importante. Recuerde que es una etapa crucial de autoafirmación y de autoconocimiento.  Si Ud. solo le señala errores, carencias, buscará la aprobación en otro lado. Necesita saber que es bueno para algo, que es atractivo para alguien, que es tomado en cuenta, precisamente en este período más que en cualquier otro momento de su vida.

Tampoco pretenda sustituir con su presencia la necesidad de comunicación con los chicos de su edad. Es en este intercambio de gustos e intereses  que se van autoconociendo, se van  gustando a sí mismos. Ud. debe mantenerse a su alcance, pues cuando precisamente no halle respuesta a sus inquietudes en el otro adolescente, acudirá a Ud.

Ud. puede convertirse en un padre viejo o en un padre sabio para su hijo. El padre viejo es aquel que se mantiene estancado en la  época en que vivió y trata de imponerla como modelo actual válido. ¿Cómo pretender que su hijo se identifique con esa época cuando no existían ni las redes virtuales de información? Si Ud. habla de la experiencia de su generación sólo hágalo para resaltar valores perdurables, como la amistad y la fidelidad, nunca para oponerse a los avances de la ciencia, la tecnología, el arte o la moda. Eso lo hará parecer un anticuado o tonto, incapaz de adaptarse a los cambios.

Muchas veces las actitudes negativas hacia la adolescencia son más bien un prejuicio, acumulado por siglos. Una manera desesperada de aceptar que Ud. se ha convertido en una persona vieja, incapaz de cambiar y aceptar nuevos retos. El miedo al cambio, a perder el control, a soltar, a admitir que nuestros hijos tienen vida propia y ante sí tienen el desafío seguir creciendo, para producir y reproducirse, puede hacerlo pensar que simplemente educar a un adolescente es una misión imposible, y que su rebeldía no es más que pérdida de amor hacia nosotros. Ayudémoslo a enfrentar sus cambios, celebrando cada nueva transformación, con la confianza que estas le abren nuevas oportunidades. Manténgase a su lado como una guía y si realmente no ha constituido un modelo para él, cuestiónese qué está haciendo para cambiar esa situación. Asuma una actitud de adolescente. Sepa que el vocablo adolescente proviene de la palabra latina adolescere, que significa tránsito. Si a usted le molestan los cambios, es porque necesita continuar madurando y cerrando etapas. Transitar hacia nuevas etapas en su vida implica una disposición al cambio.

Para facilitar una independencia y conducta responsable en los adolescentes, hace falta padres y maestros con mucha madurez personal, que hayan devaluado las relaciones de poder en su vida y estén dispuestos a vivir relaciones más horizontales y participativas.