Disciplinar con Amor: La Importancia de Poner Normas a Nuestros Hijos

El deseo de todo padre es tener hijos disciplinados, capaces de autorregularse, de cooperar con las tareas del hogar, de hacer los deberes escolares, asearse, comer, jugar,  en horarios planificados,  de ser organizados y respetuosos. Para lograr esto, muchos padres caen en posiciones extremas; o son castigadores, al usar diferentes formas de violencia, incluida la física como modo frecuentemente empleado, o, por el contrario, se sienten impotentes y  les permiten hacer y deshacer  a los hijos a su antojo, sintiendo después la  vergüenza de no poderles llevar a ningún sitio, de recibir quejas de los maestros y demás adultos, por ser niños problemáticos, caprichosos y berrinchudos cuando no obtienen lo que buscan.

Lo que desconoce la mayoría de los padres es que imponer disciplina es un arte, que se aprende y se desarrolla con paciencia y amor. Estas dos palabras parecen sencillas, pero encierran una gran sabiduría. Es lo que nos convierte en padres verdaderamente capacitados en el arte de educar.

En primer lugar, debemos tener en cuenta que nuestros hijos son seres que merecen ser tratados con aceptación y respeto. No somos dueños absolutos de ellos, no nos pertenecen como una propiedad más, sino que tienen sus propias necesidades, que hay que saber identificar y a las que hay que garantizarles su satisfacción.

Cada etapa por la que nuestros hijos atraviesan en sus vidas, requiere un tratamiento diferente; como también debe ser diferenciado el trato hacia cada uno de ellos. Debemos distribuir por igual nuestra atención a cada cual, brindarles nuestra protección y, sobre todo, aceptarlos con sus propias peculiaridades. Cada individuo nace con una naturaleza especial, única e irrepetible, por lo tanto, lo que puede funcionar con un hijo, no necesariamente tiene que funcionar con el otro. Es importante saber que existen reglas o principios generales que son comunes a cada edad o período psicológico por el que atraviesan nuestros hijos. Y esto precisamente es lo que queremos abordar en este artículo.

Me referiré a cómo lograr la disciplina en la primera infancia o niñez, es decir, en el período comprendido desde el nacimiento hasta los 14 años aproximadamente; pues el tema de lo que ocurre en la adolescencia merece  ser abordado en otro artículo aparte. Esta etapa la dividiremos para su explicación en dos sub etapas; la primera de ellas, a partir del nacimiento hasta los 7 años y la segunda, de los 7 a los 14 años. Precisamente el modo de educar la disciplina en nuestros hijos se comporta de modo diferente en estos dos momentos.

Ante todo debemos tener en cuenta  que la disciplina es necesaria para lograr el desarrollo de una personalidad sana y equilibrada. Un adulto seguro y responsable fue, seguramente, un niño disciplinado a tiempo. Si a esto le adicionamos una buena cuota de amor y no de castigo en la imposición de las normas de conducta, no solo será un adulto seguro y responsable, sino además, con una autoestima adecuada. ¿Qué debemos hacer entonces para lograr esto?

Se precisa conocer que el castigo nunca debe ser usado para suprimir una conducta. El psicólogo norteamericano, padre de la Enseñanza Programada, B.F. Skinner, planteaba que el castigo actúa como un estímulo para que la conducta se vuelva a repetir, al igual que ocurre cuando premiamos o la recompensamos (1). Es decir, cuando usted castiga un error o una conducta indeseada, en lugar de eliminarla lo que hace es reforzarla. Le puede parecer raro esto, pues es lo que siempre hemos visto hacer con la educación de los niños,  pero, es necesario que sepa que para que un comportamiento se vuelva a repetir, basta con prestarle atención.

Una de las cosas que más estimulan a un niño es que sus padres le presten atención, ya sea a través del premio (atención sana) o a través del castigo (atención patológica). Por eso, vemos tantos adultos que son adictos al castigo (psicológico o físico), porque de niños aprendieron a codificar el castigo como la única forma de llamar la atención de sus padres o figura afectiva (2). ¿No le resulta curioso que muchas personas justamente se enamoran de quienes los desprecian o los hacen sufrir?

Generalmente, cuando un niño hace algo indebido, le castigamos, pero olvidamos recompensarle cuando hace algo positivo, sobre todo, porque pensamos que solo cumple con su deber cuando se comporta bien.  Del mismo modo, pensamos que le estamos premiando al regalarle algún objeto o le compramos alguna golosina, pero lo que usted probablemente desconoce es que el mejor premio que un niño espera en esta primera etapa de la vida, es la presencia física de sus padres o figura sustituta. En otras palabras, si el niño no tiene hambre física usted no debe comprarle golosinas cuando se porta bien, porque el hambre que el niño tiene es emocional, es decir, necesita de su presencia para sentirse protegido, necesita sentirse aceptado.

Muchas veces pretendemos disimular la ausencia de atención a los hijos entreteniéndolos con juguetes, como los juegos electrónicos por ejemplo, que atrapan su atención y les consumen mucho tiempo, pero en ningún modo satisfacen sus carencias afectivas.

El hambre de afecto no se compensa ni con el más sofisticado de los juguetes, ni con la golosina más exquisita. Solo se sacia con su presencia física y emocional, es decir, con que usted esté al lado de su hijo cuando él lo necesita; que le preste atención, le tenga en cuenta y lo acompañe.

¿Cómo se establecen las normas en los niños de 0 a 7 años?

Los padres deben saber que esta es la etapa más importante de la vida de un ser humano, pues es aquí donde se afianza el yo personal. Es decir, las vivencias que tenga el niño en estas edades constituyen la base sobre la que se erige la personalidad del futuro adulto. Enseñarles normas y reglas, que se conviertan en hábitos de conducta, es una manera de hacerlos sentir seguros. En esta etapa el niño aún no tiene desarrolladas formas abstractas de pensamiento y, por ende, carece de la facultad de valorar lo que es bueno y lo que es malo por sí mismo, por lo tanto, necesita de un apoyo externo que lo haga sentir seguro y protegido.

Imagínese un niño que no duerma las 8 horas requeridas, que no coma al menos tres veces al día, que no sea aseado, que juegue con algún objeto peligroso, pondrá en peligro su salud. Y no solo su salud física, sino su salud emocional, pues este niño comienza a sentir que no hay un adulto que sea capaz de protegerle y advertirle que algo malo puede sucederle si realiza alguna de estas conductas. En otras palabras, sentirá que no le importa a nadie lo que a él pueda pasarle.

¿Se ha preguntado usted por qué en estas edades la figura de la maestra es tan importante para el niño? Porque precisamente ella sí sabe poner límites claros a los niños en la escuela. La escuela tiene un reglamento estricto que debe cumplirse, tiene horarios, obligaciones bien precisas.

Tampoco es bueno para el niño que sus padres no se pongan de acuerdo a la hora de establecer normas en el hogar. Vemos con frecuencia que uno de los padres le quita la autoridad al otro en presencia del niño, o puede que le permita hacer al niño aquello que le tiene prohibido el otro, cuando no está presente. El niño comienza sufrir los efectos de la inconsistencia de la conducta de sus padres, es decir, la desorientación en lo que se espera de él, en lo que debe hacer. Comienza, lamentablemente, a aprender desde temprano a manipular, a mentir, a no ser honesto con todos y en todas las situaciones.

Si por cualquier motivo uno de los padres no está de acuerdo con alguna norma impuesta por el otro, es necesario que lleguen a un acuerdo entre ellos, pero nunca delante del niño. Es preciso que lo que le llegue al hijo sea la comunión de la regla para el hogar, no la disputa y la competencia por el poder entre los padres.

Del mismo modo, cuando se establezca una regla en el hogar, esta debe ser cumplida por todos y cada uno de los miembros de la familia. No puede suceder que alguno de los hijos, o los padres mismos, incumplan alguna de estas normas. Esto genera  confusión y sentimientos de rechazo en el que resulta desfavorecido con la norma.

Algo muy importante que quisiéramos apuntar es que para los niños de menos de 7 años, las normas se deben establecer sin darle muchas explicaciones. Es decir, si argumentamos el por qué estamos poniendo una norma, también estamos siendo inconsistentes. En esta etapa, el niño no ha alcanzado el desarrollo cognoscitivo requerido para entender las explicaciones. Todo lo contrario, si cuando le decimos que debe hacer algo, le damos muchos argumentos de porqué debe hacerlo, lo confundimos más, y al final termina olvidando la tarea que debe cumplir.

Deben dársele las órdenes con frases cortas y sencillas, y siempre una de por vez. El niño aún no puede representarse un plan de acción a largo plazo, por lo que debemos dividirle las actividades por tareas, de modo que, solo cuando culmine una, se le asigne la siguiente.

Además, si un niño de 7 años ve al adulto dar muchas explicaciones para exigir que se cumpla una norma, sentirá que este no tiene la suficiente autoridad para hacerla cumplir. De este modo, le estará transmitiendo al niño un modelo de inseguridad, que le impedirá  el desarrollo de cualidades de personalidad en el futuro, tales como la firmeza y la seguridad para decidir.

¿Cómo transmitir las normas a los niños de 7 a 14 años?

Producto del desarrollo del pensamiento alcanzado por el niño a partir de los 7 años, el proceso de implementación de las reglas y normas varía con respecto a la etapa anterior. Incluso el mismo niño ya es capaz de elaborar sus propias reglas en sus juegos con otros niños. A esta posibilidad le llamó el reconocido psicólogo suizo Jean Piaget, los inicios de la conciencia moral en el niño. En este estadio de desarrollo de la conciencia de la regla, el niño que no acepte las normas acordadas por el grupo de jugadores, sale del juego. La regla se presenta al niño, ya no como una ley exterior, sagrada en tanto impuesta por los adultos, sino como el resultado de una libre decisión y como digna de respeto en la medida en que hay un consentimiento mutuo (3).

El desarrollo intelectual alcanzado por el niño hace que el proceso de disciplina en el establecimiento de las normas sea tratado de modo diferente. En esta etapa el objetivo es facilitarles a nuestros hijos que alcancen cierta autonomía, es decir, ayudarles a ser independientes y comprender por qué es necesario que ellos actúen de uno u otro modo.

Cuando el niño comprende el valor de una norma, se le abre la posibilidad de que pueda autorregularse por sí solo, es decir, que podrá justificar ante los demás el porqué es bueno actuar de esta manera y rechazar influencias negativas, que no se ajusten a los preceptos asimilados.

De modo que, si tenemos un hijo de más de 7 años, es necesario explicarles por qué le pedimos que cumpla una norma o regla. En esta etapa podrá comprender las razones e incluso justificarles a otras personas la conveniencia moral de su comportamiento. Del mismo modo estará preparado, al final de esta etapa, para ser partícipe de su elaboración.

En resumen, con lo expresado hasta aquí se habrá dado cuenta de la conveniencia de elaborar normas claras y estables en nuestro hogar, con vistas a fomentar un desarrollo adecuado de la conducta moral de nuestros hijos. Los hijos disciplinados con amor, serán personas consistentes, responsables y seguras, capaces de alcanzar cualquier proyecto en su vida, gracias a su persistencia y valores éticos.

Referencias:

  1. Skinner, B.F. (1974): Ciencia y conducta humana, Editorial Fontanella, Barcelona, p. 357
  2. Rodríguez Rebustillo, M. (2012): ¿Por qué no podemos ser felices?, http://www.psicologia-online.com/autoayuda/articulos/2012/por-que-no-podemos-ser-felices.html
  3. Piaget, J. (1987): El criterio moral en el niño Editorial Fontanella,  Barcelona, p. 356.