EL COLMO DEL PLACER

 

Dr. Jorge  G. Garzarelli
Buenos Aires - Argentina
 

El punto que da origen a este trabajo está ubicado en la pregunta a cerca de si el sujeto “perverso” desea análisis y si además puede soportarlo. No sería la demanda analítica, acaso, otro “acting” mas?

Parto para esto de un sueño de una ex-paciente de 48 años que hoy vive en Miami – Estados Unidos.

En casi todo material onírico de sueños encontramos constantes referencias al proceso analítico, ya sea como resistencias, ”regalos” que el paciente desea hacerle a su analista, como evitación ante una temática peligrosa, etc. Freud, en el caso Dora establece las primeras relaciones entre el sonar y la transferencia. También en Estudio sobre la Histeria, él hace referencia al sueno de transferencia, si bien se trataba de un sueno de vigilia. Todos sabemos que Freud explica, en esa época, al proceso transferencial como desplazamientos y repeticiones no teniendo en cuenta a la relación terapéutica como contexto estructurante.

Cabe señalar aquí, que la relación transferencial es el ámbito natural para poder contener al sonar y sus habituales consecuencias. La familiaridad entre ambos está dada por los desplazamientos en el terreno del Deseo.

Cuando el analista, escucha un sueno lo hace con la intención de su análisis. No quedando tan firme la posición del analizante. Aquí la duda analítica se hace verdad al oído. En la escucha de un sueno habría algo de creencia implícita por parte del analista, aún sabiendo que ese relato pudo haber sido deformado siguiendo necesidades inconscientes del analizante, donde el encuentro con el verdadero deseo se hace en un laberinto. Aquí Descartes y su famosa Duda harían un bello papel?

En el caso de mi ex-paciente, su sueno me parece una de las producciones mas completas en la corta relación que mantuve con quién a si misma se denominaba “homosexual”, aferrándose a este significante con toda la fuerza que suministra el pánico frente a una pérdida aquí, pérdida de identidad.

En este relato no todo es texto firme, sino que aparece como un residuo, una apariencia, por que como todo sueno, su discurso es producto, también en esa externidad que es lo manifiesto, máscara de lo latente. Es esa máscara la que retiramos para ver lo de más allá, aún con todas las opacidades y velos que las censuras nos presentan.

Si “creemos” solo en las máscaras nos quedaremos con la interpretación popular de los falsos símbolos del contexto universal. Esa máscara será entonces una superficie que no esconde nada mas que así misma. Pero, eh aquí que esta máscara nos reclama su anulación, incitándonos a leer ese Otro, que en el texto sería lo que el texto dice, lo que puedo leer y todo lo demás.

La máscara pide ser descifrada y es a partir de esa decodificación que esa ficción pasa a ser una verdad para un análisis.

Es por esto que digo que la ficción propone lecturas constantes, repetidas, casi interminables como el análisis.

Como la ficción siempre o casi siempre esta sujeta al añadirse un texto al otro, es que en este proceso particular de metonimias y metáforas, se forma un juego dramático que forman la escena del que suena. La ficción se añade además, al llamado “ombligo del sueno”, ese punto no susceptible de entendimiento, del no-sentido y que lo une a lo “para siempre desconocido”. Así como la ficción participa de la ilegibilidad, Mariana en un vaivén casi ilegible pasa de: “soy hombre-soy mujer”, hasta que cae en: “Yo soy mujer”, es decir única (?) , repitiendo hasta el cansancio este reclamo de unicidad, pedido de separatividad de su madre a quién busca contradictoriamente en cada una de su relaciones.

Pero, a que madre busca? A la ficción de madre = la fálica. Mariana se enteró de como eran las mujeres, según ella dijo, por conversaciones con su padre, ya que la mayor parte del tiempo su madre estaba enferma y no disponía de tiempo para la educación de la hija.

Mariana no renuncia a su ser mujer, solo que casi como un autofetiche, se vestía y se viste con ropas de hombre, es decir con algunos de los atributos del hombre, pero atrapada en sus significantes, en algunos de sus lapsus mostraba esa intención de ser descubierta en ese juego.

Por el sueño, Mariana mostró el enlace transferencial, en la forma mas sutil, como si de “los sueños uno no fuese responsable”, pudiendo soportarse esta relación en forma menos ansiosa.

Considero que de los sueños de los ”llamados perversos”, podríamos obtener uno de los vectores más eficaces para penetrar ese mundo obscuro-dolorosamente brillante, ese ya lo sé…pero aún así de Manoni, contradicciones que a veces producen inquietud por saber de que se trata, de ese otro más allá escurridizo que dice llamarse Deseo.

La mujer homosexual siempre declara en sus análisis y probablemente fuera de estos, lo elevado de su amor, lo sublime de sus sentimientos como decía Mariana “el colmo del placer”, a diferencia del hombre homosexual que promete algo concreto, un objeto yo diría “muy objeto”. No así la mujer homosexual quién dice que busca dar placer con una cuota de amor inconmensurable. No habría que dar. Y lo que se dá se soporta en la nada.

La mujer homosexual utiliza preferentemente su boca para prometer desde ese hueco la mayor delicia, usando sus labios, lengua, dientes, cavidad, siendo la oralidad un componente básico en estos cuadros.

El falo que debería estar en el padre, en las familias de homosexuales está en otro lugar y nunca como principio constituyente de una sexualidad normal. En el caso de Mariana el padre no estaba bien distinguido, por lo que se infiere que él también habría presentado inconvenientes en la elaboración de su complejo de castración.

Siempre tuve la impresión de que Mariana buscaba en el padre que le muestre, ella decía, entre otras cosas, su hombría de bien; entiendo que deseaba que su padre le mostrase que es bien hombre, es decir, todo, completo. Pero ello hasta ahora, ha quedado desvanecido en la esperanza. Esperanza que en mucho recuerda a lo que no tengo pero alguna vez tendré. En un momento le señalo a Mariana que su esperanza era posterior a su nacimiento lo que le pareció desconcertar, desorganizándola, y rompiendo a llorar, dice: “yo siempre voy a ser una mujer y no puedo desear nada más que a otra mujer”…

Desde que lugar M. podía amar a otra mujer? Desde la ficción, la máscara con las marcas del hombre-padre. Y a partir de esa imposibilidad real de no haber podido amar a su madre. Aquí deseo señalar que los padres de M. siempre aparecieron como corridos, como con esa bidimensionalidad pastosa de las fotografías mal tomadas.

M. le muestra a su padre como se debe amar a una mujer, desafiándolo y quitándole esas marcas de hombre, pero no rudamente, ya que el se las fué proveyendo ante la imposiblilidad de sostenerlas y no tener el tan anhelado hijo varón que continúe su nombre-apellido de la ley. Y ahí estuvo Mariana expectante, poniéndose y sacándose esas consignas hasta que parece se le hicieron marca. Insignias que como suministros obligados desde ese padre maravilloso produjeron esa identificación en la que ella se nombra a través de atributos.

Mariana repetía que si uno tiene dinero es alguien, que si uno tiene apellido es también alguien importante, recorriendo así y en muchos niveles esos eslabonamientos de tener para ser. Fusión de dos significantes. Confusión de significantes que se proyectan al núcleo de lo idéntico.

Cuando Mariana ama a su “partenaire”, no lo hace repitiendo a papá y a mamá, ya que ella no es su padre (ella es mujer), sino que lo hace desde el lugar de la ficción, superior, inolvidable cada vez y si repitiéndose en ese narcicismo que cada vez frente a la así llamada “otra” se realimenta con una voracidad increíble.

Esa ”otra” que no es sentida nada más que como Vacio que va a ser llenado por lo que ella llama “El Placer”, esa otra es necesaria para vivir, es sostén inimputable de su sexualidad regulada por la presencia fascinada ante un Falo que posee todas las de la Ley. Ley que Mariana no siente transgredir, ya que después de todo su padre es abogado, hombre de la ley y ella a si misma dice ser una “mujer de ley”, aduciendo a su querer ser completa. Cuando ella dice “soy mujer de ley”, no dice la mujer, como si conociera el (La Barrada).

Mariana y su recuerdo se me siguen apareciendo como esa clara imagen de otra igualmente clara imagen, como en aquel famoso laberinto de Minos. Espejismo que tanto hace al no poder ver y angustiarse ante lo que le falta, denegando de esa falta y actuando como “Actriz de la Verleugnen”, una o mil veces en el espacio incierto de lo imaginario, cuyo portero más celoso es un Edipo de espaldas.

Mariana, no pide, ella da, ella da aquello que nunca ha tenido, pero lo que da es la esperanza de un mundo mejor, “el colmo del placer”. Dará lo que ella dijo una vez: “el cuerpo de la felicidad”, metafórica verbalización de su supuesto falo más el placer que de el caiga.

Hay una anécdota en donde un hombre vestido de mujer queriéndose hacer pasar como tal, en una situación de espionaje, ante un supuesto golpe en sus genitales rápidamente los cubrió con un gesto típicamente masculino con lo que desenmascaró su sexualidad.

Al estilo de un desenmascaramiento este sueño de Mariana habla claramente de que ella no es el hombre supuesto, sino que ella se colocó en el puesto del hombre, el conocido, su padre, el que cubrió con un suave y poderoso velo el acceso a ese nombre.

Mariana nunca pudo abdicar de su autonomía, porque nunca pudo nombrarse como mujer y cuando lo hacía sonaba a queja unas veces y demanda las otras.

Padre borroneado. Madre corrida. Hija en ese abismo, agujero sin bordes en donde casi toda ella se colocó. El resto, su neurosis, fue lo que le permitió soñar (me) para que desde ese lugar tan íntimo tuviera en nuestra relación analítica el efecto maravilloso de un deseo que pasa por ser nombrada mujer.

Acaso no es una Mujer?

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