El colegio, un infierno

“Libre, ¡oh!, libre seré cuando paren mis pies”. Esta fue la última anotación en su cuaderno de Jokin Ceberio, quien, con catorce años, prefirió la muerte en Hondarribia un día de septiembre de 2004 a causa de la crueldad de
unos compañeros de instituto que le acosaron sin piedad durante dos años. La noticia pronto desapareció de los medios de comunicación y, como escribió Rosa Montero, la gran ballena del sufrimiento escolar volvió a  sumergirse bajo las aguas. La brutalidad del acoso escolar sigue presente: se calcula que en Primaria lo sufren uno de cada cinco escolares y en Secundaria el 15%. Muchas madres angustiadas relatan que sus niños maltratados no quieren hablar, sienten miedo, llegan a casa llorando, ponen excusas para no asistir a clase e incluso se sienten culpables de su situación.

El acoso escolar o bullying  es un comportamiento agresivo y no deseado entre niños de edad escolar,  normalmente entre los once y catorce años, situación en la que un estudiante es agredido de forma repetida y continua y se convierte en víctima de otro o de varios compañeros. Puede ser físico, verbal, psicológico o social, en forma de golpes, palizas, burlas, motes, amenazas, insultos, agresiones sexuales, conductas homofóbicas o de exclusión y aislamiento social. Otra modalidad es el ciberacoso o  ciberbullying, que ataca la intimidad más allá del aula, del patio o de la calle, utilizando mensajes de SMS, WhatsApp, redes sociales, difusión de imágenes o grabaciones que “cuelgan” en la red, exponiendo a la víctima a todo tipo de humillaciones.

Una buena herramienta para prevenir e intervenir en los casos de violencia escolar es conocer el perfil psicológico y escolar de los agresores. Según Olweus, padre del término  bullying, suele tratarse de varones  -aunque
va en aumento el número de chicas-  con mayor fortaleza física, de temperamento agresivo, sin capacidad empática, sin sentimientos de culpabilidad. No controlan su ira y sienten la necesidad de dominio sobre quien consideran más débil con total impunidad.  En solitario son cobardes, malintencionados e interpretan de forma errónea a los demás pensando  que actúan contra él. No les importa perjudicar con tal de conseguir sus objetivos, de ahí que algún autor les califique de mentes maquiavélicas. A veces son consumidores de alcohol y  otras drogas. Como estudiantes brillan más por sus actividades no académicas  que  por su rendimiento escolar, justifican sus perversas acciones mediante mil excusas o haciéndose la víctima. Su popularidad a veces cae en gracia a    ciertos  profesores  y, aunque suelen  ser rechazados  por sus compañeros, se encuentran arropados por una banda, liderando  una  “jauría”  de  seguidores. Proceden de familias nucleares, no desestructuradas, en las  que  se da excesiva tolerancia o lo contrario, autoritarismo y castigos.

Las víctimas son despreciadas a causa de algún rasgo físico o étnico, por ser diferentes o más sensibles. Jokin era un chico cariñoso, estudioso, listo, alegre y muy familiar antes de sufrir el infierno acosador. No suelen comentar
su situación en la familia por miedo o por no parecer chivatos: “¿Qué queréis, que  me maten a hostias?”, contestó Jokin a sus padres. Tampoco suelen recibir apoyo de sus compañeros de clase y raramente de sus profesores que, o no se enteran,  o se desentienden del problema. Viven, así, en una  amarga soledad no buscada.

Cuando los episodios de intimidación escolar son continuos, producen un estado de temor constante. La víctima va perdiendo su autoestima, el interés por los estudios, sufre trastornos  emocionales,  depresión, ansiedad, problemas psicóticos e incluso pensamientos suicidas. Presentan dificultades para conciliar el sueño, dolores de estómago, de cabeza, náuseas y vómito, llanto solitario, etc. Las consecuencias a largo plazo consisten en  que la víctima, si no es tratada psicológicamente a tiempo, tendrá graves problemas en su vida adulta a nivel personal, social y profesional.

Al tratarse de conductas que tienen lugar en el ámbito escolar, es imprescindible la correcta actuación de los compañeros de clase y del profesorado. Según el Informe del Defensor del Pueblo sobre la violencia escolar  en la ESO, en la Comunidad Foral de Navarra solo el 38% de los encuestados dice que “corta la situación” cuando presencia conductas de este tipo, mientras que el 36% admite que “no hace nada” y el 15,8% que “no es
su problema”. Un 11% confiesa  que  anima al acosador.  El alumno o alumna que  es obligado a callar e ignorar la violencia sobre otro compañero asume un cierto grado de culpabilidad cómplice con la ley del silencio y pierde el referente de lo  que  está bien y lo  que  está mal. El profesorado debe considerar al acosador como  alumno  con necesidades educativas especiales, impidiendo a toda costa la socialización del alumnado en un clima de  violencia,  temor e injusticia.

Prevenir y detener la intimidación implica un compromiso con la creación de un ambiente seguro donde los niños y adolescentes puedan desarrollarse con libertad y sin miedo.