El Hijo Autoritario

 

Autor: Iria Malde Modino
(Psicóloga infantil)

Desde hace años estamos asistiendo a un fenómeno socioeducativo que está causando graves problemas en la convivencia de las familias: se trata de los hijos denominados tiranos o autoritarios. Es tal el fenómeno que, incluso, existen programas televisivos en formato de reality que tratan de mostrarnos cómo se comportan este tipo de jóvenes y cuál es la mejor forma de llevar a cabo una rehabilitación de los mismos.

Muchas veces denominado Síndrome del Emperador, autores que han publicado sobre la materia mantienen una lucha constante sobre el planteamiento de este problema: ¿herencia o aprendizaje? Cierto es que podemos encontrarnos con hijos indisciplinados provenientes de familias desestructuradas, con unos límites y normas muy difusos o con problemáticas de tipo social graves. Sin embargo, no hay que obviar que también nos encontramos con familias a priori “normales”, con pautas educativas estables, pero que llegan a las consultas de los especialistas buscando ayuda porque no son capaces de dominar a su hijo adolescente. Sin embargo, aquí y ahora hablaré de los primeros, ya que han sido los casos que en mayor medida he encontrado en la práctica clínica; apenas he visto algún caso de tiranía familiar que no implicase una causa claramente identificable hacia una consecuencia inevitable.

Estamos acostumbrados, o tenemos un esquema formado, de que estos “hijos tiranos” son un grupo constituido por jóvenes adolescentes. Sin embargo, en las consultas psicológicas, comenzamos a vislumbrar casos de hijos potencialmente dominantes ya con cuatro y cinco años. ¿Cuál es el problema? Los límites. En numerosas ocasiones, los padres confunden los conceptos de amor y educación y piensan que, cuanta más disciplina impongan en casa, más desvalidos y menos queridos se sentirán sus hijos. En definitiva, que los comienzos de estos problemas vienen a colación de los estilos educativos que se impartan en casa, especialmente en aquellos casos de disciplina demasiado permisiva.

Además, hay que tener en cuenta que el estilo de vida actual provoca que los padres pasen poco tiempo con sus hijos y, por tanto, impera la creencia de “para el poco tiempo que estoy con él no le voy a decir que no a todo”…craso error: ¿Qué mi hijo de cuatro años me llama tonta y me pega si no le compro lo que quiere?.... Bueno, es un niño…. ¿Mi hija de cinco años no acepta llevar a cabo unos hábitos y rutinas en casa?... Ya crecerá… ¿Mi hijo de nueve años miente deliberadamente y reacciona de una forma excesivamente vehemente porque no le dejamos hacer lo que quiere?...Es una etapa rebelde… ¿Qué nos contarán estos padres una vez que sus hijos tengan catorce o quince años?

Por otro lado, además de educar en límites, existe una clara necesidad social de educar afectiva, empática y emocionalmente. Generalmente, en los casos de adolescentes, podemos observar una gran frialdad emocional hacia las repercusiones de sus actos. No se muestran conmovidos por el sufrimiento que sus padres viven a consecuencia de sus acciones y, además, tienen una gran intolerancia a la frustración. En el fondo, aunque intenten dar una imagen de seres grandilocuentes y seguros de sí mismos, en el fondo de su sentir existe un importante sentimiento de cobardía y de marcado autodesprecio. Probablemente también exista rencor, odio y necesidad de que les digan “NO”.

Muchos padres podrán pensar que no es sencillo educar a un hijo, y no les quito razón. Queremos ser los padres perfectos y nos atemoriza “traumatizar” a nuestros hijos si somos excesivamente represivos. Sin embargo, no se trata de buscar un dominante y un dominado, sino de conceptualizar un educador y un educando: ¿Quién guía a quién?